BAJO DOS O TRES BANDERAS. Crónica periodística de la guerra de los matiners (1846-1849). 3ª parte.

Contenido 3ª parte:  La guerra durante el otoño de 1848. El complot descubierto en Barcelona. Deserciones importantes en el bando rebelde. La batalla de Avinyó y sus consecuencias. La deposición de armas de Poses y Montserrat.  Más noticias de la guerra.

 

ADVERTIMENT. L’autor d’aquest escrit no n’autoritza la reproducció per cap medi, això fos portat a terme amb finalitat o no, de lucre. En la cita de parts de l’escrit esdevé obligat d’indicar el nom de l’autor, el títol i que ha estat editat a la web SEGLEDINOU.CAT, l’any 2016.
  1. La guerra durante el otoño de 1848. El complot descubierto en Barcelona. Deserciones importantes en el bando rebelde.
  2. La batalla de Avinyó y sus consecuencias
  3. La deposición de armas de Poses y Montserrat.
  4. Más noticias de la guerra..

 

  1. La guerra durante el otoño de 1848. El complot descubierto en Barcelona. Deserciones importantes en el bando rebelde.

… la evolución de la humanidad, es decir, el desarrollo de su capacidad productiva y de las transformaciones sociales, no depende tanto de los grandes conflictos “internacionales” ( en realidad, “interestatales”) como de las luchas internas en el seno de los grupos políticamente organizados, entre las clases responsables de la producción y de la distribución, entre las clases dominantes y domindas, explotadoras y explotadas, las contradicciones de las cuales son, en realidad, “creadoras”. Pierre Vilar. Estado, nación, socialismo. Estudios sobre el caso español.

 

En otoño de 1848, se inició el declive del levantamiento. La deposición de armas de Caletrús constituyó la primera campanada que avisó de la dispersión que se produciría durante la primavera de 1849. Detrás del llamado Tintorer de Igualada, Pep de l’Oli abandonó su exilio en Francia para juntar sus fuerzas a las del gobierno. Al cabo de poco tiempo, Bartomeu Poses y Jaume Montserrat siguieron el ejemplo de los anteriores. Más o menos, coincidiendo con estas deserciones, fue descubierta en Barcelona una conjura republicana, de importancia, en la que también participaron los carlistas. El objetivo de los conjurados consistía en apoderarse de la ciudad condal, así como del resto de capitales catalanas. No obstante, justo antes de las deserciones mencionadas, los matiners consiguieron una gran victoria, venciendo al general Joaquín Manzano en la batalla de Avinyó, a la cual siguió un intercambio de prisioneros que permitió que el carlista López de Carvajal y el general Manzano volvieran a sus respectivas filas. Las circunstancias de este intercambio demostraron, a la larga, las reticencias existentes entre los Tristany y Cabrera, las cuales acabaron por estallar, durante el invierno, con el asunto del fusilamiento del barón de Avella.

El 23 de septiembre de 1848, a las 8 horas del atardecer, Miquel Vila, alias Caletrús y “Tintorer” de Igualada, jefe superior de los montemolinistas del Penedès y del Vallès, se presentó al comandante del ejército liberal de su ciudad natal, acompañado por un par de asistentes. La prensa no lanzó cohetes de satisfacción por la deposición de armas de Caletrús y simplemente celebró que el señor Vila hubiese recuperado su “corazón español”. Rápidamente, Caletrús viajo escoltado hasta Barcelona, con el objetivo de confirmar su retirada ante el capitán general de Cataluña. El día 24, Cabrera destituyó a Caletrús de los cargos que ostentaba y justificó dicha medida en el hecho que Caletrús cobraba contribuciones sin autorización e invertía en beneficio propio, los fondos así obtenidos. No sabemos si en esta fecha, Cabrera sabía que Caletrús se había pasado al enemigo o si Caletrús, conociendo que el tortosino se disponía a destituirlo, se avanzó y se presentó a las autoridades del gobierno para deponer las armas.

Victor Balaguer, en su Història de Catalunya, así como Josep Llord y siguiendo su estela, diferentes historiadores, han opinado que Caletrús y otros rebeldes que, posteriormente, se pasaron al bando del gobierno, lo hicieron solamente por dinero. Parece que Vila percibió 30.000 duros por su traición pero el interés material no tenía que ser la única razón que movió al tintorero ya que, a la larga, un cabecilla rebelde podía obtener más ganancias personales que un oficial del ejército. Durante los días 8 y 9 de enero de 1849, el general Pavía explicó en las Cortes que las proposiciones de Caletrús para pasarse a los gubernamentales eran antiguas. Debemos tener en cuenta los matices variados de las ideologías políticas que se reunían en el bando de los matiners. En los extremos del abanico se encontraban los carlistas puros, aunque no fueran “apostólicos”- los Tristany, por ejemplo- y los republicanos- el coronel Victorià Ametller- pero en medio encontramos a conservadores y tradicionalistas- el mismo Cabrera, Margarit, Masgoret, Climent Blancafort, Marçal, Estartus – a carlistas que no tenían ningún reparo en incluir radicales y  revolucionarios de izquierda en sus partidas- Planademunt, Josep Batlle y muchos otros, como también Poses- así como liberales y demócratas de izquierda- quizá, Jaume Montserrat- y republicanos que, aun circunstancialmente, se pusieron a las órdenes de Cabrera o incluyeron carlistas en sus grupos- Baliarda. En segundo lugar, igualmente debemos tener en cuenta que, durante el otoño de 1848, se hizo notar la intención reformadora del gobierno de Madrid en relación a los problemas económicos que sufría la población del Principado. En tercer lugar, la detención del enlace del conde de Montemolín, el “caballerizo real” señor Mariano López de Carvajal, portador de documentos que Forcadell dirigía a Cabrera, parece que comprometió la posición de Caletrús. Por todo ello, en el momento que Cabrera y Marçal intentaban organizar un ejército, basándose fundamentalmente en el carlismo gerundense, que el coronel Ametller no conseguía salir de su reclusión pirenaica y que Borges, en el sudoeste del Principado empezaba a pasarlo mal, Caletrús debía sentirse bastante aislado y falto de soporte, entre los grupos de matiners del Barcelonès, del Tarragonès y del interior de Cataluña. En realidad, los rebeldes competían a menudo entre ellos por el cobro de contribuciones y, en un mismo territorio, los grupos más fuertes acababan por estrangular la capacidad depredadora de los más débiles. Probablemente, estas circunstancias decantaron la balanza en el momento escogido por el capitán general y el cabecilla rebelde para escenificar la deposición de armas de éste, aunque también debemos reconocer que los trabucaires que acompañaron a Caletrús no fueron demasiados; entre sesenta y setenta, según la prensa. Es decir, le acompañó un tercio de los hombres de su partida habitual. Los carlistas afirmaron que Caletrús fue seguido en el sometimiento, solo por su ordenanza. Con estos pocos efectivos humanos, Caletrús dispuso de una “ronda” que, a partir de aquel momento, luchó al lado del ejército español. Pero, los periodistas no demostraron demasiado respeto por el nuevo grupo de Vila y, en alguna ocasión, se refirieron al mismo denominándolo “patulea organizada”. Esta falta de entusiasmo de la prensa, la cual reflejaba el sentimiento de los liberales catalanes, fue justificada por el general Pavía en el debate que mantuvo los días 8 y 9 de enero de 1849 con el general Fernando Fernández de Córdova: “Vuelvo a repetir, señores, – dijo Pavía- que son muy pocos los que conocen la índole de Cataluña, pues quizá sea el pueblo que ame mas la justicia; así es que no ha podido menos que indignarse al ver a Caletrús con dos galones. En mi tiempo me presentó condiciones este sujeto, las cuales yo rechacé, y estas fueron que se le dieran 16.000 duros, el reconocimiento de teniente coronel y que se le dejara vivir donde quisiera, y cuyos 16.000 duros eran para devolvérselos a los pueblos á quienes se los había exigido, concluyendo con manifestar que prestaría importantes servicios dándole la dirección de una columna. Comprendiendo yo que eran onerosas estas condiciones, no las admití. ¿Y cómo había de admitirlas, señores, cuando en la Rambla existe un monumento donde hay escritos 15 nombres de los soldados del regimiento de la Unión que fueron cogidos el 24 de julio de 1848 y à los tres días mutilados?. Esto hace que los pueblos se muestren pasivos.” Pero, Fernández de Córdova se esforzó en contradecir a Pavía, negando que se hubiera pagado un céntimo a Caletrús por su cambio y afirmó que, sencillamente, el tintorero se había indispuesto con Cabrera y que, por esta razón, un día habló con un barcelonés que pasaba por la carretera, cerca de Igualada y le pidió que le dijera al capitán general que deseaba “presentarse”. Fernández de Córdova, cuando se enteró del deseo de Caletrús, respondió “pues, que se presente”. No obstante, Fernández de Córdova reconoció que Caletrús no era demasiado listo como militar, dando a entender que su deposición de armas no hubiera sido transcendente si no fuera que el tintorero tenía bloqueada la ciudad de Igualada y mantenía el estado de terror en la comarca. En cualquier caso, Fernández de Córdova pensaba que “si al enemigo que huye, puente de plata, al enemigo que viene, puente de oro”.

El 23 de septiembre, los matiners de Marçal, Jubany, Bou y el Muchacho, transitaban por el Vallès, entre Terrassa y Granollers, llegando hasta el Maresme, con el objetivo de cobrar contribuciones. Las columnas de Terrassa, Castellterçol y Sant Celoni- formada por tres compañías del batallón de Vergara, nº 16- los perseguían. Los rebeldes se dirigieron al Congost[105] y cerca de Aiguafreda, treparon a los despeñaderos. Al fin, las columnas del ejército y los rebeldes se encontraron. El resultado de la lucha fue, según los isabelinos, de tres rebeldes muertos, uno de los cuales no sabían con certeza si era Jubany, o Vilarrassa. La noticia del Postillón, de Girona, publicada el día 29, afirmaba que, en cualquier caso, se trataba del oficial que mandaba la caballería carlista. El ejército de la reina sufrió la pérdida de un soldado y cuatro heridos.

Un arriero proviniente de Lleida garantizaba que el día anterior, a las cinco de la madrugada, había divisado a Cabrera al frente de 250 infantes y 30 jinetes pasando a territorio aragonés. Pero, el día 26, otros comunicadores gerundenses aseguraban que Cabrera había llegado a la frontera francesa por el Alt Empordà. Las columnas del ejército de Olot y de Sant Llorenç de la Muga le pisaban los talones. Por el camino, los gubernamentales toparon con diferentes grupos de trabucaires y el periodista, en un par de ocasiones, utilizó la expresión catalana “campi qui pugui” para explicar el desconcierto de los rebeldes. Incluso se refirió a la táctica de retirada, consistente en el “campi qui pugui”.

Corría la voz que Cabrera quería visitar Perpiñán y eso se relacionó con la llegada de un personaje muy importante del partido carlista a la capital del Rosellón. El periódico no lo mencionaba pero se rumoreaba que se trataba del mismo conde de Montemolín.

El día 27, Martirià Serrat asaltaba el correo de la Jonquera a Barcelona, en Ponts de Molins. El coronel Victorià Ametller actuaba a caballo de la frontera, sin internarse demasiado en territorio español. Pero, los periódicos lo presentaban como si todavía permaneciese en el Vallespir, organizando sus voluntarios, hasta que el día 28, certificaron que había “entrado” definitivamente y se mofaban, puesto que el “ejército republicano” no contaba con más de veinte individuos, incrementados- según el corresponsal de Figueres- por una docena de descamisados que se le añadieron a este lado de la frontera. La partida de Ametller topó con los carabineros, justo en el momento de pasar la línea fronteriza y la noticia puntualizaba que los treinta voluntarios republicanos tuvieron que escapar corriendo. Claro está que las autoridades no menoscababan a los adversarios de izquierda y en las relaciones de personas detenidas en la capital que publicaba el Diario de Barcelona, aparecían unos cuantos hombres que fueron encarcelados “por tener relaciones con los jefes republicanos”. En la misma jornada, los trabucaires secuestraban a los cuatro contribuyentes principales de Sant Llorenç de la Muga.

La edición de El Barcelonés, en esta fecha, publicaba un artículo, el contenido del cual admitía una doble interpretación, ya que mientras aparentaba que se lamentaba del abandono de las posesiones españolas en África, en realidad protestaba por el incremento de las tropas del ejército destinadas en Cataluña. Efectivamente, el periodista explicaba que se retiraban batallones destinados en el norte de África para trasladarlos a Cataluña y refiriéndose a los rebeldes del Riff, decía lo siguiente: “No concibe como [el gobierno] deja humillar el pabellón español por un puñado de bárbaros, ni entiende como éstos nos hacen la guerra sin ningún motivo plausible conocido”. En cualquier caso, es evidente que la prensa más progresista no era capaz de incluir los “bárbaros” entre los beneficiarios de sus ideales igualitarios.

El día 29, Estartús y Francesc Savalls, con 200 hombres, entraban en Darnius. Los habitantes del pueblo se sorprendieron ya que dichos cabecillas arrastraban como prisionero, atado y montando un caballo, a su correligionario, Martirià Serrat[106]. Savalls quería detener al justicia del pueblo y no encontrandolo, sufrió una de sus típicos ataques de ira. Hay testigos de la última guerra del XIX que han explicado que, durante estos ataques de locura, Savalls incluso se lanzaba al suelo, sufría convulsiones y segregaba baba. Desde Darnius, Estartus y Savalls se dirigieron a Agullana, donde Savalls, al que todavía le duraba la rabieta, ordenó que se forzara la puerta del teniente de alcalde, entró en la casa y le robó todo lo que encontró de valor, destrozó lo restante y le secuestró a la esposa.

Malla, antiguo cabecilla de los “jamancios” que se había separado de Planademunt para juntarse con Victorià Ametller, abandonó también al jefe republicano. El coronel lo pasaba mal y se vio obligado a cruzar la frontera y refugiarse en la masía del Solanell, en les Illes. El periodista aclaraba que se trataba de “la casa de campo Folanells, ya famosa por el asesinato de los dos gendarmes por los trabucaires del 45”- crimen juzgado en la primera sesión del proceso de Perpiñán.

El correo de Madrid fue asaltado en el Bruc, el de Valencia, lo fue en Santa Creu de l’Ordal, el de Zaragoza y el de Manresa, lo fueron en sendos lugares no especificados. El día 2 de octubre, Masgoret entró en Sitges pero los propietarios más ricos del pueblo se refugiaron en el fortín. Los rebeldes incendiaron la casa del teniente de alcalde. Un grupo de trabucaires se presentó en Sant Cugat del Vallès, con el ánimo de secuestrar a los mayores contribuyentes pero no los encontraron y se llevaron unas cuantas mujeres.

El día 3 de octubre, la prensa barcelonesa se refirió a una conjura de republicanos y carlistas para apoderarse de la ciudad desde el interior de las murallas. Según la prensa, los conjurados recibían órdenes directas de Cabrera y del coronel Ametller y contaban con el apoyo de los “clubs” de exiliados carlistas y republicanos de Toulouse y de Perpiñán. El plan consistía en secuestrar un montón de industriales para pedir rescates cuantiosos y apoderarse de Monjuïc, con el fin de garantizar el pago de dichas redenciones, bajo la amenaza de bombardear la ciudad. El gobierno aseguraba que Cabrera había pronosticado que el día 4, fecha en la cual debía llevarse a cabo el golpe, lo encontrarían en Barcelona. Los periódicos no explicaban como se había descubierto la conjura. Pasados pocos días, fueron fusilados algunos de los implicados y el día 8, a toro pasado, se publicaron las sentencias de la comisión militar que los había juzgado. Las sentencias no incluían ninguna motivación, no ofrecían pruebas, ni reproducían el debate entre la acusación y la defensa- si es que hubo algo parecido. Las sentencias solamente afirmaban la culpabilidad de los reos, admitían, en algunos casos, los atenuantes supuestamente alegados y enviaban unos cuantos hombres al pelotón de fusilamiento y los otros, a prisión por ocho años. Sobre todo, las condenas de muerte recayeron sobre los militares implicados en el complot. Uno de ellos era el comandante del destacamento de Santa Coloma de Farners, lo cual nos demuestra que en las filas del ejército gubernamental también coexistían diferentes tendencias ideológicas, alguna de las cuales coincidía con los republicanos. Esta represión sangrienta no fue bien recibida por los barceloneses ya que algunos de los detenidos eran ciudadanos muy conocidos y respetados. El Fomento se refirió a estos fusilamientos y pedía que el gobierno renunciara a dicha práctica represiva: “La pena capital por delitos políticos está ya generalmente abolida en todas las naciones cultas”.

Fernando Fernández de Córdoba
Fernando Fernández de Córdova

En sus memorias, Fernando Fernández de Córdova se muestra más explícito. El general consideraba que la conjura de septiembre de 1848 fue meticulosamente preparada, que tenía gran alcance y que, por lo tanto, contaba con grandes posibilidades de éxito. Lo que preocupó especialmente al capitán general y al jefe del estado mayor, Mata y Alós, es que una parte muy importante del ejército destinado en Cataluña estuvo implicada en la conjura. Según dijo Fernández de Córdova, se enteró del complot por una denuncia anónima[107].] La conspiración fue preparada por una junta barcelonesa de nueve ciudadanos que dependía de una junta superior con sede en Perpiñán. El capitán general, acostumbrado a recibir delaciones de este tipo, de entrada no prestó demasiada atención al denunciante pero éste insistió y entonces, Fernández de Córdova lo citó para que se presentase, en un lugar determinado de la Rambla. El autor del relato recordaba que entre los conspiradores había los señores Vázquez, Clavijo, Mon y Ferran Martorell. En Perpiñán, algunos de los miembros de la junta revolucionaria eran el señor Escosura (amigo de Fernández de Córdova) el marqués de Albaida y Narcis Ametller, del cual se decía que había sido nombrado comandante del ejército rebelde republicano en Cataluña. Los conspiradores habían convencido a la oficialidad del castillo de Monjuïc, contaban con la fidelidad de un batallón del regimiento de la Unión, situado en las Dressanes, con la de otro batallón del regimiento de Soria, con sede en la Ciutadella y con la del regimiento de Simancas, enclavado en la Barceloneta. Éste último, fue comprometido por su comandante, señor José Apellaniz. También disponían de la lealtad del regimiento de caballería de Numancia, comprometido por el teniente Valterra. Además, los conspiradores contaban con algunas partidas de civiles armados, como la de Bartomeu- músico del Liceo- que aportaba 500 hombres y la de un tal Rovira, que se componía de 300 hombres[108]. Hasta aquí, por lo que se refiere a Barcelona pero los conspiradores también habían establecido redes de correligionarios armados en las comarcas gerundenses, leridanas y tarraconenses. En Gerona, concretamente, los conjurados tenían previsto que se levantara la guarnición de Hostalric y la del castillo de Figueres. Una vez hubieran conseguido el poder, Narcís Ametller entraría en el castillo de Figueres y Ramon Cabrera, en Barcelona. La llegada del general carlista a Barcelona estaba prevista para el día 4 de octubre. Fernández de Córdova se dio cuenta que no disponía de demasiado tiempo para reaccionar y que debía actuar de forma que los conspiradores no supieran que habían sido descubiertos. La primera medida que tomó, consistió en relevar la guarnición del castillo de Montjuïc y después licenció a 300 soldados del regimiento de Simancas que ya habían cumplido el periodo de servicio. Paralelamente, llamó a la capital a unos cuantos batallones de los entornos, con el fin de que controlasen los portales de la muralla. Esta medida se llevó a cabo en la madrugada del día 27 de septiembre, mientras la policía, dirigida por el famoso comisario Ramon Serra y Monclús detenía a todos los conspiradores. Algunos de ellos- según confesó el capitán general- pertenecían a su círculo militar más cercano. Fernández de Córdova explicó que si, como resultado del éxito de la conspiración, Cabrera hubiese entrado en Barcelona, eso hubiera puesto en peligro la permanencia en el trono de Isabel II. Pero, algunos datos de la biografía de Abdó Terradas y la adscripción política de los detenidos, nos inclinan a creer que la conjura fue más republicana que no carlista, aunque, si hubiese triunfado, habría sido de provecho, también para Cabrera. Fueron fusilados los conspiradores López Vazquez, el capitán Clavijo- secretario de Narcís Ametller- el teniente Vallterra, el teniente coronel Simancas y Francisco Patiño. Cayó prisión para José Apellaniz, Ferran Martorell y el el boticario Bofill. La Junta de Fábricas y el ayuntamiento de Barcelona se preocuparon por salvar la vida de los condenados a muerte y nombraron una comisión para que parlamentara con el capitán general, el cual se negó a recibirlos.

El día 2 de octubre, se daba por cierto que Cabrera seguía en Perpiñán, en contacto con el misterioso líder carlista que nadie mencionaba por su nombre, ni por su cargo. No obstante, el periódico del día 6 afirmaba que a las cuatro de la tarde, el general había partido de Torelló hacia Sant Hipòlit de Voltregà, camino de Calldetenes. A la mañana siguiente, Cabrera viajó hasta Sant Boi de Lluçanès. Después, avanzó hacia Olot. Pero, en la misma fecha que se publicaban estas noticias, Cabrera, al frente de 700 infantes y 70 jinetes luchaba contra los coroneles Rios y Hore, cerca de Capdevànol. La batalla devino estratégicamente complicada y al fin acabó en empate.

La columna de Vilafranca del Penedès, guiada por Josep Maria Bofill, fue atacada y vencida por los rebeldes, entre Terrassa y Manresa. La primera noticia intentaba enmascarar la derrota, aún teniendo en cuenta que se trataba de una formación compuesta por ciento cincuenta hombres y veinte caballos. Ahora bien, el hecho que, de entrada, todo y la censura informativa, se confesara la pérdida de doce soldados, desmentía la intrascendencia que se quiso atribuir a la acción. Además, se supo que Bofill también había resultado muerto. Después, el periódico informó de los hechos: la columna estaba destinada en Castellterçol y Bofill fue incitado por un grupo de cuarenta trabucaires, a los cuales el oficial liberal persiguió hasta Coll David, donde doscientos rebeldes le tenían prevista la emboscada. A la primera descarga del enemigo, Bofill cayó muerto de su montura y los soldados, faltos de jefe, huyeron como pudieron. Unos 80 soldados se refugiaron en un hospital, hasta que fueron rescatados por la columna de Manresa. Finalmente, el ejército reconoció que había sufrido dieciocho muertos y un alto número de prisioneros que no concretó. La prensa no acostumbraba a publicar este tipo de desastres pero, en este caso, parece que la censura consideró que la noticia constituía un buen ejemplo de la candidez imperdonable de algunos responsables de las fuerzas armadas, que se dejaban emboscar sin prevenir el peligro. Posteriormente, veremos que hasta generales experimentados, como Joaquín Manzano, cayeron en este tipo de trampas. En realidad, la táctica mencionada era muy conocida y de forma más o menos elaborada, ha sido utilizada desde siempre por los guerrilleros y también por los ejércitos regulares. En su versión más trabajada, los provocadores luchaban con el enemigo durante un cierto espacio de tiempo y después simulaban que se retiraban desorganizadamente, como si hubieran sido derrotados. Los contrarios, exaltados por la supuesta victoria obtenida, perseguían a los provocadores para rematar la faena, sin tener cuidado de donde se metían, hasta que en un punto geográficamente conveniente- un bosque, un desfiladero, un barranco o un camino sin salida- la fuerza superior del adversario, bien perpetrada y dispuesta, los masacraba. Durante la guerra de los matiners, este tipo de trampa fue usual y por eso, el capitán general Fernández de Córdova afirmó que en este conflicto no hubo grandes batallas y que todo fueron “sorpresas” en lugares siempre escogidos por los trabucaires.

El día 6 de octubre, los habitantes de Ripoll quedaron sobrecogidos por el ruido de una batalla proveniente de las montañas cercanas, la cual se prolongó durante horas. El brigadier Paredes, que había salido de la villa unos días antes, todavía no había vuelto y nadie tenía noticia de su paradero. En esta fecha, el coronel Rios se enfrentaba a Cabrera, Marçal y Saragatal en el collado de Santigosa. El estruendo de la batalla fue tan intenso que los habitantes de Olot pensaron que se desarrollaba dentro de la ciudad. Finalmente, después de este choque, solo conocido por el ruido que ocasionó, Cabrera, Marçal y Saragatal optaron por la dispersión, dividiendo su fuerza en grupitos de ocho o diez hombres. Cabrera tomó la dirección de Sant Esteve d’en Bas. El corresponsal del periódico dijo lo siguiente: “Puedo asegurar a VV que esta acción ha sido la más reñida y fuerte de toda esta contienda”.

El día 8, Jubany entró en Sant Hilari de Sacalm. Masgoret y Vilella fusilaban en Masquefa a un par de sus correligionarios, llamados Josep Fuster y Francesc Sabater. Se trataba de dos capitanes que cobraban contribuciones por su cuenta y beneficio. El periodista comentaba que si los rebeldes seguían matándose entre ellos, ahorrarían mucho trabajo al ejército de la reina. Mientras, Ramonet, que actuaba en las Garrigues, fue batido por veintidos hombres del pueblo de Maials, guiados por su alcalde. Esta población del Segrià, siempre y de forma abrumadora, se mantuvo al lado del gobierno. Los habitantes de Maials, conociendo que Ramonet se había apoderado del pueblo vecino de Llardecans, situado en una elevación de 400 metros, fueron a su encuentro y con las armas que habían solicitado y obtenido de las autoridades militares, los pusieron en fuga. Unos días más tarde, Fernández de Córdova propuso la concesión de la Cruz de San Fernando al alcalde de Maials y le regaló una espada que poseía, con su nombre grabado, además de concederle una retribución vitalicia, así como a los hombres que le habían acompañado.

El día 10 de octubre, una columna del ejército de la reina salió de Girona en pos de los matiners de Marçal. Los encontró en Aiguaviva y les tomó cuatro prisioneros, dos caballos y algunas lanzas de jinetes. El mismo día 10, llegó un comunicado oficial de Madrid, asegurando por enésima vez que el Maestrazgo había sido pacificado y que los últimos matiners de este territorio huían hacia Aragón, donde la autoridad del lugar prometía que serían rápidamente exterminados.

El corresponsal de La España en los Pirineos Occidentales francese, escribió que los republicanos y carlistas exiliados en Pau pasaban el rato pronosticando el levantamiento de Navarra y del País Vasco, el cual siempre fechaban para la mañana siguiente. El corresponsal sugería que la tensión que originaba este rumor perseguía el objetivo de asustar al gobierno legítimo de España para que no trasladase a Cataluña las tropas destinadas en el norte.

El día 11 de octubre, aparecieron ante Manresa, los voluntarios de Cabrera, además de los de Tristany, Ramonet, Vilella, Borges y Poses, formados en tres cuerpos: uno, de 400 hombres, constituido por Cabrera, seguido de Vilella, Borges y Ramonet; Poses, con 200 hombres, formaba otro y los Tristany, con 100 hombres, el tercero. La noticia no mencionaba si esta formidable demostración de fuerza fue seguida de una batalla y de la entrada de los montemolinistas en la ciudad pero eso fue, probablemente, lo que sucedió.

El día 12, Marçal y el Muchacho ocupaban Amer y pernoctaban en el pueblo. A la mañana siguiente, entraban en Banyoles, después de un pequeño encontronazo con una patrulla de los gubernamentales. Los carlistas secuestraron al hijo del alcalde ya que no encontraron a su padre. Además, también se llevaron a la hija del teniente de alcalde, a un regidor y a un mozo de la guardia municipal. En esta fecha se conoció la entrada en territorio español de los republicanos Victorià Ametller, Roger y Barrera. El periodista opinaba que el gobierno francés quiso internarlos en un depósito y que los jefes republicanos, conociendo de antemano este plan, decidieron volver a su país.

Marçal se enfrentó al ejército cerca de la masía Revellit, en Caldes de Malavella. El informador explicaba que diez lanceros del ejército habían luchado contra cincuenta de Marçal y que éste tuvo que huir. Este encontronazo sucedió el día 23 y a la mañana siguiente, Marçal fue sorprendido por la columna de Hostalric, en Calella de la Costa, mientras cenaba con su tropa. Otra vez, el periodista afirmaba que Marçal había emprendido la huida. El día 25, Bou se apoderó momentáneamente de Sant Hilari de Sacalm y secuestró a las esposas del alcalde y del teniente de alcalde. El día 28, los republicanos entraban en Alcover, mientras Poses, Borges y Montserrat se juntaron para luchar contra el ejército en Sant Quirze de Penedès.

Las dificultades interna de Poses parecían no tener fin. Durante estos días sufrió un motín y después que lo controló, fusiló a cuatro de los implicados. Los montemolinistas gerundenses, un día y el siguiente, seguían deteniendo el correo de Francia en Ponts de Molins. Los guerrilleros no se estaban quietos y el ejército y a los mozos de escuadra sacaban provecho de los pocos momentos de descanso que se tomaban. Eso podían saberlo merced a las delaciones y las noticias que transmitían los vigías permanentes. En ocasiones, podían cazar a un rebelde que se había entretenido para afeitarse, para comer o para jugar una partida de cartas. Este tipo de anécdotas se publicaban en el periódico, aunque los afectados fueran personas desconocidas.

Entre los días 10 y 13 de octubre, Montserrat se llevó unos caballos y tres ciudadanos importantes de l’Hospitalet de Llobregat. Caletrús actuaba a favor del gobierno, con los efectivos de su antigua partida, incrementados con gente de la partida del Guerxo de la Ratera. Un Ametller que era primo del coronel Victorià Ametller, ocupó Tortellà al frente de 30 hombres. Este Ametller- posiblemente, se trataba de Narcís- secuestró las esposas de los doce propietarios más ricos del pueblo. Los rescates fueron pagados inmediatamente y las señoras pudieron volver a sus casas pero, mientras se llevaban a cabo los tratos, apareció Planademunt con cien voluntarios y los cabecillas rebeldes se pelearon por el dinero obtenido.

El día 11, los Tristany se presentaron en Berga y durante un rato su tropa disparó a los defensores de las fortificaciones. En la misma fecha, Marçal y el Muchacho ocupaban Banyoles. La patulea organizada de Caletrús – según expresión del periódico- consiguió su primera victoria a favor de los gubernamentales y en esta acción consiguió hacer prisioneros a un capitán, un médico, un cabo y a un soldado de los rebeldes. Se anunciaba que el Guerxo de la Ratera había sufrido una derrota en Pedrafita que le costó 36 heridos.

El día 18 se supo que Cabrera, acompañado de Torres y de Boquica se había trasladado al Solsonès. Desde Tarragona se quejaban que Falset y Cornudella se habían convertido en pueblos de trabucaires  y que no se podía hacer nada contra ellos porqué cada vez que se acercaban los mozos de escuadra para detenerles, los facciosos se encerraban en las iglesias, de donde no podían ser desalojados sin cometer destrozos.

En plena guerra, la burguesía seguía creando negocios e invirtiendo. Durante este periodo se fundaron grandes fábricas textiles de tejidos de algodón: la Fabril Igualadina, la España Industrial (1847), la Güell, Ramis y Cia (1848) y la de los hermanos Balló (1849) entre muchas otras. También se fundaron fábricas de curtiduría, de porcelana, de quincallería, así como se crearon las primeras ocho sociedades anónimas, entre ellas las primeras de servicios públicos en España, como las de suministro de gas para la iluminación de las calles barcelonesas y de otras capitales comarcales[109]. Posiblemente, si los gobernantes de Madrid pensaban que se enfrentaban a una guerra de Cataluña contra España, eso se debía a la necesidad de explicar el contraste entre el desarrollo industrial y financiero catalán y la situación de levantamiento popular, en el cual parecían implicadas clases sociales adversarias. Es decir, para las autoridades, la única razón plausible que explicara que proletarios rurales y urbanos, con la connivencia de una parte importante de la burguesía, se juntaran para enfrentarse al Estado, era que así se forzaba al gobierno a invertir mucho capital en infraestructuras- sobre todo, en carreteras- en el territorio catalán y a que corrigiera determinadas políticas- especialmente, en materia fiscal- que obstruían el desarrollo. El empuje económico que caracterizó aquel periodo y que se evidenció en empeños emblemáticos como el establecimiento de la primera línea de ferrocarril en España, precisamente en Cataluña, resultan sorprendentes porqué no es nada habitual que se pongan en marcha empresas y se expongan capitales en una situación de inseguridad generalizada y en el mismo territorio en el cual se produce el conflicto. Por eso hemos de insistir que el contraste entre el desarrollo económico del país y la revuelta que allí se vivía, constituía la causa de la opinión que mantenían las autoridades respecto la existencia de una conjura catalana contra el Estado y, a la vez, es otra de las razones de la poca transcendencia que la historia ha concedido a la guerra de los matiners. Algunos también quisieron superar esta contradicción alegando que el levantamiento supuso, simplemente, la fiebre del crecimiento económico, la cual dio alas al negocio bandolero. En cualquier caso, fuera de Cataluña nadie entendía que pasaba en esta parte del Estado e incluso, el éxito de las empresas catalanas, provocaba envidia.  Pero, la prensa catalana más cercana al gobierno intentaba destacar la oposición existente entre la ruralidad atrasada de la Cataluña montañesa – en la cual, principalmente, radicaba la revuelta- y el progreso del Barcelonès, a fin de sugerir que, fuera la que fuera la bandera bajo la que se cobijaban los rebeldes, éstos siempre eran campesinos. El Brusi del 10 de octubre, refiriéndose al plan general de carreteras, decía lo siguiente: “Es muy sencilla la táctica de establecer algunas guaridas y vivir habitualmente en los montes mas escarpados y desde allí proyectar y llevar a cabo algunas excursiones á las comarcas más frecuentadas y ricas, recoger algún botín y retirarse desde luego á sus madrigueras, consumando allí el fruto de sus hazañas. Y la falta de comunicación y el aislamiento en que se hallan varias comarcas, son motivo de que sus habitantes vegeten en la ignorancia en una semi-barbarie que forma un contraste singular y repugnante con los adelantos de todo género, con el desarrollo de la civilización y cultura que en el resto del Principado se observa”. El periodista añadía que la nueva red de carreteras llevaría la industria, el comercio, las artes y la ilustración- méritos fundamentalmente barceloneses- hasta “los puntos más remotos y apartados, con establecimientos fabriles y caseríos en parajes donde ahora solo moran las fieras, con medios abundantes y expeditos que faciliten la rápida acción de las autoridades y la influencia de las leyes[110].

Precisamente, este empuje económico se evidenció con el establecimiento en Cataluña de la primera línea férrea de España. El 8 de octubre se llevó a cabo la prueba del ferrocarril de Barcelona a Mataró, antes de su inauguración oficial. La locomotora, que arrastraba diez vagones y podía cargar cuatrocientos viajeros, realizó el trayecto de ida en 58 minutos y el de vuelta, en 48. El tiempo que tardaba un carruaje de caballos para recorrer el mismo trayecto, era de 5 horas. El periodista, sorprendido, comentaba que el viaje en tren resultaba tan cómodo que el viajero podía pasarlo leyendo o escribiendo, “sin asomo de mareo”. Pocos días después, todavía se llevó a cabo otra prueba y esta vez el tren tardó 36 minutos para recorrer el trayecto de Mataró a Barcelona.

Tren de Mataró
Tren de Mataró

Finalmente, el 28 de octubre fue inaugurada oficialmente la línea de ferrocarril[111]. Las locomotoras, de origen inglés, fueron bautizadas con los nombres de Cataluña, Barcelona, Besòs y Mataró. Los precios del viaje, según la “clase” de pasaje, ascendían a 6, 9 y 12 reales. El día de la inauguración, las estaciones lucían engalanadas con banderas y escudos de los pueblos por los que transcurría el trayecto. Habiendo salido de Barcelona, el tren tenía parada en Badalona, Montgat, Alella, el Masnou, Vilassar de Mar, Premià de Mar y Mataró. Una orquesta amenizó el viaje y eso, más que una medida festiva, parece que tenía carácter terapéutico ya que algunos usuarios no estaban demasiado tranquilos. Pasando el túnel de Montgat, la emoción hizo presa de los viajeros y no pudieron contener un grito unánime de miedo. En el apeadero de la estación de Mataró, aliviados, después de 35 minutos de viaje, se abrazaron los unos con los otros. Durante los días siguientes se celebraron festejos y banquetes, en los cuales algunos poetas leían elegías como la que sigue: “Vuela el dardo con furor/ vuela el águila altanera;/ pero vuela más ligera/ la máquina de vapor:/ mirad el loco-motor/ cual arrastra pos de sí/ con ardiente frenesí/ a todo un pueblo asombrado/ que mira cuanto hay al lado/ volar entorno de allí”.

Después, la gente perdió el respeto al tren y el periodista refunfuñaba que, teniendo en cuenta la demanda que había de pasajes, el incremento del número de vagones resultaba necesario ya que incluso había personas que se subían a los techos, o que viajaban sin billete. El Brusi del 19 de noviembre reclamaba que se colocaran cristales en las ventanas de los vagones de segunda y tercera clases, puesto que no todo el mundo podía gastarse 12 reales para viajar en primera.

El Heraldo de Madrid se mostró resentido por la instalación del primer ferrocarril de España en Barcelona y el Barcelonés del 16 de noviembre respondía la crítica quejándose de que en la “metrópoli de España” todavía llamasen “provincianos” a los habitantes del resto del Estado aunque éstos fueran capaces de llevar a cabo empresas como aquella. Josep Coroleu recordó que el gobierno llegó a prohibir la medalla conmemorativa del suceso porqué llevaba una inscripción que señalaba que el ferrocarril de Barcelona a Mataró era el primero de España. El gobierno reservaba este honor para el ferrocarril de Madrid a Aranjuez, el cual se inauguró años más tarde.

Pero, a partir de la segunda mitad del año 1848, el gobierno empezó a adoptar algunas de las medidas estructurales que pedían insistentemente las clases poderosas catalanas, como el plan de carreteras y la represión del contrabando, a la vez que se mostró más negociador respecto la demolición de las murallas de Barcelona y la regulación del sistema impositivo; hasta se llegó a hablar abiertamente de suprimir el servicio militar obligatorio. Pero los problemas económicos todavía persistían y la prensa se quejaba de la subida de los precios de los productos de consumo básico, sobre todo del pan y del vino, las cuales resultaban incomprensibles para la población ya que, precisamente, aquel fue un muy buen año de cosecha de trigo y de uva.

Al fin, las medidas que adoptaba el gobierno español- quizá, a veces, solo anunciadas- debieron tener efecto. Aunque en otoño de 1848, las acciones de los matiners todavía se sucedían (Masgoret ocupó Falset el día 24, así como un punto estratégico en el Perelló y volvió al Penedès, burlando a Fernández de Córdova) el hecho es que, precisamente en otoño, empezó el declive del levantamiento. Celetrús fue el primer rebelde en deponer las armas y otros le siguieron. Entre este otoño y el invierno, creció el número de trabucaires que se presentaron al indulto y el ejército inició la retirada de las guarniciones que protegían algunos pueblos, como fue el caso de Sitges. Las autoridades no olvidaron la depuración de los oficiales que se mostraban negligentes o, incluso, favorables a la facción. La prensa anunció que Cabrera había recortado el sueldo de sus soldados, de cinco a cuatro reales diarios, lo que justificó en la necesidad de que los voluntarios pagasen el precio de su uniforme. Esta medida constituyó otra prueba de que disminuían los fondos económicos de los rebeldes. A la vez, las autoridades de la república francesa abandonaron la actitud indiferente, en relación al conflicto español y se posicionaron a favor del gobierno de Madrid, recuperando la política de Louis Philippe. Eso sorprendió a los republicanos, que se vieron atacados a ambos lados de la frontera. Muchos de ellos, incluso Abdó Terradas, fueron encarcelados en el Castellet de Perpiñán, aunque tenían el pasaporte en regla. El inspector general de la policía del departamento de los Pirineos Orientales, Mr. Labriere, se impuso la misión de limpiar toda la zona montañosa de rebeldes españoles. También, en el otro lado de la frontera, las autoridades destituyeron unos cuantos oficiales que se habían mostrado demasiado indolentes, como el comisario del Pertus[112]. Esta actuación represora intimidó mucho a los ampurdaneses y gerundenses que participaban en la feria de Perpiñán puesto que corrió el rumor que la policía francesa encarcelaba a todos los españoles que encontraba. A mediados de octubre, las tropas francesas cercaron Les Illes y Morellàs con el objetivo de detener a los republicanos Roger y Barrera. Los perseguidos, protegidos por la niebla que cubría las montañas, se escaparon del asedio y se refugiaron momentáneamente en la masía de La Prada, en Morellàs. Después que pudieron recoger las camisas y municiones que allá escondían, corrieron al santuario de Les Salines, en la frontera. La tropa francesa les pisaba los talones y estando tan cerca de ellos, Roger se tiró por un barranco. Finalmente, los fugitivos llegaron a Les Salines – territorio bien conocido por Roger, ya que era natural de Maçanet de Cabrenys. Ambos rebeldes estaban muy fatigados y Roger andaba cojo. Pero, un montón de adeptos republicanos no alcanzaron la frontera y fueron detenidos y encerrados en el Castellet de Perpiñán, bien maniatados.

En los días 26 y 27 de octubre, el brigadier Enríquez perseguía a Cabrera en territorio del Solsonès. La tropa liberal sumaba más de mil hombres. Mientras, el general Nouviles y el coronel Rius, aprovechando el mal tiempo, maniobraron por el Alt Empordà a fin de sorprender a los republicanos de Ametller y Barrera. Lo consiguieron en la masía de La Trilla de Carbonils. El enfrentamiento resultó desfavorable para los republicanos. El coronel Ametller abandonó su caballo y se escurrió entre los matorrales. Barrera y su lugarteniente Altimira, así como quince voluntarios, cayeron prisioneros. Los gubernamentales consiguieron tantas armas y efectos militares que se vieron obligados a volver otro día al escenario de la lucha para recoger todo el material. Algunos republicanos escaparon del desastre y Nouvilas los persiguió por las masías cercanas. El periodista celebraba “ el buen acierto que ha tenido el Capitán general en nombrar para el Ampurdán al general Nouvilas, el brigadier Ros y al coronel Rich, que los tres son naturales de este país, que por sus buenas relaciones, conocimiento del terreno y el hablar la lengua, son motivos para que se tengan los resultados que eran de esperar”. Barrera y Altimira, con el resto de prisioneros, fueron trasladados a Figueres y condenados a muerte. Murieron fusilados en la plaza de San Fernando del castillo de Figueres, a las cuatro de la tarde del día 31 de octubre. Barrera, herido, fue transportado en una silla de mano hasta el paredón.

El día 30 de octubre, un grupo de la partida de Marçal se introdujo silenciosamente en Santa Coloma de Farners. Los rebeldes se escondieron en una esquina, esperando que pasara la ronda de vigilancia a las órdenes de Antonio Vidueiros. Los miembros de la ronda cayeron en la trampa y su jefe resultó herido de un trabucazo en una rodilla. Los hombres de Marçal salieron del pueblo con cuatro prisioneros, entre los cuales estaban los señores de las casas principales de Bosch y de Jalpí, además de Vidueiros. Al cabo de un rato y viendo que el comandante de la ronda, con la pierna destrozada, no podía ser transportado, los rebeldes lo devolvieron a su casa. En Santa Coloma se celebraba, durante aquellos días, la feria y este ataque la afectó desfavorablemente. El primero de noviembre, Vidueiros murió a resultas de la amputación de la pierna que se le practicó. El mismo día, su mujer daba a luz y el corresponsal comentó, apuntándose al tópico, aquello de una vida que se va y otra que llega.

Poses volvió a territorio barcelonés y se reunió con Montserrat y Borges. Este día, Cabrera pernoctó en Torà y consintió que la tropa de doscientos hombres que guiaba, confraternizase con los civiles. En este pueblo, cumplió con el rito de fusilar un confidente. El corresponsal del periódico comprobó que el general se expresaba muy bien en catalán, aunque “se conoce que le es más fácil hacerlo en castellano que en el idioma del país”. El ejército del gobierno empezó a ordenar la retirada de destacamentos destinados en el Vallès. Una nota del periódico aprobaba esta decisión ya que, a veces, los pequeños destacamentos solitarios creaban problemas a los payeses, debido al hecho que vivían sobre el terreno y tampoco servían de mucho.

El 30 de octubre, el brigadier Paredes salió de Vic al frente de una tropa abultada para perseguir a Marçal. El carlista se enteró de la expedición que le seguía los pasos, la salida de la cual puede que, mediante sus espías, el mismo provocara. El primero de noviembre, Marçal esperó a Paredes en los peñascos de L’Esquirol. El brigadier cayó en la trampa y la derrota que sufrió fue importante. El periodista comentó que el resultado de esta batalla había sido “algo adverso a las fuerzas leales” pero luego nos enteramos que Marçal, con una fuerza de 800 infantes y 70 jinetes, había borrado del campo de batalla a los 700 infantes y 70 jinetes de Paredes. Marçal consiguió muchos prisioneros, entre los cuales estaba el médico de la columna del ejército. Multitud de soldados desorientados y heridos, vagaban por los bosques.

En la misma fecha, el lector del Brusi fue informado de que el ejército gubernamental había intervenido en Santa Maria de Meià debido a que allí se encontraba unos talleres de los montemolinistas en los cuales se fabricaba moneda falsa y espuelas para los soldados de caballería. En la misma fecha de primero de noviembre, Montserrat entraba en Sant Cugat del Vallès, exigía contribuciones y se llevaba a un confidente para fusilarlo. El pobre hombre recibió el viático y el consuelo religioso en el café del pueblo. Aunque algunas personas intercedieron por su vida, Montserrat lo mató a la salida del pueblo.

Los trabucaires aparecían cada noche por los alrededores de Manresa y disparaban contra las fortificaciones. Su intención consistía en mantener la tensión de la población. Los hermanos Tristany y Castells disputaban entre ellos por las contribuciones del Bergadà. Los Tristany amenazaban a los justicias de los pueblos que pagasen contribuciones a Castells. Éste desapareció de la comarca por un tiempo y el rumor aseguraba que había vuelto a Francia con todo el dinero que había recogido durante la guerra pero, en realidad, la habladuría nació de una causa más profunda, como fue la rivalidad entre Castells y Cabrera por la comandancia suprema de los carlistas catalanes.

El día 3 de noviembre, los trabucaires entraron en Sant Feliu de Llobregat y en Esplugues. El periódico no señalaba su adscripción política puesto que, en los alrededores de Barcelona, se suponía que todos los rebeldes eran republicanos o liberales de izquierda. En la misma fecha, Estartús, Borges y otros jefes carlistas, derrotaron a Paredes en un encuentro cerca de Torelló.

Informaban desde Picamoixons que, el 4 de noviembre, Marcó se presentó en la Cabra del Camp y se dirigió a la rectoría, donde se escondían los soldados del gobierno, abriéndose camino agujereando las paredes de nueve casas. Marcó incendió al rectoría y los soldados fueron a refugiarse en la iglesia. Al cabo de unas horas, se rindieron.

El periódico aclaraba que Castells no había marchado a Francia sino que, por orden de Cabrera, se había trasladado a las comarcas leridanas. Basquetes se presentó en el Perelló, exigió 1400 reales al ayuntamiento y asaltó el correo de Amposa. El día 5 de noviembre, Borges vencía a la columna de Paredes. Por lo tanto, en no demasiado tiempo, este general de la reina fue derrotado tres veces de forma contundente. El día 6, los montemolinistas asaltaron Sant Feliu de Codines y pegaron fuego a la casa de Manuel Vallcorba, alias Segarra, antiguo oficial del ejército. También incendiaron la casa del zapatero Segalés. Una columna del ejército persiguió a los incendiarios pero les perdió el rastro. Esta acción fue atribuida a Poses, al cual, unos días después, también fue acusado de haber intentado asaltar el fortín de su pueblo natal con botellas llenas de petróleo y metralla, las cuales los asaltantes lanzaban como bombas. El periodista cualificaba estas armas como “método cobarde y villano”.

Desde Valls, se informó que Vilella y Masgoret se habían presentado con trescientos hombres en la feria de Vilarrodona, sin provocar ningún incidente. Por el contrario, esta clientela imprevista hizo circular el dinero, con gran alegría de los payeses que vendían sus productos. En Santes Creus, Masgoret formó a todos sus prisioneros y les pidió que los que se quisieran pasar a su bando, dieran un paso al frente. Nadie dio el paso. Masgoret alabó la fidelidad de los soldados enemigos y les entregó dinero, antes de liberarlos. El capitán de aquellos soldados, malherido por quemaduras, también quiso mantenerse fiel a la reina. Masgoret lo ingresó en un hospital.

Los rebeldes asaltaban el correo de Madrid, casi diariamente. Al anochecer del día 7 de noviembre, veinte trabucaires se aprovecharon de la falta de guarnición defensiva en Sitges, entraron en el pueblo y secuestraron todos los hombres que asistían a las tertulias de las dos boticas. Los Tristany, el Muchacho y Manel de l’Hostal Nou, provocaron al brigadier Manzano, cerca de Manresa. Los rebeldes, siguiendo su táctica más usual, organizaron un alboroto de tiros y gritos, con el fin de atraer a las tropas gubernamentales. Manzano descubrió el grueso de la tropa rebelde y la atacó de frente, con lo que consiguió desmontarles el plan. Poco después, Manzano cayó en una trampa parecida, de la cual no pudo salvarse.

Montserrat se instaló, con absoluta impunidad, en el convento de los Josepets, encima de Gràcia. Aunque la columna del ejército más cercana- debía de ser la de la milicia destinada en Barcelona- lo persiguió, no consiguió encontrar a los rebeldes. Cuando el ejército se retiró, Montserrat volvió a los Josepets y el periodista comentó lo siguiente: “La columna […] salió en su persecución pero como el monte está tan cerca, no fue posible alcanzar a los enemigos […] Es probable sin embargo que Montserrat no permanezca muchos días en puntos tan cercanos a esta capital”. Masgoret y Vilella se presentaron en Vilanova y cuando llegaron, toparon con el ómnibus a Barcelona. Los rebeldes obligaron a los cocheros a dar media vuelta. Habiendo entrado en Vilanova, los montemolinistas se dirigieron al ayuntamiento para exigir que les fueran entregadas las armas que allá estaban depositadas. Habiendo conseguido el objetivo que se proponían, los doscientos cincuenta hombres de Masgoret y de Vilella, salieron ordenadamente de la población. Entonces, los cocheros del ómnibus recibieron autorización para iniciar, de nuevo, el viaje a Barcelona.

Algunos relacionaban la llegada de un personaje importante del carlismo a Perpiñán, la cual fue anunciada unos días antes, con la desaparición misteriosa del conde de Montemolín de su domicilio londinense. Desde la capital inglesa, se decía que el pretendiente había salido de la ciudad para participar en una cacería pero nadie parecía creerse la excusa. El Fomento del día 7 reflejaba el rumor que afirmaba que Montemolín viajaba a España y El Barcelonés del día 11, sin circunloquios, sugería que si el rey carlista llegaba a territorio español, crecería la fuerza moral de sus correligionarios.

Durante los primeros días de noviembre, el Capitán General se trasladó a Cervera, con el fin de instalar en esta ciudad el cuartel general del ejército. El día 7 llegaron a la capital de la Segarra, veinticinco soldados de la columna de Bofill que habían caído prisioneros de los matiners en la acción en la cual pereció su jefe. Los recién llegados explicaron que veinte montemolinistas los habían escoltado hasta Torà y que en este pueblo, les libraron pasaportes individuales y obligaron al alcalde a que los acompañara hasta Cervera. Los prisioneros liberados no tuvieron ningún reparo en confesar que habían sido tratados por los rebeldes con mucha corrección. El Capitán General gratificó a cada uno con veinticinco pesetas. Seguramente así quiso reconocerlos por no haberse pasado al enemigo, a la vez que intentó compensar la buena sensación que les tenía que haber producido el trato recibido por parte de los matiners.

En la misma fecha, el general Joaquín Manzano llegó a Manresa para proveerse de municiones. A la mañana siguiente salió de la ciudad para acosar a Borges, los Tristany, Manel de l’Hostal Nou y el Muchacho, los cuales parece que se habían apoderado del territorio de este distrito militar desde que el día 5, vencieron a Paredes.

Durante los días 6 y 7, Lersundi pisaba los talones a la facción republicana de Guillaumet. El cabecilla republicano juntó sus fuerzas con las del carlista Pep de l’Oli- del cual no había noticia desde el fin de la anterior guerra- y ambos se enfrentaron a Lersundi cerca de Camarassa. Ramonet asaltó el pueblo de Maials el dia 7, posiblemente para vengarse de la derrota sufrida en Llardecans. Los vecinos, ayudados por el regimiento de la Princesa, lo rechazaron. En este mismo día, los Tristany, Borges, Manel de l’Hostal y el Muchacho se enfrentaron a Joaquín Manzano en Sant Feliu de Saserra. El coronel Rios salió de Olot camino de Besalú, después que recibió confidencias de la estancia de Estartús y de Planademunt en esta villa. Ambos cabecillas rebeldes se acompañaban de trescientos hombres y se dirigían a una reunión de comandantes carlistas en la Vola, a la cual, por lo menos, también habían sido convocados Borges, el Muchacho, Marçal y Saragatal. Dicha convocatoria provocó la ocupación del territorio por las fuerzas del ejército de la reina y originó distintos choques en Collsacabra, Ripollès y Garrotxa. Concretamente, se constató que hubo enfrentamientos en el Esquirol, Cantonigros, Grau d’Olot y Vidrà. El coronel Rios luchó contra Estartús y Planademunt en los bosques de Fontpobre, a una hora y media de Olot.

Los lectores de periódicos supieron que Caragolet y mosén Perutxes entraron en Gerri de la Sal, se apoderaron del fortín, con la connivencia de un par de soldados y robaron las rendas obtenidas por la venta de la sal. Después, quisieron vender las existencias de los almacenes a los distribuidores pero no lo consiguieron porqué antes llegó al lugar la columna del ejército de Tremp. La prensa informó del secuestro del heredero del sastre de Tona. Los parientes del secuestrado fueron citados en Sant Andreu para que pagaran el rescate de más de treinta onzas y aunque la exigencia fue satisfecha, el heredero no volvió a su casa. Unos cuantos días después, el cadáver del heredero fue descubierto en el Brull.

El día 9, Lersundi se enfrentó a Cabrera en Cubells. Se dijo que los carlistas fueron vencidos y que, además de un montón de muertos, el ejército consiguió doscientos o trescientos prisioneros. El periodista fue prudente y no quiso asegurar la veracidad de la noticia ya que le parecía exagerada y porque, no habiendo llegado el correo de Cervera del día 11, no podía ser confirmada en Barcelona. Este mismo día, cuatrocientos montemolinistas de infantería y treinta de caballería, invadían la Cerdanya. El informador, de entrada, dijo que el Muchacho era su comandante pero luego afirmó que lo eran Borges, Altimira y Boquica. Por la noche, en medio de una ventisca de nieve, el ejército liberal sorprendió a los rebeldes mientras cenaban en Gurb.

Raramente el correo de Francia a Barcelona llegaba hasta Girona. Cada día era asaltado entre la Jonquera y Figueres. El día 10, Fernando Fernández de Córdova y el general Mata y Alós, salieron de Cervera para perseguir a Cabrera. Se rumoreaba que el general carlista permanecía en Oliana. En el mismo día, el general Oribe se dirigió a Lérida. Cinco días antes, Lersundi se había dirigido a Balaguer. Los viajeros de la diligencia proveniente de poniente y que llegaron el día 10, explicaron que, por donde se situaba Lersundi, había habido una gran batalla, el ruido de la cual se escuchó desde lejos. Después, se supo que esta batalla tuvo lugar cerca de Oliana, por iniciativa de Cabrera y que los resultados de la misma resultaban inciertos. El general carlista trabajaba en la fortificación de la zona y dominaba unos cuantos pueblos, en los cuales exigió que le entregaran camas. La requisa de muebles sugería que los carlistas se estaban procurando un hospital. También el día 10 de noviembre, Josep Borges, ayudado por cabecillas gerundenses, venció a Paredes en el Esquirol y Roda de Ter. Borges consiguió cien prisioneros. Y, en el mismo día, Boquica y Altimira se encontraron en la Pobla de Lillet y ocuparon el lugar con doscientos rebeldes pero solo permanecieron allí el tiempo necesario para secuestrar a un par de ricos y a la hija del alcalde. Los soldados se escondieron en el fortín, dejando a unos tiradores en el campanario de la iglesia, los cuales hirieron a cuatro trabucaires cuando éstos abandonaban el pueblo y cruzaban el rio Llobregat por el puente. Los rebeldes volvieron a la Pobla de Lillet a la mañana siguiente para vengarse. Intentaron entrar en la iglesia perforando el muro.

Cuatrocientos matiners se instalaron en Gurb de la Cerdanya. Cuarenta trabucaires entraron en Malgrat de Mar, secuestraron a un regidor y se llevaron unos cuantos caballos. Los dueños de los animales quiieron cobrar por la requisa y los trabucaires les indicaron que se presentasen en Susqueda, donde- “como sabe todo el mundo”, comentaba el periodista- los rebeldes tenían sus oficinas.

El día 12, Masgoret, encabezando quinientos hombres, se presentó por sorpresa en Montblanc. Era domingo y la gente tomaba el sol en la plaza. Los soldados del destacamento se encerraron en el fortín pero un par que estaban distraídos, cayeron en manos de los rebeldes. Masgoret se apoderó de unas cuantas armas y dos días más tarde ocupó Valls.

El 16 de noviembre, el Brusi publicó la noticia, fechada en la Seu d’Urgell, de la deserción de Pep de l’Oli: “El haberse adherido al convenio de Vergara el Sr. José Pons, conocido durante la última guerra por Bep del Oli y uno de los más distinguidos jefes en el ejército carlista, debe considerarse como preliminar de otros sucesos análogos, pues muchos han de ser los que imiten el ejemplo de una persona de tan recomendables y bellos sentimientos y que de tanto ascendiente gozaba entre los suyos”. El acto de deposición de armas y de sometimiento de Josep Pons, se llevó a cabo el día 15 en Agramunt, en presencia del capitán general y del general Lersundi. El día 19, el capitán general, Fernández de Córdova y el cabecilla carlista firmaron el convenio que certificaba esta sumisión. Ninguna cláusula del acuerdo establecía una compensación económica para Josep Pons, aunque se habló mucho de ello, pero se le reconoció el grado de brigadier que había ganado en el ejército carlista. Miquel Pons, hermano de Pep, que guiaba una partida de 500 hombres, también fue comprometido en dicha deposición de armas. Antes que Miquel pudiera corroborarla, Cabrera lo hizo prisionero y lo fusiló, el 29 de diciembre, en Amer.

Según el periodista, Pep de l’Oli no se limitó a adherirse pasivamente al gobierno liberal sino que comprometió sus servicios, influencia y espada, a la reina de España. En este caso, la prensa se mostró mucho más respetuosa con el desertor que lo había sido con Caletrús. Pep de l’Oli no había aparecido en la prensa desde que se inició la guerra de los matiners pero era un veterano de la guerra anterior y se le atribuía el asesinato del conde de España. El príncipe Lichnowsky le trató personalmente durante el año 1838, cuando Pons era comandante de Berga y controlaba la fortaleza de Queralbs, bajo las órdenes del conde. El prusiano afirmó que Pep de l’Oli participó activamente en la conjura contra el conde, a fin de vengarse ya que éste le había destituido del cargo.

El hecho que Pep de l’Oli se acogiera al convenio de Vergara- aunque eso fuera a modo de mera justificación legal, ya que, en aquel momento había prescrito el plazo de indulto- nos demuestra que este hombre no se consideraba un revolucionario de última hora sino un militar carlista que permaneció en el exilio francés hasta que decidió pasarse al ejército liberal. Eso lo podemos corroborar, gracias al debate que mantuvieron el antiguo capitán general de Cataluña, general Pavía y su sucesor en el cargo, el general Fernando Fernández de Córdova, entre los días 8 y 9 de enero de 1849. Pavía desmereció la teórica deposición de armas de Pep de l’Oli, afirmando que desde el año 1840, al finalizar la primera guerra, el señor Pons no había dirigido ninguna partida de rebeldes; es decir, que no había participado en el alzamiento de los matiners. Probablemente, Pep fue uno de los veteranos desencantado con el carácter izquierdoso de los montemolinistas y se consideró maltratado en el reparto de honores y cargos por parte de Montemolín. Solamente por dicha razón podemos entender que, a partir que se sometió a Isabel, se mostrara muy activo, guerreando de forma extremadamente sangrienta contra sus antiguos correligionarios. Según podemos saber, por confesión del general Pavía, también en el caso de Pep, como en el caso de Caletrús, las intenciones del interesado de cambiar de bando, eran antiguas. Pavía, en las Cortes, refiriéndose a la época en que fue capitán general, dijo lo siguiente: “También me se propuso el paso de Pep de l’Oli, a quien se le había de conceder el grado de brigadier y mi contestación fue, que si dejaba pasar el tiempo que el gobierno tenía marcado para la presentación al indulto de los que seguían la bandera enemiga, las puertas las encontraría cerradas… Esto es exacto, señores, y el país que lo ve [Cataluña] no puede obligársele a que salga de esta inercia […] yo creo que no pueden mirar con indiferencia la suerte que cabe a Caletrús y a los demás presentados al recordar que han hecho la guerra a la reina con encarnizamiento”. Pavía no era el único miembros de la clase política y militar que pensaba de esta manera y por lo menos, otro senador, el señor Cabello, del partido progresista, le apoyó: “El gobierno puede exigir del ejército todo lo que quiera, menos una cosa: no puede humillarle. Y, señores, esto es lo que ha hecho el gobierno el día que ha dado el mando de nuestras tropas y de nuestros oficiales á uno que acababa de venir de las filas contrarias. Yo apruebo mucho todo lo que sea conciliación; pero, señores, entre indultar á uno por los delitos que haya podido cometer, y darle el mando de los soldados que ayer [le] combatían, hay una diferencia inmensa. No puedo menos de hacer presente al gobierno que el medio más seguro de acabar con los enemigos de nuestra Reina y de nuestras instituciones es inspirar confianza al país, y ser tolerante con los que hasta ahora ha mirado siempre con cierta prevención”. En cualquier caso, Pep de l’Oli fue otro oficial carlista enemistado con Cabrera, desde los tiempos de la primera guerra civil.

Los Tristany se apoderaron de las minas de sal de Cardona y de Súria. Los habitantes de dichos pueblos observaban con indiferencia como los rebeldes cargaban los sacos de mineral, los vendían y gozaban de las rentas obtenidas. A principios del mes de noviembre los Tristany prepararon una trampa a la ronda de Balsareny. Los carlistas enviaron al pueblo un supuesto confidente que avisó a los voluntarios de la ronda de que en la masía Riudor, tres trabucaires habían secuestrado a un rico propietario. El cabo de la ronda se tragó el anzuelo y se dirigió a la masía. Al llegar, una fuerza superior de carlistas esperaba a la ronda y la atacó al grito de “¡sin cuartel!”, matando a once voluntarios, incluido el cabo. Uno de los voluntarios se escapó de la trampa y explicó que se mezcló entre unos payeses que trabajaban en el campo. El miliciano, con el fin de pasar desapercibido, cogió un azadón y se puso a cavar y de esta manera consiguió que los perseguidores no le identificaran.

El Brusi garantizaba que los ochocientos hombres que acompañaban a Cabrera y a los Tristany por el territorio central de Cataluña, no reconocían al mismo capitán general. Una parte pensaba que el cargo pertenecía a Cabrera y la otra se lo atribuía a Castells. Un capitán y un teniente, prisioneros de los trabucaires en Sant Quintí de Mediona se escaparon aprovechando que sus carceleros los dejaron bajo la vigilancia de un solo centinela. Los oficiales le quitaron el trabuco y le obligaron a que los guiase hasta la carretera de Vilafranca. Los republicanos Escoda, Baliarda – éste, ya recuperado de su herida – Molins y Montserrat, amenazaban Sants. En Barcelona se rumoreaba que la columna que defendía el pueblo vecino había huido, lo que nos indica que, en realidad, los rebeldes se apoderaron del mismo.

El Fomento del día 17, planteaba las siguientes cuestiones: Montemolín ¿representa acaso el verdadero partido carlista… Montemolín, liberalizado a la inglesa ¿tendrá por ventura mayor prestigio y más fuerza para derribar el trono legítimo?”. El comentarista negaba estas posibilidades. Unos días más tarde, El Barcelonés pronosticaba que si los montemolinistas y los republicanos ganaban la guerra, eso conduciría el país a otra guerra civil, entre los partidarios de uno y otro régimen, la cual sería mucho más sangrienta y terrible.

El dia 22, el Brusi se refirió a un documento titulado “Memoria presentada al Conde de Montemolín” publicado por el Heraldo de Madrid y atribuido al coronel carlista Félix Gómez Calvente. El autor se quejaba de la influencia perniciosa que ejercían el marqués de Villafranca y el señor Romualdo Mon sobre el conde, al cual mantenían secuestrado y aislado de la opinión mayoritaria de los carlistas. Gómez Calvente incluso aseguraba que los dirigentes que criticaba, cuando les molestaba algún discrepante, teniendo en cuenta que no podían dictar penas de muerte en Londres, lo enviaban a España y por vías tortuosas denunciaban su presencia a las autoridades liberales. Montemolín, en definitiva, ayudaba a la izquierda catalana y abandonaba a los partidarios de la ortodoxia absolutista. El Fomento del 8 de diciembre, insistía en la falta de alternativa que suponía la opción de Montemolín: “[…] en torno de D. Carlos se agruparon los partidarios de la monarquia pura porque pensaron de buena fe que D. Carlos y sus hijos la personificaban y porque creian que en la aplicación de aquel principio, estibaba la felicidad de la nación española […]” pero, en cambio, por lo que se refiere a la posición del hijo, conde de Montemolín “[…] nadie sabía qué principios políticos representaba […] hasta que el mismo los reveló en una especie de manifiesto que hicieron público la prensa extranjera y nacional; […] en este momento, bien que entre ambages, se patentizaba que Montemolin era amigo de las formas constitucionales y del gobierno representativo; y desde aquella época los hombres entendidos y discretos, todos los hombres de principios, vieron á las claras que el triunfo de Montemolin, caso de ser posible, no había de importar más que el cambio de la persona que se sentase en el trono”.

Durante estos días, la gente más rica de la comarca de Osona, cansada de ser extorsionada por los rebeldes, pidió armas para defenderse. A la mañana siguiente de conocerse la noticia, los muros de Vic aparecieron empapelados con pasquines de los carlistas amenazando a los que aceptasen la ayuda. Un grupo de facciosos entró en el pueblo barcelonés de Sarrià y secuestró a un regidor. Luego, con absoluta tranquilidad, se fueron al café a tomarse unos vasos de vino. En el local encontraron al substituto del sereno y le exigieron que les entregase la carabina. El sereno se resistió y lo mataron. El destacamento de Gandesa encarceló al faccioso Josep Grau y después lo trasladó a Ascó, de donde era natural, para fusilarlo. Pep de l’Oli recibió el nombramiento de comandante de una columna del ejército de la reina, formada, en parte, por sus antiguos voluntarios.

 

  1. La batalla de Avinyó y sus consecuencias. 

El espíritu nacional de un ejército (entusiasmo, fervor fanático, fe, opinión) se manifiesta especialmente en la guerra de montaña en la cual cualquier ejército, incluso el soldado raso, queda limitado a sus propias fuerzas. Karl von Clausewitz. De la guerra.

 

El capitán general, Fernando Fernández de Córdova, escoltado por su estado mayor, llegó a Barcelona el día 20 de noviembre, a les 13 horas, después de la campaña que dirigió por las comarcas centrales. Cuando Fernández de Córdova cruzaba el portal de la muralla de la ciudad, ya habían sucedido los hechos que motivaron su dimisión. El día 21, el Brusi quiso desmentir las habladurías que corrían acerca de la derrota sufrida por las tropas del brigadier Manzano en manos de Cabrera y otros jefes carlistas, en el distrito militar de Manresa. El corresponsal del Brusi en Sallent, comunicaba, en fecha del día 18, que el ejército de la reina solo había sufrido las bajas de siete u ocho soldados muertos y un herido. Éste era el hermano del brigadier Manzano que se rompió un brazo al caer del caballo. Pero las excusas del periódico resultaban poco convincentes ya que contenían los datos suficientes para convencer al lector más cándido que el ejército liberal había sido derrotado de forma contundente. En realidad, nadie negaba la batalla y además se reconocía que, al final, los matiners habían conseguido tomar muchos prisioneros. Éstos fueron transportados a Vidrà, donde Cabrera licenció a 5 soldados porqué ya habían cumplido el servicio y a un sexto porque estaba enfermo.

Finalmente, las consecuencias políticas de la llamada batalla de Avinyó, del día 16 de noviembre de 1848, así como la circunstancia de que el general Manzano quedara prisionero de los matiners, no permitió que la verdad de lo ocurrido quedara demasiado tiempo oscurecida. Las autoridades publicaron una versión de los hechos, mediante la cual referían el encuentro armado como una trampa muy bien preparada por Cabrera a fin de humillar al enemigo victorioso- es decir, a Manzano- y que consistió en llevarlo hasta un lugar, en el cual le esperaban, además de las tropas del tortosino, los voluntarios de Marçal, el Muchacho, Saragatal, Borges, los Tristany, Picó, Jaume Montserrat y Bartomeu Poses. Unos días antes de la batalla, los grupos rebeldes citados se escondían en lugares distantes los unos de los otros, a fin de no ser descubiertos por el ejército liberal, o para que, si alguno lo fuera, eso no perjudicara el conjunto de la fuerza. Poses, Montserrat y Picó, con quinientos infantes y treinta jinetes, acamparon en Calders. Marçal y Saragatal, permanecían en el Estany. No demasiado lejos de este pueblo, Cabrera, Borges y los Tristany se situaron entre Avinyó y Santa Maria d’Oló. Debe señalarse el simbolismo que se desprendía de la procedencia territorial de las partidas que se juntaron para derrotar a Manzano. Prestemos atención: Marçal y Saragatal guiaban los voluntarios gerundenses, Borges y los Tristany a los leridanos y tarraconenses, mientras que Poses, Montserrat y Picó, reunían a los barceloneses. Esta combinación de hombres de todos los territorios del Principado proporcionaba otra prueba a los militares de la reina respecto la existencia de una conjura catalana contra España.

rendición de Manzano
rendición de Manzano

El primer contacto de los enemigos se produjo cerca de Artés y por lo tanto parece claro que Poses, Picó y Montserrat, que estaban más cerca de los liberales, sirvieron de anzuelo. Es indudable que los matiners conocían en qué fecha saldría Manzano, con sus seiscientos o setecientos soldados del cuartel de Santa Isabel de Manresa – los hay que ascienden el número hasta mil quinientos- y que dirección tomaría. Lo cierto es que, el día 15 de noviembre, por la tarde, antes de llegar a Artés, donde pasaron la noche, las dos compañías que constituían la vanguardia de las fuerzas de Manzano, fueron atacadas por grupos de montemolinistas. Las compañías asediadas se retiraron para incorporarse al grueso de la fuerza y cuando este movimiento fuer percibido, el brigadier Manzano ordenó que el resto de la tropa avanzara rápidamente para protegerlas. A la mañana siguiente, con la tropa bien ordenada y formada, Manzano persiguió a los provocadores durante mucho rato. La persecución le condujo hasta Santa Maria d’Oló. Es decir, se prolongó cerca de quince kilómetros. En el término de dicho municipio[113], a las diez de la mañana del día 16, Marçal y Saragatal atacarón el flanco derecho de las tropas de Manzano, los Tristany atacaron el izquierdo y Poses remató la faena por el centro.El periódico afirmaba que el brigadier liberal fue herido y cayó prisionero de la gente de Poses. La mitad de los soldados liberales fueron muertos o quedaron prisioneros, o se extraviaron. La prensa afirmó que una veintena de carlistas habían perdido la vida, entre los cuales citaba al ayudante de Marçal y a Miquel Tristany. El periódico no mencionó, de forma concreta, las pérdidas del ejército de la reina pero Josep Llord asegura que los matiners consiguieron setecientos prisioneros y mil fusiles. El Fomento del día 21- en el mismo día que el Brusi ofreció la primera noticia de la lucha- reconocía la derrota del ejército del gobierno pero encontraba excusas: “trataron éstos [los matiners] de hacer caer [a Manzano] en una emboscada, y desgraciadamente consiguieron su objeto. Mas para lograrlo tuvo Cabrera que reunir casi todas las fuerzas rebeldes que hay en Cataluña, tanto de las gavillas que se titulan montemolinistas como de las que se titulan republicanas. Acudieron a la cita con todos los suyos Cabrera, Montserrat y Picó; pero frente de la columna se presentaron solo el número suficiente para obligarla a empeñar la acción y a meterse en lo más intrincado de los montes, donde se viese abrumada, sin poder defenderse contra fuerzas cuadruplicadas”.

Según la prensa, los rebeldes sumaban mil quinientos hombres y los soldados de la reina, unos seiscientos[114].

Inmediatamente después de la batalla, se rumoreó que los carlistas querían intercambiar el brigadier Manzano por el “caballerizo real”, señor Mariano López de Caravajal. Eso es lo que acabó sucediendo pero el acuerdo se disfrazó ya que no convenía descubrir este tipo de pactos.

Según el periódico, el día 28- doce días después de la batalla- el general Paredes liberó a Manzano, al cual encontró, por casualidad, en una masía. La versión publicada de esta circunstancia, explicaba que Paredes, mientras llevaba a cabo una ronda rutinaria, llegó a un lugar llamado “Casas de Rovira”[115], en el territorio dominado por los Tristany, donde éstos guardaban a Manzano. Paredes descabalgó a pocos pasos de la masía central y en el mismo momento que lo hacía Antoni Tristany. La espesa niebla impidió que los adversarios se divisaran. Paredes se acercó a una de las masías para encontrar resguardo y mientras se acercaba, vio tres trabucaires que salían corriendo de esta casa. Entró en la masía y dentro de ella encontró otro trabucaire y a un hombre que se identificó como el brigadier Manzano. Mientras, los mozos de escuadra que acompañaban a Paredes, registraron el entorno y en otra casa más humilde, recogieron tres fusiles, apoyados en la pared, los cuales seguramente pertenecían a los trabucaires fugitivos. Los mozos penetraron sigilosamente en la casa y en su interior vieron a un hombre muy alto que fumaba y se despedía cariñosamente de una mujer. En el momento que este hombre apagó el cigarro, los mozos le pidieron que se rindiera. El hombre alto dudó unos segundos, ya que iba armado pero al fin decidió entregarse a los mozos. Este hombre era Antoni Tristany y le fueron requisadas dos carteras y una pistola de seis cañones [116]. El brigadier Manzano declaró a Paredes que los carceleros le habían tratado muy bien y por eso Paredes correspondió a la generosidad carlista, respetando a Antoni. Incluso le permitió quedarse treinta onzas de oro que éste llevaba encima.

Hasta aquí, la historia de la liberación de Manzano que explicó la prensa, adornada con detalles copiados, o inspirados en un informe anterior escrito por Antoni Baixeras, el 7 de mayo de 1847 para el capitán general de Cataluña y que fue publicado, por lo menos, por El Postillón de Girona. Vale la pena que reproduzcamos algunos párrafos del informe de Baixeras para demostrar el parecido: “Ayer salí de Pinós dirigiéndome hacia la casa llamada Rovira y otras dos muy contiguas a la misma de S. Justo de Ardevol, por haber tenido notícia que divagaba por allí una gavilla de 25 rebeldes mandada por un sobrino de Tristany que tiene por objeto custodiar los prisioneros que el 27 del pasado hicieron à la columna de Calaf y cuidar de los heridos que tienen en sus guaridas. Efectivamente, se hallaba dicha partida en la llamada Planas que está a la vista [… ] de las otras dos; un guardia que tenía en la era me divisó aunque a poca distancia porqué había una densa niebla y huyeron precipitadamente […] solo pude hacerles un prisionero […] Se le cogió con su fusil y en la citada casa se encontró un cinturón y bayoneta […] que seguramente sería de uno de los  prisioneros […]”. La similitud de las circunstancias relatadas por Baixeras- la niebla, los trabucaires que huyen, las armas abandonadas- comparadas con la crónica periodística de la liberación de Manzano, en ambos casos situadas en el mismo lugar, en territorio de los Tristany, aún hacen menos creïble la última y constituyen otro indicio que confirma la certeza del intercambio de prisioneros que las autoridades del gobierno y el capitán general de los matiners quisieron disfrazar con el descubrimiento casual del general liberal, después de que- supuestamente, por bondad humanitària- ellos abriesen las puertas de la prisión a López de Carvajal. Está claro que el cronista solamente había sido informado de la incursión de Paredes en los dominios de los Tristany, de que éste había liberado a Manzano y de que, además, detuvo a Antoni Tristany, aprovechando que pasaba el rato con la rentera de la masía cercana.

En cualquier caso, el general Pavía, en las memorias de la guerra que escribió [117], afirmó explícitamente que el brigadier de la reina fue intercambiado por el coronel carlista Mariano López de Carvajal, prisionero de los gubernamentales y por eso deducimos que forzosamente Paredes sabía en qué consistía su misión y el lugar donde encontraría al prisionero que debía liberar. Pero, lo que no sabía Paredes es que en el mismo lugar encontraría a uno de los hermanos Tristany. ¿Qué hacía allá, Antoni Tristany?. Por mucho que desease ver a su amante, si hubiese sabido que aquel día se llevaba a cabo la liberación pactada de Manzano, debemos creer que hubiera anulado la visita. Por lo tanto, lo más probable es que, con el fin de realizar el intercambio de prisioneros, sin provocar ruido político, el capitán general de Cataluña, Fernando Fernández de Córdova y Ramon Cabrera, acordasen realizarlo a espaldas de los Tristany. Debido a ello, aquel día Antoni permanecía confiadamente en el lugar inadecuado. Extrañamente, Fernando Fernández de Córdova, en “Mis memorias íntimas”, aunque reconoce el intercambio de prisioneros, da otra versión no coincidente con la información de la prensa. Según Fernández, suya fue la iniciativa de liberar al coronel carlista José Maria de Villavicencio, esperando que Cabrera respondría automáticamente con la liberación de Manzano. Fernández incluso explica que ordenó que se condujera este prisionero a su presencia, a fin de comunicarle la buena notícia y que el pobre hombre, que estaba esperando el momento de la ejecución, se le mostró emocionadamente agradecido. Luego, sucedió que la suposición de Fernández se confirmó y Cabrera, correspondiendo al gentil gesto del liberal, soltó a Manzano. La versión de Fernández tiene la ventaja de que niega los contactos directos de la capitanía general con el enemigo, a la vez que el autor se presenta como un tipo compasivo y bondadoso. Pero esta excusa resulta fallida ya que los periódicos de la época nunca mencionan a Villavicencio sino que todos los relatos publicados consideran probado que el rescate del general liberal se consiguió a cambio de la liberación de López de Carvajal, el cual, por otro lado, era un personaje que el conde de Montemolín valoraba más que al coronel carlista[118]. Al fin, aun existe otra posibilidad. ¿Quizá Cabrera, a cambio de Manzano, consiguió la libertad de dos correligionarios: López de Carvajal y Villavicencio?.

La derrota de las tropas del gobierno en la batalla de Avinyó, fue comunicada al capitán general Fernando Fernández de Córdova el día 17 de noviembre, en Cervera, cuando volvía a Barcelona, después de que hubiera participado en la deposición de armas de Pep de l’Oli. Los matiners hicieron correr la noticia de su victoria por todas partes y tan rápido como pudieron. El día 25, desde Girona, las autoridades del gobierno se quejaban de que Marçal iba contando, por los pueblos por donde pasaba, la gran cantidad de prisioneros y de armas que había conseguido en Santa Maria d’Oló. Las autoridades gerundenses opinaban que debía cortarse por lo sano esta publicidad e informar a la población que los carlistas habían sufrido cuarenta muertos, entre los cuales se encontraba Miquel Tristany y que muchos de los soldados que los matiners sumaban como prisioneros, eran hombres que se habían perdido en los bosques, los cuales, al fín, habían vuelto a su regimientos.

La transcendencia de la derrota de Manzano obligó al capitán general, Fernando Fernández de Córdova a dimitir y, de entrada, quiso disimularlo explicando que debía visitar a su madre, la cual residía en Francia y se encontraba gravemente enferma. Rápidamente, se supo que lo substituiría un viejo conocido de los catalanes, el general Manuel Gutiérrez de la Concha.

El Heraldo de Madrid se refirió a la derrota del ejército de la reina en Santa Maria d’Oló y se exclamaba que los treinta y seis mil soldados destinados en Cataluña no fueran suficientes para acabar con la revuelta catalana. Claro está que cada día que pasaba se incrementaba la tropa destinada en el Principado con nuevos efectivos llegados de todos los rincones de España. Tres batallones fueron trasladados desde Valencia, un regimiento de caballería vino de Madrid y otros desde territorios castellanos. Pero en el debate del senado, de los días 8 y 9 de enero de 1849- y, también en las “Memorias Íntimas”- Fernández de Córdova confesó sin ambages las razones verdaderas de su dimisión. El capitán general explicó que unos días antes que ocurriera la batalla de Avinyó, comunicó al gobierno que seis grupos de rebeldes, todos los cuales sumaban mil doscientos hombres, con sus jefes, deseaban deponer las armas. Pero precisamente en el momento que debía producirse esta rendición masiva, Manzano cayó en la trampa de Santa Maria d’Oló. Entonces, Fernández creyó que se había esfumado la posibilidad que acariciaba y que ya había anunciado, por lo que dimitió. Las razones expuestas por Fernández son verosímiles ya que, como sabemos, poco antes de la batalla, apareció en la prensa, por primera vez desde el inicio de la guerra, la noticia de la presencia en el país de Pep de l’Oli. Por lo tanto, Josep Pons abandonó el exilio francés y entró en territorio español con la intención de pasarse al bando liberal y lo hizo, quizá, un mes antes de la fecha prevista para su deposición de armas. Durante este periodo de tiempo, recogió algunos partidarios para darse a conocer como enemigo y de esta manera, glorificar su cambio de uniforme. Seguro que el plan fue cuidadosamente elaborado por Fernández de Córdova. En un momento que nadie dudaba de la existencia de diferencias entre el carlismo de los matiners y el carlismo absolutista, el capitán general encontró un cabecilla carlista en el exilio dispuesto a demostrar, con su ejemplo, que los verdaderos “apostólicos” estaban más cerca del gobierno de los moderados que no de los revolucionarios “comunistas” que guiaba Cabrera, en nombre de Montemolín. Fernández de Córdova confiaba en la influencia de Josep Pons y por eso anunció precipitadamente que esperaba la deposición de armas de unos mil doscientos hombres y no solamente la de Pep y los pocos que componían su partida. Precisamente, Poses y Montserrat, que eran unos de los cabecillas que Fernández esperaba que se pasaran al bando gubernamental, participaron en la batalla de Avinyó y por lo tanto, después de la derrota que sufrió el ejército de la reina, resultaba lógico que el capitán general creyera que había desaparecido la posibilidad de la deserción masiva que había pronosticado[119].

Entre las noticias esperanzadoras para los partidarios del gobierno, debe destacarse la enfermedad de Cabrera. Este rumor acompañó al general carlista durante toda la campaña, desde el primer día que llegó al Principado y no era totalmente falto de rigor. Cabrera siempre padeció las secuelas de las heridas que sufrió durante la guerra anterior y aunque era un tipo delgado y resistente, a menudo su salud era mala. El Morning Post, periódico inglés que se suponía muy enterado de los asuntos carlistas, publicó que Cabrera se disponía a refugiarse en Francia, durante el invierno, ya que la nieve de las altas montañas catalanas le perjudicaba gravemente la salud. Durante su ausencia, le substituirían Marçal, Borges y Vilella pero- según el informador británico- el general volvería a Cataluña al llegar la primavera, para recuperar el mando de todos los matiners.

El 23 de noviembre de 1848, el ministro de la guerra cesó a Fernando Fernández de Córdova como capitán general del ejército y del Principado de Cataluña. Mediante el mismo decreto, nombró a Manuel Gutiérrez de la Concha en el cargo. La noticia del nombramiento de Manuel Gutiérrez de la Concha fue publicada por la prensa casi en el mismo momento que se supo que Poses y Montserrat se habian pasado al bando de la reina y estos cabecillas llegaron a Barcelona, acompañando al nuevo capitán general.

El día 26 de noviembre, la prensa informó de que en Barcelona había sido descubierta otra conjura de oficiales del ejército, los cuales estaban en contacto con Cabrera. No parece que esta intentona tuviera demasiada importancia.

El día 27, Marçal con cuatrocientos jinetes, veinte de los cuales eran lanceros, se detuvo durante dos horas en la Bisbal d’Empordà y después se fue a Palafrugell. El general Enna apareció a la mañana siguiente con ochocientos infantes y cuarenta y cinco jinetes en la Bisbal y después se fue hacia Calonge. Por estas fechas, setenta trabucaires, tres o cuatro de los cuales montaban caballos, detuvieron en el Masnou el tren de Mataró a Barcelona y el que circulaba en dirección contraria. No molestaron a los pasajeros pero tomaron las armas a los vigilantes del ferrocarril.

El día 28, Tomàs Beltran i Soler proclamó la Diputación catalana, a modo de ente autónomo del gobierno de Cataluña, mediante la cual pretendía juntar orgánicamente y políticamente a los matiners carlistas, republicanos y liberales de izquierda. Los periódicos, claro está, no publicaron la noticia.

 

  1. La deposición de armas de Poses y Montserrat. .

Y cuando los doscientos hombres a caballo y los trescientos de a pie de los catalanes, vieron lo que verdaderamente se proponía el conde, se fueron todos juntos a su presencia y le dijeron: “Señor, nuestros hermanos son aquí, en frente de vos y nosotros sabemos que los quereis destruir con gran entuerto y gran pecado; por eso os decimos que deseamos morir con ellos. De manera que os desafiamos y nos separamos de vos.  Ramon Muntaner. Crónica.

Donde no llegan las armas pueden llegar los engaños. Gaspar Sala i Berart. Secretos públicos, piedra de toque de las intenciones del enemigo […] por mandato y orden de los diputados y oidores catalanes. 1641. 

Jefe de partida de trabucaires había sido en este periodo Montserrat y en 1848 no sólo le fue reconocido el empleo que tenía entre los carlistas sinó que al someterse a Isabel II, hizo su entrada en Barcelona, a caballo y a la derecha del capitán general del Principado […] No creemos que nadie pueda aceptar que un capitán de bandoleros trabucaires hubiera merecido tal honor… Melchor Ferrer. Historia del tradicionalismo español.

 

Poses y Baliarda, estando en Mura, se pelearon y después, Baliarda salió con todos sus efectivos del pueblo pero fue perseguido por Poses hasta que lo alcanzó, dispersó a tiros los voluntarios republicanos y mató unos cuantos. Concretamente, se dijo que Poses había fusilado a once seguidores de Baliarda. El día 30 de noviembre, el Fomento publicó el siguiente comentario: “Baliarda y los suyos perseguidos y dispersados á tiros por Posas y su gavilla, representa exactamente el partido liberal frente por frente del absolutista. Si éste ahora que necesita y busca para sus maquiavélicos fines el apoyo de aquel, persigue y mata á los que se titulan defensores de la libertad ¿qué seria cuando encontrándose en situacion mas holgada, puediese creer que la mala asistencia del partido liberal lejos de servirle, le estorbaba para realizar los planes liberticidas que ahora cuidadosamente oculta?”. En realidad, el comentarista no estaba demasiado enterado de lo que sucedía. Poses soportaba problemas internos y tenemos constancia que unos cuantos de sus seguidores en el Baix Llobregat, se acogieron al indulto y habiendo permanecido un tiempo en sus casas, luego se apuntaron a las filas de los republicanos. Pero, la pelea con Baliarda podría haber tenido su origen en discrepancias por el dominio del territorio y el cobro de contribuciones, o en la deposición de armas que Poses planeaba. ¿Quizá, el carlista intentó convencer a Baliarda que le acompañara en la rendición que se proponía y el republicano se negó?. Pocos días antes, el 27 de noviembre, Jaume Montserrat había atacado el fortín de Molins de Rei y después, Marçal y Poses entraron en Castellterçol. En este pueblo incendiaron la casa del comandante del ejército como venganza por no haber podido ocupar el fortín. Un observador de la batalla, que estaba en un balcón, resultó muerto.

El 6 de diciembre, el Brusi publicaba la determinación de Poses y Montserrat de pasarse a las filas del gobierno: “VIVA LA REINA, VIVA LA PAZ- Al grito de estas mágicas palabras, se han unido esta mañana al general Concha en Esparraguera los ex- cabecillas Posas y Montserrat, con toda su gente que son seiscientos infantes y sobre cuarenta caballos […] Posas era amigo íntimo de José Pons”. La intervención de Pep de l’Oli en el proceso de acercamiento de Poses al gobierno liberal y su resolución final de pasarse, con hombres y bagajes al ejército de la reina, parece que fue transcendente. Eso nos lo corrobora Fernando Fernández de Córdova que en sus memorias recuerda que Poses le indicó que tratase el tema de su deposición de armas con Josep Pons. En dicho asunto, Jaume Montserrat fue considerado, simplemente, “el segundo de Posas” y por lo tanto, se suponía que una vez Poses hubiera decidido el pase, a Montserrat le tocaba seguirlo. Pero, al fin, nada de lo contado, resulta demasiado claro. A veces los historiadores carlistas se muestran más dolidos por la traición de Montserrat que no por la de Poses. En realidad, no se ha hablado demasiado de la deserción de Poses, sino que a menudo solamente se ha hecho referencia a las de Pep de l’Oli y Montserrat. En eso también coinciden las memorias de Josep Coroleu, el cual recordó la entrada en Barcelona del nuevo capitán general, Manuel Gutiérrez de la Concha, acompañado de Pep de l’Oli y de Montserrat pero no mencionó a Poses.

La escenificación de la “reconciliación” de los contingentes de los rebeldes mencionados con Gutiérrez de la Concha, se llevó a cabo en Esparraguera. El asunto fue negociado por Fernándo Fernández de Córdova, el cual afirmó que, en principio, el nuevo capitán general- es decir, su amigo Manuel Gutiérrez de la Concha- no confiaba demasiado en la política de incentivar las deserciones y prefería vencer a los rebeldes en el campo de batalla. En realidad, el día 2 de diciembre, Gutiérrez de la Concha, que venía de Madrid con una comitiva fastuosa para tomar posesión del cargo en Barcelona, encontró a Pep de l’Oli en Igualada. Aconsejado por este cabecilla, el capitán general recibió a Poses y ambos mantuvieron una larga conversación. Poses salió del encuentro con el compromiso de deponer las armas y, en Collbató, hizo formar a sus seiscientos hombres para comunicarles la determinación que había tomado. El cronista decía que Poses les habló en catalán para que le entendieran bien- lo raro es que les hubiera hablado en castellano- y que, después, todos los voluntarios decidieron seguir a su comandante allá donde fuera. Pero, el autor de una crónica posterior, publicada en el Brusi, del día 11 de diciembre, dudaba que el acuerdo hubiera sido adoptado de forma tan fácil. Poses intentó convencer a sus partidarios de que habían perdido la guerra, que aquel formidable desfile de las tropas liberales que habían presenciado por la carretera de Barcelona, constituía la prueba más fehaciente de lo que afirmaba y que ellos estaban cercados, de manera que no existía otra posibilidad que la deposición de armas. También es probable que Poses adujera que no tenía dinero para pagarles los sueldos de voluntarios y que el nuevo capitán general de Cataluña, Manuel Gutiérrez de la Concha, le había prometido que los satisfacería generosamente.

La crónica del Brusi, titulada “Presentación de Poses” resulta interesante, por diferentes motivos pero lo es especialmente debido a que evidencía las dificultades que tuvo Poses para convencer a sus partidarios del cambio de bando. El cronista comienza afirmando que Poses era un tipo “en quien las ideas monárquicas habían arraigado profundamente” y un carlista honrado, de manera que estaba profundamente ofendido por la mezcolanza de “Montemolín” y republicanismo que dominaba en la facción rebelde. Claro está que la opinión que el periodista atribuía a Poses reproducía la misma justificación que, anteriormente, fue utilizada para explicar el cambio de uniforme de Pep de l’Oli. Simplemente, el cronista, llevado por el ánimo de dignificar al dudoso de Poses, le atribuyó las ideas de Josep Pons: “La presentación del brigadier Pons, antiguo jefe suyo, le señaló el camino que en su honradez y españolismo debía seguir. Así es que desde aquel entonces comenzó a tratar de su adhesión al gobierno de la Reina […] “.

Según la versión del cronista, Josep Pons acordó reunirse con Poses en Esparraguera, a fin de concretar los últimos flecos del acto de la deposición de armas. Eso coincidió con la llegada de Gutiérrez de la Concha a Igualada. Pep de l’Oli, que también tenía que pasar por Igualada, camino de Esparraguera, se detuvo en la capital del Anoia para saludar a Concha y ponerlo en conocimiento del asunto que lo traía hasta allí. El capitán general se mostró favorable a la propuesta de Josep Pons y decidió que intervendría personalmente en el asunto. Por lo dicho, durante la noche del 3 al 4 de diciembre, Poses, que había ido solo hasta Esparraguera, después de dejar a sus correligionarios en Collbató, no únicamente se reunió con Pep de l’Oli, como esperaba, sino que también tuvo que reunirse con Gutiérrez de la Concha. La negociación se prolongó durante horas. Finalmente, el cabecilla de los matiners aceptó que su presentación a las autoridades del gobierno se llevase a cabo a la mañana siguiente, día cuatro. Es evidente que Concha estaba interesado en concluir el acuerdo ya que deseaba realzar su comitiva y enaltecer su entrada triunfal en Barcelona, como general que gana batallas sin disparar un tiro. Sin duda, Bartomeu se comprometió a la presentación de armas inmediata, cuando todavía no había conseguido el beneplácito de todos sus voluntarios, los cuales, aquella misma noche, bajaron de Collbató y asaltaron una casa de Esparraguera. Poses, después de la entrevista con el nuevo capitán general, volvió a Collbató, con el compromiso de convencer definitivamente a sus partidarios de la necesidad de pasarse al bando de la reina.

General Mata i Alòs
General Mata i Alòs

De madrugada, el general Mata y Alós[120], con un par de ayudantes, trepó al campanario de la iglesia de Esparraguera para espiar los movimientos que se pudíeran producir por el flanco donde permanecían los matiners. A las ocho y media de la mañana, el general divisó a cinco jinetes que salían de Collbató en dirección a Esparraguera, con una actitud que no parecía amigable. Mata, Pep de l’Oli, el coronel Trinidad Álvarez y dos ayudantes, avanzaron para encontrarlos a medio camino. Saliendo de Esparraguera, fueron interceptados por un mensajero de Poses que les entregó un comunicado del cabecilla, mediante el cual les prevenía que todavía tenía graves problemas para arrastrar a sus partidarios al bando gubernamental. El coronel Álvarez, cabalgó rápidamente cuesta arriba y se presentó ante el puñado de rebeldes que bajaban de Collbató. Éstos se mostraron muy desconfiados, montaron las armas y apuntaron al coronel, el cual, con “un rasgo verdaderamente español”- decía el cronista- lanzó su sable al suelo, a fin de demostrarles las buenas intenciones que le animaban. Enseguida llegó al lugar el mariscal de campo, Francisco Mata y Alós, el cual se dirigió a los rebeldes, apartándose el capote para mostrarles las insignias. El cronista nos explica que Mata empezó su alocución en castellano y que después pasó a expresarse en catalán. En esta lengua, Mata prometió a los matiners de Poses que todos los voluntarios serían respetados; que los hombres que quisieran mantenerse en el servicio de las armas, lo harían a las órdenes de los mismos jefes de los cuales habían dependido hasta aquel momento y que facilitaría pasaportes a los que prefirieran volver a sus hogares. El discurso de Mata y Alós convenció a los rebeldes, los cuales se agruparon a su alrededor “A los gritos de viva la paz, viva la Reina y viva Cataluña”. Por tanto, en este punto de la narración, nos damos cuenta que los matiners, lo eran, no tanto por adhesión a lo que hoy llamamos un programa político, como por fidelidad a unos líderes y que, por lo tanto, una de las razones transcendentes que los podían inclinar al cambio de bandera era la promesa de que seguirían luchando a las órdenes de sus comandantes “naturales”, escapando, de esta manera, del servicio militar obligatorio. Pero había otra razón profunda en su elección de fidelidad, de la cual tenemos pruebas contundentes: el patriotismo catalán. Eso, en parte, también queda demostrado, por la reiterada alegación a la españolidad de los liberales, opuesta a la falta de este sentimiento que el gobierno endosaba a los matiners. Los rebeldes que deponían las armas recuperaban “el corazón español” y los actos de honor de los militares de la reina siempre se suponían investidos de españolidad, cualidad que, evidentemente, se negaba a los catalanes que luchaban contra el gobierno. El capitán general, Manuel Gutiérrez de la Concha, planteaba, sin demasiados tapujos que aquella guerra enfrentaba a los catalanes con el resto de españoles: “Catalanes: En breve recorreré vuestros pueblos y oiréis de mis labios las benéficas disposiciones del gobierno de S.M., patentizareis cuán quimérico es el triunfo de los enemigos de vuestro reposo y prosperidad al ver las numerosas tropas que de todas las províncias de la monarquia acuden al principado para ahogar la sedición”[121]. Como tendremos ocasión de considerar, cuando Concha declaró el fin de la guerra, en el mes de mayo de 1849, arengó a los catalanes, avisándoles que debían olvidar las diferencias “provinciales” y convertirse, simplemente, en españoles. En definitiva, a los matiners era necesario hablarles en catalán y eso no siempre puede justificarse en el hecho de que no comprendieran el castellano. Existen muchas pruebas de cartas escritas por trabucaires en castellano- por ejemplo, las redactadas por los acusados en el proceso de Perpiñán- y debe notarse que, en general, esta gente se expresaba de forma comprensible en esta lengua. Especialmente, los hombres que habían pasado por el ejército liberal o el carlista, fueron alfabetizados y eso, claro, se llevó a cabo en la lengua oficial. Por lo tanto, si los matiners insistían en usar su lengua materna y en que también la utilizaran sus interlocutores, ello, ciertamente, era debido a la comodidad, pero también implicaba una elección voluntaria, fundada en un posicionamiento de carácter identitario y el convencimiento de que aquello que se expresaba en catalán debía ser, forzosamente, la “verdad”, o que era más serio que lo expresado en la lengua forastera que hablaban sus adversarios. En relación a esta faceta de la mentalidad de los matiners, también debe tenerse en cuenta que el grito que lanzaron, una vez convencidos por el general que les había hablado en catalán, fue “Viva Cataluña!” y no solamente, “Viva la paz y viva la reina!”, como explicaron los primeros cronistas oficiales de los hechos.

Finalmente, el grueso principal de los hombres de Poses y de Montserrat se dirigieron a Esparraguera. La mayoría de noticias explican que la deposición de armas de estos contingentes rebeldes se celebró el día 4 de diciembre. Pero, no debieron pasarse todos puesto que, pocos días más tarde, Montserrat perseguía a cerca de cuarenta de sus antiguos compañeros de armas- dieciocho de caballería y veinte de infantería- que no quisieron ingresar en el ejército de la reina. Alguna otra notícia nos indica que Poses también tuvo disidentes y, durante el mes de marzo del año siguiente fue objeto de un intento de envenenamiento.

El recien nombrado capitán general, acompañado de su estado mayor, salió a recibir a los matiners que deponían las armas y éstos desfilaron dos veces ante la formación de los soldados de la reina para rendirles honores. Después, Concha pronunció una corta arenga y sus oficiales repartieron cigarros havanos y más de veinte pesetas a cada uno de los antiguos adversarios. Algunos hombres de Borges se añadieron a los rebeldes que se pasaron al ejército liberal. En realidad, entre los correligionarios de Borges había unos cuantos que eren fieles a Poses y el cambio de bandera de éste causó bastante desconcierto entre el conjunto de seguidores del leridano.

El día 5, Manuel Gutiérrez de la Concha, acompañado de Pep de l’Oli, Bartomeu Poses y Jaume Montserrat, llegó a Barcelona. Los ciudadanos esperaban verle entrar con los famosos cabecillas de los matiners pero el general prefirió dejarlos fuera de las murallas, en el barrio de la Bordeta, de Sants. En este punto, la crónica periodística desmiente el recuerdo de Josep Coroleu que- como se ha dicho- afirma que Gutiérrez de la Concha entró en Barcelona acompañado de Montserrat. Puede ser que hubiera una segunda entrada protocolaria del general, o quizá Coroleu consideraba, avant lettre, que Sants formaba parte de la ciudad condal. En cualquier caso, a la mañana siguiente de la llegada de la comitiva, los rebeldes “arrepentidos” se pasearon por las calles de la capital y aprovecharon el tiempo para comprar tabaco y víveres, despertando la curiosidad de los barceloneses, debido a que todavía vestían los uniformes montemolinistas.

Cabrera se enteró de la traición de Poses y de Montserrat durante el día siguiente a la fecha en que ésta se formalizó. El día 6, cuando los periódicos publicaban la “presentación” de dichos cabecillas, el capitán general de los carlistas dictó una ordenanza, desde Talamanca (el Bages), algunos párrafos de la cual resultan muy indicativos de la existencia de diferencias entre Cabrera y Poses, anteriores a la determinación de Bartomeu. El tortosino pronosticó que los rebeldes arrastrados por Poses, volverían a las filas de los matiners. Los primeros párrafos de la ordenanza promulgada por Cabrera, decían lo siguiente: “Voluntarios: El comandante D. Bartolomé Posas se ha pasado al enemigo, engañando a las fuerzas que mandaba, precisamente cuando yo volaba á castigar sus crímenes y rapiñas. Testigos oculares, y todos los voluntarios que han logrado fugarse, me han referido las lágrimas y desesperación de nuestros compañeros al verse tan alevosamente vendidos por su gefe!. ¡Estas son las armas de que se valen nuestros enemigos!. Persuadidos de que jamás podran vencernos en el campo de batalla derraman el oro que roban a los pueblos para comprar las traiciones mas repugnantes, valiéndose del veneno y de los puñales para asesinar a vuestros gefes. ¡Horror a los traïdores, voluntarios!. Vosotros sois españoles dignos, y dignos catalanes. Si entre vosotros ha habido hombres hipócritas y espúreos, aun quedamos bastantes para hacerlos temblar hasta en sus mas recónditos conciliábulos  á donde les seguirá la reprobación y el despreció general. En cuanto a nuestros hermanos vendidos, pronto volveran a abrazarnos. Voluntarios: nosotros somos el ejército del Rey y del pueblo. El Rey aprecia y recompensará nuestros servicios; el pueblo nos ama y nos protege. Si un traïdor nos abandona, cien leales le reemplazaran en nuestras filas”[122].

Al cabo de pocos días, también el antiguo “jamancio”, Joan Gibert, llamado el Peixater, se presentó al alcalde de Sant Cugat del Vallès para deponer las armas. No obstante, a finales del mes de diciembre, la prensa informaba del ingreso en la prisión de Terrassa de Joan Gibert. No se conocia la causa.

buque de vapor del tipo que se utilizó para transportar los prisioneros a Cuba
buque de vapor del tipo que se utilizó para transportar los prisioneros a Cuba.

La política de seducción de los jefes rebeldes por parte del gobierno era ambiciosa y apuntaba, incluso, al general Cabrera. Inmediatamente después de las deposiciones de Poses y Montserrat, el Diario de Barcelona informaba que, según el Morning Chronicle, el gobierno español ofrecía a Cabrera la capitanía general de Cuba, si juraba fidelidad a Isabel II. El periodista catalán afirmaba que este ofrecimiento no podía ser cierto ya que si lo fuera, constituiría un escándalo pero luego, otra información del peródico barcelonés, aseguraba que López de Carvajal, el “caballerizo real” de Montemolín, había sido liberado y que se encontraba al lado del general carlista, con el objetivo de pedirle que depusiera las armas. Seguramente, ésta fue otra excusa para esconder el cambio de prisioneros que también benefició al brigadier Manzano, aunque no podemos excluir del todo la posibilidad que se encargase a López de Carvajal dicha intercesión. En realidad, lo que hace creíble la oferta del gobierno a Cabrera es que muchos matiners capturados por el ejército de la reina fueron enviados a luchar en las colonias americanas y especialmente, a Cuba. Durante estos días, la prensa anunciaba que el barco Castilla salía del puerto de Barcelona con rumbo a la isla del Caribe, cargando cien prisioneros. Por lo tanto, es lógico que el gobierno pensara que nadie mejor que Cabrera para dirigir el ejército de ultramar, ya que se componía de un contingente numeroso de viejos correligionarios del general tortosino.

 

  1. Más noticias de la guerra. 

Cada tierra hace su guerra. Refrán catalán.

– ¿Qué sucederá? […]
–  Dejarán de pelear
– ¿Quiénes?
–  Ambas partes […]
– ¿Quien ganó la lucha este verano?
–  Nadie
Adios a las armas. Ernest Hemingway

 

El 29 de noviembre, unos días antes que ocurrieran los hechos antes relatados, Cabrera se presentó en Sant Feliu de Pallarols al frente de mil hombres y continuó el vaje hasta Amer, donde el día 30, se encontró a Marçal. El 2 de diciembre, Cabrera, procedente de Maçanet de la Selva y perseguido por los generales Enna y Nouvilas, se detuvo en el Suro de la Palla donde ordenó que se quemara la instalación para el cobro de los derechos de paso[123]. Este día, Cabrera permanecía a media hora de Arenys de Mar. Habiendo salido de Figueres, Nouvilas y Enna le perseguían con 1500 infantes y 100 jinetes. Al llegar a Tordera, Enna se internó en el Montseny para cortar la posible via de escape a los carlistas. Nouvilas y el coronel Rich pisaban los talones del general de los matiners. Pero éste, estando en Calella de la Costa, se dio cuenta de dicha maniobra y volvió sobre sus pasos, hacia les Guilleries. El día 4 de diciembre, salía de Madrid el tercer batallón del regimiento de San Marcial para reforzar las tropas del gobierno en Cataluña. El día 5, Marçal se dejó ver en Sabadell.

Un grupo de trabucaires penetró en Sant Feliu de Guíxols, gritando “Viva Cabrera y viva Ametller!”.Seguramente la partida estaba mandada por Castelló, de la Bisbal d’Empordà, antiguo sargento de los miqueletes, durante la guerra anterior. Este hombre había reclutado a treinta jóvenes de la Bisbal, de Sant Feliu, de Palafrugell y de Calonge. Precisamente, en el último pueblo, secuestró a dos propietarios, a los cuales dejó libres al cabo de un par de días. Los guardias de Girona se enfrentaron a Castelló en la masía Fanga, situada entre la Bisbal y Palafrugell, hirieron al sargento y luego lo encarcelaron en el último pueblo citado. Pero, pasados diez días, unos enmascarados asaltaron la prisión y se llevaron a Castelló. Nadie sabía si los asaltantes eran correligionarios o enemigos del preso que querían matarlo.

El brigadier Garrido se enfrentó a Masgoret y Vilella en el Alt Penedès, cerca de Piera. El centro de dominio carlista de la zona se situaba en Capellades. Masgoret y el republicano Gabriel Baldrich no se entendían demasiado. Corría el rumor de que Baldrich había licenciado a sus voluntarios y abandonaba la lucha pero pronto se demostró que se trataba de una habladuría sin fundamento.

El día 9 de diciembre, Borges apareció en Esparraguera para demostrar, en el lugar de la presentación de Poses y Montserrat, que los matiners aun resistían. Pocos días después, en Torelló, Borges se juntaba con Cabrera y Marçal. Se calculó que las fuerzas de estos jefes sumaban setecientos infantes y cincuenta jinetes. La estancia en este pueblo tenía por objetivo el cobro de contribuciones en la comarca. Cabrera se preocupaba por los efectos desfavorables que había provocado en la moral de su tropa las deserciones de Poses y Montserrat. Prohibió que los soldados hablasen de este tema y exigió que se llevara a término una función de saltimbanquis que había sido anulada, a fin de probar si, con el espectáculo, conseguía que los hombres se distrajeran y olvidaran los pensamientos pesimistas.

Los habitantes de Vilanova i la Geltrú se enfadaron porque los cuatro cafés de la ciudad habían sido clausurados. Desde entonces, para pasar el rato, se veían obligados a pasear por las calles. La clausura de dos de los establecimientos se produjo por orden del ejército del gobierno y el cierre de los otros dos, por orden de Baldrich. Los cafés eran centros de tertulias favorables a uno u otro bando[124]. Poses se recluyó en Barcelona debido a que se encontraba enfermo. Salían de Madrid ocho mil quinientos soldados para reforzar el ejército de la reina en Cataluña.

También, en el 9 de diciembre, Cabrera, Marçal y Borges abandonaron Torelló y se fueron a Vidrà. Encabezaban a 700 infantes y 70 jinetes. Antes de salir de este pueblo, el general carlista ordenó el fusilamiento de un espía del gobierno. El condenado se había introducido entre los rebeldes para ponerse en contacto con los prisioneros liberales. Su misión consistía en avisar al ejército de la reina cuando los presos se encontraran agrupados en el mismo lugar. Entonces, una columna de isabelinos debería liberarlos mediante un ataque de sorpresa. Los carlistas, conociendo el plan, condujeron los prisioneros al lugar más inaccesible del Collsacabra.

El gobierno seguía enviando más tropas a Cataluña, debido a lo cual la guarnición de Madrid quedó reducida a ocho o nueve mil hombres. En Vic se fortificó el ayuntamiento. Borges envió un comunicado al consistorio de la capital, que decía lo siguiente: “Desde hoy queda declarado el estado de sitio en esta ciudad y todos los que entren en ella o salgan sufrirán pena de muerte”. El periodista añadía, entre paréntesis, un comentario personal, “aprieta!”, que parece la traducción al castellano de la expresión catalana, “fot-li!”.

El día 13, entre Albanyà y Sant Llorenç de la Muga, el ejército de la reina sufrió otra derrota importante en manos de Estartús, Gibert, Saragatal y Planademunt. El ejército confesó 21 muertos, incluidos 2 oficiales y 27 heridos. El periodista afirmaba que los matiners habían perdido 10 hombres y cargaban 30 heridos. Estartús, posiblemente en compañía de Planademunt, se dejó perseguir por el coronel Vega y los mil quinientos hombres que mandaba. Los rebeldes se apoderaron de las casas de Albanyà y se mantuvieron firmes en el lugar hasta que Saragatal atrapó a Vega por la espalda. Después, la partida de Planademunt fue vista mientras transportaba el gran alijo de armas que había tomado a los liberales.

El Barcelones del día 15 de diciembre, reunía en el mismo saco de desgracias universales, el cólera, las sociedades anónimas, las contribuciones fiscales y la misería de la guerra, etiquetándolas como las “plagas actuales”; y remachaba la lista, comentando que el sistema tributario constituía una aportación del gobierno.

Durante la noche de los días 14 y 15, unos cuantos destacamentos del ejército del gobierno llevaron a cabo una batida por el llano de Barcelona e incluso más allá, hasta el Maresme. En Premià de Mar sorprendieron a las partidas de los republicanos Molins, Escoda, Botaret y Ferrer, el cual tuvo que huir en calzoncillos del asedio. Los soldados de la reina tomaron dos prisioneros, requisaron 28 armas, 4 caballos y muchos artículos de intendencia militar. El ejército confesó la pérdida de seis hombres. El día 15, ingresaron quince prisioneros en la Ciutadella de la capital, los cuales fueron condenados a servir en el ejército de ultramar.

El brigadier Quesada se mostró muy activo por las comarcas tarragonenses. En pocos días consiguió la dispersión momentánea de los seguidores de Baldrich, de Simonet y de Sabater. Tomó trece prisioneros al republicano y ocasionó nueve muertos al último jefe mencionado. El día 14, Quesada salió de Reus, con dos batallones, para dirigirse a Valls, donde habían entrado Masgoret, Ribas, Vilella, Baldrich, el Xinet de Valls y Roc de l’Hostal, al frente de setecientos matiners. Esta fuerza impresionante de rebeldes abandonó Valls antes de que llegara el brigadier Quesada. Desde Valls, durante los primeros días del invierno, se anunció que Cabrera había decidido viajar a las comarcas tarragonenses para organizar sus efectivos. También se rumoreaba que Borges había pasado por Tous y se dirigía al Penedès. Por primera vez, el peródico mencionaba a otro cabecilla gerundense, llamado Puigagut, que actuaba en el Montseny, cerca de Tona y Taradell, al frente de cien infantes y doce jinetes.

El día 16 de diciembre, 900 infantes y 70 jinetes montemolinistas se presentaron a la distancia de un tiro de fusil, de Girona. La guarnición de la ciudad, en aquel momento, sumaba 500 soldados. Las autoridades militares ordenaron que se cerraran las puertas de las fortificaciones. Los payeses que habían ido al mercado, intentaron salir corriendo del sitio y eso provocó una algarada notable. Los matiners no intentaron forzar las defensas y a las nueve de la noche el ejército había conseguido introducir en la ciudad, casi mil soldados. Seguramente, los rebeldes perdieron una ocasión única de apoderarse de la capital. Mientras, Vic también permenecía asediada por los matiners. Los rebeldes permitían a las tropas del gobierno que entraran y salieran, sin enfrentarse a ellas pero impedían que se introdujeran mercancías en la ciudad.

En el mismo día 16, en Madrid, Isabel II inaguró las sesiones parlamentarias, leyendo el discurso que le preparó el gobierno, a modo de resumen de la situación política del Estado, durante el año que terminaba: “[…] el ejército junto a la armada ha hecho respetar en África nuestras posesesiones de las bandas moriscas insubordinadas y ha vencido en Asia á los piratas que infestaban aquellos mares […] En la península ha sostenido el Trono y la Constitucion contra toda clase de sediciones”.

Manuel Gutiérrez de la Concha, acompañado de Mata y Alós, abandonó Barcelona el día 20, al frente de un impresionante contingente de tropas. Se dirigía a Vic y la misión que le llevaba a la capital del Osona consistía en extender la línea de telégrafo óptico entre ambas ciudades. Esta obra fue encargada al brigadier basco Mathé, creador del sistema de telégrafo óptico que finalmente adoptó el gobierno.

En Barcelona se conoció la notícia del rescate de los señores Fontanet y Álvarez, por parte del ejército. Dichos rehenes estaban en poder del Moro de Xerta- también apodado, el Mono de Xerta. Algunos de los cómplices de este cabecilla fueron aprehendidos. El general Galiano se proponía limpiar de rebeldes de Basquetes la ribera izquierda del Ebro- eran, casi, cincuenta hombres- y del Moro, o el Mono, de Xerta. Masgoret impuso un castigo al pueblo de Valls debido a que no le pagaban las contribuciones y enseguida amenazó a Sitges.

Enlace  4ª parte ” Bajo dos o tres banderas…”


 

[105] Desfiladero. Con esta referencia se conoce la zona del camino entre La Garriga y Centelles, aproximadamente, y el rio que lo recorre, por la cual actualmente transcurre la autovía C- 17, entre Barcelona, Vic y Ripoll.

[106] Las autoridades consideraban que Martirià Serrat fue el jefe de los asaltantes de la diligencia de Perpiñán a Barcelona (febrero de 1845). Joan Massot, de Darnius- primo hermano de Francesc Savalls- fue el viajero de esta diligencia, más famoso, que secuestraron los trabucaires. Precisamente, el asesinato de Joan constituyó el crimen central juzgado en Perpiñán en la primavera de 1846. El parentesco de Joan Massot y de Francesc Savalls, ha originado la sospecha de la implicación de éste en el secuestro de su primo. Además, Savalls formó parte de los trabucaires, entre los años 1842 y 1845. Pero no consta que, en su momento, la autoridad francesa acusara a Martirià Serrat de este crimen, ni tampoco a Savalls. En todo caso, resulta significativo que Savalls entrase en Darnius llevando prisionero al hombre que la justicia española señalaba como el jefe de los secuestradores y presuntos asesinos de su primo.

[107] Las autoridades se quejaba de falta de espías. Fernando Fernández de Córdova emitió un bando, reproducido por la prensa, prometiendo 1000 libras catalanas a la persona que le presentase vivo o muerto a un jefe de trabucaires. La cantidad sería pagada en el plazo de 48 horas. Además prometía al denunciante un trabajo seguro y nuevo domicilio, dentro o fuera de Cataluña.

[108] Podría tratarse del médico Rovira, seguidor de Cabet, el cual participó en la expedición para fundar Nueva Icaria, en Texas.

[109] Datos que constan en la “Història dels Països catalans”, página 228. EDHASA. Barcelona, 1980. Coordinada por Albert Balcells. Autores: M.Ardit. A. Balcells. Núria Sales.

[110] Resumen de un artículo del Fomento, de 9 de octubre de 1848.

[111] A finales del mismo año, se calcula que en la Gran Bretaña existían cerca de 7500 kilómetros de línea ferrea. En Francia, la red de ferrocarril empezó a construirse durante el año 1842 y en el año 1850, podía recorrer cerca de 2500 kilómetros de vías, en un círculo alrededor de Paris, diseñado, principalmente, para conectar la capital con los países vecinos (Bélgica y Alemanía).

[112] Podría tratarse del mismo comisario Maurice que intervino en los hechos de los trabucaires juzgados en Perpiñán en el año 1846 y que protegió descaradamente a uno de los acusados, Josep Fabrac, alias Domingo, porqué fue su confidente.

[113] La prensa situó la batalla en el término de Santa Maria d’Oló pero ha quedado en la historia con el nombre de “batalla de Avinyó”. La versión de este enfrentamiento que, finalmente, se ofreció, provenía de la capitanía general del gobierno liberal y pretendía glorificar la intervención de Poses. Eso debido a que Poses, al cabo de pocos días, se pasó a las filas del gobierno, de manera que el capitán general quiso simular que había conseguido la deposición de armas de un militar prestigioso. En realidad, fueron los Tristany los que cargaron con la parte más dura y transcendente de la lucha. El hecho de que Manzano quedara prisionero de los Tristany, lo prueba. Pero, por lo menos, hay otra versión del desarrollo de esta batalla, debida a Ramon Vinader, biógrafo del conde de Montemolín, de acuerdo con la cual la lucha se desarrolló cerca de Avinyó, en un llano y que atribuye la dirección exclusiva de los rebeldes a Ramon Cabrera, no menciona otros aliados del general que no fueran los Tristany (a los cuales aleja de la acción principal, situándolos tras los enemigos que se escondían en el bosque) y tampoco menciona la muerte de Miquel Tristany. Vinader nos quiere convencer de que Manzano se rindió después de una lucha feroz y que quedó prisionero de Cabrera.

[114]  El número exacto, según F.Fernández de Córdova, ascendía a 800 soldados.

[115]  El día 17, el general Manzano, montando una mula y custodiado por los matiners que lo habían derrotado, fue visto en Puigreig. Este pueblo no se encuentra en el camino recto de Santa Maria d’Oló a Pinós, donde finalmente fue retenido el brigadier, por lo que creemos que los matiners, inmediatamente después de la batalla, exhibieron el prisionero por el Bergadà y el Solsonès.

[116] Antonio Pirala comentó que “En la batida que los mozos efectuaron prendieron a don Antonio Tristany por amorosamente entretenido”. Por lo que se refiere a la arma requisada a Antoni, la especificación del periodista debe interpretarse literalmente. No se trataba de un revolver de tambor, sino que era una arma de seis cañones juntados en un haz. Seguramente, se trataba del modelo de calibre 36, del fabricante Cooper de Birmingham, del cual se conoce la existencia, aproximadamente, a partir de 1840.

[117] Página 116 de las “Memorias de la guerra de Cataluña desde marzo de 1847 hasta septiembre del mismo año y desde noviembre de 1848”. Manuel Pavía Lacy. Madrid, 1851.

[118] Jaime del Burgo, requeté franquista e historiador del carlismo, en su obra “Carlos VII y su tiempo, leyenda y realidad” coincide en la versión del intercambio de Manzano por Villavicencio. Ahora bien, la lectura de la obra de Jaime del Burgo nos demuestra que el autor basó esta notícia en las memorias de Fernando Fernández de Córdova.

[119] Fernando Fernández de Córdova cuenta, en “Mis memorias íntimas”,que Poses le justificó la participación que tuvo en la batalla de Avinyó, cuando ya había acordado el cambio de bandera, en el hecho de que Cabrera dudaba de su fidelidad a la causa carlista y temía que descubriera sus intenciones.

[120] Francisco Mata y Alós (Girona 1807, Madrid 1884). En el año 1847 ascendió a mariscal de campo, en plena guerra de los matiners. Fue amigo de Narváez y lugarteniente de Fernando Fernández de Córdova, mientras éste ocupó el cargo de capitán general de Cataluña.

[121] Arenga del 15 de diciembre de 1848, la cual se reproduce más adelante.

[122] “Teatro de la guerra: Cabrera, los montemolinistas y republicanos en Cataluña. Crónica de nuestros días”. Autor: “Por un testigo ocular de los acontecimientos”. Imprenta de D.B. González. Madrid, 1849.

[123] En el lugar llamado el Suro de la Palla, de la carretera de Girona a Barcelona, fue asaltada la diligencia por los trabucaires juzgados en Perpiñán durante los años 1845 y 46. La existencia en este lugar de la instalación para el cobro de peaje, nos sugiere cierta intención reivindicativa en la resolución de destruirla- por parte de Cabrera- así como en la elección del sitio del asalto, por parte de los trabucaires de 1845. El cobro de derechos de paso constituyó otra imposición odiada por la población.

[124] Los conservadores, partidarios del gobierno eran llamados los “paus” ( los “paces” ya que, seguramente, acostumbraban a reclamar la paz) y a los progresistas, se los llamaba los “gitanos”.