BAJO DOS O TRES BANDERAS. Crónica periodística de la guerra de los matiners (1846-1849). 4ª parte.

Contenido 4ª parte:   Invierno de 1848-49: el artículo del periódico La España y el enfrentamiento en las Cortes de los anteriores capitanes generales de Cataluña, generales Pavía y Fernández de Córdova. La batalla del Pasteral y la derrota posterior de los republicanos de Narcís Ametller. El manifiesto de La Garriga. La guerra hasta la primavera de 1849. Primavera de 1849: intento frustrado de Montemolín de entrar en el Principado, detención de Marçal y fusilamiento de Planademunt. La batalla del santuario de la Mare de Déu de Pinós. En fin de la guerra.

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  1. Invierno de 1848-49: el artículo del periódico La España y el enfrentamiento en las Cortes de los anteriores capitanes generales de Cataluña, generales Pavía y Fernández de Córdova.
  2. La batalla del Pasteral y la derrota posterior de los republicanos de Narcís Ametller.
  3. El manifiesto de La Garriga.
  4. La guerra hasta la primavera de 1849.
  5. Primavera de 1849: intento frustrado de Montemolín de entrar en el Principado, detención de Marçal y fusilamiento de Planademunt. La batalla del santuario de la Mare de Déu de Pinós.
  6. El fin de la guerra.

 

  1. Invierno de 1848-49: el artículo del periódico La España y el enfrentamiento en las Cortes de los anteriores capitanes generales de Cataluña, generales Pavía y Fernández de Córdova. 

¿Acaso somos una raza de hombres malditos, vagabunda y turbulenta?. ¿Por ventura las provincias catalanas son unas provincias conquistadas?. Salvador Maluquer y Aytés. Cortes españolas. 1851.

 

Después de un otoño caluroso, tachado por el periodista de primaveral, llegó el invierno con mucho frio, lluvia y nieve. El capitán general, yendo a Vic, tuvo que refugiarse en La Garriga por culpa de un resfriado. El día 21 de diciembre, los apoderados de Cabrera cruzaron a Francia con dos cajas repletas de monedas de oro. El día 23, en Cornudella, los cabecillas Sabater, Ribas- padre e hijo- y Bladrich se enfrentaron al ejército de la reina. Se les juntó Masgoret y éste, con los voluntarios de Sabater, consiguió interceptar dos mil doscientas raciones de pan destinadas a los gubernamentales. Ramonet, al frente de doscientos cincuenta hombres, actuaba por la franja de Aragón y las comarcas de poniente, penetrando hasta las comarcas montañesas de Tarragona. El general Rocha le seguía los pasos.

El día 24 entraron en Vic las columnas de Paredes y Manzano. Durante la noche, mientras los gerundenses asistían a la función de teatro y pasaban el tiempo esperando la misa del gallo, un grupo de matiners efectuaron algunos disparos por las calles. La gente huyó asustada del teatro. El mismo día 24 se restableció la navegación por el Ebro. Según comentaba el periodista, la medida serviría para “sacar de la miseria a innumerables familias cuya subsistencia depende de la navegación”. Pero, el mismo comunicador señalaba que mientras en la mitad del norte del Principado llovía a cántaros, en Aragón y en la mitad sur catalana sufrían sequía y que por esta razón, bajaba poca agua por el rio,de manera que la navegación que ahora se permitía, no sería posible.

En esta misma fecha, del día 24, Torres asediaba Solsona y Cabrera entraba en Ripoll. Marçal, después que se hubo paseado por la costa marítima del Empordà, el día 25 fue visto en Orriols, aunque otras notícias lo situaban junto a Cabrera, celebrando la navidad en Amer. En este pueblo, Marcel·lí Gonfaus ofreció un baile de oficiales, al cual invitó a los miembros de las familias más ricas de la zona. Un grupo de soldados rasos intentó entrar en el local donde se celebraba el baile pero fueron expulsados a sablazos por los oficiales. Un asistente de Marçal, molesto porque se le había impedido la entrada, fue a buscar su trabuco y luego quiso dispararlo contra los oficiales pero se le encalló y fue arrestado.

El general Galiano luchaba en Poboleda contra los seiscientos infantes y treinta jinetes de Ramonet, así como contra los doscientos cincuenta de los Ribas y de Sabater. Un chubasco imprevisto paralizó al ejército de la reina.

Desde La Garriga, Concha amenazaba a los ayuntamientos catalanes que retrasaban e incluso denegaban el subministro de pan a las tropas del gobierno[125], además de no facilitarle la información que les requería y de engañarle respecto los movimientos del enemigo. El día 26, el capitán general, habiendo recuperado la salud, avanzó hacia Tona y entró en Vic a las cuatro de la tarde. En las puertas de esta ciudad, Concha fue recibido por una parada militar fastuosa, presidida por el general Paredes y todos los miembros del consistorio municipal. El día 27, los brigadieres Enríquez y Manzano abandonaron Vic y marcharon a Manresa y Solsona. La capital de la Segarra, Vic y Girona fueron asediadas por los rebeldes. Desde la comarca de Osona, Gutiérrez de la Concha anunciaba que, gracias a las facilidades de comunicación que aportaba el telégrafo óptico, pronto se acabaría la guerra. Mientras, pero, el ejército seguía fusilando a los payeses y payesas que atrapaba llevando mensajes al enemigo.

Borges, acompañado por el Guerxo de la Ratera, Altimires y Pardal, desafió al coronel Santiago, desde Santa Maria d’Oló, enviándole un mensaje mediante el cual lo citaba en este pueblo. Santiago aceptó el desafio, aunque sabía que se encontraria con seiscientos matiners y que las tropas de aragoneses y valencianos a su disposición, no solo eran inferiores en número sino que se componían de gente joven e inexperta. La batalla fue encarnizada; los rebeldes se emboscaron y fueron perseguidos por los soldados de la reina hasta que, al llegar el mediodía, los dos bandos volvieron a chocar. El comunicado oficial aseguraba que Borges había sufrido una docena de muertos y que el ejército, solamente dos pero este informe no resultaba demasiado creíble ya que el informador no se refería a los heridos sufridos por los rebeldes y por contra, admitía que Santiago volvía al cuartel con cincuenta hombres fuera de combate. El republicano Escoda entraba en Martorell y requisaba el correo y las mercancías que transportaban unos carros. El brigadier Pons, alias Pep de l’Oli, fue destinado a Biosca.

El día 29, Concha ordenó que se persiguiese a Bussanya, comandante de los matiners que asediaban Vic. El mismo día se anunció el fin del ejército republicano que mandaba el coronel- ahora, brigadier- Victorià Ametller. Según decía el periodista, la gente de Ametller habían exigido ciertas cantidades de dinero exageradas a un montón de hacendados carlistas del Alt Empordà. Los propietarios se refugiaron en Figueres y se quejaron a Cabrera, asegurandole que hasta que no se solucionase este problema, ellos no volverían a sus masías. El periódico reproducía textualmente la requisitoria del republicano: “Comandancia general de la província de Gerona.- Empréstito forzoso.- Para contribuir al sostenimiento del ejército libertador se servirá V. afrontar la cantidad de diez mil reales vellón [126] dentro del plazo de dos dias contados desde la fecha, haciendo entrega de esta cantidad al recaudador del ejército, ó á la persona que el designara; debiendo advertirle que la seguridad de su persona, la conservacion de sus bienes ó propiedades y la de cualquiera industria que le pertenezca depende de la exactitud y puntualidad del pago.- Dios y libertad.- Albañá á 16 de diciembre de 1848.- El brigadier Victoriano de Ametller.- Sr. D. [….]”. Cabrera respondió a la petición de ayuda de los propietarios. Entonces, los carlistas, con las bayonetas caladas, cercaron en Llerona a uno de los lugartenientes de Ametller, llamado Batllori. Los carlistas le exigieron que se pasara a sus filas y le garantizarn el pago puntual de la soldada. Los republicanos aceptaron la propuesta y Cabrera premió a Batllori otorgándole el grado de coronel. Al tener conocimiento de esta deserción, Ametller intentó salvar las fuerzas que le quedaban proponiendo a sus hombres que se trasladaran a las comarcas tarragonenses, donde Baldrich, Escoda y otros cabecillas republicanos, todavía resistían. Pero, los voluntarios de Ametller no acceptaron el trato, debido, seguramente, a que todos ellos eran gerundenses y estaban acostumbrados a luchar cerca de sus casas.

Una docena de propietarios de Bescanó fueron secuestrados porqué negaron a los carlistas el pago de las contribuciones. Los republicanos entraron en Tossa de Mar. El día 30 de diciembre, Boquica, con ciento doce carlistas y veinticinco republicanos, ocupó La Pobla de Lillet. El mismo día, los matiners establecían una oficina administrativa en Malagarriga, cerca de Cardona, camino de Manresa, con el fin de cobrar a los arrieros el impuesto de la sal que éstos adquirían en las minas. El capitán general salió de Vic y pernoctó en Viladrau. En este pueblo se enteró de que el grueso de las tropas carlistas permanecía en Breda y creyó que, desde allá, los rebeldes se dirigirían a los pueblos de la marina, o a las comarcas tarragonenses. A fin de impedir estas hipotéticas incursiones, Concha envió el brigadier Lasala a Hostalric y al coronel Ruíz, a Sant Celoni y les encargó que bloquearan la carretera por la cual debían pasar los carlistas. Pero luego se supo que en Breda solo permanecía la caballería de Marçal y entonces, el capitán general volvió a Girona.

El 31 de diciembre, los periódicos publicaron resúmenes de lo sucedido durante el año que terminaba. El Barcelonés, dijo lo siguiente: “[…] en el corto periodo de doce meses hemos visto derrumbarse tronos; nacer una república de entre los escombros de una monarquía; gobiernos que eran del tipo del absolutismo emprender el camino de la libertad y de las reformas; y a la Europa entera conmoverse hasta sus cimientos por efecto de las ideas de civilización y de progreso que por todos sus ámbitos se han proclamado […] Sobre la [política] internacional y española […] se han presentado igualmente cosas de mucha importancia y significado; ha corrido sangre en las calles de Madrid, los facciosos bajo dos o tres distintos pendones han desvastado las provincias catalanas y el sistema tributario ha puesto en la infelicidad á numerosas familias […] el ministerio ha tenido cambios parciales sin que se pueda saber si en ellos hemos ganado o perdido; han sido interrumpidas nuestras relaciones con la Gran Bretaña; una princesa ha venido á aumentar la familia real de España; se han provisto muchas sillas episcopales y se ha inagurado el primer ferro-carril en nuestro reino”.

fotografía de finales del s.XIX (web: Monestirs de Catalunya) que muestra el convento del Carme convertido en cuartel. Lo era cuando Antoni Tristany fue recluido en sus dependencias.
fotografía de finales del s.XIX (web: Monestirs de Catalunya) que muestra el convento del Carme convertido en cuartel. Lo era cuando Antoni Tristany fue recluido en sus dependencias.

En el primer día de 1849, proseguían las obras de fortificación de Vic. Se deerruyeron las viviendas del alrededor del cuartel de infantería para facilitar la defensa del edificio. El ejército ordenó que se tapiaran cinco de las nueve puertas de la muralla externa. Antoni Tristany, prisionero de los liberales, era arrastrado arriba y abajo por las columnas del ejército a fin de que todo el mundo se enterara de su cautividad. Finalmente, fue recluido en el convento del Carme de Manresa. Llovía a cántaros en las comarcas gerundenses, por lo que se interrumpieron las comunicaciones con Barcelona. Los barcos que bajaban por la costa pasaban apuros para cruzar la desembocadura del rio Tordera. Se dijo que se había producido un choque sangriento entre Cabrera y Concha, en Vidreres, del cual los carlistas salieron perdiendo hasta la camisa.

A las once de la mañana del día 2 de enero, Concha llegó a Girona. Encabezaba un ejército tan numeroso que el corresponsal, con cierto pesimismo, auguraba que “seguramente tendremos alojamiento doble”. En esta fecha los republicanos de Ametller ocuparon Cassà de la Selva pero abandonaron el pueblo cuando se enteraron de que Marçal llegaba al lugar con 500 soldados. Pisando los talones a Marçal, iba el capitán general, al frente del numeroso contingente de tropas que aquel mismo día- como se ha dicho- había llegado a Girona. Un corresponsal pretendía que Cabrera había fusilado al hermano de Pep de l’Oli, que permanecía en las filas montemolinistas y también a un comandante de los matiners y a un hacendado de Sant Joan de les Abadesses. El periodista confesaba que “se ignora el motivo de semejante sacrificio”. Otras notícias, aunque coincidían en la muerte del hermano del brigadier Pons, identificaban con otros nombres a las otras víctimas e incluso hubo un comunicador que aseguró que, entre los fusilados, se encontraban Castells y Marçal, condenados por conspirar contra el general tortosino.

El corresponsal de Terrassa se extrañaba de que Escoda campara por el Vallès con absoluta impunidad y reclamaba que la columna de Poses, la cual   aún permanecía en Barcelona, hiciera algo al respecto, puesto que nadie como este antiguo matiner conocía los escondites del republicano. Nueve batallones de soldados de la reina entraban en Cataluña, por Lleida; venían de Zamora, Valladolid, Toledo y Madrid. El cabecilla de trabucaires llamado Borràs, ocupó la Rasquera con cincuenta hombres. El día 3 de enero, Victorià Ametller, más activo que nunca, aunque lo daban por definitivamente vencido, ocupó Banyoles. En la misma fecha, un corresponsal de Girona garantizaba que Cabrera y Marçal se habían instalado en Amer.

El republicano Escoda y la columna de Vilafranca del Penedès se enfrentaron encarnizadamente durante la noche del día 4. Un par de días más tarde, Escoda asaltaba Martorell, Sant Boi de Llobregat y Sant Cugat del Vallès. Le perseguía el coronel Ignacio Plana, acompañado por la partida de Jaume Montserrat. Escoda disponía de ciento treinta hombres y el ejército le ocasionó cuatro muertos en Sant Cugat.

Los Ribas, padre e hijo, junto con Sabater y Simonet de Montroig, se rindieron al ejército de la reina en la circunscripción de Vilella (el Priorat). Los rebeldes sumaban más de doscientos hombres. El corresponsal contaba que el general Enna llevaba tiempo negociando la deposición de armas de dichos cabecillas, y que les ofrecía el mismo trato que permitió la rendición de Poses y de Montserrat[127]. Los Ribas y Sabater desconfiaban, hasta que se vieron cercados por el ejército del gobierno. Entonces, a toda prisa, quisieron acogerse al convenio que Enna les había propuesto. El máximo responsable del ejército gubernamental en Tarragona, admitó el acuerdo y lo hizo, posiblemente, motivado por dos razones. La primera, puesto que eso le permitía entrar en Reus, como Concha entró en Barcelona, con aires de victoria y demostrando su poder ante el gobierno y los habitantes del país. En segundo lugar, debido a que Enna tenía la experiencia suficiente para saber que, aunque las partidas de rebeldes se disolvieran, si sus jefes no se rendían y se sometían a Isabel II, o si no morían, acababan encontrando nuevos adeptos y las reconstruían. Incluso algunos cabecillas que se sometían a la monarca, cuando tenían ocasión, volvían al bando de los matiners. En realidad, eso es lo que sucedió con Simonet, el cual, habiendo formalizado la deposición, se escapó del control de los liberales y acompañado de cincuenta trabucaires, volvió al monte para continuar su lucha. Finalmente, Enna entró en Reus acompañado del brigadier carlista Joan Sabater y de los Ribas. Los reusenses se percataron de que los cabecillas rebeldes no vestían uniforme, sino que se ataviaban con la ropa usual del país y ceñían sable.

El Fomento, del 6 de enero, reprodujo, con tono indignado un fragmento de un artículo de La España, periódico madrileño de tendencia conservadora: “Mucho esperamos de la actividad, de la energia, de la inteligencia y del patriotismo del general Concha; pero si viésemos que pasaba tiempo, sin que en la campaña inagurada el 20 del actual con su salida de Barcelona, obtuviese ventajas positivas sobre el gefe carlista (Cabrera) nosotros no permaneceremos pasivos, y hablaremos claro y alto al gobierno y la nación. Diremos cúal es nuestro modo de pensar en esa gravísima cuestion, cuyas proporciones aumentan con los dias, y haremos ver que no es razón, ni justícia, ni puede tolerarse por mas tiempo, que una província de España, sobre la cual han llovido y llueven beneficios y monopolios perjudiciales al resto de la nación, esté causando el mal estar y el desasosiego de toda ella, recargándola en sus contribuciones ordinarias y de sangre, haciendo que las 45 provincias restantes, vayan a consumirse en las provincias rebeldes, regadas con sangre castellana, para que unos pocos gocen en los males de la guerra y á su sombra trafique el mas ruinoso é inmoral contrabando, cegando asi los manantiales de la riqueza pública. Al gobierno y las Cortes toca el meditar sobre esta grave cuestión. La facción no puede subsistir alli donde los pueblos no la apoyan y protegen. Ejemplos tenemos de ello con lo que ha ocurrido este mismo año en las províncias vascongadas, en Navarra, en la Mancha, en Castilla la Vieja y en Valencia. En todas partes ha sucumbido. En Cataluña solamente aumenta. Pues si agotados los medios de persuasión y dulzura se ve que no bastan, que Cataluña sola sufra las consecuencias de la guerra”.

En las ediciones del día 7 de enero, el Fomento y el Barcelonés respondían al articulista madrileño con argumentos que, aun la irritación que demostraban, no rebatían totalmente las razones del periódico sino que querían descubrir la otra cara de la moneda. Sobre todo, aquello que molestaba más a los catalanes era que se dijera que el gobierno favorecía a Cataluña con beneficios y monopolios. También les irritaba especialmente que La España se doliera de la pérdida de “sangre castellana”. Pero, por lo que se refiere al fondo de los argumentos, consistente en el planteamiento de un enfrentamiento entre Cataluña y España, nadie se atrevió a negarlo sino que los periódicos barceloneses relacionaban los agravios y sugerían las diferencias de valores y de mentalidad de los catalanes, de manera que casi parecía que justificasen la guerra, en los términos expuestos por el periódico conservador y las autoridades militares. El Barcelonés acababa su respuesta con las frases siguientes: “Cataluña forma parte de los dominios españoles […]” – ¡como si Cataluña fuera una de las posesiones de África!- “[…] sus habitantes solo piden trabajo, porqué él es una circunstancia innata a su carácter […] el trabajo proporciona beneficios y estos redundan siempre en beneficio de la nación […] los millones que produce nuestra província mensualmente al gobierno, de los cuales apenas la mitad se gastan en nuestra província […]”- argumento que ahora etiquetamos como “déficit fiscal” y que también se basa en la idea que los catalanes trabajamos y producimos más que el resto de los españoles. Por su lado, el Fomento del día 8 se refería aun estudio del director del Instituto Industrial de Barcelona que rechazaba las tesis explícitas e implícitas del argumentario económico expuesto por el periódico madrileño. Las alegaciones de la patronal industrial, pueden ser resumidas en los puntos siguientes:

1-    El gasto del ejército en Cataluña es el ordinario y sería del mismo montante si las columnas del ejército que permanecen en nuestro territorio hubieran sido destinadas a Galicia, Castilla o Andalucía.

2-    En cualquier caso, el coste de la guerra en Cataluña es del 1 por 100 del total del Estado y constituye un hecho probado que Cataluña cubre con exceso este gasto con su aportación de riqueza, la cual es única en España.

3-    No es verdad que el incremento de la circulación de la moneda y el crecimiento de la producción agrícola que origina la presencia de tropas numerosas en Cataluña suponga un beneficio para la economía catalana ya que la guerra obliga a los consistorios catalanes a pagar doble imposición- al gobierno y a los facciosos- y una parte importante de estos dineros salen de Cataluña. Además, el gobierno impone cuantiosas multas a los ayuntamientos, precisamente debido a que éstos se ven obligados a pagar impuestos a los rebeldes.

4-    El abandono de muchas indústrias y tierras de cultivo por parte de sus propietarios, los cuales se ven obligados a refugiarse en las ciudades, ha originado grandes pérdidas en la producción.

5-    Los robos de los correos, la obstrucción de los transportes, los asaltos a las diligencias, el bloqueo de los pueblos y, en definitiva, la interrupción de las comunicaciones, afecta gravemente el desarrollo mercantil e impide que las materias primas necesarias para el desarrollo industrial, que se extraen de las montañas catalanas, lleguen a las fábricas.

6-    Los rebeldes han incendiado y destruido importantes centros fabriles, como, por ejemplo, el magnífico establecimiento de Igualada, con lo cual los industriales asustados han renunciado a construir otros.

7-    La ocupación militar también genera numerosos daños económicos: la obligación de alojar y alimentar a los soldados, así como los abusos que éstos cometen, ha sido causa del abandono de muchas masías.

8-    Más de doscientos ciudadanos han sido fusilados por haber servido forzadamente de mensajeros al ejército de la reina, lo que demuestra que no únicamente ha sido vertida sangre castellana en defensa del Estado.

Subrayemos el curioso razonamiento expuesto en el último punto del listado, mediante el cual, implícitamente, el director del Instituto Industrial admitía que no había soldados catalanes en el ejército de la reina. Efectivamente, la única sangre catalana vertida en defensa de España que podía alegar el autor del informe, era la de los payeses obligados a colaborar con el ocupante. Evidentmente, lo del carácter forzoso que suponía el cometido de mensajero del ejército, no constituía una hipérbole del autor de la argumentación, acaso utilizada con el fin de reforzar su tesi. Ciertamente, los catalanes que servían de mensajeros al ejército español, llevaron a cabo estas misiones de forma absolutamente coaccionada. Tenemos pruebas de ello [128]. Por dicha razón, la última alegación del director del Instituto Industrial indicaba sin tapujos que, en aquella guerra, a un lado estaban los catalanes y en el otro, los “españoles”. No obstante, lo cierto es que sí que había militares catalanes en el ejército gubernamental- Baixeras, Rich, Planas, Nouviles… incluso, Mata y Alós. Los militares catalanes eran una minoría, pero los había y por esta razón, el argumento de la “sangre castellana” puede ser interpretado en el sentido que el autor del aserto, concientemente, o no, negaba la condición catalana a los hombres del país que prestaban servicio en el bando “español”. En definitiva, parece que el director del Instituto Industrial se habría espejado en el redator de La España y el gobierno del Estado; ciertamente, des de un bando se rechazaba que los matiners pudieran poseer “corazón español” y desde el otro, se negaba la catalanidad a los hijos del país que luchaban en el ejército de la reina.

Durante unos cuantos días, la polémica provocada por el periódico La España se prolongó mediante escritos que no tenían tanto interés. La prensa barcelonesa se refirió a un segundo artículo del periódico madrileño que repetía el argumentario contra Cataluña pero esta vez no lo reprodujo textualmente. Teniendo en cuenta que La España había afirmado que los pueblos catalanes apoyaban la revuelta y pagaban sin resistencia las contribuciones exigidas por los rebeldes, el Barcelonés aprovechó la ocasión para criticar el sistema impositivo del Estado liberal. Lo que también molestó mucho a los redactores del periódico progresista es que el rotativo madrileño acusara a Palmerston de ser el instigador del alzamiento catalán, mientras que ellos no cejaban en el propósito de conseguir que Gran Bretaña y España recuperaran las relaciones diplomáticas, puesto que consideraban que el fin de la guerra dependía del cumplimiento de este requisito. No obstante, por lo menos, hubo un periódico madrileño, El Guía, que defendió a los catalanes, aunque lo hizo a partir de argumentos más de tipo humanitario que político. El Guía explicó que la mayoría de las villas importantes del Principado permanecían asediadas por los rebeldes, que muchos regidores habían sido secuestrados y amenazados y que, teniendo en cuenta estas circunstancias, parecía que los enemigos de Cataluña exigían a los habitantes del Principado que imitasen a los numantinos y se suicidaran.

EL 6 de enero, Vic permanecía bloqueado por los matiners. El día 7, el corresponsal gerundense se quejaba de la lluvia que, desde el día 1, no cesaba. Las aguas del rio Onyar inundaban los sótanos y alcanzaban los primeros pisos de las casas. El corresponsal recordaba que el presente desastre constituía una repetición del aguacero de 1829. El día 7, el Diario de Barcelona cerraba la edición con la siguiente nota: “Al entrar este número en prensa no había llegado el correo de Francia. El de Madrid fue quemado por los facciosos cerca de Esparraguera”. El republicano Ferrater, al cual se consideraba desaparecido, después de las batidas del ejército de los días 14 y 15 de diciembre, en el llano de Barcelona, apareció en Vallromanes, acompañado de 80 hombres. El día 8, Masgoret abandonó Valls y viajó hacia el norte para entrevistarse con Cabrera y reorganizar las fuerzas carlistas del centro y del sur del Principado. Casi nadie ponía en duda que por lo menos, desde un mes antes, el núcleo principal de los carlistas a las órdenes de Cabrera y de Marçal,  se había instalado en Amer.

Durante los días 8 y 9 de enero, en el debate del discurso de la corona, Pavía explicó en las Cortes su experiencia como capitán general de Cataluña y se quejó de que el gobierno no hubiese escuchado sus recomendaciones, ni hubiese dado respuesta a las peticiones de ayuda material y de efectivos que le dirigió. Durante el debate, Fernández de Córdova discutió con Pavía y le dijo que le habían cesado debido a que apoyaba las reivindicaciones de los industriales y de las fuerzas políticas barcelonesas. Efectivamente, Pavía agradeció a Barcelona que, en plena crisis económica, los prohombres de la ciudad se hubieran acercado a la autoridad del Estado para facilitarle un crédito de cuatro millones de pesetas destinado a paliar las necesidades urgentes de los obreros en paro. Según Pavia, si al final de 1847, cuando solo había un poco más de dos mil rebeldes, se hubieran destinado a Cataluña las tropas que ahora el gobierno facilitaba a Gutiérrez de la Concha, la revuelta hubiera cesado. Los diputados cercanos al gobierno se escandalizaron porque Pavia, en la misma sesión, leyó algunos documentos oficiales y le acusaron de desvelar secretos de Estado. Publicitando dichos documentos, Pavía quiso demostrar que, desde hacía ya tiempo, el gobierno promovía la compra de los jefes rebeldes, como hizo con Pep de l’Oli, Poses y Montserrat y criticó especialmente que personajes sanguinarios, como Caletrús, hubiesen sido amnistiados y favorecidos con el pago de una elevada cantidad de dinero público. Según Pavía, este tipo de actuaciones alimentaba el desánimo y la apatía de los catalanes, que eran gente que amaba mucho la justicia. Por su parte, Fernández de Córdova atacó la gestión de Pavía desde diferentes frentes. Le recriminó que, en contra de la prohibición del gobierno, cada día de su mandato, hubiera tramitado los agravios que le presentaban los fabricantes de Barcelona, Reus y Valls y de muchas otras ciudades catalanas, a Madrid. Según Fernández de Córdova, Pavía “no debía haber dado curso a dichas exposiciones, para lo que no tenía más que manifestar las órdenes que se lo prohibían”. En este punto, Fernández de Córdova pronunció una sentencia trascendente: “El gobierno no podía permitir que hubiese otro gobierno en Cataluña”. En realidad, Pavía- siguió razonando su sucesor en la capitanía de Cataluña- debería haber gobernado la “provincia” catalana en el aspecto político y militar pero abandonó el gobierno político, permitiendo que los patrones industriales dictasen lo que consideraban conveniente y se equivocó en el gobierno militar. Además, Pavía no solamente impidió que determinados insurgentes se pasaran a las filas del gobierno sino que les engañaba concediéndoles el indulto y luego, condenándolos al destierro en ultramar. Y encima, imponía multas y castigaba a los pueblos que no se oponían a los rebeldes. ¿Qué culpa tenían los pueblos indefensos y sus alcaldes?. La política represiva, sin causa, producía muy mal efecto en los catalanes, que se sentían injustamente atacados por el gobierno del Estado. Pero, Pavía no solamente reprimió los consisorios y sus alcaldes, sino que incluso a los familiares de los sediciosos, deportando a sus padres, madres e hijos, aunque no tuvieran culpa [129]. Pavía tapiaba las masias y las casas de los pueblos de montaña. Estas medidas, claro, empujaron a mucha gente al bando de los rebeldes y por tanto, aumentó su número. Por lo que se refiere a la estrategia militar adoptada por su antecesor, Fernández de Córdova tampoco se mordió la lengua y afirmó que se redujo a la ocupación permanente de los pueblos y a la persecución de los rebeldes. La “ocupación” solo consistía en mantener, en cada lugar, un destacamento de unos veite soldados, que pasaban todo el tiempo encerrados en una casa, con las ventanas tapiadas, casi sin que pudieran respirar y que, por lo tanto “mandaban en aquella casa pero no en el pueblo”. Los trabucaires se mofaban de la presencia del ejército y entraban y salían de las villas cuando les venía en gana; además, celebraban comilonas en las plazas. Respecto la “persecución” de los rebeldes, también se trataba de una estrategia equivocada ya que se llevaba a cabo mediante columnas de soldados que no se coordinaban, ni cooperaban entre ellas. Fernández de Córdova negó que al finalizar 1847 y durante los primeros meses de 1848, los rebeldes solamente sumaran dos mil cuatrocientos, o dos mil seiscientos hombres, en toda Cataluña y aseguraba que había cinco o seis mil. En definitiva, Fernández de Córdova sostuvo lo siguiente: “Las guerras se acaban por batallas, por los muertos, heridos o prisioneros, o por los que se pasan”.

El debate entre Pavía y Fernández de Córdova fue trascendente y motivó que ambos escribieran sus respectivas memorias, a fin de justificarse. Sobre todo, este debate resulta interesante porqué descubrió dos concepciones complementarias de lo que, en adelante, se etiquetó como “el problema catalán”. Dicho sea de forma suscinta, percibimos que Pavía llevaba a cabo un análisis de tipo económico y clasista. Este general pensaba que los agravios de los catalanes se reducían a los problemas económicos de sus clases dirigentes. Por lo tanto, Pavía opinaba que si se ponía fin a la crisis económica, los industriales y los grandes propietarios ganarían mucho dinero y los proletarios y campesinos tendrían trabajo. Por este motivo, Pavía promovió el plan de carreteras, quiso luchar contra el contrabando, se mostró amigo de la industria catalana y admitió los planes interesados de los fabricantes para paliar el paro obrero. Pavía recordaba que, a la caída del gobierno de Francisco Pacheco y la entrada del gobierno de García Goyena, se decretó la supresión de las aduanas interiores, de manera que se liberalizó el comercio de productos interiores y coloniales. Entonces, la Junta de Comercio catalana, los fabricantes y los ayuntamientos, se unieron en un clamor de protesta. Hasta entonces- agosto de 1847- las clases dominantes se mantenían al lado del gobierno y no había un estado de guerra, sino acciones aisladas de trabucaires – es decir, de bandoleros- pero a partir del momento que el gobierno puso en práctica dichas medidas, los industriales y los comerciantes del Principado se convirtieron en enemigos de Madrid. Pavía añadía que no faltaron los obreros y los industriales que favorecieron a los facciosos y que en todo el territorio de Cataluña se hablaba abiertamente de rebelión y de insurrección. La situación descrita animó a los carlistas que aún permanecían en el exilio a cruzar la frontera y hubo pueblos importantes del Principado que, de pronto, vieron desaparecer más de cien hombres de sus casas. Pavía no se cansó de repetir que todo el problema en Cataluña eran las medidas económicas adoptadas por el gobierno, las cuales perjudicaban los intereses del país- es decir, de sus clases dirigentes. En consecuencia, Pavía no consideraba a los industriales, comerciantes, hacendados y financieros catalanes como enemigos. Dicho sea bajo el prisma militar, solo los carlistas eran enemigos. Según el general, de estos adversarios “legítimos” había unos pocos- quizá, unos dos mil quinientos- ya que el resto de rebeldes eran trabucaires, o dicho sea más claramente, bandidos. En cualquier caso- razonaba- a partir del final de 1847 el número de carlistas se incrementó por culpa del gobierno, ya que decretó una amnistía sin evaluar sus consecuencias. El gobierno francés, al conocer la noticia, se sintió liberado de la obligación de pagar el subsidio que había otorgado a los rebeldes españoles. Fue por esta causa que muchos exiliados decidieron volver a sus casas. Pero, habiendo llegado a sus lares, los hombres que se acogieron al perdón, se dieron cuenta de que no podían residir en ellas, ni en la comarca. En definitiva, una vez traspasada la línea fronteriza, los antiguos exiliados se apuntaban a las guerrillas como alternativa laboral.

Pavía tenía una parte de razón pero no comprendió el carácter revolucionario, popular y de reivindicación identitaria del alzamiento de los matiners, por lo que- dicho sea como ejemplo- nunca encontró ninguna justificación lógica al rechazo radical de los catalanes a la prestación del servicio militar obligatorio en el ejército español. En relación a esta cuestión, simplemente se mostraba indignado. Si nadie, en el resto de las províncias españolas- dijo- discutía ni se oponía al servicio militar obligatorio, ¿qué razones tenían los catalanes para rehusarlo?.

Fernando Fernández de Córdova y Manuel Gutiérrez de la Concha prestaban más atención a la cuestión “nacional”, en el sentido teórico, de unidad y de implantación del estado liberal español. Esta concepción parece que les situaba más cerca del descubrimiento de las causas- llamémoslas- de carácter ideológico, identitarias y estrictamente políticas, de la oposición catalana. Estos generales creían a pies juntillas que Cataluña formaba parte del Estado español y que dicha realidad había de ser aceptada con todas sus consecuencias, como lo admitían ellos mismos, aunque ambos habían nacido y se criaron en territorio colonial, en la Argentina. ¿Como podía ser que ellos, hijos de las posesiones españolas en ultramar, se sintieran españoles y en cambio, los catalanes, gente metropolitana, rechazasen esta pertenencia?. Fernández de Córdova creía en soluciones al estilo de reconciliación patriótica de los españoles, o del “abrazo de Vergara” y no le gustaba la represión como herramienta de uso indiscriminado, aunque la hubiese practicado con la misma intensidad que el resto de capitanes generales. En cambio, este general desconfiaba de las tesis economicistas adoptadas por Pavía. Ahora bien, en algo coincidieron los tres capitanes generales sucesivos de Cataluña y ésto era en la opinión de que los habitantes del Principado, debido a la proximidad de la frontera, estaban demasiado influidos por las ideas revolucionarias que llegaban de Francia. Definitivamente, el pensamiento de los generales mencionados coincidía con las tesis del periódico La España, ya que deseaban retornar a los catalanes “el corazón español” y la solidaridad entre nacionales y opinaban que para conseguirlo, incluso era necesario que se aprovecharan del carácter codicioso que caracterizaba aquella gente.

Claro que, desde la perspectiva militar, Fernández de Córdova no fue más listo que Pavía. Simplemente, ocurrió que Fernández de Córdova y Gutierrez de la Concha gozaron del apoyo muy superior, tanto en lo que se refiere a la aportación de tropas como de material, al concedido por el gobierno a Pavía. Cuando este último pidió más efectivos humanos a Madrid, el ministro de la guerra se lo denegó, alegando que el ejército que operaba en Cataluña constituía “la tercera parte de todo el de la península, África e islas adyacentes”. En cambio, Gutiérrez de la Concha obtuvo el doble de soldados que sus antecesores, pudo extender las líneas de telégrafo óptico, dispuso de dinero para fortificar muchos pueblos del Principado y consiguió que se renovara el armamento- fusiles de pistón, artillería de montaña- de las tropas que mandaba.

El hecho es que, habiendo sido cesados Pavía y Fernández de Córdova, el nombramiento de Concha como capitán general no supuso – aparentemente y de entrada- una mejoría clara de la situación, aunque ciertamente se notó que bajaba la intensidad de la revuelta.

Los periódicos seguían magnificando las pequeñas victorias del ejército de la reina. Basquetes, acompañado de noventa correligionarios, fue vencido en Vandellós por el general Enna, el cual le tomó todos los caballos y muchas armas. El coronel Plana, volviendo de Rubí, chocó con Baliarda en Sant Fost de Capcentelles y le tomó cuatro prisioneros. El periodista comentaba que Plana- otro oficial catalán del ejército de la de la reina- sumaba noventa y cuatro rebeldes capturados. Nouvilas, persiguiendo a Cabrera, entró en Amer . La columna de carabineros de Girona, encabezada por Ramon Marcias, fue atacada en Pont de Molins; los trabucaires sufrieron la pérdida de tres hombres y los carabineros, de uno. El 10 de enero, el capitán general llegaba a Manlleu y después se dirigía a la Cabra, Colldetenes y Santa Eulàlia de Riuprimer. Pero Borges lo precedió y ordenó que se fijaran carteles por toda la zona para avisar que fusilaría a los payeses que transportaran víveres a Vic. El comandante general del ejército liberal en la provincia de Lleida llegó a la capital y puso en fuga a la gente de Ramonet. Muchos de sus partidarios se presentaroan al indulto; cuarenta de ellos, lo hicieron en Serós.

A partir del mes de diciembre, la prensa reconocía que Amer se había convertido, sin ninguna duda, en la capital de los montemolinistas. Alrededor de este pueblo se reunían dos mil hombres del ejército de Cabrera. Por esta causa, el ejército de la reina se concentró, sobre toto, en la provincia de Girona. Día tras día, llegaban batallones de soldados provenientes de todos los territorios del Estado para engordar el ejército liberal. En ocasiones, llegaban por vía marítima; en Roses, desembarcó un batallón de Galicia. El capitán general ordenó la construcción de torres de vigilancia en las riberas del rio Ter- seguramente, se trataba de torres de la línea de telégrafo óptico- y la destrucción de algunos puentes, con el fin de impedir que los matiners cruzaran el curso de agua cada vez que les viniera en gana. El corresponsal del Diario de Barcelona, describía con buen humor y afirmaciones contradictorias, el asedio de Girona por parte de los rebeldes: “Continua el bloqueo de esta capital; esto es, siguen una docena y media de facciosos recorriendo los muchos caminos que la circundan, haciendo retroceder á todas las personas que vienen con víveres y á veces aunque no los traigan. Como todo el ejército bloqueador no se eleva más allá del expresado guarismo, ni que sepamos tienen los facciosos la facultad milagrosa de multiplicarse por si mismos, ya se deja entender que para su poco número han apelado á sus ilustrados instintos y suaves costumbres, amenazando con fusilar á todo el que no respetase su consigna y atravesase el límite que les ha placido fijar, por mas que no haya nadie que lo guarde, y como el pais sabe muy bien que con tales señores no tiene gran certeza el adagio ‘del dicho al hecho va grande trecho’ y sí por el contrario, que muchas veces el hecho es antes que el dicho, pocos se atreven a arrostrar la amenaza. Gracias que no han empezado por fusilar á los portadores de víveres, publicando despues la prohibición de no traerlos; siempre es un adelanto.” A continuación, el corresponsal gerundense comentaba que, en cualquier caso, los víveres entraban en la capital y que la medida adoptada por los asediadores solamente servía para que subieran los precios de los productos básicos.

Los republicanos de Escoda entraron en Sitges el día 10 de enero y los republicanos de Ferrater, acompañados por los carlistas de Mills, ocupaban Sabadell, el día 14. Marçal entraba, otra vez, en Banyoles.

El Barcelones del día 14 se justificaba en otro artículo de La España para exponer unos comentarios atribuidos a Cabrera. Según La España, el general carlista, en medio de la plaza de Ponts y en presencia de mucha gente, proclamó principios comunistas. Cabrera dijo que ya había llegado la hora de que los bienes de los ricos fuesen repartidos entre los pobres. Además, en una reunión de jefes carlistas, que se celebró en Anglès, Cabrera los escandalizó asegurando que su objetivo consistía “en derribar el gobierno actual de la nación, y que una vez verificado ésto, la nación entregada a si misma podría darse la clase de gobierno que mejor le acomodase”. Por lo tanto, Cabrera no luchaba para entronizar a la dinastía de los Carlos sinó que llevaba a cabo la revolución con el fin que unas Cortes constituyentes escogieran la mejor forma de Estado para los españoles. Estas ideas, vistas desde una perspectiva nada imprudente, significaban que el máximo dirigente de los carlistas catalanes renegaba del carlismo. Tratándose del Barcelones, la cita de las opiniones de Cabrera disimulaba una cierta satisfacción, ya que el periódico progresista, que mantenía una línea editorial centrada en la denuncia de los problemas sociales, defendía posiciones políticas coincidentes con las que sugería el general carlista. En el mismo número, el Barcelonés incidía en la cuestión del trabajo infantil en las fábricas. El comentarista explicaba que los niños y las niñas encerrados en los centros fabriles no crecían ni se desarrollaban de forma natural y que era necesario que se buscase la fórmula para ponerlos bajo la protección de los jueces, o de preceptores que tuvieran cuidado de ellos y les ahorrasen los abusos. También proponía que los obreros volvieran a afiliarse a las mútuas, los gremios y las cofrarías, a la vez que defendía el papel de las “sociedades de socorros mútuos”. En definitiva, el Barcelonés intentaba favorecer el asociacionismo obrero.

Durante los últimos días de diciembre, en una lucha que se prolongó entre los límites de las províncias de Tarragona y Lleida, el brigadier Quesada derrotó de forma contundente la partida de Torres, formada por trescientos hombres. Seguramente, esta primera notícia, poco elaborada, se refería a unos hechos que luego fueron mejor explicados por el Postillón del dia 3 de enero. De acuerdo con la última información mencionada, el comandante general de la província de Tarragona salió de Montblanc el 28 de diciembre con el objetivo de encontrar al cabecilla Ciurana, el cual transitaba por la comarca de la Conca de Barberà y hasta el Segrià, al frente de doscientos hombres. Los gubernamentales supieron que Ciurana permanecía en Omells y lo atacaron en este pueblo. La lucha por las calles de Omells terminó, según decía el periodista, con tres rebeldes muertos y treinta y siete prisioneros, entre los cuales se encontraba el capitán Jaume Cullerer, alias Torres de Belianes, con una pierna rota. El ejército de la reina no pudo detener a Ciurana puesto que el cabecilla salió de Omells un poco antes del ataque. Los gobernamentales se apoderaron de tres caballos, descritos literalmente como de “corta altura”, cuarenta y cinco armas de fuego, nueve bayonetas, cuatro sables, una espada y siete cartucheras.

El día 2 de enero de 1849, llegó a Barcelona un nuevo regimiento formado por 300 reclutas. Hasta el 4 de enero, en Falset se presentaron al indulto 100 rebeldes. En esta fecha, una fuerza compuesta por mozos de escuadra y carabineros sorprendió en Premià de Dalt una reunión de republicanos. Los mozos y los carabineros detuvieron a 32 hombres y requisaron 28 armas de fuego, muchas municiones y dos cornetas.

El 3 de enero, el ministro de la guerra licenció definitivamente y con deshonor, a un par de subtenientes del regimiento del Rey, nº 1 que, habiendo caido en manos de las tropas de Cabrera, consiguieron la libertad a cambio de prometer que no lucharían más contra los matiners.

El día 8 de enero, los republicanos Molins, Ferrater y Botaret fueron derrotados. A la mañana siguiente, el coronel Igansi Plana perseguía a Escoda hasta Martorell. El republicano huyó del cerco y cruzó el rio Llobregat por Sant Boi. Pero Plana adivinó que Escoda quería refugiarse en Sant Cugat, lo avanzó por el camino y lo esperó en el pueblo. La partida de Escoda, compuesta de ciento cincuenta hombres, cayó en la trampa y Plana consiguió matar a cuatro rebeldes, tomó a los rebeldes cincuenta y dos prisioneros, cuatro caballos, treinta y nueve armas de fuego, treinta y siete cartucheras y dos cornetas. La diferencia entre el número prisioneros y de armas de fuego tomadas constituye una prueba, según decía el autor de la notícia, de que muchos hombres de Escoda no disponían de armas de fuego. El día 9, el Noi Baliarda se escapó de la persecución a qué le sometía la columna del Vallès, mandada por el coronel Valero, pero a la altura de Sant Llorenç de Savall perdió dos hombres que fueron capturados por el oficial liberal.

El día 13, todos los oficiales de Basquetes, empezando por su lugarteniente, debían presentarse a las autoridades para deponer las armas. Los oficiales conjurados pensaban llevarse consigo a la fuerza, a Basquetes, que no quería rendirse. Pero antes de que pudieran llevar a cabo su plan, el capitán general chocó con la partida, obligando a los rebeldes a dispersarse y frustrando, de esta manera, el propósito de los conjurados. El coronel Benet Lluís, otro de los cabecillas que luchaba en el Priorat, se presentó a las autoridades, acompañado de cinco comandantes, dos comandantes segundos, cinco capitanes graduados de teniente coronel, dieciseis individuos sin graduación, seis tenientes, quince subtenientes, un médico y ochenta soldados. Desde Reus se anunciaba que la facción había sido vencida en todo el territorio del Priorat, las Garrigues y parte del Ebro. La autoridad referida pensaba que los caudillos Arbonés y Raga no tardarían en deponer las armas y justificaban la tozudez de Basquetes en el hecho de que éste sabía que no podía ser indultado, debido a que era autor de demasiados crímenes. No obstante, dicha opinión no resultaba creíble ya que unos meses antes, Caletrús, tan sanguinario como el que más, obtuvo el perdón sin problemas. En realidad, la autoridad militar del distrito de Tarragona pecaba de optimismo puesto que seguían llegando noticias de las acciones de Raga en el norte del Maestrazgo y en el territorio catalán del Ebro.

El día 13, la intervención del ejército de la reina rompió el asedio de Seva. También en esta fecha, el coronel Ruíz llevó a cabo la acción en la ribera del Ter, cerca de la Cellera, que acabó en la batalla del Pasteral, de los días 27 y 28. El coronel Ruíz tenía la misión de destruir todos los medios que pudieran ser utilizados por los rebeldes para cruzar el rio, fueran puentes o barcas. El día 13, Ruíz requisó una barcaza grande que prestaba el servicio de transporte de una riba a la otra, en la Cellera de Ter, hizo que se astillara y luego quemó los restos. Alrededor de Amer se habían juntado más de dos mil rebeldes, a las órdenes de Cabrera y de Marçal.

El día 15, el general Nouvilas, al frente de dos mil soldados, salió de Girona en dirección a Figueres. Por el camino fue aguijoneado por las partidas de rebeldes, que le ocasionaron algunos muertos. Nouvilas quería llegar a Bescanó para romper el bloqueo de los rebeldes, el cual impedía que llegara agua a los molinos de harina y a las fábricas. Los dueños de estos establecimientos habían pronosticado que si la falta de energía se prolongaba mucho tiempo, se verían obligados a despedir a ochocientos obreros y ese número era demasiado elevado, en relación a la población proletaria del Gironès. En Bescanó, Nouvilas prestó cincuenta fusiles al ayuntamiento, a fin de que el pueblo pudiera defenderse de otros asedios y fortificó su casa más preeminente. Ciertamente, las obstrucciones de la acequia de Monars, la cual abastecía de agua a Girona, se sucedían. El ejército de la reina reconstruía las compuertas que los rebeldes destruían pero al cabo de pocos días, los matiners volvían a obstruir la acequia.

Durante los días 15 y 16 de enero, los Tristany se apoderaron de Cardona, después de una batalla que se desarrolló dentro de la ciudad, calle por calle. Los carlistas tomaron prisionera a la guarnición entera, entre cuyos oficiales estaba el coronel de artillería Olmadilla y obtuvieron armas, caballos y ropa. El Fomento del día 18 intentaba reducir el impacto propagandístico de la victoria obtenida por los carlistas y afirmó que la villa de Cardona no tenía ningún interés estratégico, ni industrial y que si los montemolinistas la habían asaltado, eso solamente se debía a dos razones: la primera consistía en la necesidad urgente que tenían de disminuir la presión que sufría Cabrera en Amer, por parte del general Gutiérrez de la Concha; es decir, que Cardona había sido asaltada y ocupada para distraer tropas del gobierno en otro frente. La segunda razón se fundamentaba en el reto que soponía la conquista del castillo de esta villa, la cual presentaba tanta dificultad que magnificaba un triunfo inútil. El día 16, Cabrera, al frente de seiscientos infantes y ochenta jinetes, avanzaba por el Congost del Figaró y Aiguafreda, en dirección al pueblo de Alpens. El capitán general y el general Mata y Alós perseguían a Cabrera por el Montseny pero cada vez que los gubernamentales se acercaban al carlista, éste se les escapaba.

El mismo día 16, el senador Fernando Fernández de Córdova preguntaba al gobierno si era cierto que Raga había vuelto al Maestrazgo y que el capitán general de Valencia y de Murcia había ordenado, de nuevo, el cierre de las acequias y masías de la zona, además de prohibir la navegación por el Ebro. El antiguo capitán general se quejaba de dichas medidas, ya que ocasionaba muchos daños a la población. Figueres, ministro de la guerra, aplazó su respuesta. El Barcelones del día 17 de enero denunciaba que aun teniendo en cuenta la trascendencia que tenían para Cataluña los debates en las Cortes, muchos diputados catalanes preferían quedarse en el país y no asistían a las sesiones.

Durante el día 17, Saragatal con sus quinientos voluntarios ocupaba Sant Quirze de Besora en el momento que se presentó el ejército de la reina. Las fuerzas regulares sumaban mil doscientos soldados y Saragatal, contando con menos efectivos, se defendió a ultranza, hasta que se vio obligado a abandonar la villa. El ejército de la reina continuó hacia Vidrà pero no pudo sorprender a los rebeldes que permanecían en el pueblo, gracias a que la defensa que había opuesto Saragatal en Sant Quirze les dio el tiempo suficiente para preparar la resistencia. Al cabo de unos días, un montón de matiners se presentaron al indulto en Olot y explicaron que en Sant Quirze habían sufrido más de cien bajas entre muertos, heridos y prisioneros. Saragatal se refugió unos días en Sant Pere de Torelló y luego volvió a ocupar Sant Quirze de Besora.

El ejército de la reina voló los puentes del Ter en Sau, Querós y Susqueda. El coronel Echagüe libró ciento cincuenta fusiles a los contribuyentes más significados del Berguedà. Echagüe, en el acto de entrega de las armas, los arengó con frases patrióticas. El Fomento del día 18, proclamaba que en las comarcas tarragonenses solo quedaba en pie una partida de rebeldes con significación política: la de los republicanos de Baldrich. El Brusi del día 20 informaba a los lectores que el Noi Baliarda, al frente de 70 hombres, había sucumbido en el enfrentamiento con el batallón de Guadalajara y doscientos carabineros, a las órdenes del coronel Bustos, en una batalla que se desarrolló en Castellar del Vallès. El republicano perdió quince hombres, que fueron hechos prisioneros y además sufrió seis muertos. Escoda, perseguido por todos lados, solo arrastrada un puñado de adictos y decidió juntarse con Baldrich.

Cabrera ordenó el asedio de Olot y encargó la misión a un comandante llamado Maurici Iglesias. Por lo menos, en aquel momento, Vic y Girona estaban asediadas día sí y día también por los matiners. Borges, acompañado por Manel de l’Hostal Nou, Ramonet Nè, de Berga y Rafael Tristany, ocuparon Casserres. Los cabecillas mencionados juntaron cerca de seiscientos matiners, de los cuales casi trescientos seguían a los Tristany y sesenta a Ramonet. Este último jefe de trabucaires secuestró al alcalde de Avià. Saragatal, viniendo de Sant Quirza de Besora se juntó con Cabrera pero ya solo conducía a doscientos voluntarios.

Botaret, mano derecha de los republicanos Ferreter y Molins, se presentó al indulto. También se rumoreaba que se había presentado Raga, en Tarragona pero, el 19 de enero, la capitanía general de Valencia informaba que, siendo cierto que muchos de los hombres del cabecilla tortosino habían depuesto las armas, Raga seguía activo. El Fomento del día 22 rechazó de forma contundente que Raga se hubiera presentado. Parece ser que la confusión surgió del hecho que un hermano de Raga sí que había solicitado el perdón. El ejército de la reina y Cabrera seguían jugando al escondite por el Montseny. No obstante, el Postillón aseguraba, desde Girona, que Cabrera había pasado a Francia para curarse las heridas que sufrió en la primera guerra, las cuales le supuraban de nuevo.

Llegó a Madrid el general Joan Prim i Prats, procedente de Puerto Rico, donde había ejercido el cargo de gobernador con mano dura.

Sesenta trabucaires republicanos a las órdenes de Bartomeu Riera, sastre de Arenys de Mar y de un colega de éste, que era sastre de Llavaneres, entraron en el pueblo del primero. Procedían de Canet y llevaban consigo algunos prisioneros. En Arenys, los trabucaires mantuvieron un tiroteo con los soldados de la guarnición, hasta que se dieron cuenta que se acercaba la columna del distrito. Entonces, huyeron, abandonando los prisioneros. En esta fecha, el republicano Escoda se encontraba entre Vallirana y Cervelló.

Se rumoreó que el día 20 Masgoret había cruzado la frontera hacia el exilio. Nadie sabía decir si se retiraba de la lucha o si portaba un encargo de Cabrera, con quien antes se había entrevistado. La huida de este cabecilla constituía otro indicio del fin de la guerra en el sur de Barcelona. El periodista opinaba que Masgoret se había exiliado definitivamente y deseaba que cuando escribiese sus memorias fuera explícito y sincero. Tambien Narcís Ametller, en esta fecha, se vio obligado a pasar a Francia, donde fue detenido, junto con los ventiun hombres que le acompañaban.

El día 21 de enero, Marià de Piera, al frente de 400 voluntarios, se enfrentó al ejército del gobierno, en Martorell. Marià fue herido en un muslo y se dirigió con su partida a Vilafranca del Penedès. Este mimso día, Ramon Roger, de Maçanet de Cabrenys[130], mano derecha del coronel Ametller, llegó a Figueres con doscientos voluntarios republicanos para deponer las armas. Roger prometió fidelidad a Isabel II y declaró que ahora lo prioritario consistía en luchar contra los carlistas, que eran los verdaderos enemigos de las instituciones liberales. Ametller, persegido por el ejército, prefirió pasar a Francia con un par de docenas de correligionarios y lo hizo cuatro o cinco días antes de la presentación de Roger, de manera que podría haber sucedido que el de Maçanet, al conocer la huida del brigadier, se viera obligado al abandono. Tampoco no era demasiado seguro que Ametller se propusiera dejar definitivamente las armas. El cónsul de España en Perpiñán publicó el listado de republicanos encarcelados: cinco barceloneses, contando al brigadier Ametller (¿)- posiblemente, antiguos “jamancios”- otro de Sant Cugat del Vallès, un gallego, un vizcaino, un madrileño, un gerundense y el resto eran ampurdaneses, de los pueblos de Agullana, Cantallops, Calonge, Albanyà, Pont de Molins y Llançà.

El día 22, el carlista Vilella y el republicano Baldrich entraron en Arbós con cuatrocientos hombres y cuarenta jinetes, de donde se llevaron el alcalde por no haberles pagado la contribución. En esta fecha se supo que el ejército de la reina había substituido cerca de cuatro mil fusiles por otros tantos del nuevo modelo de pistón.

El día 24, el presidente del gobierno, Narváez, anunció en las Cortes que muy pronto terminaría la guerra en Cataluña.

El día 25, Tristany y Saragatal permanecían en L’Estany con 800 hombres. Precisamente, ocupaban la zona en la cual sucedió la batalla de Avinyó. Las tropas del gobierno no les habían podido expulsar de dicho territorio.

 

  1. La batalla del Pasteral y la derrota posterior de los republicanos de Narcís Ametller. 

Mientras los rojos escupitajos de la metralla
Silban durante todo el día por el inmenso cielo azul;
Y que escarlatas y verdes, cerca del rey que las desestima
Se hunden los batallones enteros en el fuego.
Arthur Rimbaud. El mal.

 

Algunos historiadores generalistas han supuesto que, durante la guerra de los matiners, solamente hubo una gran batalla, la del Pasteral, la cual ha sido fechada, concretamente, en los días 26 y 27 de enero de 1849. Se ha dicho que esta batalla fue muy sangrienta, por lo que hemos creido que se trató de un choque frontal entre dos ejércitos, previsible y preparado, como si hubiera consistido en una especie de duelo clásico, o como la consecuencia inevitable de dos años, a lo largo de los cuales los rebeldes y los gubernamentales jugaron al escondite, sin que ni unos, ni otros, obtuvieran ninguna ventaja[131].

Ciertamente, si nos creemos a pie juntillas las noticias de la prensa, no parece que la batalla del Pasteral fuera un encuentro mucho más duro que el combate que sostuvo el brigadier Paredes contra Cabrera en Sant Jaume de Frontanyà, en julio de 1848, o que el choque entre Cabrera y los Tristany con el brigadier Manzano, en Avinyó. Según las informaciones escritas, parece que el número de muertos de ambos bandos en el Pasteral no superó los cien. La diferencia de esta última batalla con otros encuentros de la misma guerra es que, en el Pasteral, los montemolinistas no pudieron tender ninguna trampa al ejército del gobierno y fueron obligados a mantener una posición defensiva. Además, en el Pasteral, el ejército gubernamental empleó la artillería de campaña con gran habilidad y eso, hasta aquel momento, no había sido lo habitual. En cualquier caso, es verdad que, durante la guerra de los matiners, los enfrentamientos que se prolongaron más allá de unas horas y en los cuales intervinieron un gran número de efectivos humanos y materiales, no fueron demasiados.

Se conserva un grabado de la época, reproducido en el libro de Josep Llord, que nos muestra la disposición en el campo de batalla del Pasteral de dos ejércitos numerosos, uniformados y engalanados, un

Batalla del Pasteral
Batalla del Pasteral

poco al estilo de las maquetas con soldaditos de plomo que llenan las salas de los museos militares. La ilustración resulta interesante por el simplismo en el resumen de las posiciones de los contendientes pero constituye un retrato estático y no refleja, ni de lejos, la complejidad de las circunstancias de este encuentro.

Se deduce de las noticias de la prensa barcelonesa que el choque se fue gestando desde el mes de diciembre o, quizá, desde un poco antes, debido a la concentración de las fuerzas montemolinistas de Cabrera, Marçal y otros jefes carlistas- Borges, los Tristany, Saragatal, Savalls y Jubany, por lo menos- en la zona de Amer y la Cellera de Ter. Una noticia de la prensa, fechada el 30 de diciembre, decía que Cabrera había escogido el pueblo cercano de Amer para cobijar su cuartel de invierno y aunque otras informaciones posteriores situaban al capitán general de los matiners jugando al gato y el ratón por el Montseny, el periodista aseguraba que Cabrera había permanecido quince días seguidos en Amer, habiéndose ausentado solamente un día del lugar.

Efectivamente, al fin, Ramon Cabrera y Marçal hallaron un territorio en el cual podían instalar su estado mayor. Es decir, encontraron una especie de capital o centro de operaciones. Durante el primer semestre de 1848, pareció que el centro de los montemolinistas se situaría o en las cercanías de Sant Jaume de Frontanyà, en el Berguedà, o al entorno del Pla de la Calma, en el Montseny pero estos lugares eran demasiado deshabitados y de comunicaciones difíciles, por lo que los rebeldes optaron por asentarse en la intersección de las comarcas de las Guilleries y de la Selva. El pueblo de Amer ocupa un lugar estratégico, cercano a Girona, en la ruta que cruza Cataluña, a través de las cordilleras centrales, lo cual permitía a los montemolinistas la rápida huida a Francia por rutas boscosas. Desde este punto equidistante de las ciudades más importantes del norte del Principado, salían las partidas que asediaban Vic, Olot y Girona, cortando las acequias de agua, impidiendo que entrasen productos esenciales en los núcleos humanos o fabriles y cobrándoles las contribuciones.

El 1 de enero de 1849, los periódicos se refirieron al rumor que corría referido a una batalla que se había producido entre el general Concha y Cabrera en este lugar. Podría ser que dicho rumor hubiese surgido respecto la posibilidad del gran choque- ya que todo el mundo lo consideraba seguro- y no de un hecho real. El Diario de Barcelona publicaba una noticia, fechada el 3 de enero de 1849 en Girona, que decía lo siguiente: “Hace más de diez dias que Cabrera, Marsal y otros cabecillas con las facciones reunidas, han permanecido en Amer, pasando alegres y bulliciosas fiestas, dando bailes los jefes y oficiales, de sargentos y clases bajas por las noches; y de dia ejercitando a sus soldados de caballería é infantería. Y no es esto lo peor, sinó que con este quietismo y sosiego y sin verse ningún soldado de la Reina por aquellas tierras, reclutan los facciosos muchos partidarios de los pueblos limítrofes”. En la misma fecha, Cabrera fusiló a dos coroneles que se proponían desertar. Estas medidas drásticas, aunque se justificasen en hechos más o menos probados, tenían por objetivo el fortalecimiento de la moral de la tropa, ya que con ellas se daba a entender a los soldados que en el ejército montemolinista no había privilegiados.

El día 4 de enero llegaron más noticias sobre la acumulación de efectivos de ambos bandos, en esta zona del territorio gerundense. El ejército gubernamental, en un número impresionante de hombres, se concentraba en Girona y desde la capital, Gutiérrez de la Concha llevaba a cabo incursiones hacia Hostalric, Viladrau y otras poblaciones de las comarcas montañesas, aguijoneando a Cabrera y tratando de asediarlo, cortándole las comunicaciones. A la vuelta de una de estas incursiones, Concha supo que Marçal permanecía en Cassà de la Selva, al frente de seiscientos hombres. El 7 de enero, los generales Concha y Nouvilas salieron de Girona al frente de un contingente considerable y se dirigieron a Amer. El día 9, Concha pasaba por Santa Coloma de Farners y después llegó a Vic. El periódico afirmaba que, en la misma fecha, Cabrera, empujado por cuatro columnas gubernamentales, huía de Amer pero el día 10, el carlista preparó una trampa al coronel Hore en las montañas cercanas al pueblo y lo venció de forma contundente. Claro está que los periódicos no informaron claramente de la derrota de Hore. El día 13 de enero, el periodista garantizaba que Marçal aún permanecía en Amer y que desde este punto se ocupaba del cobro de contribuciones y de mantener el bloqueo de las ciudades. Josep Llord nos cuenta que en Amer los carlistas disponían de un taller de reparación de armas, almacenes de municiones y que incluso querían construir una fábrica de piezas de artillería. Los montemolinistas se esforzaban en retardar el encuentro definitivo con los liberales y mientras, reclutaban voluntarios y los adiestraban como soldados. Además, estaban esperando un envio de seis mil fusiles, comprometido por Inglaterra. Las armas no llegaron a su destino porque el cargamento fue interceptado por el ejército de la reina[132].

Durante estos días se produjo la persecución de Cabrera y de sus 500 infantes y 80 jinetes, por la zona del Montseny. Las marchas a pie de las columnas de soldados resultaban agotadoras y se prolongaban, casi sin descanso, desde la madrugada hasta el atardecer. Posiblemente, los matiners, conocedores de la geografía del país y contando con la ayuda de sus habitantes, provocaban estas andaduras penosas por el terreno escarpado, boscoso y agreste del Montseny, con el fin de fatigar y desmoralizar a la tropa enemiga. Mata y Alós casi atrapó a Cabrera en el Pla de la Calma pero los carlistas se escaparon del acecho en el último instante. El ejército de la reina divisó diferentes grupos de matiners, el más numeroso de los cuales juntaba trescientos hombres pero no pudo establecer contacto con ninguno. El día 16, Gutiérrez de la Concha estaba en Aiguafreda y de nuevo, se dirigía al Montseny. El mismo día, Marçal llegó a Banyoles. En realidad, Concha y Cabrera se hallaban a poca distancia el uno del otro pero no coincidían. El día 18, el carlista fue visto en Castellterçol. El avistamiento fue comunicado a Nouvilas que se encontraba en el Ampurdà y el general del gobierno volvió sobre sus pasos. El día 20 corrió el rumor de que, finalmente, Gutiérrez de la Concha y Cabrera habían chocado y se decía que el carlista estaba herido y deseaba pasar a Francia para curarse[133].

Enero de 1849 fue muy lluvioso y las aguas de los ríos y rieras amenazaban con salirse de madre. Concretamente, el caudal que llevaba el rio Tordera era enorme y se llevó consigo el puente que comunicaba les províncias de Barcelona y Girona. El día 25, Marçal todavía permanecía en Amer, con 800 hombres. Cabrera liberó unos cuantos oficiales prisioneros que estaban heridos para que pudieran trasladarse a un hospital o volver a sus casas. Todos los albañiles y carpinteros de la comarca fueron convocados por Marçal para que reconstruyesen el puente sobre el rio Ter, en el Pasteral y el día 26, el jefe de la caballería carlista constataba que la obra había sido terminada. Marcel·lí Gonfaus situó un pelotón de soldados para que vigilasen el puente. En este mismo día empezó la llamada batalla del Pasteral.

La primera noticia que publicó la prensa, referida a dicha batalla, informaba de una acción importante llevada a cabo por el coronel Felipe Ruíz en el desfiladero del rio, la cual tenía por objetivo la destrucción del puente de madera que los montemolinistas habían construido. La misma noticia aseguraba que habían resultado muertos 22 montemolinistas y que el asistente de Cabrera se había presentado al coronel Ruiz y le había contado que el general estaba herido de gravedad. Después, la prensa informó que durante el día 28, Marçal se encontraba huyendo en dirección al Collsacabra.

El periódico del día 1 de febrero se mostró más explícito respecto los hechos del Pasteral: “Se sabe que la acción dada el 26 por el coronel Ruíz sobre el Pastoral[134] en las inmediaciones de Amer fue sumamente brillante y dio como resultado que los enemigos fueron arrollados y puestos en dispersion; que el combate fue repetido el dia siguiente y que la pérdida de nuestros valientes fue de 7 muertos, entre ellos dos oficiales de Valencia, 17 individuos de tropa heridos, 7 contusos, dos oficiales heridos y dos contusos, y que la del enemigo fue de tanta consideración que pasa de treinta muertos y sobre ochenta heridos, siendo uno de ellos de bastante gravedad, Cabrera, además de un primo suyo llamado Valero, el ayudante y cuñado de Marsal, muerto el de Saragatal y algunos otros gefes, tres prisioneros y dos presentados al finalizar el combate, siendo uno de ellos soldado de la Unión[135] y asistente de uno de los ayudantes de Cabrera, que fue el primero de dar la notícia de la herida del cabecilla”.

general Nouvilas
general Nouvilas

Posteriormente, el periódico publicó la órden de 31 de enero, mediante la cual se dio a conocer el informe sobre el desarrollo de la batalla, tramitado por el comandante general de la provincia de Girona   ( Nouvilas) al capitán general de Cataluña (Gutiérrez de la Concha). De acuerdo con dicho escrito, el primer objetivo militar de los gubernamentales solamente consistía en destruir el puente sobre el Ter. Para ello, el comandante general envió al coronel Ruíz para que, durante el día 26, llevase a cabo el reconocimiento del Pasteral,en la parte de la ribera derecha del rio Ter. El comandante general se proponía acercarse a la ribera izquierda, durante la mañana siguiente, sin que tuviera que preocuparse por el ataque de los enemigos situados en la otra orilla. Lo que sucedió es que el coronel Ruíz había recibido órdenes directas del capitán general que le obligaban a mantener el Pasteral libre de enemigos y cuando llegó al lugar, por la tarde y se encontró a ochocientos montemolinistas de infantería y de caballería, guiados por Marçal, no se limitó a reconocer el terreno sino que se enfrentó a éstos, a fin de expulsarlos a la otra orilla.

El coronel Ruíz cargó contra el pelotón de rebeldes que protegían el puente y para ello utilizó todas sus fuerzas, incluso la caballería mandada por el capitán Subinsdrynki. De entrada, los isabelinos conquistaron el puente pero, en el contraataque- “movimiento retrógrado”, dice eufemísticamente el cronista militar- los carlistas tomaron veinte prisioneros entre los isabelinos que habían pisado su orilla y con el empuje que llevaban, ayudados por una batallón de refuerzo, obligaron al coronel Ruíz a refugiarse en la Cellera de Ter. Durante la huida, Ruíz perdió cerca de cincuenta cazadores del regimiento de Valencia, a las órdenes del capitan Capilla y del teniente Saliquet. Dichos oficiales, con sus unidades, se refugiaron en un par de masías, desde las cuales y durante toda la noche, resistieron tres intentos de incendio y los ataques de los hombres de Cabrera y de Marçal. A la mañana siguiente, Cabrera reunió 1650 infantes y 170 jinetes. Ruíz quedó en una situación muy comprometida, falto de víveres y aislado. En realidad, solo tenía dos opciones: o se rendía, o intentaba abrirse paso entre las tropas carlistas que lo cercaban. Pero, a las nueve de la mañana del día 27 se presentó Nouvilas al frente de 3150 hombres y 150 jinetes.

Efectivamente, el comandante general de Girona, habiendo recibido noticias inexactas del inicio de la lucha, decidió avanzar su viaje al Pasteral, donde se presentó durante la mañana del día 27, después de una marcha forzada de tres horas, que fue el tiempo que necesitó para recorrer el trayecto de 25 kilómetros. Una vez el comandante general y el coronel Ruíz se encontraron en el lado izquierdo del curso del Ter, constataron que los montemolinistas, durante la noche, habían sumado una fuerza de efectivos considerable en la otra riba. Durante la mañana del día 27, Cabrera, habiendo conseguido esta concentración, consideró que no peligraba su posición de forma inminente y almorzó sin prisa en Amer. Habiendo almorzado, tuvo el susto.

De lo primero que se encargó Nouvilas, fue de dispersar a cañonazos los asediadores de las masías en las cuales se refugiaban los cazadores isabelinos. Entonces, los montemolinistas quisieron retirarse a la riba izquierda del rio, donde fueron nuevamente cañoneados por la artillería de montaña de Nouvilas. El ejército de la reina rescató a los cazadores valencianos, se situó ante la entrada del puente y maniobró hacia su izquierda, para engañar a los carlistas, mientras, por el lado contario, el coronel Rios cruzaba el rio, por el vado de la barca, con dos batallones, a fin de envolver el flanco izquierdo del enemigo. Pero los carlistas habían escondido la caballería en un bosque cercano y contraatacaron, con la ayuda de la infantería que ocupaba el centro de su despliegue. Entonces, Nouvilas bombardeó a las fuerzas enemigas con cuatro cañones que había situado en las colinas cercanas y a la vez, envió su caballería en ayuda del coronel Rios. El mismo comandante general, al frente de las compañías de San Quintín, la quinta de Valencia y el tercer batallón de Córdoba, cruzó el rio con el agua hasta la cintura, envistiendo el centro de los montemolinistas. Finalmente, el ejército del gobierno obligó las tropas carlistas a retirarse hasta Amer y todavía más lejos, hasta Sant Martí de Cantallops[136]. Precisamente, al mediodía del día 27, Cabrera se presentó en el Pasteral, justo cuando los suyos habían iniciado la retirada. El tortosino intentó fijar un frente de resistencia y cuando se detuvo para observar el despliegue del enemigo, fue herido en un muslo[137].

Dejando a un lado algún detalle, como las circunstancia que originó la herida de Cabrera, ésta es la historia oficial de la batalla del Pasteral, explicada por los militares de la reina y reproducida por la prensa de Barcelona. No tenemos una versión del bando montemolinista, si no consideramos que dicha explicación es la que nos ofrece Miquel Llord. La verdad es que la versión del escritor coincide con la del comunicado oficial del ejército del gobierno pero Llord detalla algunas fases de la batalla y atribuye la jefatura màxima de las tropas isabelinas al general Nouvilas, el cual no fue mencionado con su nombre en el comunicado oficial. Por lo que se refiere al ataque nocturno de los voluntarios de Marçal a las masías en las cuales se refugiaban los cazadores del coronel Ruíz, nos dice Llord que Gonfaus prometió ascensos directos a los soldados si conseguían el objetivo de vencer a los resistentes, aunque, después de sufrir unas cuantas bajas, desistió del asalto.

Cabrera, herido en el muslo, se apartó del mando que ostentaba durante veinte días. Pero, ¿es cierto que Ramon Cabrera fue herido en la batalla del Pasteral?. La historia de la participación del tortosino en esta guerra está repleta del cumplimiento de premoniciones- si es que las podemos llamar así- originadas en noticias de la primera guerra carlista. Dicho de otra manera, lo que sabemos del Cabrera matiner a menudo nos parece la repetición de circunstancias que le afectaron entre 1837 y 1840. Algunas noticias que hemos conocido, relativas al paso de tropas montemolinistas guiadas por Cabrera de un lado al otro del Ebro, durante los años 1848 y 1849, describen hechos que parecen calcados de anteriores, fechados diez años antes. Durante la segunda guerra, se tachó a Cabrera de impío, de liberal disfrazado de carlista y hasta, de comunista. Y a partir de entonces, se ha asegurado que su nueva mentalidad respondía a la inmersión que realizó en el ambiente londinense, durante el exilio. Pero sabemos, gracias al testimonio de Lichnowsky que una parte importante de los carlistas de la primera hornada, alrededor de 1838, ya opinaban que el tortosino no era un tipo fiable. Esta reiteración de notícias antiguas, adaptadas a las circunstancias del presente, no nos debe sorprender demasiado ya que hemos visto que la descripción periodística de la liberación del general Manzano fue escrita a partir de un relato anterior, referido a una incursión del coronel Antoni Baixeras en el mismo territorio de los Tristany.

Al fin, la herida en el muslo que supuestamente sufrió Ramon Cabrera en la batalla del Pasteral y sobre todo, la circunstancia que conoceremos, relativa a que, por causa de esta lesión, se vio obligado a cabalgar al estilo mujeril, también parece copiada de una observación del príncipe Lichnowsky, fechada en junio de 1837 : “ Cabrera sufría una herida que no le permitía sentarse y le obligaba a doblarse sobre el caballo, aunque durante las marchas posteriores, lo substituyó por una mula, sobre la cual, cabalgaba a la manera mujeril”. Debemos recordar, asimismo, que desde que Cabrera llegó a territorio del Principado para encabezar las fuerzas rebeldes, se sucedieron las noticias sobre el estado precario de su salud y casi siempre, en estos casos, el comunicante diagnosticaba que se le abrían y supuraban las heridas sufridas en la anterior contienda. Eso le originaba estados febriles, los cuales ahora atribuiríamos a infecciones crónicas. Además, unos días antes de la fecha oficial de la batalla del Pasteral, en la cual el general fue hipotéticamente herido, los periódicos ya anunciaron que sufría esta lesión en el muslo. En definitiva, nos preguntamos lo siguiente: ¿ Cabrera fue herido otra vez en un muslo, precisamente en el Pasteral, o se le reprodujo la afección que sufría, por lo menos, desde 1837?.

Después de la batalla del Pasteral, los periódicos aseguraron que Cabrera se había visto obligado a refugiarse en Francia; concretament, se dijo que el general carlista había cruzado la línea por la Farga, entre los días 29 y 30. Pero, desde Olot, se afirmó que el tortosino, perseguido por el regimiento Tarifa, nº 6, había entrado en Francia durante la jornada del día 6 por el camino del Coll d’Ares y que le acompañaba un médico, dos comandantes carlistas y un par de franceses. Cabrera se detuvo en Prats de Molló, de donde le sacaron los gendarmes. Entonces, el general se vio en la tesitura de retornar a territorio español y lo hizo el día 3 ó 4 de febrero, por la Menera y Beget. En el lado español, Cabrera emprendió el camino del rio de la Muga, con la intención de volver a territorio francés, por la masía de los Meners y Sant Llorenç de Cerdans. La misma noticia especificaba que la herida que sufría el general se localizaba en el muslo, un palmo por encima de la rodilla y que no le afectaba el hueso. Se suponía que la cura exigía treinta días de recuperación.

Otra información situaba a Cabrera en Sant Joan de les Abadesses, camino de Camprodon y ésta era la buena ya que Josep Llord asegura que el tortosino se escondió en unas masías del alrededor del primer pueblo mencionado, aprovechando que la nieve cubría el paisaje y eso dificultaba la persecución de sus enemigos. Por lo tanto, podemos deducir que, finalizada la batalla del Pasteral, el general de los matiners, acompañado de un grupo poco numeroso de infantes y jinetes, subió hacia el norte por la carretera de la Garrotxa y pasando por el valle de Bianya, entró en el Ripollès, hasta Sant Joan de les Abadesses. A medio camino, en Santa Pau, se dijo que Cabrera había recibido la extremaución. Después, se rumoreó que había muerto pero, aun sabiendo que el general no gozaba de buena salud, estaba claro que la habladuría se originaba en una estratagema carlista destinada a desviar la atención de las tropas gubernamentales que le pisaban los talones. El hecho de que Cabrera fuese visto a la vez en lugares tan distantes, también formaba parte de las maniobras de distracción. Mientras estuvo convalesciente en alguna masía, entre Sant Joan de les Abadesses y Camprodon, un oficial de la escolta del general se ofreció para disfrazarse con su quepis y montando una mula con silla de mujer- que es la que utilizaba Cabrera, por causa de la herida- se paseó por vecindarios y rectorías más o menos distantes, acompañado de veinte ordenanzas. El falso Cabrera llegaba a un lugar, pedía una taza de caldo y un vasito de vino añejo, y conversaba con los vecinos. De este modo los carlistas consiguieron distraer la atención de la columna de soldados enemigos que se acercaron al escondite en el cual se encontraba el verdadero Cabrera. Claro que el truco, recordado por Josep Llord, fue desvelado bien pronto, como nos lo demuestra la noticia publicada por el Diario de Barcelona, del 14 de febrero: “En carta de S. Jaime de Frontañá el 9 dicen al Fomento que el que se creia que era Cabrera que habia entrado en Gombren herido de un pie, era un oficial faccioso montado en un caballo con sillon de muger, quien se hacia pasar por Cabrera, sin duda para engañar a las columnas y hacerles perder la pista del verdadero Cabrera. Añádenle que segun un paisano que habia llegado del dia anterior de Oseja (Francia) corria alli la voz que está escondido en un pueblecito llamado Vallsevolleca, distante media legua de aquel pueblo; pero hay quien cree (y es de este parecer el autor de la carta) que no ha entrado en Francia y que estará curándose en alguna casa tal vez no muy distante de aquel punto, pues se lo hace creer el ver que el gefe que lo ha reemplazado llamado Ceballos, secretario suyo, está con 20 guías de aquel gefe recorriendo continuamente las imediaciones del citado pueblo de S. Jaime de Frontañá, Castellar de Nuch y de Gombren. Expresa ademas la carta que el dia 7 entró en este pueblo el cabecilla Ramonet Né con ciento y tantos hombres y que segun estos hacia 12 dias que se les estaba persiguiendo sin descanso por nuestras tropas, que hacia algunos dias que tienen allí comandante de armas, que lo es Anton de la Puda, habiéndolo tambien en Gombren, Castellar de Nuch, Bagá y otros, y que hasta en las inmediaciones de la Pobla de Lillet, anda el llamado Coix Pistoles[138] que se titula tambien comandante militar de aquella villa…”.

En definitiva, Cabrera no se protegió únicamente mediante la estratagema del substituto y propagando rumores que le daban por muerto o que lo situaban, ahora en un pueblo de las comarcas catalanas de Francia, mañana en el Alt Empordà, o en la Garrotxa, sinó que estableció una estructura militar de jefes locales que controlaban el territorio entre los extremos norteños del Bergadà y del Ripollès, en un punto de los cuales se hallaba su refugio. Además, su secretario Ceballos, al frente de una ronda volante recorría continuamente el área de protección para detectar cualquier intromisión y reforzar, si eso fuera necesario, los pelotones de defensa. Cabrera hacía bien en preocuparse ya que el gobierno ofreció seis mil duros para quien facilitara su captura.

La batalla del Pasteral marcó un punto de inflexión, a partir del cual fue evidente que los montemolinistas no podían ganar la guerra. La victoria del ejército regular en el Pasteral impidió que los rebeldes se instalaran estratégicamente, de forma permanente y que, por el contrario, se vieran obligados a seguir en la singladura y la mobilidad constantes que si bien les había proporcionado tan buenos resultados bélicos, no les permitía que fueran considerados como la opción política de cambio que, en otro caso, las potencias europeas deberían haber tenido en cuenta.

En el momento de la batalla, se creía que la fuerza del comandante general de los republicanos en Cataluña, Victorià Ametller, había sucumbido definitivamente y que el brigadier permanecía en Francia. Entonces, nadie creía seriamente que los carlistas y algunos republicanos de Navarra y del Pais Vasco tuvieran éxito en el levantamiento, puesto que se sabía que montones de oficiales rebeldes de aquellos territorios habían sido encarcelados, antes de que pudieran disparar un tiro. En aquellos momentos, las incursiones en Aragón de los matiners tenían caràcter aleatorio y casi ninguna profundidad. En el Maestrazgo, las cosas tampoco les marchaban tan bien como éstos deseaban.

El capitán general, Manuel Gutiérrez de la Concha, animado por la victoria del Pasteral, inició una campaña frenética desde los cuarteles generales de Girona y de Vic. Después de la batalla, el día 29 de enero, Marçal huyó hacia Besalú pero la columna del ejército gubernamental de Figueres le cortó el paso y entoces viró hacia Banyoles y luego siguió el camino hasta Orriols. Los perseguidores, encabezados por el capitán general, no desfallecían en el empeño. Marçal fue visto pasando a toda prisa, cerca de Girona, al frente de noventa jinetes y una docena de infantes. El coronel carlista cruzó el rio Ter y siguió hasta Santa Eugènia y Salt.

El día 30, cien hombres de Marçal entraron en Badalona. Nadie pudo saber la razón de esta visita. Al cabo de un rato, los cien matiners abandonaron la ciudad sin haber ocasionado ningún daño.

Tres o cuatro días después de la batalla del Pasteral, los carlistas de Gonfaus se detuvieron en Fornells y esperaron a los isabelinos, escondidos detrás de un muro. Cuando éstos llegaron al lugar, los rebeldes, con una sola descarga, ocasionaron a los isabelinos un montón de heridos y muertos. El capitán general, Concha, quiso escarmentar a sus soldados y ordenó que unos cuantos fueran azotados debido a que en el momento del ataque, se habían separado de la formación de la columna, quizá con la intención de eludir la lucha. La noticia del encuentro de Fornells hizo correr mucha tinta puesto que, después de la batalla del Pasteral, se esperaba que el empuje de los rebeldes se redujera ràpidamente.

Seguían publicándose noticias del abandono de las armas, más o menos disimulado, por parte de algunos cabecillas pero la población del Principado todavía no daba excesiva trascendencia a estos y otros síntomas claros de la debilidad que afectaba al levantamiento. Masgoret pasó a Francia cargando una cantidad considerable de dinero y antes de que terminara el mes de enero, se decía que se había retirado de la lucha. Una noticia fechada en Girona informaba de que Cabrera había prestado 200 voluntarios al republicano Baliarda. Vilella y Borges, con 800 hombres viajaban a Queralt y luego a Vimbodí y a la Espluga de Francolí.  Estos jefes carlistas juntaron sus fuerzas con las de los republicanos Baldrich y Escoda. Los carlistas, en Vimbodí, leyeron en público una proclama del republicano Baldrich. Entre el 29 y el 30 de enero, cerca de Torelló, los matiners se apoderaron de un transporte importante de fusiles de pistón. Pero en las mismas fechas, Manzano conseguía romper el asedio de Vic y volvió a su cuartel general de Manresa con catorce prisioneros.

A principios de febrero, los republicanos barceloneses recibieron un duro golpe. El día 2, el ejército de la reina derrotó en Premià de Mar las partidas de Josep Lledó y Joan Majoral. Ambos cabecillas cayeron prisioneros. Un día antes, o después, Ferrater se presentaba a las autoridades para acojerse al indulto y El Fomento del día 5, consideraba que las partidas republicanas que actuaban en el llano de Barcelona, habían sido definitivamente disueltas. El artículo del periódico conservador, comentado por el Brusí, decía lo siguiente: “Hace algun tiempo que está anunciando que la facción republicana tocaba a su término y observa que ahora que apenas pasa dia sin que algun suceso venga á confirmar sus presentimientos, ora por los descalabros sufridos por algunas gavillas pertenecientes á aquel bando, ora por las presentaciones y sumisiones verificadas por varios de sus caudillos. Ahora mismo tiene que publicar la sumisión de Ferrater; uno de los mas nombrados cabecillas de estos contornos cuya sumisión considera como golpe de muerte para las gavillas republicanas del llano de Barcelona. Dice ser ademas el de más actividad y empresa reconocida como el primer gefe, desde que Molins por sus heridas y achaques no podrá estar al frente de los suyos; de manera que, á su ver, pueden darse ya por disueltas las gavillas republicanas del segundo centro o grupo, asi como lo fueron las del primero en la província de Gerona y frontera francesa que mandaba Ametller (D. Victoriano) y D. Ramon Roger de Masanet. Por lo que hace al otro, ó sea al del campo de Tarragona, no duda que tambien tendrá la misma suerte … y por consiguiente no es probable ni aun posible que Baldrich conserve por mucho tiempo la posición en que se encuentra”.

Aunque el optimismo de la prensa conservadora era justificado, los republicanos barceloneses sobrevivieron a estas pérdidas, mientras los partidarios gerundenses de los Ametller gozaban de una reanimación momentanea, paralela a la tentativa de sus correligionarios vascos y navarros[139]. Efectivamente, todavía resonaba la retirada del brigadier Victorià Ametller y su prisión en el Castellet de Perpiñán, cuando se supo que doscientos republicanos gerundenses que no habían seguido a Ramon Roger en la rendición, se habían juntado con un montón de desertores del cuerpo de carabineros y bajo la autoridad de Narcis Ametller, entraron en territorio español por la Bajol y luego ocuparon Darnius. Parece ser que Molins transitaba por el Alt Empordà y se suponía que incrementaba los efectivos republicanos del pariente de Victorià Ametller. El comandante general de Girona se dirigió a la zona con el objetivo de detener a los republicanos y Narcís Ametller, puso rumbo al sudoeste. Mientras el ejército de la reina se acercaba a la frontera, el nuevo jefe supremo de los republicanos fue visto en Santa Pau de la Garrotxa, escoltado por un pelotón de la caballería carlista.

El día 3 de febrero, Marçal descansaba en Amer, lo cual evidencía una de las características de la guerra de los matiners: ni los gubernamentales, ni los rebeldes mantenían la ocupación de los pueblos o territorios que conquistaban. En la misma fecha, el brigadier Lasala trepó al Puiggraciós transportando un cargamento de galletas. En el Serrat chocó con doscientos matiners. Lasala los obligó a recular hasta los despeñaderos del Bertí y se encerró en las casas del Serrat, esperando que volvieran los rebeldes. Pero éstos no acudieron.

El día 5 de febrero, Narcís Ametller, vestido con uniforme de general y a la cabeza de ciento cincuenta voluntarios, venció al ejército de la reina y entró en Banyoles. Una vez dentro de la villa, descansó durante dos horas y luego, a las once de la mañana, volvió a las afueras para encontrarse con Marçal, el cual, antes de que entrara el republicano, ocupaba el pueblo. Marçal había acudido con sus fuerzas para ayudar a Ametller en la batalla. Habiéndose encontrado de nuevo, ambos cabecillas escenificaron, bien hermanados, una entrada más protocolaria en la villa del lago. Las primeras noticias del suceso afirmaban que republicanos y carlistas sumaban ochocientos o nuevecientos hombres pero luego se dijo que Marçal únicamente llevaba trescientos infantes y ochenta jinetes, de manera que el conjunto de rebeldes no superaba los quinientos o seiscientos hombres. Los testigos quedaron sorprendidos porqué parecía que Marçal se hubiera puesto a las órdenes de Narcís y lo trataba, con deferencia, de capitán general. Por dicho motivo se opinó que el jefe republicano substituía a Cabrera en la dirección de todos los matiners. El periódico moteaba a Narcís Ametller, como el “ Capitán General por Montemolín y la República”. A las dos de la tarde, el ejército gubernamental llegó a Banyoles y los matiners salieron del pueblo por un lado, mientras que por el contario entraban los perseguidores. Ametller, habiendo aumentado sus efectivos con ochocientos jóvenes voluntarios, se fue por donde había venido, en dirección a la cordillera de los Pirineos. El republicano esperaba que la victoria que acababa de obtener, le proporcionara muchas más adhesiones.

La fuerza republicana de Narcís Ametller y Molins, asustó a las autoridades militares. Inmediatamente, el general Lersundi, con doce batallones, se puso tras sus pasos. El acoso de Lersundi obligó los republicanos a situarse a tocar de la frontera y provocó algunas deserciones entre los rebeldes, como la del lugarteniente de Molins. Los desertores se presentaron a Ramon Roger y se integraron en la columna que dirigia el cabecilla de Maçanet de Cabrenys, ahora convertido en isabelino. Los generales Lersundi y Mata y Alós arrinconaron a los republicanos en el Ras del Coll de Requesens, al nordeste de la Jonquera y en este lugar los derrotaron. No sabemos si la lucha fue demasiado dura ya que el número de muertos no parece excesivo. Además, el hecho de que se juntaran dos generales para formar la fuerza gubernamental nos demuestra que ésta era muy superior a la de los rebeldes. La prensa informó que once matiners habían caido muertos y que, entre éstos se encontraba el brigadier Molins, aunque pocos días después se dijo que se encontraba entre los prisioneros. El periódico del día 18 informaba del exterminio de los republicanos gerundenses proclamado por el capitán general de Cataluña. Narcís Ametller y veinticinco de sus correligionarios conseguieron cruzar la frontera y las autoridades francesas los encerraron en el Castellet de Perpiñán. Los militares franceses y españoles combinaron una batida por ambos lados de la frontera para detener al máximo número posible de adictos a la causa republicana. Ventinueve hombres fueron encarcelados por la autoridad francesa en Sant Llorenç de Cerdans. En el lado español, sin contar los cincuenta prisioneros que los gubernamentales obtuvieron en la batalla de Recansens, los militares de la reina detuvieron a 16 hombres en Tortellà, 3 en Talaixà y 5 en la Muga. Cerca de 40 republicanos se presentaron al indulto. El 25 de febrero, un montón de republicanos, entre los cuales se encontraba Molins, fueron encarcelados en la Ciutadella de Barcelona.

 

  1. El manifiesto de La Garriga.

Laura ya no escucha; se le va el pensamiento a la boina de Don Carlos, colgada en la pared … “ Sin un céntimo” resuena en la conciencia de la barcelonesa. Ciertamente, la pobreza es un pecado imperdonable. Y Laura cree que Comarquinal no le perdonará este pecado. Miquel Llor.  Laura a la ciutat dels sants.

Pero vamos a la igualdad social. Esto significa que en la sociedad todos hemos de ser iguales. Ahora pregunto: ¿en qué?¿en autoridad?. Entonces no habrá gobierno posible. ¿En bienes? […] dejemos a un lado la justicia y hagamos el repartimiento; al cabo de una hora, de dos jugadores uno habrá aligerado el bolsillo al otro […] ¿En consideración?. Pero, ¿apreciará usted tanto al hombre honrado como al tunante? […] Pero lo que no es imposible es la igualdad ante la ley […] La ley dice: el que contravenga sufrirá multa de mil reales y en caso de insolvencia, diez días de carcel. El rico paga los mil reales y se rie de su fechoría; el pobre […] expía su falta rejas adentro. Jaime Balmes. El Criterio.

El socialismo debe su existencia a un problema […] insoluble. Se trata de averiguar cúal es el medio de regularizar en la sociedad la distribución más equitativa de la riqueza. El sistema de los economistas antiguos iba a parar al monopolio por medio de las restricciones. El sistema de los economistas políticos liberales va a parar al mismo monopolio por el camino de la libertad, por el camino de la libre concurrencia que produce fatal e inevitablemente ese mismo monopolio. Por último, el sistema comunista va a parar al mismo monopolio por medio de la confiscación universal, depositando toda la riqueza en manos del Estado. Este problema, sin embargo, ha sido resuelto por el catolicismo. El catolicismo ha encontrado su solución en la limosna. Marqués de Valdegamas. Congreso de los Diputados, 30 de diciembre de 1850.

 

A principios de febrero, El Fomento publicó que en un pueblo de los Pirineos se habían reunido los propietarios rurales más importantes de las comarcas montañesas y que habían acordado el cese de las actividades de soporte a los carlistas, con el objetivo de poner punto final a la guerra. La notícia resultaba trascendente ya que se sabía que los carlistas podían subsistir mientras contasen con la ayuda o la tolerancia de los propietarios rurales. Sin la red de grandes masías de la montaña que controlaban las familias campesinas principales, los carlistas no hubieran podido sostener la lucha.

La reunión mencionada, en realidad, se llevó a cabo en La Garriga- y no en los Pirineos- y los partícipes resumieron sus razones y conclusiones en un impreso, profusamente distribuido, escrito en “dialecto provincial” (es decir, en catalán) definido por la prensa como las reflexiones que los propietarios payeses de Cataluña exponían a sus compatriotas montañeses.

El llamado “manifiesto de La Garriga” y “ de los montañeses”, fechado el 25 de enero de 1849, comenzaba explicando que las fuerzas carlistas mandadas por Ramon Cabrera habían sido forzadas a dividirse en grupos para escapar del acoso eficaz a que eran sometidas por el ejército gubernamental y que los perseguidores, por causa de dicha dispersión, se verían obligados a utilizar métodos terribles y “de fatales consecuencias para el país”. La introducción parece una referència clara al resultado de la batalla del Pasteral pero- si consideramos que la fecha de la publicación del manifiesto es correcta- entonces todavía habían de transcurrir tres días para que sucediera el referido encuentro. Por esta razón, la anticipación del manifiesto constituye otra prueba de que la lucha que la historia ha etiquetado como la batalla del Pasteral, solamente fue el último encontronazo de una serie de choques serios que sucedieron, entre diciembre de 1848 y enero de 1849, alrededor de Amer.

En todo caso, el hecho es que los propietarios rurales se basaban en la reciente derrota de Cabrera para afirmar que si, a partir de aquel momento, se mantuviera la colaboración de los payeses con los rebeldes, “los males que caeran sobre nosotros seran incalculables”.

Después de la introducción, dirigida a exponer el objetivo del manifiesto, los autores repasaban los acontecimientos históricos cruciales, desde 1834, con el fin de recordar los antecedentes de la lucha que vivían. Se referían a los dos grandes partidos que dividían España y relacionaban los soportes sociales y de las potencias europeas que beneficiaban a cada uno. Por lo que se refiere al partido carlista, explicaban que gozaba del apoyo de las provincias vascas, de parte de la antigua Corona de Aragón, de Rúsia, Austria, Prusia e Italia. El soporte social de los carlistas, era delimitado de forma contundente: “el clero, los payeses y la pobretería”. Pero, volviendo al presente, los autores constataban que la mayor parte de los Estados que conformaban la Santa Alianza se apresuraban a reconocer la monarquía encarnada por Isabel II y que algunos tronos europeos se hundían- referencia implícita al derrocamiento de Louis Philippe, pero sin mencionarlo, ya que el rey francés siempre se mantuvo como aliado de los liberales españoles-. Por lo tanto, todo demostraba el sentido del “espiritu del siglo, que empuja el absolutismo para hundirlo”. En dichas circunstancias, el empeño de resucitar la causa carlista resultaba baldío y equiparable al intento de “revertir para arriba las aguas del rio Llobregat”, por lo que debían concluir que “ los matiners representan una causa que ha muerto para siempre”.

Pero los montañeses, aun esta conclusión avanzada, seguían exponiendo argumentos. Inmediatamente, los autores pretendían probar que los adeptos de Montemolín no eran verdaderos carlistas y en la voluntad crítica que los dominaba, no perdonaban ni al mismo pretendiente al trono, del cual afirmaban que sentía verguenza de titularse rey, por lo que se limitaba a usar el título de conde. Ahora bien, el problema de fondo que afectaba a Montemolín consistía en su promesa de que “daría un gobierno constitucional”, lo que no supondría ninguna novedad para el país, ya que “rey constitucional por rey constitucional, tanto da que no nos mudemos del que ya reina con pacífica posesión”. En realidad- seguían razonando los montañeses- ni tan solo era cierto que los montemolinistas luchasen para instaurar un régimen constitucional, sino que lo hacían para instalar en España el fatal “comunismo”, en toda su extensión y horror: “es el combate terrible del que no tiene contra el que tiene. En una palabra, la destrucción de las familias, la destrucción de la religión; es decir, que los bienes sean comunes, ésto es, de todos en general y de ninguno en particular; que los padres no tengan dominio sobre los hijos […] que los templos y sus ministros sean abolidos”.

En este punto del manifiesto la crítica a los republicanos devenía ineludible pero los autores consideraron que se la podían ahorrar, puesto que la alianza de éstos con los carlistas era evidente: “Prescindiremos de la monstruosa hermandad que se ha establecido con los republicanos”.

Al fin, los propietarios reunidos en La Garriga recuperaban la conclusión antes anunciada y certificaban que “Los matiners no tienen otro apoyo humano que el que les otorga nuestra credulidad, la cual atrae sobre nosotros el odio de todos los españoles”. Por lo tanto, era menester que ellos se interpusieran entre la guerra y el gobierno, de manera que la actividad represora de la autoridad se tornara innecesaria. En cualquier caso, los autores resumían los argumentos antecedentes, asegurando que la disyuntiva del momento era meridiana: “o la revolución, o Isabel”.

El manifiesto de La Garriga constituye, por diversas razones, un documento muy interesante, la principal de las cuales consiste en la claridad con la que expresa, en pocas páginas, la escala de valores colectivos típica del conservadurismo catalán, publicitado durante aquel tiempo por el clérigo y pensador, Jaume Balmes. El manifiesto incluso refleja el miedo de las clases ricas del país en excitar la aversión de los españoles hacia Cataluña, el cual se ha prolongado hasta nuestros días y que, como el resto de prevenciones que plantean dichos estamentos, se fundamenta en el interés económico. Efectivamente, los argumentos expuestos por los autores del manifiesto son francos, prácticos, interesados y alejados de los discursos ideológicos. En el manifiesto nunca aparece la palabra patria- se refieren a Cataluña como país y menciona a España con su nombre- ni apelaciones a las normas del honor. Si los montañeses se referían a la religión, lo hacían para denunciar el caràcter revolucionario de los matiners, ya que éstos se esforzaban en atacar lo que simulaban defender. En cualquier caso, por aquel entonces, la religión todavía formaba parte del sistema del orden económico y social que los propietarios pensaban que les garantizaba la seguridad y la prosperidad económica. Por la misma razón, los propietarios conjurados se lamentaban de la pérdida de autoridad de los padres sobre los hijos que sin duda traería la revolución, ya que ello originaría el desgobierno de las explotaciones familiares; eso si no sucediera que, antes de este colapso total, las propiedades fueran expropiadas y repartidas entre “la pobretería”.

El manifiesto de La Garriga trasluce las ideas que Jaume Balmes escribió. Balmes era muy respetado por la payesía letrada y medianamente rica del interior de Cataluña, sobretodo porqué el vigatano comprendía el carlismo y defendía la escala de valores del tradicionalismo, sin caer en el extremismo, a la vez que buscaba soluciones para acabar con el enfrentamiento sangriento. Algunos de los datos que los autores del manifiesto aportaron con el fin de justificar su propósito, reproducen la visión que tenía el clérigo y pensador de Vic respecto la lucha de los legitimistas. Efectivamente, Balmes, justo en el momento que se inició la guerra de los matiners, escribió en el periódico madrileño “El pensamiento de la Nación”[140]– el cual fundó y dirigió con la finalidad de promover el matrimonio de Isabel II con Montemolín- que, durante la guerra anterior, la victoria de los liberales se debió al soporte económico, en hombres y armamento, que los paises comprometidos en la Cuádruple Alianza les prestaron. Precisamente, los autores del manifiesto señalaban la falta de soporte de las grandes potencias a los montemolinistas y, como Balmes, creían que sin esta ayuda resultaba imposible que los carlistas ganaran la guerra, como no ganaron la primera. En eso, solamente se equivocaban por lo que se refiere a Inglaterra, ya que Londres, cambiando la posición que mantuvo en el conflicto anterior, durante el conflicto de los matiners se posicionó a favor de los rebeldes y en contra del gobierno liberal conservador.

Los autores del manifiesto también coincidían conceptualmente con Balmes en lo referente a la poca confianza que les merecía un movimiento de tipo popular, defendido por la “pobretería”. El clérigo, en el artículo citado, lo sugería, sin usar esta expresión despectiva, sino que se limitó a señalar que los carlistas, durante la guerra anterior, dispusieron de muchos más voluntarios que no de fusiles y de esta manera señalaba la falta de organización y de profesionalidad de la tropa legitimista, la cual es inherente a los movimientos nacidos del pueblo llano. En definitiva, se adivina fácilmente que detrás del manifiesto de La Garriga hay la mentalidad conservadora y práctica de los montañeses, temerosa de cualquier cambio pero dispuesta a transigir en ciertas cuestiones, a fin de que- como expresó claramente Tomaso di Lampedusa, en Il Gattopardo– en definitiva, nada cambiara. Por todo ello, después de criticar a los carlistas, los manifestantes de La Garriga no tuvieron reparo en confesar que, en otras circunstancias, se hubieran decantado por el partido de los legitimistas. Las circunstancias aludidas, se podrían resumir en el cumplimiento de los siguientes requisitos:

  • Que Montemolín defendiera claramente el retorno al antiguo régimen.
  • Que el partido carlista contase con el apoyo de las más importantes potencias europeas.
  • Que los carlistas hubiesen conseguido la extensión de la guerra a otros territorios de España, de manera que, además de los catalanes y de los vascos, otras poblaciones ibéricas hubieran apoyado la causa.
  • Que los carlistas hubiesen conseguido el favor de las clases adineradas españolas.

Los propietarios pensaban que no se daban estas condiciones y que, por lo tanto, el sacrificio que implicaba el apoyo a Montemolín, resultaba inútil. Eso todavía resultaba más evidente si se tenía en cuenta que, después de las últimas derrotas, los carlistas se verían obligados a recluirse en los escondites de la montaña y resistir como guerrilleros. Los autores del manifiesto no se ahorraban la relación de las medidas- apuntadas en un pie de página- que obligadamente debería adoptar el ejército de la reina a fin de estirpar unas fuerzas rebeldes tan diseminadas: deportaciones de población civil a las colonias, fusilamientos, incendio y destrucción de las masías … Ellos eran concientes de que la lucha contra las guerrillas exigía este tipo de medidas. En consecuencia, la mención inicial del manifiesto a la diseminación del ejército de Cabrera en partidas, constituía la causa principal y el desencadenante que justificaba casi todo el resto de argumentos. La debilidad de las fuerzas carlistas demostraba que los payeses debían abandonar la esperanza de que el enfrentamiento armado derivara en una guerra clásica, entre dos formaciones de filas apretujadas, el cual podría asolar algunos campos pero que extrañamente hubiese afectado todos los rincones del país.

El manifiesto de La Garriga tuvo trascendencia y fue muy leido en todo el Principado. Una carta enviada al periódico El Bien Público, desde Berga y fechada el día 19 de febrero, aseguraba que el escrito había llegado a aquella comarca y que pronto fue conocido y bien recibido por todos sus habitantes. No sabemos con seguridad si los redactores del manifiesto formaban parte de la Hermandad de la Concepción, asociación de propietarios rurales fundada por Josep Calasanç, barón de Abella, o si existían diferentes asociaciones de propietarios rurales, más o menos relacionadas, que se resistían al pago de las eacciones exigidas por los matiners. En cualquier caso, a partir del año 1849 y sobre todo, a partir de la batalla del Pasteral, los grandes payeses volvieron la espalda a los carlistas y Cabrera respondió a este desafio ordenando el fusilamiento de unos cuantos propietarios, entre los cuales, el más recordado fue el del barón de Abella.

 

  1. La guerra hasta la primavera de 1849.

Lucharía quién sabe por qué bandera
-aunque mejor si fuese la de mi tierra:
cuatro barras de sangre
que en el oro del corazón ondean.
Joan Salvat-Papasseit. .Promesa.

La acción de la guerra, como el reloj al que se le ha dado cuerda, se irá gastando en un movimiento constante. Karl von Clausewitz. De la guerra.

 

En la misma fecha de la ocupación de Banyoles por los matiners, el 5 de febrero, se desarrolló la batalla de Selma. Como ocurría casi siempre en estos casos, la prensa, de entrada, otorgó la victoria al ejército de la reina, aunque los datos que proporcionaba no eran concluyentes. Posteriormente, los carlistas confesaron que ciertamente, en esta batalla, fueron derrotados. La noticias informaban que el brigadier Quesada había caido en una emboscada cerca de Pont d’Armentera, la cual había sido planificada por Josep Borges[141], Ramonet, Vilella, Baldrich y Escoda. De alguna manera, Quesada pudo eludir la trampa que le tenían preparada y se dirigió a Pont d’Armentera, con el fin de sorprender al grueso de la fuerza rebelde. Desde esta villa, el ejército de la reina persiguió a la combinación de carlistas y republicanos hasta Selma. Los matiners se parapetaron en este pueblo y la lucha empezó a las 10 de la mañana, prolongándose hasta las 4 de la tarde. Entonces, apareció en el campo de batalla el capitán general de Tarragona, el general Enna, y ordenó a Quesada que le dejara tres columnas de soldados y que se retirase con el resto de la tropa a Vilarrodona. La batalla continuó. El número de heridos y muertos que señalaba la prensa era equivalente por ambos lados pero demasiado exiguo para que fuera creíble. Después de este choque, durante los días 17 y 18 de febrero, Quesada, con la ayuda de la columna de Caletrús, todavía seguía tras los matiners de Borges y chocó de nuevo con ellos en Pontons. Durante la persecución, Quesada encontró una masía convertida en hospital, en la cual apresó a una docena de matiners que estaban pasando la convalecencia. Por el camino también topó con un montón de muertos en estado de descomposición. Como resultado de la batalla, Josep Borges perdió definitivamente el control de las comarcas tarragonenses y se trasladó a las leridanas.

El brigadier Pons, alias Pep de l’Oli, se unió en Lleida a otros comandantes del ejército de la reina para perseguir la fuerza de Borges y los Tristany, compuesta por mil hombres. Un corresponsal del periódico comunicaba que Altamira y Manel de l’Hostal Nou permanecían en Avià. Los hombres de las partidas de Caletrús, Poses y Montserrat que no siguieron a sus cabecillas en la deposición de armas, sufrieron las deserciones de quince voluntarios, que solicitaron el indulto en Berga y Sallent; ahora, los que quedaban en el bando rebelde se miraban con desconfianza y se vigilaban entre ellos ya que cada uno pensaba que el otro podía ser un traïdor. Baldrich y Escoda pernoctaron en Vilanova y a la mañana siguiente partieron llevándose a cuatro regidores.

El dia 9, Manresa fue bloqueada por los matiners. En esta fecha, en las Cortes, el conde de Lucena pronosticaba que si la guerra en Cataluña no terminaba antes de la primavera, era muy probable que se estendiera a Aragón, Valencia y Navarra. El gobierno no se atrevió a rebatirle la profecía. También en esta fecha, la columna de Sort salió de Tremp para desalojar a los voluntarios de Maginet del territorio que ocupaban. Dicha columna fue atacada en Gerri y cerca de Malmercat, por los republicanos de Bonet. Al cabo de una hora, la columna chocó con la fuerza de quinientos hombres de los Tristany. Todos los grupos de rebeldes mencionados se agruparon alrededor de Gerri y allà permanecieron durante una jornada. Después los rebeldes se dirigieron a Sort y más adelante, los republicanos de Bonet fueron hacia Esterri d’Aneu y los carlistas, hacia Tous. La columna del ejército quería volver a Tremp pero los matiners les cortaron el camino en Collagats y entonces, los isabelinos decidieron refugiarse en Peramea. Antes de llegar a este pueblo, los soldados de la reina se percataron de que se les acercaba Borges y optaron por refugiarse en Gerri. La aventura de la columna de Sort, descrita paso a paso por la prensa, demuestra que las comarcas leridanas todavía rebosaban de matiners.

El día 10 de febrero, Marçal, a la cabeza de ciento cincuenta infantes y cuarenta jinetes, pasó por La Bisbal d’Empordà y a la mañana siguiente, domingo, llegó a Sant Feliu de Guíxols. Después, trepó a la montaña, por Vilobí d’Onyar. El día 11, los matiners abandonaron el asedio de Manresa.

El día 12, las autoridades libraron trescientas carabinas entre los adictos manresanos al gobierno. En la misma fecha se rumoreaba que un grupo de matiners había sido pasado por las armas cerca de Solsona y que entre los fusilados había un personaje inglés que era agente de Palmerston. El general Lasala, acompañado de Poses, persiguió trescientos rebeldes por el Vallès, hasta el Montseny. El republicano Bonet, en ocasiones ayudado por los Tristany, actuaba en el Pallars Sobirà e imponía a los pueblos un “empréstito forzoso reintegrable”. El periodista comentaba, con amarga ironía, que nadie sabía de que manera se reintegraría esta especie de crédito a los bolsillos de los contribuyentes.

La fuerza de Cabrera también disponía de artillería, la cual, seguramente, había conseguido como botín de guerra. Pero no todo este armamento era de calidad; un destacamento del ejército de la reina encontró en Susqueda un par de cañones artesanos de madera, escondidos entre los matorrales. Los carlistas catalanes, desde los tiempos de la primera guerra, se esforzaban en fabricar sus piezas de artillería. Von Rahden explica las características de estas piezas, después de informarnos de que en los bosques catalanes hay madera de gran dureza- posiblemente, se refería al roble, la haya y el fresno. El prusiano explica que los cañones que fabricaban los carlistas consistían en un cilindro interior de hierro laminado y un carril de este metal. Debemos suponer, pues, que la madera se utilizaba como recubrimiento de refuerzo. Los cañones eran de gran calibre y de tubo muy corto y se ataban con cuerdas al carro. Es decir, fueron pensados para que pudieran ser desmontados rápidamente. La falta de aprovisionamiento de hierro que padecían los carlistas resulta inexplicable ya que en los Pirineos abunda este mineral, así como abundaban las fraguas. Pero Van Rahden, sin mencionar la carencia del metal, también nos hace saber que los carlistas fabricaban granadas de cristal y de porcelana, las cuales producían daños cuantiosos entre sus enemigos, debido a la fragmentación de este material en esquirlas pequeñas y afiladas.

El día 13, novecientos montemolinistas se reunieron en Amer para celebrar con pompa los funerales por sus correligionarios muertos en la batalla del Pasteral.

En El Bien Público del dia 14 apareció un artículo contra el decreto del gobierno que establecía controles sobre los espectáculos públicos y más concretamente, sobre las obras de teatro. El periódico criticaba “el espiritu de omnímoda centralización que todo lo invade”. En esta fecha, cien matiners entraban en Alella y después de disparar a los soldados del cuartel, secuestraron a la mujer de un regidor. La notícia fue posteriormente corregida por El Bien Público, en el sentido que los rebeldes que habían entrado en Alella eran trescientos, de los cuales, ciento cincuenta infantes y dieciseis jinetes pertenecían al grupo de Marçal, aunque los guiaba el republicano Bartomeu Riera, alias el Sastre. El mismo cabecilla entró también en Arenys de Munt y se llevó siete u ocho caballos y a un regidor. La intención de los asaltantes, en Alella, consistía en tomar las armas y el dinero depositado en el ayuntamiento pero los propietarios defendieron el pueblo, ayudados por los somatenes de Premià, El Masnou i Teià. Desde Vic llegaba la notícia de que el Muchacho y Estartús, al frente de una tropa numerosa, se dirigían a Berga. También se informó de que los pueblos de Sallent y La Vola habían sido ocupados por los matiners.

El día 16, unos cuarenta hombres de los republicanos Baldrich, Escoda y Baliarda se separaron de sus compañeros y entraron en Gràcia. Una vez estuvieron en el interior de la villa, se dirigieron a la tienda del señor Miquel Pujades, situada en la calle Major, número 8 y intentaron prender a los mozos de escuadra que se encontraban en el local pero solamente pudieron llevarse a uno que estaba jugando con los hijos del dueño. El otro mozo se defendió. El cronista desconocía los detalles pero aseguró que los asaltantes salieron de Gràcia llevando consigo un mozo de escuadra esposado y que, de camino a Sant Gervasi, también prendieron a tres hombres de la ronda del ayuntamiento, los cuales estaban de guardia en la Creu Trencada. El periódico del día 24 informaba que la columna de Molins de Rei se había enfrentado a Baliarda y le había ocasionado unos cuantos muertos y heridos. En este choque, la columna consiguió la liberación del mozo de escuadra que los rebeldes habían tomado prisionero en Gràcia.

El Bien Público del día 18 criticaba al periódico madrileño La España por haber afirmado que el nido de los rebeldes catalanes se encontraba “dentro de los talleres”. El Barcelonés anunció que Cabrera había recuperado la dirección suprema de los matiners. Efectivamente, el día 17, Cabrera apareció en Gombreny, completamente restablecido de su dolencia, reunió a trescientos hombres y se dirigió con ellos, a Sant Jaume de Frontanyà. Por su lado, Pep de l’Oli sorprendió a los carlistas en Coll de Nargó y en Gossol, consiguiendo un montón de prisioneros. Mientras, Marçal penetraba hasta Granollers e hizo prisioneros a unos oficiales que se hallaban de maniobras de instrucción. Después se dirigió a Argentona y a la costa del Maresme pero se vio obligado a retirarse al Montseny. En un lugar llamado Santa Maria del Recó, el coronel Santiago atacó a Marçal, a bayoneta calada, mientras el coronel Solano envolvía a los carlistas por la espalda. Marçal perdió muchos hombres y abandonó muchos caballos. Los oficiales liberales que el carlista había tomado prisioneros en Cardedeu, fueron liberados. Esta notícia incluía una referencia oscura; decía que el ejército de la reina había perdido tres soldados, en el momento que éstos se incorporaban a las banderas correspondientes. El general Pavía explicó en sus memorias que la inexperiencia de los reclutas había sido la causa de que cayeran en trampas del enemigo y que estos tropiezos ocurrían, incluso cuando se encontraban realizando prácticas de instrucción. Precisamente, Pavía citó un caso que había sucedido cerca de Granollers.

Tres notícias sorprendentes promovieron la atención de la prensa y dos de ellas implicaban a los Tristany. Durante la segunda quincena del mes de febrero, Antoni Tristany, que permanecía internado como prisionero en el convento del Carme de Manresa, desapareció. Se sospechaba que el carlista había sido intercambiado por el coronel Olmadilla, que quedó prisionero de los Tristany, desde que éstos se apoderaron de Cardona. Con posterioridad, la prensa negó que se hubiera producido ningún intercambio de prisioneros y contó que Antoni Tristany, al cual ocasionalmente se permitía salir ocasionalmente del convento bajo palabra de que volvería a su reclusión, había engañado al oficial de guardia y en el último de sus permisos, no retornó al convento. Inmediatamente, los carlistas, por su cuenta, pusieron en libertad al coronel Olmadilla, a fin de corresponder a la distracción de los guardias del convento del Carme. También en este caso, el intercambio fue querido por ambas partes pero se veló mediante una comedia, ya que las autoridades militares liberales no consideraban pertinente de responsabilizarse ante el gobierno de dichos canges[142].

La segunda noticia consistía en el fusilamiento de Josep Calassanç d’Abat i Subirà, barón de Avella, ordenado por Cabrera y llevado a término en Sant Llorenç de Piteus (Sant Llorenç de Morunys, comarca del Solsonès). Al respecto, el periodista se mostraba muy escandalizado, puesto que el barón era amigo y protector de los Tristany y explicaba que el barón, después de viajar desde Cardona y almorzar con los hermanos de Ardevol, acompañado de Josep Serra, conocido como el Estudiante de Malagarriga y de Francesc Casades, propietario rural, todos ellos fueron enviados esposados a Cabrera por sus anfitriones. El tortosino pronunció la sentencia inmediatamente que le fueron presentados los prisioneros y les concedió dos horas para que se preparasen para morir. Transcurrido dicho plazo y después que Calassanç intentara que el general perdonase la ejecución a Josep Serra y Francesc Casades, Avella fue fusilado. A la mañana siguiente, 25 de febrero, a las 10 de la mañana, fueron pasados por las armas los amigos del barón[143]. Cabrera también ordenó que se fusilara al capellán de la casa del barón de Avella, mosén Joan Riba.

Josep de Calassanç, barón de Avella, gran propietario, miembro del partido monárquico constitucional y diputado provincial, fue persona de mentalidad muy conservadora y por lo tanto, cercana al carlismo ortodoxo. Él y sus compañeros ejercían de mediadores de los propietarios de la montaña que deseaban finalizar la guerra- la prensa los calificó como “la representación de la montaña que creyó en la paz”- y por esta razón, de entrada, hubo quien pensó que seguramente habían visitado los Tristany para comunicarles que los terratenientes no podían seguir pagándoles la contribución. Pero también se dijo que los Tristany invitaron al barón y a sus amigos con la intención de prenderles. El barón había fundado una asociación de propietarios rurales, llamada Hermandad de la Concepción y se entrevistó con Rafael Tristany, el 8 de febrero, con el objetivo de procurar su adhesión a la misma. Seguramente, Calassanç pensaba que los Tristany, como grandes propietarios rurales, habían de compartir los intereses de los terratenientes, los cuales, en aquel momento, deberían pesar más en su ánimo que no la fidelidad al pretendiente carlista. Asimismo, el barón era conocedor de la rivalidad existente entre los Tristany y Cabrera, en parte originada por la caida de Antoni Tristany en manos del enemigo. Ciertamente, el barón intervino en las negociaciones para la liberación de Antoni y mantenía una antigua relación personal con los hermanos rebeldes, de los cuales- se decía- había sido preceptor durante su infancia. Pero el cálculo del barón se mostró equivocado. Los apologistas del carlismo siempre han sostenido que Rafael Tristany, desde el momento que Avella intentó corromperles, avisó a Cabrera de las intenciones que éste tenía. La respuesta de Cabrera consistió en pedir la captura del aristócrata. Tristany cumplió las instrucciones del general.

Todo el asunto relativo al fusilamiento del barón de Avella aparece con el aspecto de una complicada lucha estratégica entre los Tristany, Cabrera, los militares de la reina y los grandes propietarios por lo que, al respecto, nadie ha podido llegar a conclusiones indiscutibles. No obstante, los historiadores más especializados se inclinan por denunciar al barón como instigador del enredo y explican que hubo testigos de la propuesta de deposición de armas que Calassanç, por encargo del gobierno, presentó a Rafael Tristany[144]. Ahora bien, las noticias de la prensa explican otra versión, como si los Tristany siempre hubieran procurado la negociación con el gobierno, inclinándose por terminar su participación en la guerra. Lo que no puede ser objeto de duda es que los Tristany, desde antes de que el barón de Avella les propusiera la deposición de armas, mantenían contactos con el gobierno ya que, como es natural, se esforzaban en conseguir la liberación de Antoni. Por ello, tampoco podemos dudar que el gobierno liberal les exigiera, a cambio de dicha liberación, la deposición de armas de los hermanos de Ardevol. Asimismo, está claro que los Tristany eran conscientes de sus intereses de clase como propietarios rurales y que, por lo tanto, de mala gana, comprendían la resistencia creciente del conjunto de terratenientes a continuar la guerra. En definitiva, los Tristany enredaban y desenredaban negociaciones a todos lados, procurando tener a unos y otros medianamente conformados. Tampoco querían enemistarse demasiado con Cabrera, el cual desconfiaba mucho de la familia de Ardevol y que les espiaba de cerca. El tortosino ni era terrateniente, ni compartía enteramente la escala de valores del antiguo régimen. En realidad, está bastante claro que Antoni Tristany cayó en manos del ejército liberal porqué Cabrera no consideró oportuno de avisar a la familia carlista del intercambio de Joaquín Manzano por López de Carvajal. Pero también es igualmente evidente que Avella y sus compañeros no fueron apresados por los Tristany y enviados a Cabrera, hasta que Antoni no volvió a pisar el caserío familiar de Ardevol. Finalmente, hemos de avanzarnos al relato de las presenres circunstancias para informar de la continuación de las negociaciones de los Tristany con los militares de la reina, después del fusilamiento de Abella, las cuales desembocaron en un fracaso y en más ejecuciones de los nuevos apoderados.

La tercera noticia consistió en la detención de Jaume Montserrat, el día 27 de febrero, ordenada por el Capitán General de Cataluña y llevada a cabo mientras el cabecilla paseaba por la Rambla de Barcelona, vestido de paisano y con el sable ceñido a la cintura. Mucha gente presenció la detención y acompañó la comitiva que llevó Montserrat a la prisión de la Ciutadella ya que nadie conocía la acusación que pudiera justificarla. Había la sospecha de que pudiera estar relacionada con unos hechos ocurridos durante la fiesta mayor de Sarrià. Era conocido que Montserrat no participó en las negociaciones de Poses para deponer las armas y que se vio arrastrado a ésta por Bartomeu. En cualquier caso, hasta el momento, Montserrat no se había mostrado tan activo como Poses contra sus antiguos correligionarios. Precisamente, el día 20, Poses luchó contra Altamira y lo venció en una acción, en la cual Montserrat no le acompañó.

A partir de finales de febrero de 1849, se notó el fuerte desgaste que sufrían los matiners. Resultaba evidente que las numerosas noticias respecto la presentación de rebeldes a las autoridades y sobre las necesidades dinerarias por las que pasaban los principales cabecillas, empezando por Cabrera, no constituían solamente informaciones propagandísticas del gobierno.El número de seguidores de los jefes rebeldes disminuía notóriamente y resurgían las informaciones puntuales sobre grupitos ínfimos de trabucaires, guiados por desconocidos. Los comadantes más importantes se traspasaban efectivos entre ellos para ayudarse y el nerviosimismo de Cabrera se evidenciaba en las coacciones que ejercía sobre los propietarios de la montaña que no querían, o no podían, seguir subvencionando el levantamiento. Precisamente, durante estos días fue conocido el “manifiesto de La Garriga”.

A partir de estas fechas, para los matiners menudearon las derrotas. Los corresponsales improvisados de la prensa, repartidos por diferentes territorios, comunicaban que desde tiempo atrás no se veía ningún rebelde por sus respectivas zonas. El día 23, Caragolet tuvo que dominar un motín interno porque no pagaba la soldada a sus voluntarios. El día 24, la partida de los republicanos leridanos de Bonet y Jové, fue desarticulada en Llavorsí. La persecución del ejército comenzó el día 19 y se prolongó hasta Esterri. Bonet consiguió pasar a Francia. Cuarenta rebeldes republicanos se presentaron al indulto y esta noticia parece relacionada con la entrada en territorio catalán de una partida de “jamancios” barceloneses que luchaban en Aragón, a las órdenes de Franco y Bardagí. Dicha partida fue cercada y vencida cuando se encontraban en una casa llamada Trepadus d’Areny. Tambien el dia 24, en Cervera se recuperaba la connexión de telégrafo óptico que había sido interrumpida por una acción de los matiners. Borges hizo fusilar al Moro de Xerta- o, el Mono- que había huido de Valencia y ahora permanecía en La Segarra. El motivo oficial fue que Borges consideraba a este cabecilla un ladròn y un asesino pero es probable que en realidad, el Moro se hubiera convertido en un competidor por lo que se refiere al cobro de las contribuciones forzosas. El Moro fue enterrado en el cementerio de Timor.

El día 25, Marçal pasó por Olot, camino de Santa Pau, solamente acompañado por una escolta de 10 jinetes y 15 infantes. Seguramente volvía de la lucha que había mantenido con el coronel Santiago en Sant Joan de les Abadesses. En el choque de Sant Joan, Gonfaus perdió a once hombres, entre los cuales se encontraba Grau, su secretario, así como su ayudante Guillaume de Chavanes, de nacionalidad francesa. Por todas partes se presentaban montones de rebeldes a pedir el indulto. Otros rebeldes, separados de sus partidas, vagaban desorientados por los bosques. Saragatal únicamente disponía de cien infantes y de treinta y ocho jinetes que le había prestado Marçal. Saragatal, con esta fuerza, tuvo que huir de Camprodon ante el empuje del general Echagüe.

El día 27, el brigadier Lasala se salvó, casi de forma milagrosa de un asalto de los matiners republicanos del Noi Baliarda, a su domicilio provisional en Sant Andreu. El brigadier se disponía a acostarse cuando un grupo de rebeldes consiguió penetrar en la casa, después de engañar a la guardia. El general fue avisado por los criados y salió al balcón para pedir auxilio a las tropas. Un pelotón de soldados se presentó rápidamente en el lugar y los intrusos huyeron. No obstante, los atacantes consiguieron llevarse algunos efectos personales del general, entre los cuales se encontraba su sable. En este mismo día, Marçal tomó prisioneros a tres guàrdias de Girona, los llevó hasta Amer y los fusiló. Intentó, tambien, pasar por las armas a un cabecilla de trabucaires llamado Nassus, pero los correligionarios del condenado, lo salvaron. Marçal disponía de alrededor de ochocientos hombres, aunque muchos de ellos no poseían arma y esta noticia se añadía a otras pruebas que certificaban las dificultades que atenazaban a los matiners. La facción de Plans, compuesta por trescientos infantes y veinte jinetes, pernoctó en Sant Pere de Torelló. Alguien observó que transportaban un cargamento de armas.

Durante los primeros días de marzo, un grupo de rebeldes provinentes de Sant Boi de Llobregat se situaron al pie de la montaña de Montjuïc, a menos de un kilómetro de la muralla de Barcelona y robaron los caballos que entraban y salían de la ciudad. Los republicanos del Noi Baliarda entraron en Rubí.

Las líneas de telégrafo óptico comunicaban Barcelona con las ciudades catalanas más importantes. La línea de Lleida fue terminada durante este mes y se construía una ramificación de Vic a Manresa y otra hacia La Jonquera.

Las autoridades aseguraban que últimamente se habían presentado al indulto entre dos y tres mil matiners y que seiscientos se habían exiliado por la frontera de la Cerdanya. Durante los días 2,3 y 4 de marzo, el coronel Hore se fue hasta Santa Pau y Mieres para perseguir a Marçal. Finalmente lo encontró y se entabló la lucha. El choque no fue favorable a los matiners, ya que, sobre todo, sufrieron la pérdida de muchos hombres que cayeron prisioneros. Entre ellos, un par de desertores del regimiento de La Unión.

El 3 de marzo, Martirià Serrat y Saragatal se juntaron en Darnius con la fuerza de Marçal y se dirigieron a Sant Pere Pescador para presionar a unos propietarios del Baix Empordà que, desde el tiempo de la primera guerra, no les pagaban las contribuciones. En esta fecha Pep de l’Oli se enfrentó con su antiguo correligionario, Ramon Cabrera, en Sant Llorenç de Morunys. Pep consiguió apoderarse de Sant Llorenç y de las salinas de La Coma y tomó trescientos prisioneros a los carlistas. Además incendió el hospital que los rebeldes tenían en la masía Sunyer, después que les hubo requisado setenta colchones, cuarenta y dos camas, un montón de sábanas y mantas, un botiquín entero, diciseis camillas, mesas, sillas y otros muebles. El periódico no explicó qué suerte corrieron los enfermos y heridos del hospital pero Pons tenía fama de cruel y era de termer lo peor. Decían que el general Cabrera puso escapar milagrosamente del asedio, cruzando las líneas del enemigo disfrazado y dando vivas a Isabel II. Poses  llevó a cabo una batida por el Vallès y pasó por Sant Cugat, Papiol y Ullastret pisando los talones a los republicanos.

El 6 de marzo, los republicanos Baldrich, Escoda, Ballera y Baliarda juntaron sus fuerzas. La columna de Porrera lucho contra la partida del republicano Llobet y le ocasionó dos bajas, un herido y un prisionero. A la mañana siguiente, la columna del ejército de la reina consiguió detener a Borràs, lugarteniente de Llobet. El día 8, la esforzada columna de Porrera chocó con la partida de Pauet de Arbolí y consiguió tomarle un puñado de armas. El día 10, los mismos soldados sorprendieron al grupo, tambien de republicanos, de Josepet de la Canonja. Este cabecilla llevaba veintiocho voluntarios de Reus y dicinueve cayeron prisioneros del ejército.

El dia 7 de marzo, Marçal se presentó en Tordera al frente de ochocientos infantes y 110 jinetes. En esta villa detuvo el correo a Barcelona. Después marchó a Calella y estuvo allá hasta medianoche. Cien infantes de Marçal se dirigieron a Sant Feliu de Guíxols para cobrar las contribuciones. La incursión de Marçal fue posible porque el coronel Ruíz, encargado de controlar la zona entre la Selva y las Guilleries, abandonó el mando para dirigirse a Osor y Suqueda con el objetivo de requisar un par de cañones de madera, reforzado con círculos metálicos,que habían construido los carlistas. Marçal aprovechó la circunstancia para llevar a cabo una recorrido que empezó en Riudarenes, continuó por Maçanet de la Selva y Blanes, pasando tambien por Tordera. Doscientos cincuenta matiners de Marçal entraron en Lloret de Mar, mandados por unos oficiales llamados Sants y Andreu. Después que los hombres de Marçal abandonaran este pueblo, Savalls entró en el mismo, con trescientos infantes y cuarenta jinetes. Savalls continuó su camino hacia Tossa y cuando llegó a este pueblo marinero, se comprobó que solo llevaba veinticinco infantes y los cuarenta jinetes. El dia 8, Marçal pernoctó en el hostal de la Granota. A la mañana sigiente, llegó a la Bisbal de l’Empordà.

El Fomento del día 9 de marzo, no exageraba el diagnóstico: “ La publicacion oficial insertada en los periódicos de esta ciudad de anteayer y la correspondencia que de varios y distintos puntos del Principado diariamente se recibe acreditan por una parte que las facciones vivamente perseguidas y acosadas, andan divididas, azoradas, abatidas y desesperadas y que ha cambiado la situacion oficial del pais respecto las gavillas rebeldes”. En esta fecha, los republicanos Baldrich y Escoda permanecían en Albinyana, cerca del Vendrell. El autor de la noticia afirmaba que desde hacia ya tiempo, en el Penedès, no se sabía nada de Borges, ni de Vilella, pero que los antiguos correligionarios de estos jefes, hasta un total de doscientos, ahora luchaban a las órdenes de un fraile llamado Santa Creu. Tambien en fecha del día 9, una docena de rebeldes entró en Colldejou, en el Montsant y soprendió al alcalde en la cama. Le pegaron fuego al colchón y malherido por las quemaduras como estaba, se lo llevaron hasta un lugar distante del pueblo, donde el desgraciado fue encontrado muerto de un tiro en la cabeza y con múltiples cuchilladas en el cuerpo. Desde la Jonquera comunicaron que en la masía la Prada, en el Vallespir, los gendarmes habían detenido a tres republicanos llamados Joan Parrera, Enric Mollera y Pau Gual. Los dos primeros declararon ser coroneles a las órdenes de Victorià Ametller. La gendarmería sospechaba que el tercer detenido, Pau Gual, era el mismísimo Victorià[145].

Cabrera tomó como prisionero a Marià Puig, de Bagà, otro propietario que no satisfacía la contribución. El día 10, por la tarde, los barceloneses escucharon un rumor de batalla que, teniendo en cuenta la dirección del viento, se pensó que venía de la zona de Molins de Rei. Marçal pasó del Empordà a la Garrotxa. El ejército de la reina lo localizó por Serinyà, mientras cruzaba el rio Fluvià y le ocasionó diez muertos y cinco prisioneros, además de cogerle un montón de armas. El día 11, los republicanos de Maginet y Guillaumet, entraron en Sort.

Los periódicos de Barcelona reflejaban en sus noticias la ola de deserciones que afectaban a los matiners. Montones de hombres abandonaban las armas, volvían a sus casas y se ponían a trabajar en los campos y los talleres, sin presentarse a las autoridades. Saragatal y Estartus, con solo cien infantes y seis jinetes, permanecían en Sant Quirze de Besora. Mientras, los republicanos Baldrich, Escoda y Baliarda aparecieron en Escornalbou, a fin de encontrarse con Ballera, cabecilla republicano de Reus. Ciento cincuenta jóvenes reusenses huyeron de sus domicilios para servir a Ballera pero cerca del lugar de encuentro, el brigadier Quesada los localizó y los dispersó. No obstante, Ballera, Baldrich y Escoda, finalmente, se reunieron. Los republicanos iban sermoneando contra las contribuciones del Estado aunque ellos exigían las suyas. En Vilaplana se llevaron a una mujer y a cuatro regidores porqué el ayuntamiento se negó a pagarles la imposición que demandaban. En La Selva, Ballera, apoyado por cien voluntarios, exigió diez mil reales al ayuntamiento.

Desde Valencia informaban que Arnau, que había caido prisionero en territorio de esta capitanía, fue embarcado en un vapor y custodiado por la guardia civil, se dirigía a Cadiz. El día 12, Marçal marchaba hacia el Empordà con seiscientos infantes y ochenta jinetes. En Navata chocó con el coronel Rios y el teniente coronel Vega, los cuales le ocasionaron diez muertos y le tomaron más de cinco prisioneros y muchas armas. Marçal huyó del asedio arrastrando a catorce heridos. El día 13, Gibert fue vencido por el coronel Hore en Fraga. Este mismo día, a las dos de la madrugada, el tercio de voluntarios liberales de Olot, cercó la masía Aulet de Vilallonga, en la cual se encontraban el cabecilla Massanes, con un sobrino de Cabrera y ocho correligionarios. Los voluntarios gubernamentales de Olot sumaban cincuenta hombres, mandados por el cabo Antoni Sefont. Los liberales pidieron la rendición a los habitantes de la masía pero éstos se defendieron a tiros, hiriendo de gravedad a tres asaltantes. Entonces, Sefont ordeno el incendio de la casa. Tres carlistas pudieron escapar de la trampa, un par murieron y otros dos cayeron prisioneros. Los detenidos eran Antoni Pujol, capitán de infantería y administrador de rendas de la Muga, y Manuel González Ferrer, teniente de artillería e intérprete de lenguas.

El día 14, el capitán general proclamó lo siguiente: “Las grandes masas de rebeldes que ellos un día apellidaron batallones y divisiones, han desaparecido completamente y trocándose en gavillas sueltas, desmoralizadas, abatidas, desalentadas…”. En la misma fecha, una partida de matiners secuestró al alcalde de Mollet y Pep de l’Oli sorprendió al grupo de Santa Creu en el santuario de Cèrcoles. Los matiners retiraron las aduanas que habían instalado en Ribes de Freser y Camprodon.

En Madrid se rumoreaba que el gobierno cesaría al general Gutiérrez de la Concha como capitán general de Cataluña y que en su lugar nombraría al general Villalonga, famoso por las barbaridades que había cometido contra la población de las orillas del Ebro, durante la presente guerra y las anteriores. Eso, los periodistas barceloneses no se lo creían ya que, precisamente, en aquel momento la guerra se decantaba a favor del ejército de la reina.

En unas minas de carbón, cerca de la frontera, el ejército gubernamental encontró cien fusiles franceses con las correspondientes bayonetas. El día 15, la prensa informó que a principios de la semana- quizá el día 12, o 13- se habían reunido en el santuario del Miracle, en el Solsonés, los Tristany, Ramon Cabrera y Borges y que todos estos jefes juntaron cerca de quinientos hombres. Nadie conocía con certeza el motivo del encuentro pero se rumoreaba que los generales se proponían encontrar la solución para evitar tantas deserciones como las que sufrían. Los desertores formaban grupos de ladrones que aterrorizaban los pueblos y aún ponían más trabas al recaudo de las contribuciones impuestas por los carlistas. Unos días antes que se celebrara esta reunión, un voluntario disparó a Rafael Tristany y le hirió el caballo. Rafael ordenó que se buscara al culpable. Le fueron presentados dos sospechosos y Tristany ordenó que los fusilaran.

El día 16 de marzo, la columna de Vic entró en Girona llevando consigo dos prisioneros: un brigadier y un teniente coronel de los matiners.

El Fomento del día 17 publicó un edicto de Cabrera imponiendo contribución al clero gerundense. Los sacerdotes, según las clases a las que pertenecieran, quedaban obligados a pagar 489, 400 o 350 reales vellón. Los capellanes de la catedral solo debían pagar 120 reales al recaudador carlista y los vicarios y religiosos sin oficio, 80 reales. Por estas fechas se supo que Poses, mientras permanecía en Sabadell, fue objeto del intento de asesinato llevado a cabo por un asistente, el cual le envenenó la sopa de sémola. Poses y dos asistentes que comieron dicha sopa, enfermaron, aunque consiguieron vomitarla. El Locomotor se quejó del proyecto de gobierno, de acuerdo con el cual se centralizaría la banca barcelonesa en el banco madrileño de San Fernando y se prohibiría la emisión de moneda en el Principado: “El pensamiento de incorporar los Bancos de Barcelona y Cádiz al de San Fernando, ni es posible realizarlo sin violar derechos sagrados, ni aunque a costa de sacrificios se llevara á cabo, cree en las ventajas que vea tal vez el ministro”. El periodista comentaba que el gobierno procuraba salvar el crédito del banco central, arruinando a los otros. La polémica duró mucho tiempo y otros periódicos también reflejaron la contrariedad de la burguesía catalana por este asunto, así como por los comentarios desagradables de alguna prensa madrileña al respecto, consistentes en asegurar que instituciones catalanas, como la banca de Barcelona, estaban en quiebra perpetua.

El mismo día 17, Plans descendió al sud del rio Tordera, se detuvo en Sant Pere de Vilamajor y convocó a los vecinos de este pueblo, así como a los de Sant Antoni de Vilamajor, para hacerles saber que se disponía a fusilar a dos terceras partes de los habitantes de dichas poblaciones, para castigarles por no haberle avisado que se acercaba la columna del ejército mandada por Batlle, lo cual le había ocasionado la pérdida de trece hombres. Los sorteados dictaron testamento y recibieron los sacramentos. Los pueblerinos suplicaron a los rebeldes que no cometieran aquella barbaridad. Entonces Plans simuló que quería consultar el caso con el general Cabrera y se alejó del lugar de la reunión durante un rato. Habiendo vuelto se mostró dispuesto a perdonar la pena de muerte a los condenados si entre ambas poblaciones le satisfacían el importe de la multa que les imponía, de 2550 duros. La cantidad fue pagada y los carlistas liberaron a los condenados. El corresponsal del periódico confirmó que Cabrera no se hallaba por los alrededores y que Plans había engañado a los lugareños para conseguir el dinero. También en esta fecha, el capitán general Gutiérrez de la Concha hizo público un comunicado, escrito en castellano pero con versión “del dialecto del país”, mediante el cual obligaba a los ayuntamientos de la provincia de Girona a que levantaran el censo de los hombres de cada pueblo que militaban en las filas de los matiners, señalando aquellos que, habiendo sido indultados, luego reincidieron en la rebelión. Asimismo, el bando obligaba a los propietarios que se habían refugiado en la ciudad a volver a las capitales comarcales en las cuales radicasen sus masías, en un plazo de quince días.

El 18 de marzo, Francesc Savalls, encabezando cuatrocientos voluntarios, entre veteranos de Caletrús y republicanos, salió de la Cellera de Ter y se dirigió a Santa Coloma de Farners. El Fomento informó que Cabrera, o quizá fueron los Tristany, habían secuestrado un rico propietario de la montaña, domiciliado en una masía en el Coll d’Odèn, cerca de Solsona y lo habían fusilado porqué se resistía a pagar las contribuciones a los rebeldes. Otra noticia aseguraba que Cabrera pedía doscientas onzas de rescate por la vida del propietario Marià Puig, al cual tenía en su poder. Los carlistas de Berga hicieron correr el rumor que el conde de Montemolín estaba a punto de cruzar la frontera para entrar en el Principado. Tambien afirmaban que Borges, con doscientos infantes y cuarenta jinetes, cruzaba el Ebro hacia Valencia. Al pasar el correo de Barcelona por Vallirana, fue asaltado por Vilella.

En la madrugada del día 20, Caletrus y la compañía de Santa Coloma de Queralt, dirigida por Damato, acometió a las partidas de Borges y Serradell, mientras aún dormían en unas masías de Castellfollit del Boix. Rafael Tristany cruzó el Segre y se dirigía a Aragón, al frente de trescientos hombres y unos cuantos oficiales de Cabrera. En la misma fecha, las partidas de Marçal, Garrofa, Savalls y Jubany, se reunieron en Santa Coloma de Farners.

 

  1. Primavera de 1849: intento frustrado de Montemolín de entrar en el Principado, detención de Marçal y fusilamiento de Planademunt. La batalla del santuario de la Mare de Déu de Pinós.

A veces proceden cosas en una hora que no suceden en mil años. Joanot Martorell. Tirant lo Blanc

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El 20 de marzo de 1849, el batallón de cazadores Las Navas nº 14 partió de Besalú en dirección norte. En la Ribera de la Muga encontró a Martirià Serrat, acompañado de Planademunt y doscientos hombres. Los matiners fueron obligados a refugiarse en territorio francés pero allá chocaron con el ejército de la república. En Costoja, el teniente Lumel, del regimiento d’infantería francés nº 58, prendió a 60 matiners y se incautó de noventa fusiles. Entre los prisioneros se encontraba Ramon Gibert, lugarteniente de Serrat. En el lado español, el ejército de la reina mató a nueve rebeldes y tomó tres prisioneros, entre los que se incluía Antoni Font, el cual portaba encima el nombramiento de capitán, firmado por Cabrera. Posteriormente, esta noticia fue ampliada en el sentido que los voluntarios de Serrat y Planademunt sumaban trescientos hombres y que, hasta el momento, ocupaban el territorio de la orilla izquierda del Fluvià- es decir, la Alta Garrotxa. El brigadier Vasallo y los coroneles Hore y Rios, ayudados por las columnas de Ruíz y Lafont, remataron la faena batiendo la zona fronteriza, en combinación con las fuerzas del orden francesas y consiguieron desmontar totalmente la organización de los rebeldes. Después de esta batida, sesenta y nueve prisioneros, incluidos once oficiales rebeldes, fueron internados en las prisiones de Girona. El golpe fue casi definitivo, puesto que Serrat, aunque realizó algún intento de recomposición de su partida de celadores, acabó por exiliarse y Planademunt fue detenido al cabo de pocos días. La situación de los rebeldes carlistas, en todo el territorio catalán, derivaba en la pequeña lucha guerrillera. El ejército impulsado por Cabrera se desmoronaba e incluso algunos comandantes veteranos, como Planademunt, perdían el apoyo de los suyos y vagaban desorientados.

El 21 de marzo, Tomàs Borets, regidor del ayuntamiento de Barcelona, fue secuestrado por los matiners cuando le encontraron en la diligencia de Barcelona a Manresa, detenida en can Massana. En esta fecha, el capitán general llegaba a Figueres encabezando una fuerza de cuatro mil soldados y Pep de l’Oli se enfrentó a los Tristany, Forcadell y Coscó en una batalla que se prolongó cuatro horas. De entrada, se dijo que los matiners habían sufrido ocho o diez muertos y un par de heridos pero más adelante se supo que, en realidad, habían sufrido cerca de cincuenta bajas. El ejército solamente confesó un muerto y seis heridos que fueron internados en Agramunt para que fueran atendidos. Por lo que se refiere al número de heridos, Coscó se llevó la palma. El brigadier Pons, con el sable desenvainado, condujo el batallón de Arapiles y las caballerías de Lusitania y Montesa contra el cabecilla carlista, el cual, en aquel momento, se enfrentaba a otra fuerza. Coscó, atacado por todo lados, huyó cruzando el rio Llobregat y en la otra orilla encontró a los batallones Toledo y Princesa. La lucha siguió alrededor de Ponts.

Se rumoreaba que Cabrera permanecía en Gòssol y que por la frontera francesa había entrado mucho dinero destinado a los republicanos. Eso, posiblemente, debía ser cierto ya que, durante aquel mes, cuando parecía que se acababa el fuelle de los carlistas, los republicanos del Barcelonés y del Penedès se reanimaron de forma notoria.El brigadier Manzano puso en fuga las partidas de Altamira y de Ramonet Né, las cuales sumaban trescientos infantes y veinticinco jinetes. Un teniente coronel, bien uniformado, se presentó en Vic para deponer las armas. Este oficial explicó que las fuerzas rebeldes se hundían por falta de financiación y que, por dicha causa, los voluntarios no recibían la paga. Otro teniente coronel, de la escolta de Cabrera, también se presentó en Puigcerdà. Se decía que el general tortosino recogía y cargaba todo el dinero que podía para enviarlo a Francia. El monje llamado Santa Creu, cuyo nombre verdadero era P. Salvador, entró en Piera al frente de doscientos cincuenta matiners. Poses todavía permanecía enfermo, a resultas del envenenamiento y un coche de caballos fue enviado desde Barcelona a Sabadell para recogerlo y llevarlo al hospital de la capital.

Durante los primeros días de la primavera de 1849, seguían lloviendo cantidad de noticias sobre las redacciones, llegadas desde todos los rincones del Principado, refiriendo deserciones masivas de rebeldes. Quinze correligionarios de Baldrich y de Escoda se presentaron a las autoridades en Valls. Las partidas de matiners más importantes de Barcelona y de Girona se juntaron en Amer con la de Marçal y todas ellas no reunían más de ochocientos hombres. El día 22, un grupo de rebeldes secuestró al alcalde de Vilassar de Baix.

El Fomento del día 23, consideraba que “la facción ha recibido golpes tremendos y mortales […] está destruido su principal núcleo […]”. La columna de Molins de Rei condujo hasta Vilanova a unos hombres del Fregaire. El periodista los describía de esta guisa: un negro, un jorobado y otro que parecía Pilatos. El negro había formado parte de la partida de Baldrich. Los tres prisioneros y el Fregaire fueron acusados del asesinato de un propietario de Vilafranca. El Fregaire se escapó de la prisión en la que estaba recluido, precisamente en el momento que ya le estaban formado el pelotón de fusilamiento. El matiner volvió a la guerrilla pero al cabo de unos días fue nuevamente detenido y el día 12 de abril, a las once y media de la mañana, fue pasado por las armas en la Ciutadella de Barcelona. La ejecución tuvo que retrasarse una hora sobre la prevista porque el Fregaire se consideraba ateo y se negó a confesarse y a recibir la extremaución. Finalmente, comulgó y entonces pidió que se le permitiera de dar la orden de fuego al pelotón pero la petición le fue denegada. Murió con aspecto impasible.

El día 23 de marzo, Manel de l’Hostal Nou, al frente de cien hombres, mantenía el asedio total de Berga. El día 24, Plans, el Calderer de Cardedeu, Almenar y Caragol se enfrentaron al coronel Batlle en l’Ametlla del Vallès. Este militar les había tendido una trampa en la Roca del Vallès pero los rebeldes la evitaron. Entonces, Batlle recibió una confidencia y fue a buscarlos a l’Ametlla, donde se produjo el choque. La crónica del periódico concedía la victoria a Batlle aunque el relato de los hechos resultaba contradictorio y lo más probable es que el oficial de la reina se hubiera tragado el anzuelo de la supuesta “confidencia” que le lanzó el enemigo y hubiese caido en la contra-trampa que éstos le prepararon. El corresponsal explicaba que los soldados del gobierno se refugiaron en una masía, hasta que se les agotó la munición. Entonces se abrieron paso con un ataque a bayoneta calada. Los matiners se apoderaron de una loma, en la cual resistían cuatro soldados de artillería y los fusilaron inmediatamente.

El día 24, el teniente coronel Fernando Pino disolvió la partida republicana de Escovet, en Navars. Mientras, Lasala y Manzano dispersaban algunas partidas de matiners en Cànoves y el Montseny. El día 25, al atardecer, el tercio móvil de Porrera puso en fuga a Basqueta. Lo había perseguido durante once horas, bajo la lluvía persistente y cuando lo encontró le ocasionó dos muertos, dieciseis prisioneros y dos heridos, además de tomarle muchas armas de fuego y blancas. El día 28, veintiocho matiners se presentaron a las autoridades de Figueres y a la mañana siguiente, lo hicieron nueve más. El cronista explicaba que el ritmo de presentaciones se mantenía desde hacia semanas.

La prensa publicaba algunas noticias que aventuraban una pronta recuperación de las relaciones diplomáticas con la Gran Bretaña, lo cual significaba que los ingleses dejarían de prestar ayuda a los matiners. Pero, justo cuando el ejército carlista de Cabrera sufría derrota tras derrota, los republicanos de las comarcas barcelonesas y tarragonenses se mostraron muy atrevidos. El día 23, Baldrich y Escoda, con una fuerza de cuatrocientos hombres, llegaron a Sant Andreu de la Barca. Los republicanos detuvieron la diligenciade Martorell pero al ver que ninguno de los pasajeros era militar, permitieron que continuara el camino. El día 25, a las 5 de la tarde, el alcalde de Ullastret fue fusilado en la plaza del pueblo por un grupo de matiners republicanos. El día 28, doscientos republicanos a las órdenes de Plans, de Rubí, se pasearon por Castellar del Vallès. El Noi Baliarda, en combinación con Plans, guiaba doscientos infantes y doce jinetes. Fueron vistos cerca de Rubí, arrastrando al alcalde y a un regidor de Ripollet, a los cuales habían detenido. Baliarda, perseguido por el ejército de la reina tuvo que abandonar al alcalde. Trescientos republicanos ocuparon Montcada.

El día 30, Baliarda al frente de ciento cincuenta hombres se atrevió a ocupar Sant Andreu, su pueblo natal, a la vista de Barcelona. Después, pausadamente, se fue a pernoctar en Horta. En esta misma fecha, un grupo de jinetes de los matiners entraron en Sants y en Les Corts, provocando que estos pueblos del llano de Barcelona llamaran a somatén. Una columna de soldados salió a toda prisa de Barcelona para perseguir a los rebeldes. Los republicanos Baldrich y Baliarda se parapetaron en Corbera de Llobregat. El periódico decía que Saragatal, con doscientos voluntarios también se hallaba en este lugar pero es probable que el informador solo hubiera reconocido a algunos seguidores del gerundense. La lucha fue dura y originó un montón de heridos y muertos por ambos bandos. Finalmente, el coronel Plana desalojó a los rebeldes de Corbera.

Marcel•lí Gonfaus, llamado Marçal.
Marcel•lí Gonfaus, llamado Marçal.

Marçal reunió a sus hombres en Amer y los arengó con un discurso en parte resentido y en parte histérico. Marcel·lí les dijo que los que quisieran abandonar las armas eran muy libres de hacerlo ya que no deseaba tener gente descontenta a su lado. Marçal aseguró que aun en el caso que quedara como el último resistente, no abandonaría al rey y que prefería morir, antes que exiliarse; eso, aunque- presumía- poseía mucho dinero y podía vivir cómodamente en el extranjero. El cronista explicaba que, después de la arenga, casi todos los voluntarios de Marçal habrían abandonado las filas carlistas si no fuera que no se fiaban del jefe y temían que, si lo intentaban, serían fusilados. Unos días después llegaba de Girona una información, según la cual Marçal transitaba por las comarcas cercanas acompañado, solamente, por quince o veinte jinetes. El coronel Lafont le atrapó en un paso de montaña, le mató a seis voluntarios y le tomó trece prisioneros. Marçal y tres hombres de su caballería lograron escapar del cerco debido a un accidente casual que el cronista no explicaba.

Los propietarios de Sitges volvieron a la villa, ya que la estaban fortificando. Un segundo comandante, un capitán, un subteniente, un sargento primero, un cabo primero, un corneta y seis soldados de Caragolet, que vagaban por la Conca de Tremp, se presentaron el día 28 al comandante de la plaza de Oliana para deponer las armas. Todos los presentados eran navarros. El comandante, el capitán y el subteniente manifestaron que deseaban servir en el ejército de la reina. El resto prefirió pedir pasaportes para volver a sus casas.

La primavera trajo mucha nieve a las comarcas gerundenses y el periódico recordaba el dicho, “año de nieves, año de bienes”. Durante los últimos días de Marzo, el brigadier Manzano cogió preso a Plans. El cronista contaba que se consideraba a Plans, de Rubí, el lugarteniente del Noi Baliarda, aunque a menudo había actuado en combinación y a las órdenes de Cabrera. Plans, malherido, fue ingresado en el hospital de Manresa y murió al cabo de pocos días. El día 29, el ejército gubernamental soprendió a Vilella, Serracantis, al Cadiraire y a Pixot, los cuales permanecían en Pierola con doscientos cincuenta infantes y 10 jinetes. Los soldados de la reina persiguieron a los rebeldes por el camino a Masquefa y los dispersaron cerca de Sant Jaume.

El 31 de marzo, el peródico informó que el tercio móvil de Tortellà había capturado a Planademunt. La noticia del periódico contradice la versión de Josep Llord, según la cual Planademunt acompañaba a Marçal, cuando éste fue detenido por el coronel Hore. Podría ser que la afirmación de Llord se fundara en el hecho que Marçal, unos días antes de la detención de Rafael Sala, había convocado a los jefes importantes de las partidas gerundenses para juntar, entre todos, una fuerza armada consistente. Claro que Planademunt se dirigía a esta junta, a la cual, evidentemente, no pudo asistir. Al cabo de pocos días, Gonfaus también cayó en manos del ejército de la reina. Marià Vayreda, autor de “La punyalada” se refirió a la detención de Planademunt en un hostal y eso concuerda más con la notícia del Brusi que no con la de Josep Llord. El 1 de abril, cuando Planademunt, custodiado por la columna de Figueres, fue transportado a la prisión de Besalú, se dijo que Marçal había reunido mil cuatrocientos hombres en Llers, reforzados con dos compañías prestadas por Cabrera- quizá la reunión de rebeldes, a la que había de asistir Planademunt, se llevó a cabo- y que la misión de esta concentración de guerrilleros y soldados consitía en liberale. Pero dicha información parece que se origina en un rumor exagerado que únicamente demuestra que el cabecilla de Santa Pau gozaba de una fama extraordinaria entre la población y los rebeldes ya que no había abandonado las armas desde el término de la guerra anterior y había conseguido escaparse de prisiones francesas y españolas, además de haber sido perseguido por los hechos que originaron el proceso de los trabucaires de Perpiñán. Desde que se exilió Martirià Serrat, Planademunt fue el instrumento esencial para conseguir el cobro de imposiciones en la Alta Garrotxa y el Empordà. Planademunt, moteado por Roman Oyarzun de “partidario muy decidido y valeroso, aunque tosco”[146], fue famoso y temido en vida y tambien después de su muerte, tanto en la Cataluña francesa- sobre todo, en el Vallespir- como en las comarcas pirinaicas del Principado. Su figura es presente en la leyenda y en el recuerdo de los novelistas, como es el caso de Marià Vayreda y del rosellonés, Ludovic Massé.

El 3 de abril, Rafael Sala fue trasladado a Girona y encarcelado. La audiencia provincial le reclamó porqué tenía muchos procesos pendientes por secuestros y robos. La comisión militar responsable de los juicios sumarísimos, se negó a librar el prisionero a la justícia civil, seguramente porqué temía que se escapara o que solamente fuera condenado a penas de prisión. Ningún habitante de las comacas gerundenses dudaba que la los militares de la reina se proponían fusilar a Planademunt a toda prisa.

El 1 de abril, el republicano Baldrich y el carlista, llamado el Frare (fraile) de Santa Creu, al frente de doscientos hombres, entraron en Cubelles. Saragatal, que había vuelto a Sant Quirze de Besora, se enfrento de nuevo al ejército gubernamental. Baldrich, el Frare de la Santa Creu y Pere de la Quadra, después de la lucha de Cubelles, encabezaban ciento ochenta hombres y pasaron muy cerca de Vilanova i la Geltrú, camino de Ribes y Canyelles. En el último pueblo mencionado tomaron a cuatro rehenes porque el ayuntamiento no les quiso pagar la contribución. El mismo día, por la noche, los matiners robaban todas las armas depositadas por el gobierno en Borrassà. Los Tristany, mientras permanecían en Guissona, fueron atacados por las tropas a las órdenes de Pep de l’Oli y del brigadier Enríquez. Cada uno de los jefes del ejército gubernamental entró por lados opuestos del pueblo y durante unos momentos, los soldados de la reina confundieron a sus compañeros con los enemigos. Los Tristany, se dieron cuenta de la equivocación de los liberales y la aprovecharon para huir, abandonando parte del equipo y de las armas.

El día 2, Escoda declaraba el sitio de Vilafranca del Penedès. Más de cincuenta jóvenes de Palamós y de Calonge que habían abandonado sus hogares para unirse a los Ametller, volvieron a sus casas. Narcís Ametller fue encarcelado en Tolón. Este día, un oficial de la caballería de Marçal, después de presentarse a las autoridades de Vic, guió al ejército de la reina hasta unas infermerías para que pudiera detener a los heridos que allá se guarecían.

El capitán general de Cataluña entró en Vic el 4 de abril, conduciendo a 18 prisioneros que había prendido en el Collsacabra. Saragatal, encabezando 26 jinetes, se llevó preso al hijo del alcalde de Malla. Después, pasando por Colldetenes, secuestró al secretario de este ayuntamiento y, más adelante, a un regidor de Santa Eugènia, a otro de Taradell y al alcalde de Osomort. El Fomento del día 5 informaba del ataque del capitán general a Rupit, donde sorprendió a Marçal y a Savalls. La derrota de los montemolinistas fue importante ya que sufrieron la pérdida de muchos hombres y también de caballos, armas y equipajes. Entre los prisioneros se descubrió a tres oficiales y a un mariscal francés. Marçal y Savalls solo reunían sesenta hombres y en la huida mataron los caballos heridos para que no les estorbasen.

El 8 de abril, Cabrera durmió en Sant Quirze de Besora pero otras fuentes afirmaban que el general salía de Sant Jaume de Frontanyà y con toda la fuerza de que disponía, la cual se reducía a 40 guías y 120 jinetes, se dirigía a la Pobla de Lillet. El periódico recogía el rumor, según el cual Cabrera había presentado la dimisión al pretendiente carlista y volvía a Francia. Pero el día 9, los informadores de la prensa garantizaban que el tortosino se encontraba en Ardevol para reunirse con los Tristany, Coscó y otros comandantes carlistas. La veracidad de esta última notícia se confirmó, una semana más tarde, con la batalla que enfrentó a los mencionados jefes rebeldes con los coroneles Rocha, Santiago y Cathalán en el santuario de la Mare de Déu de Pinós.

El Brusi del día 8 de abril publicaba dos noticias muy importantes. Vale la pena que las reproduzcamos literalmente: “Ayer al medio dia se publicó un impreso del tenor siguiente: Prision de Montemolin.- Prision de Marsal.- Muerte de otro cabecilla que se cree ser Jubany. El Excmo. Sr. General 2º cabo de este ejército y principado ha recibido con fecha de ayer á las tres de la tarde una comunicación del Excmo. Sr. Comandante general de la província de Gerona en que se dice lo sigiente: Al Excmo. Sr. Capitan General de este ejército y principado, digo en este momento lo que copio: Excmo. Sr. el coronel Hore me dice desde Bañolas lo que sigue.- He cogido prisionero en el monte de Ginestá, a Marsal, a su ayudante Romero y Abril, y otro faccioso, habiendo quedado muerto en el campo uno que se supone sea Jubany, que acompañaba a Marsal. Han quedado en mi poder tres caballos, siendo uno de ellos el de Jubany.- A las cuatro de esta tarde llegaré a esta plaza con los prisioneros, y ruego a V.S. traslade esta comunicación al Excmo. Sr. Capitan General”.

A la vez, el cónsul de S.M. la Reina de España en Perpiñán, transmitió per telégrafo el siguiente comunicado: “Perpiñan, 5 de abril de 1849, a las tres de la tarde.- El cónsul de España en Perpiñan a su colega de Bayona.- El conde de Montemolin, junto con tres gefes, ha sido detenido en el momento de ir á pasar la frontera para introducirse en Cataluña. El pretendiente y sus compañeros han sido reducidos a prision y se hallan en Perpiñan. Ruego á V. Comunique por telégrafo esta interesante notícia al señor ministro de estado en Madrid.- El cónsul general.- Miguel de Tobar.- Lo que transcribo a V.E. para su satisfaccion y efectos consiguientes.- Es copia.- El coronel segundo gefe de E.M.- Juan Manuel Vasco”.

El conde de Montemolín, acompañado por una escolta de coroneles, se escondía en un bosque del Alt Vallespir, a pocos metros de la frontera, esperando el momento oportuno para pasar a territorio español. Unos aduaneros franceses, disfrazados de payeses, sospecharon que los hombres que habían divisado eran carlistas españoles y dieron aviso a los gendarmes. Éstos se presentaron en el lugar y detuvieron a los sospechosos. Entonces se dieron cuenta de que habían detenido a Carlos VI de España.

Desde el momento que se conoció la detención de Marçal, el periódico publicó algunas gacetillas dispersas que reproducían visiones parciales de dicha circunstancia. Alguien sospechó que al ser detenido, Marçal se dirigía a la frontera para recibir a Montemolín. Otros pensaban que el cabecilla se proponía la liberación de Planademunt. Fuera o no verdad una u otra posibilidad, la realidad es que Marçal fue seguido de cerca por el ejército de la reina hasta que, habiendo llegado a la masía llamada can Vencells, los perseguidores supieron que el carlista había pasado la noche anterior en can Glans, de Querós, cerca de los escenarios de sus últimas luchas. Volvamos un poco atrás en el tiempo: el día 3, a las 8 horas del atardecer, el general Enna y el coronel Rios irrumpieron con sus respectivas fuerzas en Amer, donde estaban Marçal y Savalls, con trescientos hombres y les tomaron 40 prisioneros- entre los cuales, 7 oficiales y 11 caballos, incluido el de Marçal, con todo el equipaje y documentación- 60 armas y mucha documentación importante. Después de esta derrota, Marçal se peleó violentamente con su secretario Elies, de Tordera. El secretario desertó y Marçal ordenó a los alcaldes de los pueblos del alrededor que lo buscasen y que en caso que lo atraparan, lo fusilasen. Elies pudo llegar a Olot, donde se presentó a las autoridades del gobierno, a las cuales libró toda la documentación que traía consigo. Marcel·lí y Savalls huyeron a pie del ataque en Amer, aprovechando la oscuridad de la noche. A la mañana siguiente, día 4, ambos cabecillas, acompañados por 60 hombres, llegaron al santuario de la Salut, en la Garrotxa. Las columnas del ejército destinades en Mieres, treparon hasta la Salut y se enfrentaron a los carlistas en una lucha que se prolongó hasta Sant Aniol de Finestres. Marçal fue vencido de nuevo y otra vez se vio forzado a emprender la huida. Según explicó el periódico, después de estas correrías, Marçal fue localizado en Querós, desde donde se dirigió hacia Girona. En los alrededores de Banyoles, se detuvo en un bosque de la montaña del Ginestar para dormir. Eso llegó a oídos de la guarnición del ejército en Banyoles. Un teniente de los matiners, llamado Narcís Figueres, desertor de la compañía de Marçal, les informó de la circunstancia. La columna del ejército en Banyoles encontró a Marçal y ambos bandos intercambiaron algunos disparos. El coronel Hore, que permanecía en un lugar cercano, oyó los tiros y corrió hacia la zona de donde provenían. Momentaneamente, Marçal consiguió esconderse de sus perseguidores pero acabó cayendo en manos del coronel Hore. El corresponsal del Brusi puntualizó que la detención de Marçal se formalizó en Porqueres.

El día 7 de abril, El Fomento comentó la detención de Marçal de forma prudente y solo hizo referencia a las derrotas contundentes que habían sufrido los matiners, de las cuales deducía dos consecuencias: la primera, que las fuerzas rebeldes habían sido vencidas y la segunda, que los pueblos del Principado empezaban a mostrarse decididamente hostiles al levantamiento. El Fomento, afirmaba lo siguiente: “en la opinión pública se ha experimentado un notabilísimo cambio”. Se rumoreaba que que el ejército de la reina había hecho prisionero a otro cabecilla importante y la duda consistía en si se trataba de Saragatal, de Garrofa, o de Serrat.

Marcel·lí Gonfaus, alias Marçal, fue conducido a Girona el mismo día 7. En la carretera de Francia se aglomeraba una multitud que deseaba conocer al prisionero y si fuera el caso, al otro cabecilla carlista que se suponía que también había caído en manos del gobierno. Por dicho motivo, se retardó la entrada en la ciudad de la columna del ejército que conducía al preso. El periódico publicó la siguiente crónica: “A las cuatro de la tarde entró en esta un batallón de Córdova, precedido de una partida de mozos de la Escuadra y de un piquete de caballeria, á cuya cabeza iba el coronel Hore con otro comandante, llevando en medio a Marsal; los tres á caballo, y como el último no llevaba ligadura alguna, y conservaba en sus miradas la mayor serenidad, facilmente se le hubiera tomado por el gefe de la columna, mas bien que por un prisionero. Su trage era boina azul, una zamarra negra y pantalón encarnado; su tez morena y su cara biliosa, con ojos vivos y centelleantes. Fue conducido a la carcel de S. Martín, y á su entrada púsole el alcaide unos grillos según costumbre con todos los reos de importancia, cosa que se nos ha asegurado que le afectó en gran manera; pero le fueron quitados luego. Marsal no podia menos que estar sumamente reconocido á las finas atenciones y á la esmerada deferencia con que se le ha tratado, pues a la caballerosidad del coronel Hore que le entró a su lado mas bien como amigo que como prisionero, debemos añadir las atentas visitas que á la noche misma le hicieron á porfia nuestro gobernador el brigadier Montero y los coroneles Rios y Muñoz; prueba evidente de que en nuestra nacion se admira y aplaude la nombradía y el valor, no importa como se adquiera, y que menos rencorosos que los ingleses, acatamos los rasgos de nuestros enemigos, cuando ellos hicieron tan poco caso de todo un Napoleón”.

Inmediatamente corrió el rumor que la caballería de Marçal se preparaba para atacar Girona y liberar a su comandante pero esta fuerza carlista, tan famosa, había desaparecido. En la mañana del día 8, Marçal fue conducido a la residencia del comandante general de Girona y después que ambos jerifaltes conferenciaran durante una hora, fue devuelto a la prisión. Alguien describió a Marçal como un hombre que aparentaba treinta y seis años de edad, de altura mediana, cabello negro y bigote corto; aspecto de tipo árabe, faz morena y rasgos enjutos y musculosos; mirada penetrante, enérgica y dominadora. El día 9 de abril, Marçal y su ayudante, el capitán Romero, subieron a una tartana para ser conducidos ante la comisión militar que los tenía que juzgar pero, a medio camino, el coronel Hore entregó a los guardias de custodia unas órdenes del capitán general, tramitadas desde Banyoles, que los obligaban a retornarlos a la prisión de Sant Martí. Quizá la razón del aplazamiento de la vista se debió a que, en la misma fecha, llegó a Girona la esposa de Marçal, con su hija menor y la nodriza de ésta pero también debemos considerar que, desde el momento que se supo de la detención del coronel de la caballería carlista, se multiplicaron los indicios indicativos de la voluntad de perdonarle la vida, por parte de las autoridades militares. Los elogios con que le cubría la prensa y las facilidades que las autoridades concedieron a la esposa de Marçal para que pudiera visitarlo en prisión, lo sugerían. El Locomotor del día 9 de abril, decía lo siguiente: “[…] la prision de Marsal es el hecho mas importante para conseguir el exterminio de las facciones […]. Por sus opiniones constantemente carlistas, por su valor personal, por la fortuna que le ha acompañado en todos sus encuentros, por el conocimiento que tiene del pais, por las simpatías que encuentra en los pueblos, por el prestigio de que disfruta entre los suyos, por el sistema de moderacion que ha adoptado, por la fama que ha alcanzado en el 47 cuando fue el único cabecilla que no se ocultó un solo instante entre las breñas, Marsal era, despues de Cabrera el cabecilla mas temible de cuantos pisan el suelo de Cataluña”. El mismo periódico citado, en la edición del día 17, demandaba el perdón para Marçal, alegando que eso devenía necesario para conseguir la paz y no provocar el deseo de venganza de los rebeldes que todavía se mantenían en armas: “Marsal no solo era estimado por los carlistas; si que por su valor y generosidad era respetado por el ejército; y por la moderación de su comportamiento, querido y admirado por los pueblos”.

El día 14, tres antes de que apareciera el último artículo citado, Carlos Llauder, gobernador de Girona, instó la publicación en la prensa del escrito de sumisión que Marçal había enviado a la reina. El Brusi lo reprodujo en la edición del día 17: “Señora, la suerte de las armas me ha puesto en poder de los mismos à quienes por espacio de muchos años he combatido. Hombre de principios, partidario de una idea que creia la única verdadera, mi carácter y la casualidad llevarónme, en los primeros años de la pasada guerra civil, á las filas de los que la representaban, y en ellas combatí lealmente y con constancia, hasta el año de 1840 en que sucesos bien conocidos llevaron al que yo llamaba Rey y á sus tropas al suelo extranjero. Sufrí resignadamente y con hartas privaciones, pero siempre sin deshonrarme, las penalidades de la emigracion hasta últimos del año 1846 en que obligado por compromisos anteriormente contraidos entré en Cataluña á sostenener con las armas en la mano los mismos principios que anteriormente habia defendido, y que equivocadamente se me figuraban ser los de la mayoria de la nacion. Todo este pais es testigo y gran parte de Cataluña sabe de que modo he combatido y como me he comportado. Las vejaciones que á consecuencia de esta triste lucha tenian que soportar los pueblos, desolaban mi corazon, y por lo mismo hice cuando estuvo de mi parte para atenuarlas, de modo que mi constante anhelo fue siempre evitar los escesos inherentes à la perturbacion de la paz pública. Impedí, con toda la energia de que es capaz un hombre honrado, la efusion de sangre, de modo que los defensores de vuestro trono que los azares de la guerra pusieron en mi poder fueron tratados con toda la consideracion que se debe al leal defensor de una causa sea la que fuere. Sé que esto no me salva del rigor de las leyes, pero prueba á lo menos que no me cuadra el dictado de sanguinario ni asesino. Mas de una vez al contemplar la inutilidad de nuestros esfuerzos en pró de una causa que habia creido justa, pensé desistir de mi empresa; pero la fatalidad por una parte, y por otra los consejos de personas que ejercian sobre mi un funesto ascendiente, venian siempre a destruir la fuerza de la conviccion que empezaba a hacer notar en mi alma la buena fe que me ha guiado en todas mis acciones. He sido fiel à la causa por la cual he sacrificado hasta mi vida, porque creyéndola justa se me habia hecho entender era la de la mayoria de españoles, y únicamente en esta conviccion la defendí. Solo en el estado á que estoy ahora reducido he llegado á conocer cuan justas eran las sospechas que muchas veces concibiera contra los hombres declarados enemigos de V.M. Llegado el momento supremo en que el hombre no vé ya de este mundo sino los buenas o malas acciones que en el ha practicado, por lo que en si son y no según el colorido que las pasiones ó los intereses le dan comunmente, pronto á presentarme ante el tribunal de aquel á quien nada se oculta, creo como un deber de conciencia ofrecer a V.R.P. mi sumision y respeto, como en desagravio á la injusta guerra a que he contribuido. Una sola idea me preocupa en este momento, la duda de que Vuestra Magestad no crea sincero este acto de adhesion y que se atribuya á causas menos honrosas de las que me impulsan; pero consuélame por otra parte el que cuando llegara a las Reales manos de Vuestra Magestad este escrito, habré perdido ya la vida, prueba segura que no me impele á ponerle la esperanza de una gracia que ya tarde llegaria. Mi cuerpo acribillado por diez y seis heridas demuestra evidentemente que sabré sufrir la muerte que por momentos me espera, llevando en ella la consoladora esperanza de que V.M. se dignará aceptar la respetuosa y sincera sumision, que le hace aquel cuyo mas temible remordimiento es haber sido alistado entre vuestros enemigos. Una viuda y dos hijas de infantil edad, que dejo sumidas en la mas espantosa horfandad y miseria, seran un perene testimonio de buena fe y honradez que me guiaba en mis funestos y equivocados compromisos. Poco valdrian, Señora, las súplicas que en su favor me atreviera á dirigir á V.M.; si no supiera que vuestro corazon se complace en hacer el bien, por cuyo motivo me atrevo á esperar, perdonará en ellas mis pasados estravios. Besa los R.P. de V.M. quien desde ahora hasta el último momento de su vida proclamará vuestro nombre y rogará al cielo conceda a V.M. largos años de ventura. Carcel de S. Martin de Gerona, á los seis del mes de abril de 1849.- Señora. Marcelino Gonfaus.”

Los argumentos del escrito de sumisión de Marçal no diferían demasiado de otros que conocemos, supuestamente redactados por cabecillas carlistas en las mismas circunstancias, si no fuera que Marçal se mostró muy prolijo, reiterativo y contradictorio en los pocos argumentos de defensa que utilizó. No podemos saber hasta qué punto la redacción de este escrito correpondía a su pensamiento, o le fue impuesta, pero resulta evidente que no resulta creible  que, después que mantuviera una lucha armada de más de dos años, a los cuales debemos sumar los años de su participación en la primera guerra, Gonfaus descubriera, justo cuando fue encarcelado, el engaño en que se mantuvo durante todo este tiempo. Además, la fecha de su escrito no debe ser cierta ya que si acceptamos los datos de la prensa, el día 6 de abril Marçal acababa de caer en manos del ejército regular y todavía no había llegado a Girona, ni había sido internado en la prisión de Sant Martí. Pero, aun si simulásemos que nos creemos esta fecha, nos preguntaríamos cual fue la causa del retardo del gobernador en ordenar su publicación. En realidad, la detención del coronel carlista supuso cierta contrariedad para el gobierno ya que Gonfaus era el oficial rebelde más querido por los gerundenses y si el ejército lo fusilaba, eso podría reavivar el fuego que, en aquel momento, parecía controlado. El cronista del Diario de Barcelona aseguraba que Marçal sería perdonado por consideraciones de alta política, ya que con ello se contribuiría a la pacificación de Cataluña.

El capitán Romero y Planademunt fueron condenados a muerte. Eso, aunque el obispo de Girona, Dr. Florenció Lorente[147] intercedió con energía para salvarles la vida y que la esposa del capitán también se esforzó enormemente para conseguir el perdón de su marido. El día 11, a las ocho de la mañana, ambos fueron fusilados en el arenal del rio Onyar, en Girona. El cronista del Brusi se mostró muy conmiserativo con Romero y muy despectivo con Planademunt. “Este [Planademunt] ha muerto como mueren los asesinos, con cobardía y temblores convulsivos, aquel [Romero] con el valor propio de la carrera militar que profesaba, agarrando el fusil de uno de los soldados del piquete y dirigiendo la boca del arma mortífera a su corazón y diciéndole que no moviera la puntería”. Les palabras del periodista ponían de manifiesto, indirectamente, la injusticia comparativa que se llevó a cabo fusilando un simple secretario por la comisión de los mismos hechos que no merecieron la misma pena para su comandante, Marçal. Hemos sabido que, días antes, Gonfaus y Romero fueron conducidos en una tartana a la comisión militar y cuando ya habían iniciado el camino, una órden del capitán general los devolvió a la prisión. Eso sucedió el día 9, o sea, tres días después de que, supuestamente, Marcel·lí se hubiera sometido a la reina. Está claro que fue el capitán general quien impidió que se llevara a cabo el juicio de Gonfaus ante la comisión militar- que solo podía terminar con la sentencia de muerte- y para justificar, a modo de compensación, su decisión, sacrificó al capitán Romero y a Planademunt. Existían razones de peso- desde la perspectiva militar de la época- para fusilar a Planademunt, uno de los rebeldes más odiados por las autoridades del gobierno pero el sacrifició del capitán Romero supuso, simplemente, la propina de sangre que se consideró necesaria para compensar el perdón que benefició a Marçal. Para redondear la justificación de este perdón, el capitán general alegó que Marcel·lí Gonfaus había denunciado un desembarco de armas cerca de Sant Feliu de Guíxols y otros datos de interés estratégico. La confianza existente entre el capitán general y el coronel carlista resultaba del todo evidente. Incluso se decía que Marçal se había paseado en público acompañando a Gutiérrez de la Concha y que éste le invitó a un espectáculo de ópera en Barcelona[148]. No obstante, los carlistas nunca consideraron a Marçal como un traidor y atribuían su liberación al hecho que en una ocasión en la que éste tuvo en su poder a la esposa del capitán general, la devolvió sin daño a su marido. Claro está que posteriormente se demostró que el arrepentimiento de Marçal no fue sincero ya que en el año 1855 volvió a tomar las armas a favor de la causa carlista y esta vez fue arrestado e inmediatamente fusilado.

La detención del conde de Montemolín y de su escolta, cuando se disponían a cruzar la frontera, fue celebrada por la prensa del gobierno, aunque algunos periódicos mostraron ciertas reticencias respecto la actuación de las autoridades de la república francesa. Se dijo que Montemolín portaba letras por valor de 8000 francos con el objetivo de cubrir, hasta donde fuera posible, las deudas de los rebeldes. Al momento, el conde fue trasladado a la prisión del Castellet de Perpiñán, donde se le trató con todos los miramientos. El gobierno español pidió la extradición del pretendiente carlista, basándose en el pacto de la cuádruple alianza pero el gobierno de la república le respondió que este pacto había dejado de existir, desde que cayó la monarquía de Louis Philippe. Además, los franceses declararon que no tenían derecho a retener los extranjeros que viajaban desarmados y por tanto, casi inmediatamente después de su ingreso en prisión, Montemolín fue liberado bajo la promesa que retornaría a Londres. El capitán general de Cataluña ordenó al cónsul de España en Perpiñán que premiara con dos mil francos a los aduaneros que habían detenido a Montemolín.

El 10 de abril, Montemolín inició el viaje a Calais, acompañado de Monsieur Carrier, consejero de la prefectura de Perpiñán y de dos oficiales. El día 11, el pretendiente carlista llegó a Toulouse y a la mañana siguiente, salió hacia Paris por donde pasó el día 14, camino de Calais. Unos días más tarde, el periódico inglés John Bull aseguró que Montemolín nunca se había movido de Londres y que su detención en la frontera francesa, cuando intentaba cruzar a territorio español, había constituido un engaño. El periódico francés Le courrier de la Gironde publicó un artículo, del cual el Brusi extrayó unos párrafos: “Nos ha sorprendido el arresto del conde de Montemolin porque su viaje estaba previsto hace más de un mes. Cabrera habia manifestado al pretendiente que abandonaria la España, si para el 31 de marzo no se ponía a la cabeza de la insurreccion en Cataluña, en vista que su poder y prestigio amenguaban dia a dia, y que su bribandaje sin objeto y sin fin no contribuiria mas que a aumentar las desgracias de su patria, mientras que la presencia del príncipe podria reanimar, según decia, el espiritu de los pueblos”. El redactor del Brusi compartía los razonamientos del periódico francés y se extrañaba que el gobierno de la república no hubiera detenido al pretendiente carlista en el momento que llegó a su territorio. Más tarde, el periódico barcelonés se refirió a un artículo del Morning Post, escrito por un corresponsal destinado en el bando de los matiners. El periodista inglés comparaba la muerte de un matiner por cangrena- el cual falleció dando vivas al rey- con la asistencia de Montemolín a la función del teatro Saint James de Londres. La conclusión del articulista consistía en constatar, una vez más, que los consejeros del pretendiente carlista le dirigían hacia los placeres y la juerga, alejándolo del cumplimiento de las obligaciones que le correspondían. Por esta razón, la guerra iba tan mal para los rebeldes. Según el comentarista del Brusi, fueron este tipo de artículos los que forzaron el viaje de Montemolín a España.

El día 7 de abril, se supo que los matiners imponían una multa de 1000 duros a los andorranos porqué ahora les negaban protección. El republicano Escovet fue encarcelado en La Seu d’Urgell. En estas fechas, se decía que Torres estaba exiliado a Francia. El día 10, Cabrera entró en Torà con doscientos cincuenta infantes y cien jinetes. El día 12, alguien aseguró que el general carlista renunciaba oficialmente a su cargo al frente de los matiners y volvía a Francia. La prensa barcelonesa informó de la presentación de Saragatal al indulto, en Sant Pere de Torelló, acompañado de cien hombres y dijo que los miembros de la caballería de Marçal, así como Martirià Serrat, tramitaban propuestas a las autoridades para presentarse. Pero los comandantes militares de la reina rechazaron las proposiciones de Serrat. Más tarde, la misma prensa contradijo la veracidad de las presentaciones de Saragatal y de las proposiciones de Serrat. Precisamente, Saragatal apareció en Montesquiu con más de doscientos infantes y cuarenta jinetes.

Durante la noche del día 14, el Noi Baliarda entró en Sants con ochenta hombres y secuestró a seis mujeres para exigir los rescates correspondientes. El día 16, Ferdinand Marie Lesseps se despidió de Isabel II como embajador francés en España. En su lugar, fue nombrado Napoleón José Bonaparte. Este mismo día unos arrieros llegados a Barcelona desde Aragón, aseguraron que la caballería mandada por Arnau se acercaba al Segre. El día 13, el grupo de Arnau había sido perseguido por el general Paredes.

La capitanía general, considerando que habían sido pacificadas las comarcas gerundenses, concentró una gran cantidad de tropas para limpiar de rebeldes las comarcas interiores; concretamente, las del Solsonès y La Segarra. Una comunicación de la comandancia militar de Igualada, del 15 de abril, informaba que durante la noche del día 13, Cabrera, los Tristany, Coscó y Borges, con más de mil hombres, intentaron sorprender a las columnas de los coroneles La Rocha, Santiago y Cathalán pero que los carlistas habían sido derrotados por las tropas del gobierno. Con este comunicado se pretendía disipar los rumores que corrían entre los pobladores de la zona que atribuían la victoria de este encuentro a los rebeldes. De entrada, el escrito oficial se limitaba a detallar la experiencia de Francisco de la Rocha. Este coronel partió de Calaf hacia Igualada a les 7 de la mañana y al cabo de un rato de marcha, concedió tres horas de descanso a la tropa. Luego, la columna a su mando inició el camino de subida al santuario de la Mare de Déu de Pinós pero antes, como el camino escogido era muy agreste, dejó los caballos y las mulas de los oficiales al pie de la montaña, al cuidado de un destacamento. La Rocha trepó en dirección al santuario pero, en lugar de seguir la ruta habitual, prefirió dar un rodeo para eludir una emboscada de los carlistas. Luego de la batalla que se produjo, se supo que La Rocha, con esta maniobra, se ahorró tres emboscadas que le habían tendido los Tristany en los márgenes del camino habitual. No obstante, en un punto determinado del ascenso, los matiners atacaron a La Rocha con gran griterío y violencia. La lucha, que se prolongó desde el atardecer hasta bien entrada la noche, derivó en el cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada, bajo un aguacero. Montones de muertos y heridos de ambos bandos contendientes quedaron mezclados, sobre el terreno. Al oir el rugido de la batalla, los soldados del destacamento que permanecían al pie de la montaña, desobedecieron las órdenes recibidas y corrieron en ayuda de sus compañeros, cruzando las línias de matiners que los cercaban. El ejército de la reina consiguió mantenerse en sus posiciones pero, aunque llovía a cántaros, los matiners también sostuvieron el impulso de su ataque. Finalmente, a las once de la noche, se retiraron. La Rocha calculó 12 enemigos muertos y quiso que quedara claro que muchos de sus soldados se habían perdido por el bosque y que otros se despeñaron por los barrancos. En definitiva, solamente confesó seis muertos, doce heridos y veintitres desaparecidos. Evidentemente, este número reducido de bajas mortales quedaba desmentido por la violencia que el mismo autor de la información atribuyó al choque.

La cuestión es que el comunicado militar no explicaba qué asunto había llevado a tres coroneles del ejército de la reina, con todo el aparato bélico que mandaban, a caminar durante un atardecer lluvioso hasta el santuario de la Mare de Déu de Pinós, situado,

Santuari de la Mare de Déu de Pinós
Santuario de la Mare de Déu de Pinós

 

precisamente muy cerca de Ardevol, lugar natal y residencia de los Tristany. Tampoco explicaba cual fue la causa de que tantos enemigos se reunieran en el dicho santuario. Podríamos pensar que, simplemente, unos cuantes jefes montemolinistas se juntaron para coordinarse y que los liberales, conociendo el lugar de la reunión, aunque sin avaluar las fuerzas rebeldes, decidieron desperdigarlos mediante un ataque por sorpresa. Pero, si dicha hipótesis fuera un hecho cierto, deberíamos reconocer que se trataría de un caso de incompetencia notória por parte del ejército de la reina. También podríamos pensar que los coroneles liberales solamente se proponían el reconocimiento del terreno, confiando que pasarían desapercibidos pero eso todavía resultaría más incomprensible. Finalmente, si el caso hubiera sido que De la Rocha, Santiago y Catalhán llevaban a cabo unas maniobras de instrucción, igualmente admitiríamos que este tipo de actividades no se realizan en territorio dominado por el enemigo y en las circunstancias adversas antes descritas. Al fin, está claro que el ejército gubernamental realizó una incursión extraña.

La prensa pronto descubrió la causa que explicaba el misterio de la batalla del santuario de Mare de Déu de Pinós. En pocas palabras: en realidad, durante el atardecer del día 13 de abril, en el santuario señalado, debía celebrarse la deposición de armas de los Tristany. El acto no pudo llevarse a cabo por causas que, en aquel momento, todavía no resultaban meridianas. Los militares de la reina acusaban de traición alevosa a los Tristany, puesto que- según decían- los de Ardevol se habían comprometido a deponer las armas y a entregarles Cabrera como prisionero. Notícias posteriores aseguraban que las negociaciones entre el ejército del gobierno y Francesc Tristany concluyeron el día anterior al enfrentamiento, con la promesa de la deposición de armas por parte de los señores de Ardevol, a formalizar a la mañana siguiente. Los intermediarios, en este asunto, fueron los señores Roc Ferrés, de Copons y Vicenç Gibergues, de Calaf. El Fomento del día 18 de abril contaba que estos hombres fueron instados por los Tristany con el objetivo de que mediasen con las autoridades del gobierno militar una salida que les permitiera retirarse del conflicto y obtener una compensación por el servicio prestado en pro de la pacificación. En realidad, dicha negociación constituía la continuación de la que había conducido el barón de Avella, por lo que los Tristany quisieron excusarse del fusilamiento del aristócrata y de los amigos que en aquella ocasión le acompañaban, alegando que el único responsable de las muertes fue Cabrera. Los Tristany explicaron que entonces habían comprometido su palabra al barón, asegurándole que se someterían a Isabel II y después de almorzar todos juntos, enviaron al aristócrata y acompañantes a Cabrera para que le informaran. Como sabemos, el tortosino al recibir a los emisarios, ordenó que los fusilaran. Al respecto, el ministerio de la guerra públicó el siguiente comunicado: “El general segundo cabo de Cataluña, con fecha 16 desde Barcelona, manifiesta que los Tristany por medio de tres agentes que se dirigieron al coronel don Leonardo Santiago de Rotalde le hicieron conocer la decisón de llevar á efecto su reconocimiento al gobierno de S.M. á lo cual se habian comprometido anteriormente por conducto del infortunado barón de Avella, añadiendo que el asesinato cometido en la persona de aquel era una razón mas por la que deseaban separarse de una causa manchada con el crimen y de un hombre como Cabrera, único autor de aquel hecho”[149].

Por lo tanto- según la versión de los hechos, ofrecida por el ejército gubernamental- después del ajusticiamiento de Avella, los Tristany quisieron recuperar las negociaciones con el gobierno mediante otros apoderados de su confianza, uno de los cuales, Gibergues, también había sido preceptor de infancia de los jóvenes Tristany, como lo fue Avella. Santiago de Rotalde aseguró que las nuevas negociaciones concluyeron en un acuerdo firme: la deposición de armas de los Tristany y su sumisión a Isabel II, la cual debería haberse llevado a cabo durante el atardecer del día 13 de abril, en el santuario de la Mare de Déu de Pinós. Después de la celebración de este acto formal, los Tristany debían cooperar en la captura de Cabrera, acompañando al coronel Santiago hasta el escondrijo del general. El día 13, cuando La Rocha, Santiago y Catalhán subieron al santuario de Pinós, los acompañaba Roc Ferrés. Después que dieron el rodeo para alejarse del camino principal y a unos cien metros del santuario, las tropas del gobierno encontraron a Gibergues, que bajaba de donde estaban los montemolinistas. Este intermediario les aseguró que todo estaba en orden y que podían seguir hasta el santuario, situado en la cima, para formalizar el acto de deposición de armas. Gibergues, una vez hubo comunicado lo dicho, se volvió por donde había venido. Pero, aun considerando la garantía recibida, De la Rocha fue prudente y antes de culminar el ascenso a la montaña, emitió la señal convenida previamente para el caso y esperó la confirmación de los carlistas. La confirmación no llegó y entonces, Ferrés decidió acercarse hasta donde estaban los matiners para espiar lo que pasaba. Gibergues y Ferrer no volvieron con las tropas del gobierno y pasado un rato largo, los liberales oyeron un rumor. Inmediatamente, desde el boscaje, alguien preguntó: Quien vive?. Los militares de la reina, respondieron: ¡ Isabel II !. Montones de matiners surgieron de entre la espesura y de detrás de las rocas, lanzándose sobre los liberales y atacándoles con armas blancas y de fuego. La mortaldad fue considerable. A la mañana siguiente, día 14 de abril, a las tres de la tarde, los carlistas fusilaron a Ferrés y Gibergues, en Ardèvol. El periodista indignado, exclamaba:“¡ Maldición a la vil y degradada raza de los Tristany!”.

Durante los días posteriores, alguna prensa siguió removiendo el asunto del santuario de Mare de Déu de Pinós. Antes que finalizara el mes de abril, Cabrera abandonó el territorio español y entonces todos se sintieron con fuerzas para hablar de este tema. El coronel Santiago puntualizó algunos detalles. Los efectivos de los carlistas, durante la noche del 13 al 14 de abril, en Pinós, no cuperaban los seiscientos cincuenta hombres y el encuentro no acabó favorablemente para las tropas del gobierno. Santiago aseguró que las negociaciones con los Tristany habían concluido la noche de la víspera de la batalla. El acuerdo no admetía dudas y Francesc Tristany prometió a Santiago que, después de la sumisión a Isabel II, el mismo le acompañaría hasta donde se encontraba Cabrera para que pudiera detenerlo. Algunas noticias apoyaban la tesis de los Tristany, en el sentido que, tanto en el caso de la negociación conducida por el barón de Avella, como en los tratos conducidos por Ferrés y Gibergues, el fracaso fue provocado por Cabrera. El día 20 de abril, en un debate en el congreso de los diputados, el señor Rey aprovechó una carta publicada por El Clamor Público, enviada desde Barcelona, para criticar a la prensa progresista porque publicaba informaciones que denigraban al ejército de la reina y avisaban a Cabrera de actuaciones que comprometían las posiciones gubernamentales. Esta carta no se refería concretamente a las negociaciones de los Tristany con los militares de la reina, sinó al perdón que beneficiaría a Marçal, pero todo el mundo entendió que, por analogía, las razones de fondo que la fundamentaban, también explicaban el desastre del santuario de Pinós. La carta decía lo siguiente: “Barcelona, 12 de abril.- Marsal debía ser fusilado en Gerona el dia 11 “- el mismo día que lo fueron Planademunt y el capitán Romero- “pero se presentó un corneta de Cabrera al excelentísimo señor capitan general diciéndole que si pasaba por las armas á Marsal, el fusilaria á 81 oficiales que tenia prisioneros, entre ellos a un coronel hijo de un título de Castilla. Estos oficiales fueron hechos prisioneros à Pep de l’Oli (el nuevo brigadier Pons) en las dos batidas que ha sufrido en el espacio de un mes”. El señor Rey y los diputados conservadores reconocieron con reservas que algunas de las noticias que publicaba esta prensa eran ciertas. Concretamente, el diputado señor Calonge se refirió a un periódico de Igualada que había informado de los tratos que mantenían los Tristany con el coronel Santiago y afirmaba que esta noticia había alertado a Cabrera. Otro diputado opinó que, con la información que descubría la prensa progresista, Cabrera no tenía necesidad de espías. Claro que Cabrera tenía espías y los utilizaba, incluso para controlar a sus correligionarios. Por ejemplo, Salvador Prat, alias el Gravat de Guissona, segundo jefe de división de Rafael Tristany, parece ser que espiaba a la familia de Ardèvol en beneficio de Cabrera. Precisamente, el día 22, Manzano tomó algunos prisioneros, entre los cuales se encontraba el Gravat. Inmediatamente, le requisó toda la documentación que llevaba encima y ordenó que fuera fusilado. Seguramente, tanta premura en ejecutarle se explica porque los papeles requisados y lo que Gravat sabía en relación a las negociaciones de los Tristany y el intercambio de prisioneros que suposo la liberación de Manzano, debía mantenerse en reserva.

A los pocos días del encuentro del santuario de Pinós, Cabrera y los Tristany fueron atacados en Sant Llorenç de Morunys por las columnas del brigadier Manzano y del brigadier Pons, alias Pep de l’Oli, apoyadas por el coronel Solans. El primer choque se produjo en Serrasseca. Los carlistas sufrieron catorce muertos y muchos heridos. El día 18, Manzano tuvo suficiente con cuatro compañías de soldados, a las órdenes de un comandante, para expulsar de Sant Llorenç a los seiscientos infantes y sesenta jinetes carlistas que ocupaban el lugar. Cabrera se enfadó con los Tristany y los trató en público de cobardes. Un disparo mató el caballo del general carlista y contaban que otra bala, disparada accidentalmente por uno de sus ordenanzas, se le llevó una oreja. Después de la batalla de Sant Llorenç, Cabrera desapareció y marchó a pie hasta Bagà. Antes de desaparecer, declaró que estaba harto de todo y que se volvía a Francia.

Durante aquellos días de hundimiento de las fuerzas carlistas en Cataluña, Arnau apareció de nuevo, acompañado de Gamundi, por la orilla del rio Cinca y en el pueblo de Torrent. Guiaba ochenta jinetes. Era la segunda noticia, en poco tiempo, que certificaba la presencia de Arnau en el sur de Cataluña, lo cual resultaba sorprendente ya que se creía que, tiempo atrás, el cabecilla había caído prisionero y había sido embarcado rumbo a Cádiz.

Una expedición carlista, mandada por el Negre d’Agramunt, con sus treinta hombres y treinta guías de Cabrera, cruzaba el Ebro hacia el Maestrazgo. Una parte de la caballería de Marçal se fue con Gamundi y pernoctaron en Artesa de Segre el día 11. El día 12, dichos jinetes se enfrentaron al general Paredes. El día 11, el republicano Benet se presentó al indulto en la capital de Segrià. Saragatal y Garrofa se juntaron, el día 15, cerca de Amer y reunieron quinientos hombres. La capitanía general decidió que se procediera a la fortificación de Amer para que nunca más pudiera servir de refugio a los matiners. El día 16, el gobierno garantizaba que el ejército había vencido a las partidas de Escoda y Baliarda, en Molins de Rei pero este mismo día, el Noi volvía a ocupar su pueblo natal, Sant Andreu y se quejaba de que lo acosaban por todas partes, por lo que pidió refuerzos a Cabrera.

 

  1. El fin de la guerra..

[la guerra] necesariamente tendrá que comenzar con una declaración de guerra y terminará con un tratado de paz. Pero aún esta idea no está fijada con claridad en parte alguna y su uso varia. Karl von Clausewitz. De la guerra.

¿Se quiere hacer con Cataluña lo que Ingleterra ha hecho con Irlanda? Joan Mañé i Flaquer, 1856.

… El diputado Cortés consideraba que debían suprimirse las denominaciones de las provincias porque inevitablemente “llevan consigo un espíritu de rivalidad” que era contrario al espíritu de la Constitución.  Josep Ramon Segarra Estarelles. El provincialismo involuntario.

La Mesa dio cuenta de una proposición […] en que se pedía que el Sr. Ministro del Estado presentase al Congreso las comunicaciones que hayan mediado entre nuestro gobierno y los de Nápoles y de los Estados Unidos con motivo del casamiento de Montemolín con una princesa napolitana y de la invasión de Cuba por López […]  Sesión del Senado de 7 de enero de 1851.

 

Después de la derrota sufrida por los carlistas, el 18 de abril, en Sant Llorenç de Morunys, Cabrera cumplió la palabra dada y tomó el camino de la frontera. A partir de entonces, se sucedieron las informaciones que certificaban el exilio del capitán general de los matiners. La primera, fechada el 22 de abril, emitida por la comandancia militar de Ripoll, aseguraba que Ramon Cabrera había cruzado la frontera durante la mañana de aquel mismo día y que le acompañaban un médico y los oficiales Gamundi[150], Toledo y Boquica, así como otros hombres, a los cuales el vigía de Ribes de Freser- que fue quien dio el aviso- no conocía. El día 24, el cónsul de España en Perpiñán envió un comunicado al cónsul español en Bayona a fin de informarle que “El sedicioso general Cabrera (Ramón) ha sido arrestado ayer en Err, en la extrema frontera de este departamento, con el coronel González, su jefe de E.M.; y asimismo Boquica y otros jefes carlistas. Se ha dado orden que estos cinco españoles sean conducidos con buena escolta a la prisión de Perpiñan”.

El día 26, El Fomento dudaba de que alguna vez Cabrera hubiera querido convertirse en el capitán general de las fuerzas carlistas. Según el comentarista, Cabrera vino a España a combatir solo para devolver el préstamo que le concedieron los legitimistas franceses. Cabrera- afirmaba el periodista- entró en el Principado con el propósito de pagar este anticipo y de paso, para enriquecerse pero, como general de los sediciosos, había sido una nulidad.

Desde el exilio francés, Cabrera escribió una circular dirigida a los jefes carlistas pidiéndoles, en nombre del pretendiente, que guardaran las armas y se retiraran a sus casas. Después, se supo que las autoridades francesas le habían encarcelado en Tolón.

Claro está que muchos matiners se mantenían en armas en el momento que Cabrera abandonó la lucha. El día 18, una partida de rebeldes exigía el pago de las contribuciones a los ayuntamientos de Breda y de Riells del Montseny. Los rebeldes fueron perseguidos por la columna de Arbúcies, la cual acabó chocando con los ciento cincuenta hombres  de Savalls y Torres. La columna del ejército del gobierno fue cercada y tuvo que refugiarse en una masía. En la lucha, cayeron cinco soldados. Al cabo de algunas horas, el coronel Santiago rompió el asedio y rescató a los supervivientes.

El día 19, el gobierno civil de Barcelona confesaba que muchas facciones, sobre todo republicanas, todavía resistían en la comarca de la capital pero que la partida de Baldrich parecía muy debilitada ya que solo reunía a quince hombres. Cendrós, encarcelado por el ejército, fue embarcado en el puerto de Tarragona rumbo a tierras americanas pero el carlista provocó un motín y se apoderó de la nave. Cendrós desembarcó en Portugal. El Fomento del día 19 se refería a las noticias que publicaba el periódico inglés Morning Post para comentar que el corresponsal del rotativo citado, en el bando de los matiners, daba la guerra por acabada ya que la situación de los rebeldes era tan desesperada que el periodista ni tan solo estaba en disposición de enviar sus cartas a Inglaterra. En la sede de la capitanía general en Barcelona, se presentó Francesc d’Assís Bosch, mano derecha de Escoda, para pedir el indulto. Como muestra de buena voluntad, devolvió el sable del general Lassala que le robaron los republicanos de Sant Andreu del Palomar. Mientras, el Noi Baliarda, al frente de doscientos hombres se retiró desde Horta hasta Montcada.

Entre el 19 y el 20 de abril, montones de matiners cayeron en manos de las fuerzas del gobierno. El coronel Echagüe venció a los carlistas en Matamargó y tomó prisionero al comandante de armas del santuario de Mare de Déu de Pinós. En esta lucha, los montemolinistas sufrieron diez muertos, cinco heridos y perdieron muchas armas y caballos. Los gubernamentales liberaron a un montón de prisioneros del batallón de Vergara.

El día 20 se rumoreaba que el decreto del gobierno que indultaba la pena de muerte a Marçal viajaba en el correo de Madrid a Barcelona. Pero Gonfaus todavía no había sido juzgado por la comisión militar y por lo tanto, eso solo significaba que el gobierno ordenaba que no se le impusiera la pena capital. La prensa comentaba que desde el cese de Fernández de Córdova se habían formalizado mil ochocientas cédulas de indulto, quinientos setenta y siete matiners habían sido desterrados y transportados a las colonias americanas y que otros cuatrocientos esperaban esta destinación. En la misma fecha, Saragatal, con doscientos infantes y veinte jinetes apareció en Sant Pere de Torelló. El periodista puntualizaba que algunos de los seguidores de Saragatal eran antiguos cabecillas de trabucaires que habían perdido a sus voluntarios.

El día 21 se reunía la comisión militar para juzgar a Marçal. En esta fecha también se anunció que Antoni Sobrevías, alias el Muchacho, había caído prisionero y el periodista señalaba que era primo de los hermanos Tristany. Después se supo que Sobrevías seguía gozando de libertad. El general Enna pasaba por Susqueda, el Pasteral, Sant Martí de Cantallops y Sant Feliu de Pallarols. Al llegar a Castell d’Aro fue asaltado por los setecientos hombres de Saragatal y otros cabecillas carlistas. La lucha se prolongó durante tres horas y no marchaba bien para los gubernamentales hasta que Enna obtuvo refuerzos y forzó la retirada de los matiners. Las autoridades de Tarragona contaron los efectivos de los matiners que aún permanecían en activo en las comarcas de la provincia y aseguraban que Baldrich, Bosch y Salavador Cordé acumulaban unas fuerzas de ciento cincuenta hombres y treinta jinetes. El general Manzano tomó prisionero a Salvador Prat, jefe de la segunda división de los Tristany y después de requisarle los documentos importantes que portaba, lo fusiló. Los matiners seguían interceptando los correos que iban o venían de Barcelona. Una noticia enviada desde Cervera celebraba que uno de los Tristany había  muerto en el pueblo de Madrona y que otro de los hermanos, así como Coscó, permanecían en poder del ejército liberal. Pero enseguida se comprobó estas noticias no eran ciertas.

El día 23, en Sant Feliu de Pallarols, Saragatal atacó al batallón de Astorga con una fuerza de seiscientos matiners. La relación de bajas que ofreció la prensa favorecía a los gubernamentales: veinte muertos y treinta y dos heridos, para los rebeldes y cinco muertos y trece heridos, para el ejército de la reina. La edición del periódico El Bien Público, del día 23 de abril, fue secuestrada por las autoridades y el Brusi, aunque mencionó el secuestro, no explicó la causa que pudiera justificarlo. Se decía que el republicano Bonet se había presentado a las autoridades para solicitar el indulto pero inmediatamente apareció en Gerri de la Sal, al frente de una docena de seguidores.

El día 25, el correo de Madrid fue asaltado en Castellolí, cerca del paso del Bruc. Se acumulaban las noticias referidas a la debilidad de las partidas de Escoda y de Baldrich, las cuales- según la prensa- en aquel momento solamente se componían de unos pocos criminales que no podían acogerse al indulto. Roc de Valls, cuñado de Baldrich, cayó muerto en un encuentro con el ejército de la reina.

El comandante de las fuerzas del ejército gubernamental destinadas en el Vallès, sorprendió al asistente de Baliarda en una masía. El matrimonio de renteros que cuidó del cabecilla cuando estuvo enfermo, fue encarcelado. Mientras, Baliarda se paseaba por el llano barcelonés y pasaba por Torre del Baró, cerca de Sant Andreu del Palomar, camino de Montcada. El día 25, el coronel Echagüe chocaba en Codines, entre Terrassa y Manresa, con los hombres de Saragatal, Estartús, Serra y Savalls. La capitanía general informaba que, del cargamento de quinientos fusiles nuevos desembarcado en Colera, con destino a los matiners, casi doscientos habían sido recuperados y que la policía francesa había interceptado otros doscientos cincuenta. Durante la noche del mismo día, ochenta soldados de la guarnición de Solsona salieron del cuartel para asediar la masía Cos de Torrents, en la jurisdicción de Castelló y de Bussa, la cual servía de hospital a los matiners. El resultado fue incierto: los soldados volvieron al cuartel con heridos propios y algunos prisioneros, entre los que se encontraban los renteros de la masía.

El Fomento del día 26 de abril, mediante un artículo que certificaba el fin de la guerra, informaba de la muerte de Borges. El periodista argumentaba que el alzamiento se sostenía en una hidra de tres cabezas- Cabrera, Marçal y Borges- y que ya debía considerarse extinguido, puesto que Borges había desaparecido, Cabrera se encontraba en el exilío y Marçal permanecía en manos del gobierno. Pero, enseguida se supo que el cadáver que se creía de Borges, en realidad, correspondía a otro hombre. Este mismo día, comunicaban desde Vic que un grupo de trescientos infantes y cuarenta jinetes andaba cerca de la frontera y que parecía que pertenecía a los efectivos de Saragatal. Los hombres errantes lanzaban imprecaciones, abandonaban sus armas y municiones y se quejaban de que habían sido traicionados.

El día 27, el Noi Baliarda cruzó el rio Besòs perseguido por las tropas del gobierno. El republicano evitó Barcelona rodeándola y luego cruzó el rio Llobregat por Sant Andreu de la Barca. La persecución se prolongaba desde la víspera, en la cual los rebeldes fueron atacados por la columna del coronel Plana. El oficial gubernamental tomó unos cuantos prisioneros a los republicanos y entre ellos se encontraba el francés Lagrange, maestro de armas de Escoda, calificado por el periódico como “hombre de habilidad y monedero falso”. Treinta de los setenta hombres de Baliarda eran carlistas. En el mismo día, el brigadier Quesada se enfrentó a las partidas de Baldrich y de Vilella, cerca de Santa Coloma de Queralt. Los rebeldes sumaban ciento veinte infantes y catorce jinetes. Quesada consiguió trece prisioneros y muchas armas. Uno de los prisioneros era el hijo de Xeixeta. Después de la derrota, los matiners se reunieron en el molino de Cunillera y discutieron entre ellos. Como resultado de la pelea, dejaron atrás un muerto y algunos heridos.

Saragatal fue divisado mientras cruzaba el pueblo de L’Esquirol, con la columna de Berga pisándole los talones. Mientras el ejército entraba por un flanco del pueblo, los rebeldes todavía no habían abandonado el otro y los dos bandos se disparaban sin detenerse en la carrera. Durante la noche, entre los días 28 y 29 de abril, Saragatal, atendiendo la situación de peligro por la que pasaba, reunió a los voluntarios para comunicarles que quedaban liberados de su compromiso. Camino del exílio, Saragatal explicaba a las gentes de los pueblos que ya no debían pagar más contribuciones a los carlistas puesto que la guerra había finalizado. No obstante, grupos de rebeldes, abandonados por sus jefes, seguían exigiendo el pago de exacciones a los municipios de las montañas. Otra noticia aseguraba que Estartús buscaba a Saragatal para cruzar juntos la frontera. El periódico del día 29 informaba que Saragatal y los Tristany ya se hallaban en Francia. El 20 de mayo, el alcalde de Vallfogona -pueblo natal de Saragatal- habiendo consultado al general Enna, capitán general de la provincia de Gerona, respondió la petición que le había dirigido Joan Solanich, alias Saragatal, concediéndole el indulto, indicándole que recogiera el pasaporte que le libraría el consulado de España en Perpiñán y autorizándole para que volviera a residir en Vallfogona con su familia. Saragatal no quiso participar en la intentona carlista del verano de 1855 y cuando entonces la prensa lo mencionó como uno de los alzados, junto a los Tristany, protestó por escrito, reclamando que se rectificara la información y aportando el documento mencionado del alcalde de su pueblo (Diario de Barcelona de 20 de julio de 1855).

Marçal y veinte prisioneros carlistas, repartidos en cuatro tartanas, cada una de ellas a cargo de un oficial, fueron transportados desde la prisión de Girona a Barcelona. Estre dichos prisioneros se encontraba Elies, secretario de Marçal, con el cual Gonfaus se peleó pocos días antes que fuera capturado. Elías no viajaba maniatado, como el resto de prisioneros y acompañaba a Marçal en la misma tartana. La cuerda de presos fue escoltada por la columna de Arenys de Mar, hasta El Masnou. En este pueblo, fue relevada por la columna de Gràcia. A las cinco de la tarde, Marçal y el resto de presos cruzó la muralla de Barcelona. El periodista pudo distinguir al jefe de los montemolinistas gerundenses porque se cubría con boina blanca y vestía chaqueta de piel – “su traje de guerra”, dijo -.

El ejército destinado en Cardona se proponía la fortificación de la montaña del santuario de Pinós, así como Torà, Ponts, Tiurana, Oliana y Sant Llorenç, con el objetivo de ocupar, de forma definitiva, estos lugares.

El día 30, Estartús reunió a sus voluntarios en Vidrà y les confesó que ya no podía mantener la lucha, de manera que pensaba exiliarse. Savalls aún permanecía en territorio del Principado. En este día se encontraba en Vilanova de Sau, al mando de setenta infantes y doce jinetes.

El mes de mayo empezó con muchas presentaciones a las autoridades. Oficiales uniformados, con sus asistentes, armas y caballos, se entregaban, en ocasiones de forma arrogante, a los comandantes militares de los pueblos importantes. Numerosos grupos de matiners cruzaban la frontera por La Cerdanya, por Maçanet de Cabrenys, hacia Costoja, por Beget hacia La Manera y por otros puntos de los Pirineos. Garrofa pasó a Francia, con treinta y cuatro hombres. En Barcelona se decía que el Noi Baliarda había muerto y un arriero de La Garriga, lo confirmó. Pero pocos días después se supo que el republicano seguía con vida. El día 3 de mayo, Savalls, al mando de cuarenta hombres y viniendo de Breda, donde robó los fusiles depositados por las autoridades, entró en Riudarenes y tomó al alcalde como rehén. En esta misma fecha, el cónsul español en Perpiñán telegrafiaba para informar que los generales carlistas González, García y Torres, así como el teniente coronel Carcero, se encontraban refugiados en Francia. El diplomático añadía a Boquica, Garrofa, Iriarte, Merino, Estartús y a cuatrocientos matiners a la lista.

El día 4, Poses chocó con Baliarda y sus ciento veinte voluntarios, en Castellar del Vallès. Notícias enviadas desde Vic aseguraban que los Tristany se encontraban en territorio francés y que llevaban consigo tres cargamentos de dinero. La misma fuente garantizaba que Altimira, Quirze, Pujol y el Muchacho también habían cruzado la frontera. Pero entonces, por los que se refiere a los Tristany, ésto todavía no era cierto. En realidad, en aquel momento, los Tristany se preparaban para el abandono de la lucha, lo que formalizarían días más tarde. El día 4, el coronel Pino, después que supo que ciento veinticuatro matiners se habían presentado al indulto, proclamó que La Cerdanya quedaba pacificada. En su huida hacia el norte, la partida del Muchacho “ha sido acosada y tiroteada” por el ejército de la reina. Los hermanos Altimira también sufrieron el mismo acoso y solo treinta matiners de su grupo pudieron pasar a Francia. Pere Gibert, en la misma situación, cruzó la frontera con veinte hombres. Los perseguidores, mandados por el general Enna y los coroneles Rios y Hore, atraparon a montones de rebeldes, antes de pudieran refugiarse en territorio francés, pero la prensa reconocía que aún existían muchos hombres, sin jefes, que vagaban por las montañas centrales y del norte de Cataluña. En Manresa se presentaron a las autoridades, de una sola vez, veintiseis matiners. En Igualada se presentaron setenta y cinco. En ocasiones, los adictos a determinado cabecilla no deseaban abandonar la lucha y se amotinaban contra el jefe. O, a la inversa, algunos cabecillas querían continuar la resistencia y sus hombres propugnaban lo contrario. Por ejemplo, Ramonet Né y Marià Bac, alias Argenter, acompañados de sus oficiales y seis infantes, se enfrentaron a Forcadell, en Sant Llorenç dels Piteus. Los amotinados se presentaron a las autoridades en Berga y Forcadell marchó hacia la frontera.

El 5 de mayo, se reunieron el Guerxo de la Ratera, Piles, Serradell, Serracantis y Baldrich, cerca de Calaf. Los jefes explicaron a los voluntarios que no podían continuar la lucha y les ofrecieron la posibilidad de seguirles a Francia, o de volver a sus casas. El día 6, Baliarda dijo lo mismo a algunos de sus seguidores en el Bruc. El día antes, veinte hombres de Francesc Savalls se acogieron al indulto en Cardona. En esta fecha, los hermanos Tristany, sin Rafael, pero acompañados por ciento cincuenta hombres, emprendieron el camino de la frontera. Pep de l’Oli les pisaba los talones. Muchos pueblos llamaron a somatén para cazar a los restos de los matiners. El capitán general, Manuel Gutiérrez de la Concha, afirmó que no declararía el fin del conflicto hasta que los Tristany hubiesen desaparecido del escenario bélico y lo dijo cuando Barcelona ya le preparaba un gran recibimiento como vencedor. El Locomotor divulgaba el rumor según el cual, Cabrera, en territorio francés, se había sometido a Isabel II, aunque no quería confirmar la certeza del hecho. El Fomento explicaba que en Campmany, Alt Empordà, existía el temor de que, una vez terminada la guerra, renacieran las acciones de los trabucaires.

Veintiún miembros de la partida de Savalls se presentaron, el día 7, a las autoridades de Vic. Explicaron que Savalls, finalmente, acompañado por Jubany y cuarenta hombres, se dirigía al exilio. Comunicaban desde Solsona que, después de la actividad del brigadier Pons, alias Pep de l’Oli, en la montaña únicamente resistían algunos pocos partidarios de los Tristany y de Coscó. En esta capital comarcal se presentaron, en un solo día, treinta facciosos; en Gerona, lo hicieron trece, con sus armas, y siete, en Santa Coloma de Farners. Los lectores de la prensa supieron que Joaquím Oriola y Cortada había sido secuestrado por los rebeldes. No se tenía noticia de la víctima. El capitán general se ocupó personalmente de buscarlo por el Montseny pero no lo encontró. Este empresario de Vic ya había sufrido otro secuestro por parte de los trabucaires de Felip, mientras permanecía en Ripoll, durante el mes de julio de 1842.

El día 8, una partida de trabucaires, a las órdenes de Julià Renart- cabecilla del Vallespir que había sido acusado en la primera sesión del proceso de Perpiñán, en otoño de 1845- entró en el pueblo de Rabós d’Empordà, secuestró al alcalde y exigió quinientos francos de rescate. El pago del mismo se debía efectuar en el plazo de un día, si es que los habitantes del lugar querían salvar la vida del rehén. En esta fecha, las autoridades comunicaron desde Cervera que habían recuperado el control de las minas de sal de Cardona y de Súria.

El día 9 de mayo, ciento cuarenta y cuatro voluntarios de Cendrós pasaban la frontera. Las autoridades francesas comunicaban que, hasta el momento, más de mil matiners de Forcadell, Baldrich, Boquica, Altimira, Garrofa, Estartús y Saragatal se encontraban en el exilio. Las mismas autoridades avisaban que aún no sumaban a dicho cómputo los seguidores de Savalls, Jubany, el Calderer y Borges, los cuales habían cruzado la línea por un lugar llamado El Bac. Desde Solsona informaban que Tristany, el Muchacho y Vilella, acompañados por ciento treinta infantes y diez jinetes, aún permanecían en Sant Llorenç de Morunys. Se dijo que el Guerxo de la Ratera había sido asesinado por sus seguidores pero hoy podemos asegurar que ésta fue otra noticia falsa ya que veinte años más tarde, este cabecilla volvió a luchar a favor del carlismo.

Cincuenta y siete matiners, entre los cuales se encontraban cinco oficiales, se presentaron el 10 de mayo en Girona. En la misma fecha, una comisión del ayuntamiento de Barcelona viajaba hasta Vic para cumplimentar al capitán general, Manuel Gutiérrez de la Concha y llevó a cabo su misión con todo el ceremonial, acompañada de un pelotón de guardias municipales. Los periódicos comentaban que Barcelona preparaba un gran recibimiento al capitán general, en el que no faltarían fiestas, bailes, recepciones y paradas militares. El ferrocarril de Mataró trasladó al general Enna, al coronel Rios y mil soldados hasta la ciudad, para que participaran en este acontecimiento. Otros ayuntamientos, como el de Cervera y Girona, se apresuraron a cumplimentar a Gutiérrez de la Concha. Mientras, desde el puerto de la ciudad condal seguían zarpando buques cargados de matiners condenados al destierro en las colonias americanas. Uno de ellos, el León, llevaba ciento cincuenta.

El ejército interceptó una carta que Francesc Tristany y Climent Sobrevías, alias el Muchacho, enviaron a Rafael Tristany, desde la frontera de Andorra. Esta carta ilustra, con imágenes de desconsuelo, la tristeza que embargaba a los perdedores. Joaquín Manzano transmitió la misiva requisada a la prensa y lo hizo impulsado por el deseo de airear el reconocimiento de la derrota por parte de los miembros la familia que, supuestamente, había iniciado la guerra, sin darse cuenta que las líneas que descubría a la opinión pública contenían, en la figura del último matiner que resistía en Cataluña, una carga épica y romántica. Previamente, el Brusi publicó la nota de un observador que el 10 de mayo, vio a Rafael Tristany, seguido por un puñado escaso de hombres, bordeando las crestas de la sierra de Pinós. Ahora, aquella escena de soledad se reforzaba, en el imaginario del lector, por la frase angustiada que le dirigía su hermano en la carta citada: “tu quedas seguramente el último en Cataluña”. Un Tristany fue el primero en seguir el llamamiento de Montemolín de septiembre de 1846, dando nombre a los matiners y otro Tristany sería el último en abandonar el campo de batalla.

La carta de Francesc Tristany y de Muchacho, en la redacción publicada por el periódico, decía lo siguiente: “Ejército de Cataluña.- 3ª división.- 2ª. Brigada.- 2ª. Columna.- La Coma, 13 de mayo de 1849.- Querido Rafael: en este momento vamos á emprender la marcha para la frontera pasando probablemente por Andorra, en donde te dejamos un aviso de nuestra dirección. El paso es algun tanto peligroso, asi es necesario tomar algunas precauciones. Por la parte de la Coma todo está deshecho, Marginet nos ha buscado solo algunos dias y hoy tal vez se reunirá con nosotros. Baró y su batallon se hallan ya en Francia, en donde se dice que les pagan y que son libres de dirigirse á los puntos que quieran; asi pues, no te detengas mucho y ves con recelo, pues que Rabones cayo prisionero en el encuentro que tuvieron, y se halla en la Seo. Se dice que en la misma refriega murio el hijo de Moga. Davila siente mucho entrar sin la compañía de V… y hasta tanto que pueda verlo, temerá por su existencia. Sanlinier me encarga te diga que si por casualidad su caballo se te hubiera reunido, puedes llevártelo y pagar los derechos en la entrada, que ya te los pagará. Ayer la columna nos sacó del punto en que debíamos aguardarte, y nos forzó venir á este punto, asi pues, nos es muy sensible no poderte aguardar, ya por los gastos, ya por la exposición. Tu quedas seguramente el último en Cataluña, asi apresura y asegura el paso. Todos te saludamos y ansiamos verte.- Francisco (hay una rúbrica).- Siento vivamente no estes con nosotros; á las 8 partiremos y como amigo te digo que no desprecies los momentos.- Adios.- Clemente Sobrevias (Hay una rúbrica).- Es copia.- Joaquín Manzano.”

El mismo día de la fecha de la carta, Climent Sobrevias, alias el Muchacho y Francesc Tristany, dejaron atrás el territorio del Principado y entraron en Andorra por La Mola de la Farga.

El capitán general Manuel Gutiérrez de la Concha llegó a Barcelona el 14 de mayo. Todos los periódicos lanzaron ediciones especiales para celebrar el acontecimiento- alguno con papel de color rosa- y dedicaron encendidos poemas de loanza al “pacificador de Cataluña”. Los generales del ejército destinados en el Principado se trasladaron a la ciudad al frente de sus tropas. Los generales Enna y Mata y Alós llevaban mil hombres. Gutiérrez de la Concha pasó la muralla por la puerta de Isabel II y declaró que “Cataluña no ha hecho la guerra” sino que ésta había sido provocada y mantenida “por los malos españoles”. Pasando por la calle Fernando VII, desde los balcones, la gente pudiente lanzó flores al general. Pero los periódicos no mencionaron ningún tipo de fervor popular. Después, se llevó a cabo un desfile, delante de la Ciutadella, en el paseo de Sant Joan. Numerosas tropas engalanadas, pertenecientes a los distintos cuerpos del ejército, formaban alrededor de las tiendas de los oficiales. Las recepciones oficiales se sucedieron y la del Liceo, con la representación de una ópera y otros cánticos, fue la más fastuosa.

El día 15 de mayo, Rafael Tristany, acompañado por veinte hombres, reunió a sus familiares, renteros y criados en su caserío de Ardèvol para despedirse. Todos juntos asistieron a la misa que se celebró en la capilla de la propiedad. Después, Rafael, marchó con un sirviente que cargaba pico y pala, hasta un escondite secreto de la finca, con el fin de desenterrar las joyas y el dinero que se llevaría para sobrevivir en el exílio. Inmediatamente que obtuvo lo que buscaba, emprendió el camino de Francia. El día 17, Rafael, cuando se cumplía el aniversario del fusilamiento de su tio Benet, cruzó la frontera. En esta misma fecha, también la pasó Gabriel Baldrich.

El 19 de mayo, Manuel Gutiérrez de la Concha firmaba una proclama victoriosa. Cada párrafo de este discurso contenía una intención política y demostraba claramente que su autor pensaba que los catalanes eran demasiado catalanes y demasiado “europeos” pero poco españoles:

“CATALANES. Las armas nacionales han conquistado en vuestro suelo el laurel mas hermoso que puede producir la guerra, el del establecimiento de la paz. Los rebeldes fiaron en vuestra aparente neutralidad, la interpretaron por adhesion, mas sus últimos restos acosados por vosotros mismos fraternizando con nuestras valientes tropas, son una prueba patente de aquel error y de que vuestra lealtad al trono de nuestra Reina es siempre decidida y firme. Testigos sois de la alta protección que su gobierno os ha dispensado, colocando vuestras vidas y fortunas bajo la salvaguardia de un ejército modelo de virtudes militares y que supo comprender que defenderos, no oprimiros, era su importante mision. Seguid constantes en vuestro noble proceder. La voz de todos los españoles puede llegar siempre libre y sonora hasta el trono de la Reina, el remedio de todos nuestros males cabe dentro de nuestras instituciones. Rechazad pues indignados al que los censurase, ú os hablare mal del gobierno con ánimo de incitaros a la rebelion, pues ese de seguro es vuestro enemigo, ese necesita alimentar su infame existencia con los despojos de vuestra industria, con la sangre de vuestros hijos, con la ruina entera de vuestro pais. Patriotismo, sumision a las leyes, decidida confianza en S.M. y en sus consejeros responsables, desprecio constante á muchos de los principios de que es actualmente Europa piedra de toque que revela su falsía, tales son catalanes nuestros comunes deberes, tales tambien los elementos de vuestra prosperidad y de la del estado en general .Seamos en adelante no mas que españoles; desaparezcan el espiritu de banderia, y aun los nombres con que son conocidas las antiguas províncias de España, consérvense en buena hora para indicar su respectiva situacion, ó como un recuerdo histórico de sus glorias, pero nunca para significar diversidad de miras en concurrir al enaltecimiento de la madre patria. Los rugidos del monstruo de la revolucion que conmueven algunos Estados de Europa, piérdanse para siempre en las concavidades de los montes. Sea la lucha que ha terminado útil lección para precaver luchas sucesivas. Durante ella y siempre avaro de la vida de los españoles, he procurado que la sangre economizada pueda compensar una gran parte de la vertida; y si algun mérito me ha cabido en el triunfo, aquel resultado lo premia con usura. Si a él puedo añadir el aprecio de mi Reina y vuestro aprecio, se tendrá por completamente dichoso vuestro general. Barcelona, 19 de mayo de 1849. Manuel Concha, Marqués del Duero”.

El día 20 de mayo, Joaquím Oriola Cortada apareció en Vic. Nadie sabía quien le había secuestrado, ni si la familia acabó pagando el rescate exigido. Mientras, Borges declaraba, desde Andorra, que se refugiaría en Inglaterra y que pasaría por Francia sin detenerse. Muchos matiners consideraban a Francia como una enemiga secular.

Puerto de Barcelona. Embarque de F.Fernández de Córdova al mando de la expedición militar a Italia. Oleo sobre lienzo. 87 x 130 cms. Anónimo. ca.1850. Museo Naval. Madrid. [inv. 6947]
Puerto de Barcelona. Embarque de F.Fernández de Córdova al mando de la expedición militar a Italia. Oleo sobre lienzo. 87 x 130 cms. Anónimo. ca.1850. Museo Naval. Madrid. [inv. 6947]

El 23 de mayo, Fernando Fernández de Córdova embarcó en el puerto de Barcelona, al mando de un destacamento militar y tomó rumbo a Gaeta. El general se dirigía a Italia para defender el Estado pontificio, precisamente en el momento que el Papa se había visto obligado a huir de Roma. El Papa había solicitado la ayuda de las potencias católicas y concretamente, la pidió a Francia, España, Austria, las Dos Sicílias y Baviera. Posteriormente, la fuerza del contingente militar español fue ampliado hasta nueve mil hombres. Algunos carlistas catalanes de renombre, como Rafael Tristany, Josep Borges y Francesc Savalls, también se trasladaron a la península vecina para luchar contra Garibaldi. La intervención española a favor del Papa se discutia en las Cortes desde el año anterior y esa decisión debió influir en la prisa con que el gobierno de Narváez quiso dar por acabada la guerra en Catalunya.

Durante la noche del día 24 desapareció el monumento erigido en la Rambla barcelonesa en memoria de los sodados del regimiento de La Unión que fueron muertos por Caletrús. De esta manera Manuel Gutiérrez de la Concha cumplió el deseo expresado por su antecesor en el cargo, el cual criticó a Manuel Pavía por la construcción de la pirámide conmemorativa. Fernández de Córdova opinaba que no convenía mantener el recuerdo de las guerras entre hermanos.

Multitud de alcaldes, autoridades civiles, próceres de instituciones y empresas, se esforzaron para transmitir su agradecimiento, en forma de felicitaciones, al capitán general de Cataluña, por haber finalizado la guerra. El tono general de estos escritos era tan adulador y cargado de tópicos que su lectura, ahora, produce sonrojo. La carta que envió el alcalde de Centelles al capitán general, fechada el 31 de mayo, “con motivo del feliz término de la guerra”, la cual fue reproducida en la acta del ayutamiento del 12 de diciembre, constituye un buen ejemplo de este tipo de felicitaciones[151]. El alcalde, deseando que quedara claro que el pueblo que representaba siempre se había mantenido fiel a Isabel II, se atribuía méritos, como la participación de los lugareños en el exterminio de la partida de Puigagut. Pero, quizá el detalle más significativo del escrito es que el autor se muestra muy cuidadoso en el uso de expresiones con sentido político, de manera que, por ejemplo, se ampara en el tópico consistente en menospreciar el escaso número de rebeldes, en comparación con la fidelidad mantenida por la inmensa mayoría de la población. Y escribe todo su discurso procurando no mencionar a Cataluña, ni a los catalanes, aunque todo el mundo sabía que la guerra solo enraizó en el Principado- eso, ni tan solo las autoridades del gobierno, ni la prensa, pretendían ocultarlo, sino todo lo contrario. Por lo tanto, el alcalde se escudaba en el tópico conocido de la inocencia de la mayoría de los catalanes, sin mencionarlos y se refería a la guerra, de la cual la “Nación española ha sido teatro […] y en la que a menudo han representado el papel solo algunos, siendo espectadores la gran mayoría del pueblo español”. En realidad, el alcalde no podía ser más escrupuloso en el respeto a la consigna que el capitán general lanzó mediante su proclama del 19 de mayo: “Seamos en adelante no más que españoles; desaparezcan […] aun los nombres con que son conocidas las antiguas provincias de España”.

El 8 de junio de 1849, el gobierno de la reina declaró la amnistía. Por lo menos, Noi Baliarda rechazó el perdón. Durante el resto del año y hasta el siguiente, todavía hubo inestabilidad. Se puede constatar que, acabada la guerra, la represión de las fuerzas del orden no disminuyó demasiado y que la ocupación militar del país se mantuvo. Joaquín Manzano fue nombrado gobernador de la provincia de Tarragona y Nouvilas, gobernador de la provincia de Girona. En la prensa siguieron apareciendo noticias referidas a detenciones de ladrones- “vulgo, matiners”, sea dicho en los términos empleados por algunos periódicos- a veces, atrapados en una reunión “sospechosa” y respecto a los cuales no podemos saber si se trataba de hombres que aún se mantenían en pie de guerra o si se les acusaba de delitos cometidos durante la contienda.

 

Barcelona 1850
Barcelona 1850

El 13 de julio de 1850, el capitán general, Ramon de la Rocha publicó una orden – precedida por una larga introducción dedicada a justificar la desazón revolucionaria que percibía en el territorio del Principado- mediante la cual restablecía las comisiones militares de capitanes del ejército, cuya competencia consistiría en juzgar a los hombres armados y a aquellos que hubieran formado parte o hubieran ayudado a los rebeldes, con el fin de fusilarlos inmediatamente.

El 14 de julio de 1850, Julià de la Vídua, fue detenido en la masía Massé, a tocar del rio de la Muga. Tampoco sabemos si Julià pudo huir de la retención de los mozos de escuadra o si, en realidad, su detención se produjo en la orilla francesa del rio y por eso la captura no tuvo las consecuencias esperadas. El hecho es que el cabecilla rebelde, en esta ocasión, salvó el pellejo ya que no fue muerto por los mozos de escuadra hasta seis años más tarde. Este mismo año Bou, alias Malivern, cayó abatido por los mozos de escuadra y Rano, su segundo, cayó en el año 1852. Ambos fueron oficiales de Marçal y como Julià de la Vídua, formaban parte de los trabucaires más comunmente tachados de simples bandidos ya que hasta los jefes carlistas los consideraron de esta especie.

En agosto de 1850, el republicano Francesc Baliarda fue asediado en su casa de Sant Andreu por los mozos de escuadra. Noi Baliarda, acompañado de su hermano y de su cuñado, resistió a tiros toda la noche pero, finalmente, fue muerto.

Terminada la guerra de los matiners, el conde de Montemolín pidió la mano de la hermana del rey Fernando de Nápoles. El gobierno español, cuando lo supo, consideró el matrimonio como una ofensa. El duque de Rivas, embajador español en la corte de Nápoles, protestó con firmeza pero el enlace fue bendecido por Rusia y Austria. El gobierno español envió una fragata a Nápoles para recoger al duque de Rivas y retornarlo a España.

Durante el año 1853, el embajador de EEUU de América en Madrid, comunicó al conde de Montemolín que la potencia norteamericana estaba dispuesta a financiar generosamente su revuelta a cambio

Narciso López de Urriola
Narciso López de Urriola

que, cuando se sentara en el trono español, les cediera Cuba. El interés de los Estados sudistas, partidarios del esclavismo, por anexionarse Cuba se demostró en la ayuda que los confederados prestaron a Narciso López de Urriola (Caracas 1797- La Habana, 1851). Este militar había luchado en la primera guerra civil española, durante la cual obtuvo el nombramineto de general y de gobernador de Valéncia. Habiendo retornado a tierras americanas, encabezó cinco intentos armados para independizar la isla caribeña, promoviendo y dirigiendo levantamientos internos e invasiones marítimas. Por eso, el gobierno y la prensa madrileña lo llamaban “el pirata López”. Recibió protección del gobernador de Mississipi y del congresista Jefferson Davis, el cual le recomendó al coronel Rober E. Lee para que condujera los voluntarios de Mississipi y de Lousiana en la invasión que realizó en 1850. La última expedición armada de López a Cuba se llevó a cabo en septiembre de 1851 y luchó contra el general Enna- viejo conocido de los matiners– al que venció. Enna murió a resultas de las heridas recibidas en el campo de batalla. López fue un personaje de una mentalidad muy conservadora y por eso se puso al servicio de los terratenientes de la isla, partidarios del esclavismo y contó con la ayuda de los Estados sudistas de los EEUU. De las circunstancias relatadas ha nacido la leyenda de la participación de contingentes carlistas en el ejército confederado durante la guerra civil de 1861 a 1865. En cualquier caso, Montemolín rehusó la oferta del gobierno de los EEUU en el año 1853 y un par de años más tarde, llamó a un nuevo alzamiento en Cataluña.

El levantamiento carlista de 1855, supuso el fin de unos cuantos matiners famosos. Tòfol de Vallirana, cayó prisionero con la mayor parte de los miembros de su partida y murió fusilado. Josep Estartús también apareció en su territorio natal y nos consta que lanzó una proclama contradictoria, mediante la cual, a la vez que arengaba a sus partidarios, se refería comprensivamente a los que quisieran deponer las armas. Marçal entró por La Jonquera, al frente de un grupo de rebeldes y casi inmediatamente cayó en manos del gobierno y fue fusilado. Los hermanos Tristany participaron intensamente en esta intentona pero al cabo de poco tiempo, Rafael, Francesc y Ramon huyeron a Francia antes de que los atraparan las fuerzas del gobierno. Antoni Tristany perdió la vida en esta lucha. Falleció en Ardèvol, donde fue trasladado con heridas graves. Borges deambuló por las comarcas leridanas y consiguió alguna victoria importante pero también acabó exiliándose, antes de que terminara el año y se fue a Italia, donde murió fusilado por el ejército de los Saboya. Julià de la Vídua cayó abatido por los mozos de escuadra en el año 1856

 


[125] El recuerdo entre los catalanes de los derechos que les fueron reconocidos mediante las constituciones, anteriores al decreto de Nueva Planta, era bien vivo en aquella época, aunque eso fuera a partir de considerarlos “derechos naturales”. En la Tabla de constituciones hechas y otorgadas por Carlos III, en la Corte celebrada en Barcelona el 1706, consta la siguiente: “Que los habitantes del presente Principado no puedan ser compelidos al aporte de paja, leña, víveres, ni otras cosas en los Presidios y Plazas, sin que antes les sea satisfecho su justo valor y que el conocimiento de lo que tendran que pagar por el transporte de dichas cosas, toca a los Jurados de las Universidades”. “Constitucions, Capítols i Actes de Cort, 1701-1702 i 1705-1706”. Parlament de Catalunya/ Departament de Justícia de la Generalitat de Catalunya. Barcelona, 2006.

[126] Esta cantidad constituía la soldada acumulada de un voluntario de Cabrera al cabo de casi cinco años y medio en acción.

[127] Si nos creemos al anterior capitán general, Fernando Fernández de Córdova, la deposición de armas de estos cabecillas y de algún otro- por ejemplo, del republicano Benet Lluís- fue negociada por él, justo cuando también trataba las deposiciones de Pep de l’Oli y Poses (Mis memorias íntimas, III).

[128] Por ejemplo, en la acta de la corporación municipal de Centelles, del día 16 de julio de 1848, la nota al margen de la cual especifica “Sobre pasapliegos y partes”, consta que el alcalde informó de la circular del comandante militar de Centelles, del día 15, mediante la cual le trasladaba la del comandante general del distrito, ordenando al ayuntamiento que seleccionara dos hombres del pueblo para que residiesen en la “casa fuerte” y prestasen el servicio de entregar partes y pliegos y que, por ello, fueran remunerados a cargo del ayuntamiento. Es evidente que las personas obligadas a realizar este tipo de prestaciones no podían pasar desapercibidas, sino que la obligación de residir en el cuartel del pueblo y el hecho de vivir en un entorno totalmente hostil al gobierno del Estado y al ejército de la reina, los convertía en traïdores bien visibles para sus vecinos y por tanto, en presas fáciles para los rebeldes. “Actes de l’ajuntament de Centelles. Arxiu Municipal de Centelles

[129]  Exactamente eso es lo que hizo Pavía con el hermano y el resto de familiares de Estartus; los extraditó a las Baleares, después de requisarles la masía y las propiedades familiares. Esta actuación concreta fue criticada por el gobierno, ya que los gobernantes liberales consideraban que la propiedad privada era sagrada.

[130] Ramon Roger fue amigo de Joan Prim y le ayudo huir a Francia, cada vez que, por causa de una conspiración, el general de Reus se veía obligado a exiliarse. En el hostal España, de Maçanet de Cabrenys todavía se conservaba, hasta hace unos pocos años, un retrato litografiado dedicado por Prim a Roger.

[131] En realidad, aunque todas las guerras sean terribles, las carlistadas en Cataluña fueron vistas por mucha gente a través de una mirada irónica, como si se tratara de un juego. Josep Pla, en “Un señor de Barcelona” (Edicions Destino, S.L. Barcelona, 1951- 1981) se refiere al fin de la guerra de los matiners en los siguientes términos: “ […] la guerra entró en un crepúsculo fatal. Montemolín dimitió de sus pretensiones. Cabrera, enormemente fatigado, se internó y Savalls le siguió. Fue un final sin pena ni gloria. El pueblo se lo tomaba a broma: “Els carlins són quatre/ la tropa són vuit;/ van per les muntanyes/ tot jugant al cuit” ( Los carlistas son cuatro/ la tropa son ocho;/ van por las montañas/ jugando al escondite)

[132] “La batalla del Pasteral (1849)”. Emili Rams i Riera; Josep Tarrés i Turon. Quaderns de la Selva. Nº 11. Centre d’Estudis Selvatans. Santa Coloma de Farners, 1999.

[133]  Son curiosas estas noticias referidas a unos encuentros entre los ejércitos del gobierno y montemolinista, en las zonas de la Selva, les Guilleries y el Montseny que pronostican la batalla del Pasteral. Incluso la circunstancia de la herida de Cabrera parece el anuncio de la que, supuestamente, sufrió en el Pasteral. Quizá hubo una cadena de enfrentamientos graves que condujeron a la batalla del Pasteral.

[134] No se trata de un error de transcripción. Los periodistas barceloneses a menudo escribían mal los nombres de lugares y personas que no conocían.

[135] Soldado del regimiento de “La Unión”, unidad implicada en el complot republicano de Barcelona, una sección de la cual – recordémoslo- fue sorprendida y vencida por Caletrus, carca de Igualda, el 25 de julio de 1847.

[136] En la actualidad, Sant Martí de Sacalm, a cinco o seis kilómetros, en línia recta, al oeste de Amer.

[137] Op. Cit. “La batalla del Pasteral (1849)”

[138] El Cojo Pistolas

[139] Por Navarra entraron las partidas republicanas de Recalde y Azura. Durante este mes de febrero, el periódico anunciaba que Recalde había caido prisionero y había sido fusilado.

[140] Escrito en Barcelona el 8 de octubre de 1846 y publicado el día 14.

[141] Una noticia de la misma fecha decía que Borges se dirigia con setecientos u ochocientos hombres y entre cuarenta y cincuenta caballos a las comarcas tarragonenses y que había ocupado Tivissa. Algunos opinaban que se proponía cruzar el Ebro y otros que quería reforzar los efectivos rebeldes en Lleida.

[142] Durante la última guerra carlista, en noviembre de 1875, Rafael Tristany acordó con el capitán general de Cataluña el intercambio de prisioneros. Las cláusulas de dicho acuerdo eran muy detalladas. Tristany quería recuperar sus correligionarios catalanes en manos del ejército gubernamental pero de éstos no había tantos como prisioneros liberales en manos de los carlistas, por lo que Tristany acabó admitiendo que el cange se realizara con soldados de los ejércitos carlistas del norte y del centro de la península. El acuerdo excluía el intercambio de desertores. Es decir, durante la tercera guerra, los canges de prisioneros resultaban normales y se acordaban mediante documento oficial.

[143] La familia que poseía el título de la baronía de Avella intervino en la política catalana, desde los siglos XIII y XIV.

[144] Puede llerse un buen resumen de las notícias históricas de este asunto en la obra citada, de Cesar López Hurtado, “Els Tristany d’Ardevol …”

[145] Si los gendarmes estaban en lo cierto, esto significaría que Victorià Ametller ya no estaba preso en el Castellet de Perpiñán.

[146] Historia del carlismo. Editorial Fe. 1939.

[147] Fue consagrado prelado en Palencia. Antes de llegar a Girona, el 11 de abril de 1848, fue recibido por la reina en Madrid. El obispado de Girona permaneció 14 años sin titular. Este obispo se preocupó por salvar la vida a otros condenados a muerte. El 6 de julio de 1848, consiguió el indulto para un desertor, demostrando que no estaba en sus cabales.

[148] Lo de la invitación a la ópera- si eso fue cierto- debió suceder durante los festejos de celebración del fin del conflicto, en el mes de mayo de 1849. Entonces, Marçal permanecía encarcelado en Girona. El Diario de Barcelona, aunque informó del espectáculo de ópera, que con tal ocasión se celebró en honor de Gutiérrez de la Concha, no explicó que el carlista lo hubiera presenciado, ni que hubiera sido invitado al mismo.

[149] El Brusi del 28 de abril de 1849

[150] Como veremos, Gamundi fue visto unos días después, en territorio español. Las noticias referidas a la localización de algunos cabecillas resultaban muy contradictorias.

[151] Actas del ayuntamiento de Centelles. Archivo Municipal de Centelles.