EL PROCESO DE LOS TRABUCAIRES (Perpiñán, 1845-1846).

 


EL PROCESO DE LOS TRABUCAIRES (Perpiñán,1845-46)

El proceso político.

Lluís Miró Solà


ADVERTENCIA. El autor no autoriza la reproducción de este escrito por ningún medio, tanto si ésta se llevara a cabo con finalidad de lucro como a título desinteresado. La cita de partes del escrito deberá indicar el título, el autor y que ha sido editado en la web segledinou.cat en el año 2016.

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“Cualquier proceso judicial incoado como consecuencia de una guerra o de un enfrentamiento político, es político.” Tony Judt. Postwar.

 

1. Introducción.
2. La primera sesión del proceso de los trabucaires.
3. La segunda sesión del proceso de los trabucaires.

4. La persistencia de la memoria colectiva.

 

 

1. Introducción.

Durante el otoño de 1840, recién acabada la primera guerra carlista, el general Espartero, presidente del gobierno, se lamentaba de que Cataluña fuera el único lugar de España donde todavía quedaban enemigos. Efectivamente, una guerrilla persistente e individualista actuó en territorio catalán desde el día siguiente a la fecha del exilio de las tropas de Ramón Cabrera y durante los seis años posteriores. Estos rebeldes, cuyo jefe más famoso fue el ampurdanés Ramón Felip – autor de secuestros de hacendados y de acciones espectaculares contra los milicianos y los mozos de escuadra- han sido llamados “trabucaires”. La corta pero intensa actividad de Felip terminó cuando fue detenido en un bosque, cerca de La Vola y fusilado en Vic, en el mes de julio de 1842. Después, Planademunt y otros caudillos carlistas continuaron secuestrando propietarios pero los trabucaires no protagonizaron más acciones de importancia hasta el alzamiento de los matiners.

En verano de 1846, poco antes de que se iniciase la guerra, unos colaboradores de Felip que habían sido detenidos por la policía francesa en territorio del Vallespir, fueron juzgados en Perpiñán y condenados a penas muy graves. En otoño, cuando estalló la rebelión carlista, aún no estaba clara la participación que pudieran tener en ella los republicanos y los liberales de izquierda, la cual fue reconocida a partir de febrero de 1848. Durante los casi tres años que duró la lucha armada, unos diez mil guerrilleros se enfrentaron, por lo menos, a setenta mil soldados- cifra que se consiguió en el año 1849 y que constituía la mitad de los efectivos del ejército español- guiados por los mejores generales a disposición del gobierno. Se produjeron acciones de los matiners en cualquier rincón de Cataluña, incluso en las poblaciones del llano de Barcelona.

Los trabucaires juzgados por el tribunal de Montpellier en Perpiñán durante el año 1846 eran súbditos de la corona española y fueron condenados por unos delitos cometidos en territorio español, contra otros súbditos de la corona española. Por lo tanto, está claro que las autoridades francesas no montaron aquel proceso por causa de una supuesta solidaridad entre estados, con el ánimo de hacer justicia al pueblo español- aunque el presidente del tribunal alegara alguna excusa de esta especie- ni con el fin de vengar al pueblo francés de unas ofensas que, por lo que se refiere a los crímenes del sumario, no había recibido. Las causas que explican el proceso de los trabucaires de Perpiñán deben buscarse en el entorno político y social catalán, tanto en el norte como en el sur de la frontera, así como en las relaciones que mantenían los estados francés y español durante la época. Es necesario remarcar que el proceso y las guillotinadas se materializaron ante multitudes, que los procesados eran miembros del ejército carlista derrotado y que constituían la muestra más evidente de una larga resistencia popular.

De hecho, el proceso coincidió con el retorno a territorio español de montones de legitimistas y republicanos que se preparaban para iniciar la guerra, en parte provocada por el conflicto del matrimonio de Isabel II, mediante el cual Francia e Inglaterra se disputaban la influencia sobre España. A la vez, este conflicto se desarrollaba, precisamente, coincidiendo con la inestabilidad política y social que se había instalado en el Rosellón, a causa de la ascendencia del partido republicano, aliado de los legitimistas- frente que equivalía a la alianza “carlo-progresista” de los matiners– el cual originó múltiples y graves altercados públicos contra el gobierno de Paris y que desembocó en la revolución que destronó a la monarquía de los Orleans.

Por lo tanto, este caso judicial presenta los elementos propios de un proceso politizado, cargado con la voluntad de ejemplarizar, que también apuntaba contra la rebeldía de la población, entendida como el resultado del apego a unos valores colectivos, basados en la identidad propia y enfrentada a las respectivas organizaciones estatales. Los acusados en el proceso de Perpiñán eran, en su mayoría, catalanes del sur pero gozaron de la complicidad de sus hermanos del norte, en el momento que el estado francés empujaba para conseguir el afrancesamiento definitivo de la montaña catalana. Puede comprobarse que la influencia posterior de este proceso, a un lado y al otro de la frontera, fue extraordinaria y que de alguna manera fijó el estereotipo del trabucaire, significado como un bandido, capaz de las peores atrocidades, fanático de la religión y sediento de oro, que también ensució de mala fama a los matiners y, en general, a los campesinos enfrentados a la nacionalización estatal.

2. La primera sesión del proceso de los trabucaires.

El 2 de septiembre de 1845, en Perpiñán, se inició el juicio de los trabucaires, en relación al cual a menudo se olvida que se dividió en dos sesiones. En la primera, que se alargó hasta el día 9, fueron juzgados los hermanos Jaume i Vicenç Justafré- éste, llamado Perot lo Batlle- de Les Illes (Morellàs), los cuales tenían 45 y 26 años respectivamente, así como Jaume Laporta, llamado Juglà, dueño del hostal, que tenía 66. Les acompañaron en el banco de los acusados, los facciosos Pere Rolland, de 27 años, Julià Renard, de Costoja y finalmente, Punionet. Se suponía que ninguno de los acusados en la primera sesión del juicio habían formado parte del grupo de individuos detenidos en la emboscada de Cortsaví, ocurrida el 5 de mayo del mismo año, que fueron juzgados más tarde, en la segunda sesión, iniciada durante el mes de marzo de 1846.

La causa que originó la separación del caso de los trabucaires en dos procedimientos, los cuales, no obstante, parece que formaban parte del mismo proceso, constituye una circunstancia difícilmente explicable desde la perspectiva técnica pero quizá pudiera justificarse en el “traslado” del tribunal de Montpelier a Perpiñán. Es decir, el tribunal “bajó” a la capital del Rosellón para limpiar de rebeldes españoles la región- un objetivo, un proceso- y llevó a cabo su misión en dos sesiones especializadas. En todo caso, aunque, por economía procesal, los hechos juzgados podrían haberse acumulado en una única instrucción y vista- el corresponsal del Diario de Barcelona, se refirió a los inculpados en la primera sesión, como “encubridores” y debemos suponer que lo eran de los trabucaires juzgados en la segunda- lo cierto es que la separación devino necesaria en razón del objetivo político y de escarmiento que se proponían las autoridades. Más adelante analizaremos la decisión estratégica mencionada ya que fue trascendente para asegurar la publicidad que obtuvo el caso juzgado en la segunda sesión y por lo tanto, también la eficacia del escarmiento que se habían propuesto los poderes políticos.

“¡Chicos, procurad no herir a las autoridades francesas!”. El aviso de Vicenç Justafré, que hasta el momento había procurado entretener a los policías, no sirvió para detener a los trabucaires que se escondían en el pajar de la masía, llamada El Solanell, los cuales surgieron velozmente de sus escondrijos y dispararon contra los agentes, matando a dos que estaban guardando la puerta: uno cayó encima de un muro bajo, con el rostro manchado por la pólvora del disparo y un agujero en el cuello; el otro se derrumbó de golpe al ser alcanzado en el corazón por una bala. Ambos policías eran catalanes. Catorce trabucaires escaparon de la trampa, saltando como cabras montesas por la vertiente de la montaña. En una carta encontrada en casa de Domingo (imputado en la segunda sesión del proceso) se relataban estas circunstancias, las cuales sucedieron el 21 de febrero de 1845. Cuando la noticia de lo ocurrido en El Solanell llegó a Ceret, la policía se trasladó a Les Illes y allá detuvo a dos hombres, llamados Gallaires y Piscatraus.

De acuerdo con la tesis de la acusación, los mismos catorce facciosos que habían conseguido huir de la masía de Vicenç Justafré, también fueron los autores de la emboscada a los aduaneros, sucedida el 6 de diciembre de 1844, en el tramo de la frontera que transcurre por el rio de La Muga. El alcalde de Ribelles, en el lado francés, denunció la presencia de un grupo de trabucaires que estaban en el bosque, cerca de la masía Els Meners, los cuales sorprendieron a los aduaneros franceses que se les acercaban porqué fueron avisados por Tià dels Meners (otro de los acusados en la segunda sesión del proceso judicial). Los aduaneros, al escuchar el rumor de personas que se movían detrás de los matorrales, les pidieron la identificación: “¿Quien vive?- ¡España!- ¿Regimiento?- ¡Trabucaires!”. La brega fue inevitable y se prolongó durante un cuarto de hora, al cabo de la cual los trabucaires se retiraron al lado español de la frontera, donde les esperaba el alcalde de Ribelles Vella al frente de un grupo armado. En este lado se reprodujo el tiroteo.

La muerte de los gendarmes en El Solanell y el enfrentamiento de Ribelles basó la acusación formulada contra los inculpados en la primera sesión del proceso de Perpiñán, instruido por el juez de Ceret y juzgado por el tribunal de Montpelier, que los condenó por la comisión del delito de rebelión armada. El Diario de Barcelona del día 22 de septiembre anunciaba que en Perpiñán se había sentenciado la causa de los “encubridores” y el corresponsal se mostró desencantado con las penas fijadas, que consideraba menores, ya que algunos procesados fueron exculpados y solamente se dictó pena de muerte contra Pere Cercós, natural de Reus. El cronista reconocía que ni tan solo el procurador general (fiscal) creía que el reusense fuera guillotinado. A la mañana siguiente, día 23, el mismo periódico, se mostraba más preciso y concretaba que el proceso de los trabucaires comprendido- decía el periodista- “en la primera categoría”, había concluido el día 9, que el jurado había permanecido reunido durante la noche de entre los días 8 y 9, desde las once y media hasta las cinco y media del día siguiente y que acordó el siguiente veredicto: Pere Cercós, condenado a muerte; Vicenç Justafré, a 8 años de cárcel; Josep Laporta a 5 años y Jaume Justafré a 1 año. Rolland, Punionet, Renard y Farré resultaron exculpados pero el tribunal decidió que fueran extraditados a España. El periodista añadía que algunos de los condenados también constaban como imputados en el otro juicio que se llevaría a cabo durante el mes de noviembre.

¿Cuál fue la suerte de los trabucaires juzgados en Francia y extraditados a España?. Al respecto no tenemos noticias concretas pero podemos suponer lo que les ocurrió ya que nos consta la poco envidiable fortuna que esperaba a los sediciosos en casos idénticos; por ejemplo, el Diario de Barcelona del 23 de septiembre de 1845 nos informa que Pere Vinyals, de 24 años, natural de Sant Julià de Vilatorta y extraditado por la autoridad francesa, había sido condenado a muerte por el tribunal militar que le había juzgado en consejo de guerra, al haberlo considerado culpable de asesinato, daños y robos realizados “en cuadrilla y despoblado”.

Pere Cendrós era hermano de Agustí Cendrós, el cual fue uno de los jefes carlistas de más renombre durante la guerra de los matiners (1846-1849) y la última carlistada (1872-1876).  Finalizada la guerra de los matiners, Agustí cayó prisionero y las autoridades lo embarcaron con destino a Cuba, como hicieron con centenares, quizá miles de luchadores catalanes que tomaron presos en los campos de batalla. Agustí organizó y dirigió un motín de prisioneros que se apoderó de la nave que le debía llevar a la colonia americana, justo en el momento que cruzaba el estrecho de Gibraltar y luego desembarcó en Portugal.

Los condenados en la segunda sesión del proceso de Perpiñán se encontraron a Pere Cercós en la prisión de El Castellet y le abrazaron emocionados.

3. La segunda sesión del proceso de los trabucaires.

Los acusados.

Ciertamente, la lista de los acusados en la segunda sesión del proceso de los trabucaires de Les Illes, que ahora presentamos, es incierta ya que solo podemos guiarnos por los resúmenes de la sentencia publicados en la prensa. En teoría, la resolución final del proceso no podía dejar determinados acusados en el limbo de la indecisión pero la información periodística, relativa al desarrollo de la vista, nos demuestra que el fiscal se refirió a determinadas personas que consideró partícipes en los crímenes juzgados pero que no se sentaban en el banquillo de los acusados. Por lo tanto, no sabemos si se trataba de acusados en rebeldía. En el expediente que se conserva en los Arxives Départamentales des Pyrénées Orientales se encuentra un documento en el que se relacionan los acusados y las penas que en cada caso les fueron impuestas. El listado, de entrada, describe los diecisiete procesados que estuvieron presentes durante la vista. Después, el secretario trazó una línea separadora y enseguida añadió a Caterina Gatell – la única mujer acusada- que fue juzgada en rebeldía. Habiendo fechado esta primera parte de la lista en el día que se pronunciaron las sentencias- 28 de marzo de 1846- el redactor del acta añadió un párrafo a modo de posdata, fechado en 8 de diciembre de 1846- casi nueve meses después de que hubieran sido dictadas las sentencias de los acusados en la segunda sesión- separado por otra línea horizontal. En este párrafo final se inscriben los nombres de los siguientes acusados: Jaume (Jacques) March- quizá, se trataba de Jaumetó de les Preses?- Planademunt, Pujol (Perot de Santa Bàrbara), Josep ( Pep de l’Helena) y Cordomí, sin que el actuario se preocupara por aclararnos si estos hombres resultaron condenados o declarados inocentes, aunque no podemos dudar de su condición de acusados ya que la última frase que cierra el documento dice lo siguiente: “Tous les acusés ont été jugés”.

A continuación relataremos lo que conocemos de la personalidad y la vida de los principales acusados- y aquello que no sabemos con certeza pero que sospechamos con fundamento:

1º- Joan Simón, àlias Collsuspina (o, Collsuspiner) i Tocabens.

Narcis Puigdevall i Diumé [1] asegura que Simón era natural de Sant Martí de Sentforés, municipio de Vic y realmente, el alias de Collsuspina- pueblo de la comarca de Osona- parece que da pábulo a esta procedencia. Pero, la Enciclopèdia Catalana nos informa del apellido materno del trabucaire- Forès- y nos dice que nació en la Conca de Barberà en el año 1821- fecha que concuerda con la edad que el procesado confesó ante el juez instructor. Sabemos que Simón, al cumplir dieciséis años, en 1837, se alistó como voluntario carlista a las órdenes de Climent Sobrevías, alias Muchacho. Teniendo en cuenta que Muchacho, uno de los lugartenientes de los Tristany, a menudo actuó en las comarcas montañosas tarraconenses, ese dato refuerza la posibilidad que Tocabens hubiera nacido en la Conca de Barberà.

El acusado, de 25 años, alcanzaba 1,70 m. de altura y tenía los ojos y cabellos castaños. Una herida en el rostro le había fundido una oreja, de manera que le quedó pegada a la piel del cráneo. Presentaba otras cicatrices, producidas por balas. Tocabens declaró que era mercader de azafrán. Hablaba y escribía en catalán y en castellano. Víctor Aragón, procurador del rey y juez suplente en el proceso de los trabucaires quedó sorprendido por la pureza y elegancia de la expresión catalana de este acusado [2]. Es posible que Simón también conociera la lengua francesa ya que, durante el asalto a la diligencia en el Suro de la Palla, mandó a Monsieur Duchamp que callase cuando este viajero intentó hablarle en castellano y le recomendó que se expresara en su lengua materna ya que- le dijo- “así nos entenderemos mejor”. Tocabens era inteligente, de carácter extrovertido y tenía vocación por las letras. Incluso se ha dicho que, estando en prisión, escribió poesía y redactó un diario. Él fue quien dictó las cartas que firmaban los secuestrados en la diligencia de Perpiñán y a las cuales, añadía notas personales.

Simón era un tipo sagaz pero, estando en prisión, no se percató de la finalidad acusatoria de las pruebas caligráficas a las que fue sometido, debido a que los juicios formales, de carácter contradictorio, no resultaban habituales en España. Un comisario delegado de la Court de Montpelier le visitó en la cautividad para dictarle algunos párrafos de las cartas enviadas por los secuestradores a las familias de sus víctimas y el preso escribió lo que se le pedía, sin intentar disimular la caligrafía; incluso firmó el escrito con el nombre de Tocabens, con su rúbrica característica- una especie de cenefa triangular, parecida a una barba trenzada- la misma con la que también subrayaba habitualmente su firma como Juan Simón. En realidad, creyó que la razón de su detención debía radicar en algún delito cometido en territorio francés y por eso, cuando a finales de 1845 fue interrogado, señaló a los miembros de la banda de Vinyes como autores de la muerte de los gendarmes en El Solanell, sin que hubiera sido preguntado por este suceso.

fotografía del pañuelo "masón" de Tocabens que formaba parte de una exposición en el Rosellón (blog "Sureda fa temps ")
fotografía del pañuelo “masón” de Tocabens que formaba parte de una exposición en el Rosellón (blog “Sureda fa temps”)

Simón poseía un pañuelo de color rojo oscuro con el que se cubría la cabeza. En la vista del proceso se presentó de esa guisa y únicamente se descubrió para vitorear al rey cuando el presidente del tribunal le notificó la pena de muerte y el derecho que le asistía a solicitar la clemencia real. La audiencia de la sala estuvo a punto de aplaudirle. Quizá el público pensó que el “viva” se dirigía a Louis-Philippe d’Orleans, rey de los franceses, o quizá interpretó que en un gesto de desafío y coherencia, el condenado vitoreaba al pretendiente carlista. El pañuelo de Tocabens es un velo curioso, de color sangre de toro, con un ribeteado más oscuro. En el centro del mismo aparece toda la simbología masónica: el templo de Salomón, la estrella de David, con una G en medio, el evangelio de San Juan, el ojo que simboliza el Gran Arquitecto, la luna, el compás, la paleta, etc. En el estampado del ribete aparecen calaveras, espadas cruzadas, las llaves de San Pedro, un gallo, una paloma con un ramo de olivo en el pico y un enjambre de abejas. Por causa de la posesión de un pañuelo de estas características y debido a que Simón no se mostraba tan fervorosamente religioso como sus compañeros, se presumió que pertenecía a la masonería. Pero también se dijo que el pañuelo procedía del robo perpetrado a los pasajeros de la diligencia de Perpiñán a Barcelona y que el dueño del mismo no lo había reclamado para no descubrir su filiación. Al salir de la cárcel de Ceret, camino de la guillotina, Tocabens regaló el pañuelo a la hija del jefe de la guardia, una muchacha llamada Teresa [3] .

2º- Jeroni Icases (o, Cases) alias Llorenç.

Jornalero, de 24 años, dijo que era nativo de Tortosa- quizá, en honor del general Ramón Cabrera. Medía 1,70 m. de altura, tenía el cabello castaño, los ojos grises y presentaba diversas cicatrices en el rostro. Se trataba de un veterano carlista que después de la guerra se había alistado en el ejército regular para prestar servicio en América- seguramente fue un alistamiento forzado- y que desertó en el momento del embarque.

Jeroni era el último hermano vivo de Felip, el más famoso jefe de trabucaires que ha existido, el cual murió fusilado en Vic durante el mes de julio de 1842. El juez de instrucción de Ceret le preguntó sobre su parentesco con Felip, lo que Jeroni reconoció de forma taxativa. Por lo tanto, suponemos que Jeroni nació en Sant Llorenç de la Muga, como Felip, lo que concuerda con el alias de Llorenç que usaba. Los funcionarios judiciales no se interesaron por el nombre y los apellidos verdaderos de este acusado- el primer apellido de su padre era Vicens y el de la madre, Prada- ni por los otros datos de identificación personal, de manera que fue juzgado y condenado con la identidad que había declarado. El boletín de la provincia de Girona del 24 de marzo de 1842, publicó una requisitoria del juez de primera instancia de Vic ordenando que fueran detenidos seis rebeldes. Los tres primeros de la lista eran Ramón Dinat, alias Felip, Josep Dinat y N. Jeroni. Evidentemente, se trataba de “los Felip”- es decir, Felip, Josep y “Jeroni Icases”. La requisitoria describía a Jeroni como un hombre alto, de cabello rubio, de entre 26 y 28 años y- textualmente- “de color bueno y buenas carnes”. El acusado formó parte de los trabucaires detenidos el 2 de agosto de 1842 por la gendarmería, entre los cuales se encontraba Rafael Sala, alias Planademunt y tres hermanos y un sobrino de Felip.

Jeroni se encargaba de realizar las funciones de intendente y tesorero de los trabucaires. Pagaba personalmente los gastos en las masías donde se refugiaban y se ocupaba del avituallamiento. Siempre mantuvo la entereza y el convencimiento, incluso cuando caminaba hacia la guillotina.

3º- Josep Balmas, alias Sagal, Menut y Verdaguer.

Nació el 1 de diciembre de 1820 en Sant Gregori (El Gironès) tenía 25 años y poca altura física pero de presencia impresionante; ojos grises penetrantes, cabello castaño, y barbudo. Mostraba numerosas cicatrices en el rostro.

Sagal tenía dos hermanos y una hermana más jóvenes. La familia Balmas se trasladó a Girona, justo cuando Josep llegó al mundo. A partir de los dieciséis años, Josep participó en la guerra y formó parte del batallón de Patricio Zorrilla, conocido popularmente como “Surrilla”. Este temible batallón se ocupaba de requisar bienes y dinero para la causa carlista, por lo que adquirió muy mala fama. En 1840, Balmas aparece en un listado de prisioneros carlistas que poco después fueron indultados, aunque, en su caso, se le consideraba sospechoso del asesinato del gerundense Francesc Valentí. Durante un corto periodo de tiempo, Sagal se convirtió en comerciante y alquiló un hostal conocido con el nombre de La Barraqueta pero participó en unos disturbios en Girona, donde fue procesado y encarcelado. Habiendo conseguido la libertad, en 1842 la justicia le persiguió por diversos robos y por el asalto de la masía de la Riera dels Furiosos, en Arenys de Mar, ocurrido durante la primavera de 1844. El juez de primera instancia del lugar lo absolvió de dicho delito mediante sentencia del 20 de marzo de 1845 que se publicó el 8 de abril. En aquel momento, la opinión popular acusaba a Sagal de haber dirigido la partida que un mes antes había atacado la diligencia de Perpiñán a Barcelona. Algunos responsables gerundenses del orden público declararon ante el juez de instrucción del proceso de los trabucaires de Les Illes, que Sagal era un rebelde carlista vigilado por la policía y sujeto a la obligación de presentarse diariamente a la autoridad. En la primera declaración que consta en el expediente de dicho proceso, Sagal afirmó que se llamaba Miquel Verdaguer y en una interrogatorio posterior, cuando el juez le preguntó la razón de que le hubiera mentido, Balmas respondió que no quería ser reconocido por las autoridades españolas ya que tenía problemas con la justicia por causa de las peleas que había mantenido con su mujer. Inició esta respuesta con la interjección “mierda!”, recogida en el acta. La sorna con que el trabucaire respondía al instructor resulta evidente. Balmas también fue preguntado por las armas que los gendarmes encontraron cerca de la masía donde se habían alojado los trabucaires. Se trataba de una pregunta rutinaria pero mientras los compañeros de Sagal la respondieron invariablemente diciendo que no habían tocado arma alguna desde que hubo terminado la guerra civil, el listo de Sagal simuló que era adicto al gobierno liberal y dijo que no había usado armas desde que se separó de las filas de Juan Prim  [4] .

4º- Llorenç Espelt, alias Frai.

Según Narcis Puigdevall i Dumé, este acusado se llamaba Raimon Cotas Rota, y había nacido en Portella de Quart (Bergadà). En el momento que fue enjuiciado tenía 27 años y su altura era de 1,70m; cabello negro, ojos rojizos y cicatrices en el rostro y por todo el cuerpo. Había formado parte del grupo de catorce presos que el 28 de marzo de 1843 se escaparon de la cárcel de Puigcerdà. En la versión que nos ofrece M.Folguera de las acciones de los trabucaires, en su obra “Las escuadras de Cataluña” [5] , Espelt era el jefe de la partida que asaltó la diligencia de Perpiñán a Barcelona, en el Suro de la Palla. Su apodo provenía de su experiencia como monje. Mató un mozo de escuadra en el encontronazo ocurrido cerca de Taradell, después del asalto a la diligencia. Había sido hombre de confianza de Felip.

5º. Pere Barlabé, alias Negret.

Natural de Agramunt, tenía 22 años, cabello y ojos castaños y alcanzaba 1,73 m. de altura. Presentaba cicatrices en el rostro, encima de la rodilla de la pierna izquierda y en un brazo. Confesó que había sido un hombre de Felip y que había participado en el ataque y ocupación de Ripoll, durante la primera guerra y también en el que llevaron a cabo los trabucaires, en junio de 1842.

6º Salvador Fàbregas, alias Noi Piu.

Nacido en Santa Coloma de Farners, de 22 años, 1,77m. de altura, cabello castaño, ojos grises y cicatrices de cortes en el rostro. Había sido detenido en una acción conjunta de las fuerzas armadas francesa y española que se llevó a cabo entre los días 3 y 6 de agosto de 1842. El cónsul español en Perpiñán comunicó a sus superiores que el día 3 habían sido apresados veintitrés rebeldes y posteriormente, diez más, entre los cuales se encontraban Salvador Fàbregas, tres hermanos y un sobrino de Felip, así como Planademunt. Fábregas se escapó de la custodia de las autoridades francesas y en octubre de 1843 fue nuevamente detenido por el comisario Etienne Manjolet, cuando transitaba cerca de la frontera, acompañado de otros diez trabucaires. El comisario le requisó 2000 francos.

Noi Piu debió ser el autor de una carta dirigida a la señora Francesca Soler- madre del joven Joan Massot, secuestrado en el asalto a la diligencia de Perpiñán a Barcelona- mediante la cual la acusaba de ser una mujer sin corazón que, por avaricia, entregaba su hijo a la muerte. Fàbregas fue considerado el miembro más sensible y piadoso de entre los acusados en el juicio de Perpiñán [6]. El juez Víctor Aragón lo comparó con Negret y afirmó que mientras éste se mostraba más contenido y dueño de sus reacciones, “Fábregas a plus de doucer dans les traïts”. Les autoridades francesas y españolas pensaban que Noi Piu había participado en los secuestros de Josep Aiguaviva I Reixach, de Dorca Ginebreda y de un tal Raimat.

7º- Josep Mateu, alias Xocolata y Cacau.

Arriero, nacido en la Vall de Bianya (La Garrotxa), de 22 años, medía 1,72 m. tenía el cabello y los ojos castaños. Presentaba cicatrices en el rostro. Sus apodos provenían del hecho que había ejercido de chocolatero en Limoges. Según acordó el tribunal que lo juzgó en Perpiñán, Mateu fue quien degolló a Joan Massot atravesándole el cuello con un puñal.

8º Isidre Forgues (o, Forga) alias Menut.

Nacido en Puigcerdà, jornalero, de 22 años. Medía 1,79 m. de altura, y tenía el cabello castaño y los ojos marrones. Presentaba cicatrices en el rostro y en el brazo derecho lucía un tatuaje que representaba Cristo en la cruz y la fecha de 1844. Durante la guerra perteneció al batallón de Zorrilla. Se exilió acompañado de sus padres y hermano, siguiendo al general Cabrera. Isidre fue detenido por los aduaneros franceses en 1843 pero, aunque lo esposaron, se escapó mediante la estratagema conocida como “el salto del ladrón”, arrojándose desde lo alto de un barranco. Uno de los aduaneros declaró que en el momento que realizó el salto, “il avait l’air de voler sûr les arbres”. Victor Aragon lo describió como un tipo delgado y alto que se movía lentamente, al modo felino. Después que hubo conseguido eludir a los aduaneros, Isidre fue contratado como albañil por Isidre Qués , de Perpiñán [7]. Entre el 10 y el 16 de febrero de 1845, abandonó el trabajo.

9º- Antonio Forcadell, alias Garcías.

Jornalero, de 34 años y residente en Barcelona. Medía 1,70 m. y tenía el cabello castaño, los ojos grises y una herida en la pierna. Se adornaba con bigote y barba en forma de collar, alrededor del rostro.

10º- Martí Reig.

Nativo de Alella, de oficio panadero. Tenía 26 años, los cabellos castaños y los ojos grises. Medía 1,65 m. Sufría una afección “vergonzosa”, es decir, una enfermedad de transmisión sexual. En ocasiones se le ha descrito como un bobalicón. Realizó misiones de mensajero, portando cartas a la familia Massot. Resulta evidente que Reig y Forcadell eran los trabucaires más grises de entre los que fueron juzgados en Perpiñán.

11º- Josep Camps, alias Sapé.

Tenía 26 años, los cabellos castaños y los ojos rojizos. Medía 1,64 m. Presentaba heridas y cicatrices de quemaduras y le faltaba la mitad de un brazo. Su procedencia es dudosa. En un primer momento declaró que había nacido en Valls pero después dijo que en Montblanc (Conca de Barberà). Si fuera cierto que había visto la primera luz en esta última población, podría coincidir, por lo que se refiere a la comarca natal, con Tocabens. El juez de instrucción quiso investigar la verdadera identidad de Sapé y con este fin pidió información a las autoridades españolas. El jefe político de Girona preguntó a su homónimo de Tarragona si le constaba la existencia de un hombre llamado Josep Camps, alias Sapé. El jefe político tarraconense le respondió, en fecha 25 de junio de 1845, que no le constaba ningún individuo peligroso que llevara el nombre de Josep y el alias de Sapé pero que conocía la existencia de un tal Josep Saperes, nacido el 23 de octubre de 1823, del cual no se tenían noticias desde hacía tiempo. Por otro lado el comandante de armas de Tordera escribió al jefe político de Girona para informarle que Josep Camps, alias Sapé, era hijo de este pueblo y que había formado parte de grupo de Mallorca (partida famosa de rebeldes, de la cual también habían formado parte el Ros de Argentona y el Calderer de Cardadeu) así como también de la partida de los Celadores. Por su parte, el alcalde de Montblanc escribió a las autoridades para informar que en su pueblo había un Josep Camps pero que el hombre que buscaban, era de Tordera. Finalmente, Josep Camps fue juzgado y condenado como hijo de Montblanc.

Sapé fue un luchador atrevido y sanguinario. Se entretuvo rematando un mozo de escuadra herido en el choque ocurrido entre Seva y Taradell, aplastándole la cabeza a culatazos. Durante la ocupación de Ripoll, en la primera guerra, cometió atrocidades.

12º- Jaume Pujades.

Tenía 34 años, el cabello castaño y los ojos rojizos. Medía 1,68 m., era jornalero y había nacido en Pineda de Mar. Como muchos de sus compañeros de aventuras, había pertenecido al batallón de Zorrilla. Pujades se separó del grupo de trabucaires antes que muriera el rehén, Joan Massot. Luego, bajó de la montaña al llano del Rosellón y contó la experiencia que había vivido a algunos confidentes de la policía. En definitiva, gracias a la delación de Pujades fue posible que se llevara a cabo el proceso judicial de Perpiñán.

13º- Vicenç Justafré, alias Perot lo Batlle.

Propietario, nacido y residente en Les Illes (circunscripción de Morellàs). Medía 1,69 m. tenía el cabello castaño, los ojos rojizos y una cicatriz en la nariz. De acuerdo con un informe de la prefectura de policía de Perpiñán, el sobrenombre con que se le conocía (Batlle, es decir, Alcalde) se refería a la casa familiar de los Justafré ya que el abuelo y el padre del acusado fueron alcaldes de Les Illes durante, casi, veinte años, aunque cambiándose los apellidos. La familia Justafré se dedicaba al contrabando y presentaba características de caciquismo local. Vicenç Justafré, siguiendo la tradición familiar, alojaba rebeldes en sus masías y centralizaba la correspondencia que recibían éstos, a la vez que daba noticias de los mismos a sus familias, compañeros y amigos. En la masía principal de Perot lo Batlle fueron intervenidas muchas cartas de parientes de los trabucaires y de refugiados en Londres, mediante las cuales los autores pedían dinero para sobrevivir. Por ejemplo, en esta casa fue encontrada una carta de Agustí Barrera, tío de Salvador Fàbregas, de 15 de mayo de 1845 y firmada en Toulouse, mediante la cual Barrera preguntaba por Noi Piu, del cual no tenía noticias desde que éste le había enviado un giro de 300 francos. Precisamente, un nuevo giro de 600 francos, enviado por Justafré- seguramente, por orden de Noi Piu- al señor Barrera fue aducido por la acusación en el juicio de Perpiñán a fin de demostrar que Vicenç Justafré actuaba como intermediario de los trabucaires. Ahora bien, de toda la correspondencia intervenida, el juez instructor escogió, como especialmente significativas, las cartas de Jaumetó de les Preses.

14º- Sebastià Bernades, alias Tià dels Meners.

Natural de Sant-Aniol (la Garrotxa), tenía 39 años en el momento del juicio, medía 1,72 m., su cabello era castaño y sus ojos, grises. Residía en la masía de Els Meners, comuna de Costoja. Tià era analfabeto pero práctico en diferentes oficios: herrero, carbonero y arriero. El procurador general lo identificó como el hermano del jefe de la banda de trabucaires de Sant Llorenç de Cerdans que había sido condenado unos años antes a trabajos forzados perpetuos por el tribunal de Montpelier. En 1842, Tià fue herido, posiblemente, en una pelea con unos trabucaires. Se le identificó cuando alertaba a otros trabucaires de la llegada de los aduaneros en el choque ocurrido en Ribelles el 6 de diciembre- hecho juzgado en la primera sesión del proceso de Perpiñán. Tià se encargaba de llevar víveres a la cueva del Bessagoda, donde Massot permanecía retenido y se le acusó de haber ejercido de intermediario en las negociaciones para conseguir el pago del rescate de Lluís Plantés, siguiendo las órdenes de Planademunt.

Después que hubo cumplido la pena de prisión a la cual le condenó el tribunal constituido en Perpiñán, volvió a Els Meners, donde entonces se suicidó su hija Teresa, en el año 1875. Bernades murió el 24 de abril de 1878, en Oix (Alta Garrotxa) [8] . El cura J.Boralló, en ocasión de la excursión que realizó por las montañas de la frontera, tuvo a su servicio un guía que siendo muy joven, había conocido a Tià. El eclesiástico reprodujo el recuerdo del guía en unas crónicas que publicó en L’Indépéndent del 22 de octubre de 1951: “Tia dels Meners était grand et bien bâti, il parlait peu, son grand âge le mettait à l’abri de la curiosité des passants. Cependant connaissant son histoire j’en avait peur et evittais sa recontre car son oeil était méchant et les cheveux sortant de sa barretina et courant sûr son front me le faisaient paraître encore plus redoutable”. El juez Víctor Aragon describió a Tià como un buen hombre que había sido utilizado por los trabucaires.

15º- Joan Vicens, alias Nas Ratat, de la Vídua y Gos Negre [9].

Natural de Vilaroja (Sant Llorenç de Cerdans) y residente en Els Meners, comuna de Costoja. Era payés, medía 1,77m. tenía el cabello castaño, los ojos rojizos y la nariz desviada. El procurador general lo describió como una de las personas con más mala fama de la zona. Nas Ratat formó pareja con Tià y ambos dieron soporte material a los trabucaires. Murió en la prisión de Brest en el año 1854 [10] .

16º- Manel Colomer, alias Serineta.

Carnicero, de 47 años, natural de Vinçà (Rosellón) y residente en Perpiñán. Era un bravucón, amigo de los indeseables. Durante el proceso se supo que acostumbraba a maltratar a su mujer. Intervino en los tratos para el cobro de los rescates de los viajeros secuestrados en la diligencia de Perpiñán a Barcelona pero es posible que los trabucaires acusados en el proceso no lo conocieran antes de encontrarle en la cárcel. Es decir, Serineta actuó en este asunto por su cuenta y riesgo.

17º- Josep Fabrach, alias Domingo.

Arriero, de 34 años, natural de Figueres y residente en El Pertús. Las autoridades españolas informaron a los jueces franceses que Domingo era un carlista notorio y removieron cielo y tierra para que fuera condenado, enviando al juzgado la documentación que demostraba sus antecedentes. Fabrach conocía muy bien el territorio y a sus habitantes por lo que gozaba de cómplices en todas partes. Pero también consta que este acusado mantenía relaciones con los liberales y con la gendarmería francesa. Su papel en lo referente al asunto que lo llevó ante el tribunal francés, es muy oscuro, de manera que el personaje presenta las características de un agente doble, de una especie de intermediario sin escrúpulos: trabajaba a la vez para los trabucaires y para las familias de los secuestrados. Domingo obtuvo la absolución y al cabo de un par de años, en plena guerra de los matiners, las autoridades españolas volvieron a encarcelarle debido a su implicación en los secuestros de dos hacendados de L’Espolla, los señores Josep Coderch y Salvador Daniel, los cuales habían sido retenidos en una cueva por los trabucaires de tendencia republicana que también formaban parte de la partida de Planademunt.

18ª- Caterina Gatell Lacosta.

Tenía 20 años y era natural de Arenys de Mar. Los coetáneos la consideraban una mujer de belleza turbadora. Era amante de Jaume Bosch, alias Jaumetó de les Preses, con el que convivía en Perpiñán y al que visitó cuando éste se exilió en Londres. Ejercía de prostituta, lo que sabemos porque fue encontrada por un intermediario de la familia Massot en la “casa” de Teresita de Perpiñán. La dueña del burdel y otros testigos, aunque no negaron la relación de Caterina con los trabucaires, aseguraban que ella no sabía nada de los tres viajeros secuestrados de la diligencia de Perpiñán a Barcelona.

19º- Jaume Bosch, alias Jaumetó de les Preses.

No se conoce con certeza su verdadera identidad. La imputación criminal que recayó sobre su persona se fundó en las cartas encontradas en la masía de Vicenç Justafré, ya que a partir de dichos escritos, el procurador general supuso que Jaume guiaba las acciones de los trabucaires desde la sombra. Acabada la guerra, Bosch fue internado por las autoridades francesas en un depósito, del cual consiguió escapar. Después que hubo llevado a cabo diversas acciones, se exilió en Londres. Poseía gran habilidad histriónica y se disfrazaba de cura, de mujer o adoptaba la apariencia de otros personajes y así pasaba desapercibido.

Hemos de tener en cuenta que, en el supuesto que Jaume fuera el verdadero nombre de este acusado y Bosch, el apellido que le correspondía por nacimiento, eso no nos facilita la búsqueda de su identidad pues se trata de un nombre y de un apellido de lo más común en Cataluña. Pero, además, Jaumetó de les Preses no siempre usaba el mismo nombre. Por ejemplo, mediante la circular núm. 1252, de 6 de noviembre de 1842, del jefe político de la provincia de Girona, nos enteramos de que el comisario de policía de Ceret había capturado, en Les Illes, y conducido a la cárcel a tres líderes de trabucaires, entre los que estaban Planademunt y Narcís Bosch. Dicho Narcís era Jaumetó de les Preses. En cualquier caso, en el archivo parroquial de Les Preses (Garrotxa) no ha sido encontrada la partida de nacimiento, o de bautismo, de este Jaume Bosch.

Algunas coincidencias nos inclinan por creer que Jaumetó de les Preses podría haber sido Jaume de l’Hostal, trabucaire de la comarca del Penedès. Durante el proceso se supo que Jaumetó había adquirido un hostal en El Soler, población muy cercana a Perpiñán y esta circunstancia constituye un indicio de la vocación de hostelero del acusado, lo que justificaría el alias que usaba. Además, sabemos que el verdadero Jaume de l’Hostal había intentado secuestrar al hijo de un propietario de Sant Quintí de Mediona (El Penedès) preparándole una trampa en el dique de la riera. El mecánico de la bomba de agua- cómplice de los trabucaires- avisó al hijo del dueño que la bomba se había averiado, a fin de que se acercara hasta el dique, donde le esperaba Jaume de l’Hostal pero el chico se durmió y no se presentó a la cita, de manera que el trabucaire no pudo secuestrarle. Por lo tanto es posible que Jaume de l’Hostal adquiriera el otro alias de Jaumetó de les Preses, a raiz de este suceso (presas- en catalán, preses– es sinónimo de diques). Finalmente, el propietario de Sant Quintí de Mediona cayó en manos de Jaume de l’Hostal cuando viajaba a Igualada. El secuestrado fue liberado por los mozos de escuadra y en la lucha murió Salat, alias Nas, compañero de Jaume de l’Hostal pero éste pudo escapar de la emboscada. Eso sucedió el 24 de julio de 1842 y a partir de este momento no tenemos más noticias de Jaume de l’Hostal hasta que, durante el mes de noviembre del mismo año, aparece Jaumetó de les Preses en territorio catalán del norte y fue detenido por las autoridades francesas.

Si la hipótesis expuesta fuera cierta, deberíamos añadir otro trabucaire procedente de las comarcas tarraconenses a la lista de los que hemos mencionado: Cercós, Tocabens y Sapé.

20º- Rafael Sala i Domènec, alias Planademunt.

En el expediente del proceso de Perpiñán, consta como Plana d’Amont. Este acusado es, con mucha diferencia, el más famoso de todos los que estamos relacionando. Planademunt era muy conocido por sus coetáneos y su fama ha llegado hasta la actualidad.

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Rafael Sala nació en Santa Pau (Garrotxa) el 27 de junio de 1811, o quizá, de acuerdo con lo que afirma algún autor, en 1815. Su retrato nos muestra un hombre delgado y alto, de pie, con bigote grueso que no le supera la comisura de los labios. Sala aparece con expresión circunspecta y viste el uniforme montemolinista, incluida la boina. Lleva colgado el sable pero no luce galones, ni condecoraciones.

Planademunt era labrador y durante el año 1833 se incorporó a las tropas carlistas. Participó en la primera guerra con el grado de teniente y la terminó con el grado de coronel. Después de la guerra se exilió y se internó en Francia llegando hasta Aviñón (Occitania), donde fue detenido por los gendarmes. Se escapó cuando le conducían atado con cadenas y cerrojos. En su huida se dirigió hacia el sur. En tierra catalana del Rosellón encontró a un pastor que le serró las cadenas. Entonces, apareció al frente de un grupo heterogéneo de trabucaires que a menudo actuaban en combinación con Felip, en la zona fronteriza.

La referencia al domicilio de Planademunt en el pueblo de Costoja, que aparece en la documentación del proceso, significa que las autoridades francesas recordaban que en agosto de 1842 había sido detenido en Vilaroja, vecindario perteneciente a la circunscripción del anterior. Entonces, Planademunt iba acompañado de diez hombres, entre los cuales se encontraba Noi Piu. La circular del jefe superior político de la provincia de Girona, fechada el 6 de noviembre del mismo año, nos dice que Rafael había sido detenido anteriormente por los franceses en Les Illes, cuando le acompañaban Jaumetó de les Preses y Martirià Serrat – otro oficial carlista famoso.

Las autoridades incluyeron a Rafael en el listado de procesados por el tribunal en Perpiñán ya que lo consideraron uno de los jefes de la supuesta “asociación de trabucaires”. Además, Rafael había sido el organizador de los secuestros del padre de Joan Masot- el joven capturado cuando viajaba en la diligencia de Perpiñán a Barcelona- y de Lluís Plantés. Cuando Planademunt sufrió su primera detención, las autoridades españolas pidieron a las francesas que fuera extraditado, en base a lo que establecía el artículo tercero del convenio de 29 de septiembre de 1765, sobre la concesión del derecho de asilo, de acuerdo con el cual los autores de delitos comunes debían ser devueltos a su país de origen. La petición española fue denegada.

Planademunt fue juzgado en rebeldía en Perpiñán pero al cabo de poco tiempo, corría por el Rosellón, el Vallespir, el Empordà y la Garrotxa, sin que las fuerzas armadas francesas ni las españolas fueran capaces de atraparlo.

Durante la guerra de los matiners y a partir de 1847, Planademunt recibió el nombramiento de jefe de una de las dos compañías de celadores o carabineros que formaban la reserva del ejército de Cabrera y que actuaban cerca de la frontera, recaudando contribuciones, a menudo mediante acciones coercitivas.  Entonces se enfrentó con las columnas del ejército de la reina, combinando fuerzas con el coronel Marçal y el general Estartús, así como con el mismo Cabrera. Pero Rafael Sala se distinguió por ser el prototipo de guerrillero individualista, poco propicio a admitir la autoridad superior. Felip, Martirià Serrat y Estartús intentaron incluirlo en sus respectivas organizaciones y no lo consiguieron. En realidad, el día que Felip fue herido de un trabucazo, Planademunt rondaba por el mismo bosque en el cual sucedió el incidente y se dijo que Sala fue el autor de la agresión. Felip cayó en manos de los mozos de escuadra por causa de la herida que sufrió, lo que le obligó a permanecer en reposo durante mucho tiempo en el mismo lugar.

Los historiadores Antonio Pirala y Román Oyarzun [11] calificaron a Planademunt con los adjetivos de valiente, entusiasta y rudo. Entraba por sorpresa en los pueblos y exigía contribuciones a los ayuntamientos y a los ricos del lugar. Si no las pagaban, secuestraba al alcalde, a un regidor, o a un hacendado. En ocasiones, los señalados huían y entonces, tomaba en su lugar a las esposas, o a las hijas de éstos- los herederos masculinos acostumbraban a desaparecer con sus respectivos padres. Las entradas de Rafael en Roses y en Cadaqués, fueron famosas. Josep Pla, en las memorias que escribió de Rafel Puget, las moteó de “indescriptible temeridad”[12] . La prensa, durante la guerra, mencionó algunas de las acciones que llevó a cabo el guerrillero de Santa Pau, al cual llamaba “el segundo que fue de Felip” y los periodistas, sometidos a la censura, se escandalizaban porqué Rafael acogió en su partida de carlistas a un montón de republicanos procedentes del alzamiento de la “jamancia” (1843). A partir de entonces los periodistas se refirieron al grupo de Planademunt con largas adjetivaciones, como la siguiente: “pandilla latro-facciosa- carlista- republicana”.

En los últimos días del mes de marzo de 1849, Rafael Sala cayó en la trampa que le tendieron los mozos de escuadra en un hostal. Por entonces, la fuerza de los matiners que actuaba en la Alta Garrotxa y el Alt Empordà había sido batida por el ejército español, en combinación con el francés. Los mozos le condujeron a Besalú y después, a la prisión de Girona. Allí coincidió con Marcel•lí Gonfaus, alias Marçal. El 10 de abril, Planademunt pasó por la comisión militar, la cual- claro está- le condenó a muerte y a la mañana siguiente fue fusilado en las arenas del rio Onyar. El periodista reflejó el odio que las autoridades reservaban a Planademunt y quiso presentarlo como un cobarde tembloroso, sin fuerza para mantenerse firme ante el pelotón de fusilamiento. Posiblemente con este comentario despectivo, el cronista pretendía denigrar a un luchador que, en vida, ya constituía un mito. Marçal fue perdonado y liberado por razones que el periodista calificó de “alta política”.

El recuerdo de Planademunt ha llegado a nuestros días, sobre todo en las comarcas gerundenses. Marià Vayreda lo menciona como maestro de Ibo, uno de los personajes principales de su novela “La Punyalada”, al cual atribuye el carácter del hijo de Santa Pau. El hacendado Rafael Puget, a través de las memorias que le escribió Josep Pla, afirma que los miembros de la escolta que siempre acompañaba al general Francesc Savalls, durante la última carlistada (1872-1876) provenían de las partidas de Planademunt y de Felip.

21º- Josep, alias Josep de l’Helena, de Sant Llorenç de Cerdans.

Residía en la masía de la Bauma, cerca de Taules y Montboló (Alt Vallespir); tenía alrededor de 50 años y era considerado un jefe de trabucaires. Si no fuera que hubiese llevado a cabo acciones de soporte a favor de los asaltadores de la diligencia de Perpiñán a Barcelona, no adivinamos cual pudo ser su participación en el caso que nos ocupa.

El asalto a la diligencia y el viaje hasta la frontera.

El relato de la peripecia protagonizada por los trabucaires juzgados en la segunda sesión del proceso de Perpiñán, empieza cuando Jaume Pujades que trabajaba en Monestir del Camp (Rosellón) a las órdenes de Pau David Martí, recibió un recado de Martí Reig citándole en el estanco de Paçà (Rosellón). En casa de la estanquera, señora Noell, Pujades se encontró a Josep Balmas (Sagal) y a Isidre Forges (Menut) a los cuales conocía porqué ambos habían formado parte del batallón de Zorrilla. Sagal explicó a Pujades que junto con otros hombres pensaban llevar a cabo una incursión en territorio español y le propuso que los acompañara ya que así podría aprovechar la ocasión para visitar a sus padres en Pineda de Mar. Lo más probable es que Sagal y Menut quisieran conseguir la colaboración de su antiguo camarada, a fin de que les sirviera de guía ya que Pujades debía conocer el terreno, cercano a Pineda de Mar, donde tenían planeado el asalto a la diligencia.

Pujades comunicó a su patrón, Martí, que abandonaba el trabajo y se marchó con Sagal y Menut hasta El Pertús. En esta población pasaron la noche en casa de Josep Fabrach (Domingo). A la mañana siguiente se trasladaron a Les Illes, donde almorzaron en el hostal de Joglar, acompañados de tres o cuatro contrabandistas. Eso sucedió entre los días 14, 15 y 16 de febrero de 1845. Después del almuerzo, Balmas y Pujades fueron a la casa de Vicenç Justafré- la masía llamada de Perot lo Batlle- para reunirse con los siguientes hombres: Quico, Espelt (Frai), Icases (Llorenç), Camps (Sapé), Mateu (Xocolata), Fábrega (Noi Piu), Forcadell (Garcias), Simon (Collsuspina, Tocabens), Barlabé (Negret) y Martí Reig. Permanecieron tres días en esta casa y Vicens Justafré les facilitó carabinas y tres trabucos. Durante el atardecer del día 18, o quizá del 19, organizaron una fiesta de despedida a la cual invitaron a comer y beber a todas las personas que se encontraban en Les Illes, incluidos los soldados de la guarnición. Después se internaron en el bosque y caminaron hacia la frontera. En el momento que la cruzaron, Sagal dijo que quien tuviera miedo de perder la vida en aquella aventura todavía estaba a tiempo de retirarse; la voz de un compañero le ordenó que guardase silencio.

Los trabucaires permanecieron todo el día siguiente en la masía de un hombre llamado Baldiri, cerca de Figueres. Al anochecer volvieron al camino y avanzaron hasta que llegaron a la masía de un tal Jaume. Allá descansaron mientras el sol se mantuvo en alto y aprovecharon el tiempo para preparar el asalto a la diligencia. Al finalizar la tercera jornada de su viaje, los expedicionarios quisieron pasar la noche en casa de una hermana de Llorenç- y por tanto, hermana de Felip- en Bàscara, pero no pudo ser y acabaron alojándose en otra masía, donde se quedaron durante el día siguiente. En el cuarto o quinto día después de su partida de Les Illes, los trabucaires se detuvieron en un bosque, cerca de Pineda de Mar. Durante la noche del día siguiente, intentaron atajar el paso a la diligencia que venía de Girona y avanzaba hacia Barcelona pero cuando llegaron al lugar de la carretera en el cual deberían haberla encontrado- a dos horas de camino del bosque donde se escondían- el carruaje ya había pasado. Los trabucaires volvieron al bosque y llamaron a la puerta de una cabaña para conseguir comida. La pitanza les fue servida y Llorenç, después de haber pagado su parte, ordenó a Tocabens que redactara un adeudo por el precio de la consumición de cada comensal, a fin de que fuera pagado una vez hubieran asaltado la diligencia.

Al atardecer del siguiente día, después que los trabucaires hubieran avanzado en el camino a la diligencia, llegaron a un lugar de la carretera, muy cerca del rio Tordera, llamado el Suro de la Palla. Se situaron repartidos alrededor del camino y esta vez pudieron detenerla. No todos coinciden en fijar la misma fecha y hora del asalto pero lo más probable es que éste se llevara a cabo el 28 de febrero a las nueve de la noche.

El Suro de la Palla [13] nunca ha sido un pueblo, ni tan solo un vecindario, sino que con este nombre se designaba un lugar estratégico de avituallamiento en el cual se había instalado una aduana para el cobro de derechos de paso. Consta que, veinte días antes de que sucediera el asalto a la diligencia de Perpiñán a Barcelona, se formalizó, ante el jefe político del gobierno en Girona, la concesión de arriendo por dos años del portazgo situado en el Suro de la Palla, valorada en 58.238 reales. El periódico La Ley, del 10 de junio de 1842, especificó el lugar en el listado de destinaciones de tropas encargadas de la represión de los trabucaires. Debemos recordar que las imposiciones de consumo y muy especialmente, las que gravaban los derechos de paso y de puertas eran especialmente odiadas por la población y fueron la causa de levantamientos periódicos. Precisamente, el 2 de diciembre de 1848, en plena guerra de los matiners, el general Ramón Cabrera pasó por el Suro de la Palla, cuando le perseguían de cerca mil quinientos infantes y cien caballeros de los generales Nouvilas y Enna. El capitán general de los carlistas se detuvo en el lugar y ordenó a su tropa que incendiara la aduana, sin tener en cuenta el peligro que esta pérdida de tiempo le ocasionaba. Por lo tanto, el lugar que escogieron los trabucaires para asaltar la diligencia podría denotar su intención vindicativa, aunque al fin les fue impuesto por las circunstancias. Lo cierto es que en el momento que se llevó a cabo el asalto, no había un solo soldado en las cercanías, ni los encargados de cobrar el peaje estaban en sus puestos. Jaume Pujades declaró que éstos se encontraban a media hora de camino.

El asalto a la diligencia fue realizado por un grupo de quince hombres armados, o más, que obligaron los viajeros a apearse y a la luz de las velas, les registraron y examinaron sus pasaportes. Mientras unos trabucaires trataban con los viajeros, otros, provistos de hachas, rompieron los cerrojos de los baúles y parte de la estructura del carruaje, a la búsqueda de escondrijos secretos. El cochero declaró que el registro no sirvió a los asaltantes para encontrar ocho mil francos que había guardado. Luego, los trabucaires extendieron una manta en el suelo para que los pasajeros depositaran encima de ella las joyas, el dinero y otros efectos personales de valor.

Galera catalana del XIX, de dos pisos. La diligencia de Perpiñán a Barcelona había de ser parecida pero mayor ya que cabían 30 viajeros y se la llamaba ómnibus.
Galera catalana del XIX, de dos pisos. La diligencia de Perpiñán a Barcelona debía de ser parecida pero mayor ya que cabían 30 viajeros y se la llamaba ómnibus.

Según el guión judicial, los asaltantes fueron, por lo menos, los siguientes: Joan Simón (Collsuspina, Tocabens), Jeroni Icases (Llorenç), Josep Balmas (Sagal, Verdaguer), Llorenç Espelt (Frai), Pere Barlabé (Negret), Salvador Fábregas (Noi Piu), Isidre Forga (Menut), Josep Mateu (Xocolata, Cacau), Antoni Forcadell (Garcías), Martí Reig, Josep Camps (Sapé), Miquel Bosch (Quico, Cistell) y Jaume Pujades. Pero existen indicios muy creíbles respecto la participación de más hombres y, en cualquier caso, los reconocimientos llevados a cabo en la instrucción y en la vista del proceso no fueron demasiado determinantes, lo que facilitó que Sagal interrumpiera la declaración del cochero, Joan Nonell, para defenderse con una frase muy incisiva: “¡Los [testigos] que dicen conocerme, no me reconocen y los que aseguran que me reconocen, no me conocen!”. Además, algunos de los acusados negaron insistentemente que hubieran tomado parte en el asalto porqué- afirmó Mateu- “si hubiera estado allá, hubiera degollado a los oficiales españoles, lo que habría considerado un honor; (…)” les habría aplastado la cabeza y me hubiera lavado las manos con su sangre (…)”- exclamó Sapé; “los oficiales españoles no vivirían y de esta manera habría vengado la muerte de mi padre, de mis hermanos y de todos mis parientes”- garantizó Negret. También Noi Piu interrumpió la declaración del teniente Suárez, que lo señaló como el asaltante que le había agujereado el capote a bayonetazos, para afirmar que si realmente hubiera participado en el ataque, le habría agujereado el cuerpo.

Tampoco existe certeza respecto los viajeros que había en la diligencia en el momento del asalto pero el procurador general (fiscal) afirmó que sumaban veinte personas- la capacidad del carruaje admitía treinta. Solamente podemos asegurar la presencia de Jean Baptiste Duchamp, negociante francés que residía en Barcelona, Isidre Masclé, procurador de los tribunales en Jafre (Baix Empordà) Francesca Soler, vídua de Massot, de Darnius (Alt Empordà), Joan Massot i Soler, hijo de la anterior, Josep Roger, banquero de Figueres, José María Olivares, capitán del ejército español, Francisco Suárez, lugarteniente del ejército español, Francesca Tallada, esposa de Suárez, Esteve Pons, comerciante de comestibles de Figueres y Josep Bellver, comerciante de Girona. La circular, nº 372, del 28 de mayo de 1845, del gobierno político de Girona (BOP, del 29 de mayo) citaba a otros cuatro pasajeros, de los cuales se desconocían sus domicilios, para que se presentasen en el Gobierno Civil, a fin de que les fueran expedidos pasaportes para viajar a Francia, donde deberían prestar declaración ante el juez de instrucción de Ceret. Estos viajeros se llamaban Ramon Vilartimó, Ramon Laviña, Joan Pinal y Jaume Soler. No tenemos constancia que los requeridos se presentaran. El conductor de la diligencia era Joan Nonell, de El Voló (Le Boulou) y por lo menos le acompañaba un ayudante, o mayoral, llamado Taburic.

Los asaltantes escogieron cuatro viajeros para llevárselos como rehenes: Joan Massot, Josep Roger, Josep Bellver e Isidre Masclé. El examen de sus pasaportes, que llevó a cabo Sagal, le convenció que los seleccionados poseían bienes económicos suficientes para pagar buenos rescates pero podría haber sucedido que los trabucaires tuvieran conocimiento de su solvencia desde el momento que habían adquirido los pasajes. El procurador Isidre Masclé, en el último momento, consiguió comprar al trabucaire que lo vigilaba con un puñado de onzas de oro que llevaba escondidas en las botas. El vigilante miró hacia otro lado y el procurador, amparándose en la oscuridad, se escurrió entre las patas de una mula.

Al cabo de cuarenta y cinco minutos, un silbato avisó a los asaltadores que había terminado el tiempo prudencial de permanencia en el lugar y todos, llevando consigo a Massot, Roger y Bellver, se internaron en el bosque, después que los rehenes tuvieran que permitir que les cortasen la parte baja de las perneras de los pantalones para que pudiesen andar más fácilmente. La madre del joven Massot suplicó desesperadamente que no se llevaran a su hijo y se produjo una escena dramática que terminó cuando los trabucaires la amenazaron con apuñalar al chico si no se callaba. Jean Babtiste Duchamp no fue molestado por el hecho de ser francés y eso nos recuerda la máxima que Marià Vayreda, en su novela “La puñalada”, atribuye a un trabucaire: “el zorro jamás debe provocar daños cerca de su madriguera”.

Pasado un rato desde que se produjo el ataque a la diligencia, los trabucaires se detuvieron para repartirse el botín. Reunieron y luego sortearon los objetos robados. Algunos de estos objetos, encontrados en poder de los acusados en el proceso de Perpiñán, constituyeron pruebas de su participación en el asalto.

Los trabucaires y sus rehenes caminaron durante toda la noche y se detuvieron cuando llegó la madrugada. Joan Simon obligó los prisioneros a que redactaran cartas personales pidiendo el pago de los rescates que les exigía. El preció por la vida de Roger ascendía a 400 onzas; por la de Bellver, 500 onzas y 800 por la de Massot. Luego, Simón añadió una nota a cada escrito citando a los pagadores de los rescates en un lugar de Les Guilleries, entre Anglès y Santa Coloma de Farners.

Portada de "Las Escuadras de Cataluña"
Portada de “Las Escuadras de Cataluña”

El 2 de marzo, los trabucaires fueron sorprendidos por un grupo de milicianos y de miembros del somatén, cerca de Sant Miquel de Cladells. Esta pequeña iglesia, en medio del macizo del Montseny, era un lugar de reunión de los habitantes de las masías de los alrededores, donde se celebraban ferias y romerías. La presencia de los trabucaires en el lugar fue denunciada por una pastora de Arbúcies. En el choque que se produjo, Josep Camps (Sapé) resultó herido en el costado por un disparo y por la explosión de su trabuco, que le arrancó casi la mitad de un brazo. Los trabucaires mataron a dos somatenes. La información periodística de este suceso menciona, por primera vez, al jefe carlista Martirià Serrat como capitán de los asaltantes de la diligencia.

Durante una marcha forzada por el terreno agreste y nevado del Montseny, Josep Bellver se puso enfermo, se desplomó en el suelo y pidió que le dejasen morir. Luego, dictó testamento a su compañero de infortunio, Josep Roger. Sus últimas voluntades seguían la costumbre catalana y nombraba a su esposa usufructuaria de los bienes que dejaba a los hijos. El enfermo fue abandonado y los trabucaires, considerándolo moribundo, le quitaron la manta con la que se protegía. Esta circunstancia, durante la vista del proceso, fue presentada por el procurador general, como otra prueba de la crueldad despiadada de los trabucaires pero, en realidad, el aprovechamiento de los vestidos, botas, y armas que los soldados quitaban a los muertos y moribundos, constituía una práctica usual y organizada en todos los ejércitos. El testamento del comerciante fue a parar a las manos de Joan Simón. Deducimos que el desfallecimiento de Bellver sucedió después del choque de Sant Miquel de Cladells ya que nos consta una carta del gerundense a su esposa, fechada el 3 de marzo, mediante la cual le pedía que consiguiese el dinero para pagar su rescate. El procurador general atribuyó a Bellver la edad de unos setenta años pero no parece que hubiera cumplido los cincuenta. Jaume Pujades declaró ante el juez de instrucción que Bellver había sido abandonado cerca de Can Gat, en el Montseny. Si supiéramos que la distancia existente entre el grupo de casas llamado Can Gat y el lugar en el que fue abandonado el gerundense, es escasa, podríamos suponer que los secuestradores dejaron el rehén en un lugar donde fácilmente podría haber sido encontrado y socorrido. Pero Pujades también declaró que Simón y Forcadell apuñalaron a Bellver, de lo cual no existe prueba porqué el cuerpo de Bellver nunca fue encontrado.

Los secuestradores, desesperados por el silencio de las familias de los rehenes, abandonaron el refugio de las montañas y bajaron al llano. El día 25 fueron descubiertos por los mozos de escuadra en el término municipal de Seva y más concretamente en la masía llamada Pere Solà de Terrassola. El señor Joan Camps i Prat, nacido en 1824 en Seva y que murió en 1905, escribió un diario personal en el cual reflejó detalladamente este incidente [14]. El señor Camps, escribió lo siguiente: “Nadie había oído nada pero llegó uno de los mozos [de escuadra] llamado Cot, herido en la espalda y dio la noticia de que al acercarse a can Pere Sala, él y tres compañeros, a dos que eran novatos los dejaron en la parte trasera de la casa, uno se llamaba Isidre y el otro Vernet, y él y otro compañero que eran experimentados rodearon la casa, uno por una parte y el otro por la otra [15]. El que iba por la parte de abajo fue el que se encontró más cerca de la puerta y preguntó al dueño a quien tenía en casa y éste le respondió “a nadie”. El insistió, “de modo que a nadie” y la respuesta fue que si quería verlo que mirase. Este [mozo de escuadra] se llamaba Ros de l’Empordà. En aquel momento se oyó un disparo y un gran “¡ay!” y sin moverse de la puerta se escuchó un gran movimiento por la parte alta de la casa y vio que bajaban por la escalera y al aparecer los dos primeros les disparó la carabina pero sin éxito. Se volvió hacia sus compañeros y les dijo: “Huyamos que estamos todos perdidos” y se fue por donde había venido. Su compañero que se encontraba a seis pasos a sus espaldas, en una esquina del corral del animal, esperó inmóvil frente a la puerta de la casa. Los del interior, al salir por la puerta, dieron un empujón a un prisionero que tenían para que saliera el primero y el mozo disparó a bocajarro y le abrió la cabeza. Enseguida vio cuatro o cinco armas apuntándole y se acachó y lo hirieron en la espalda y al retroceder por el mismo lugar, se encontró a uno de sus compañeros muerto, que lo fue por el primer disparo que se oyó; éste fue Vernet al cual dispararon desde una aspillera […]. Salieron los trabucaires como furias y el otro mozo, llamado Isidre […] le tiraron algunos tiros que lo hirieron pero de poca gravedad, aunque con los grandes gritos que dieron se asustó y lo atraparon en el mismo sitio; lo mataron a quinientos pasos del viñedo de Solà”.

Eran siete policías y quince trabucaires. La noticia de la estancia de los trabucaires en la masía Pere Solà la había dado el rentero de Can Moreu, casa vecina a la anterior, el cual creyó que aquellos forasteros eran contrabandistas. El señor Camps conocía la cueva, cercana a can Moreu, donde estuvieron recluidos los rehenes y nos explica que se trataba de una gruta en medio de un risco, a la cual se podía acceder trepando por “un pino mal podado y regular” [16].

monolito  en recuerdo de los mossos muertos en Seva por los trabucaires
monolito en recuerdo de los mossos muertos en Seva por los trabucaires

El somatén de Seva encontró los cuerpos sin vida de los dos mozos de escuadra y de Josep Roger, al que identificaron como el hijo de una familia muy rica de Figueres. El chico vestía bien, con una levita oscura, pantalones negros, ya rotos y los botines también estropeados. Cerca de su cuerpo había una carabina descargada y con la manilla rota. Con este arma los trabucaires remataron a culatazos al mozo de escuadra herido y la madera aún retenía un mechón de cabellos. Los trabucaires abandonaron la carabina al lado del cuerpo del figuerense con la esperanza de que le consideraran un miembro de la banda y el asesino del policía. Los primeros informes oficiales de las autoridades españolas confirman que el truco dio el resultado que esperaban los secuestradores ya que en los escritos se hace referencia a un faccioso muerto y a que se había recuperado el arma que portaba.

Quico fue el trabucaire que disparó desde la aspillera de la casa e hirió al mozo Vernet. Quien lo remató a culatazos, fue Xocolata. El mozo Isidre resultó muerto por Frai. Los trabucaires tuvieron tiempo de desnudar los cadáveres de los policías y llevarse sus uniformes y la documentación profesional. El gobernador civil, mediante la circular número 220 de 1 de abril, prevenía a los alcaldes y les ordenaba que revisaran los documentos de los mozos de escuadra que se les presentaran o que transitaran por sus municipios. Algunos opinaron que Massot, durante el tiroteo, pudo intentar la huida pero que prefirió permanecer con sus secuestradores. Marià Vayreda, en La Punyalada, reflejó la opinión popular: “… el infeliz Massot de Darnius, el mismo del cual la nariz y orejas figuran como pruebas en el célebre proceso de Perpiñán, durante un día que la partida que le  conducía fue sorprendida por los mozos de escuadra y no tenía más que abandonarse en brazos de sus libertadores para salvarse, se escurrió y huyó corriendo detrás de sus verdugos, igual que actúan las ovejas, cuando, fascinadas por el lobo, se deshacen del rebaño, corriendo detrás de aquel e internándose en el bosque”[17] .

Durante el 2 de abril, en las cercanías de Osor y en la masía de Can Clascà, los mozos de escuadra a las órdenes del sub-cabo Joan Pujol, sorprendieron a tres trabucaires y mataron a dos. El tercero fue aprehendido en Susqueda y fusilado por orden del alcalde. No sabemos con certeza si los tres trabucaires de Osor habían participado en el ataque a la diligencia, lo que confirmaría que los asaltantes de la misma habían sido, por lo menos, quince. El sub-cabo declaró que aquellos trabucaires presumían de su participación en el enfrentamiento ocurrido en Seva. Posiblemente, Joan Pujol fue el mismo mozo que actuó de perito en el juicio de Perpiñán a fin de reconocer las armas requisadas a los acusados y al cual increpó Tocabens, en el momento de la lectura de la sentencia, para pedir a gritos que les permitieran luchar cuerpo a cuerpo.

Todos los hechos relatados, desde el asalto a la diligencia hasta el fusilamiento del trabucaire en Susqueda, fueron informados por Carlos Llauder, jefe político de Girona, en su dictamen de 30 de julio de 1845, solicitado por el cónsul español en Perpiñán con el objetivo de dar a conocer al juez de Ceret los hechos atribuibles a los hombres que el día 5 de mayo habían sido detenidos en Cortsaví. El informe de Llauder sugiere que los tres rehenes aún permanecían con vida en la fecha del 25 de marzo, cuando se produjo en encontronazo de Seva. Recordemos que la última carta de Bellver, dirigida a su esposa, fue escrita el 3 de marzo; es decir, a la mañana siguiente de la lucha de Sant Miquel de Cladells. Teniendo en cuenta que durante el juicio, Pujades declaró que Bellver desfalleció en una marcha forzada por el Montseny y en un lugar llamado Can Gat, al cual se llega por la carretera de Taradell a Viladrau (actualmente, B-520 y G-520) podríamos creer que el rehén murió de fatiga cuando los trabucaires huían rápidamente, internándose en las montañas, después del choque ocurrido en la masía Pere Solà (situada entre Seva y Taradell). Por lo tanto, de momento, pensamos que Carlos Llauder no se habría equivocado al suponer que en la gruta cercana a la masía mencionada, estuvieron presos Massot, Roger y Bellver.

Can Massot en Darnius, domicilio paterno de Joan Massot
Can Massot en Darnius, domicilio paterno de Joan Massot

Por otro lado, hay autores que creen que Josep Roger llegó con vida a la frontera y que, por lo tanto, no murió en Seva. Por ejemplo, Antoni Papell y Josep Gibert [18] afirman que Roger, acompañó a Massot en la reclusión de la cueva del Bessagoda y que ambos murieron en manos de los miembros de la expedición de cómplices de los trabucaires (Domingo estaba entre ellos) y policías, guiada por Jaume Pujades, que trepó hasta el lugar para encontrarles. No obstante, debemos insistir que Josep Roger murió el 25 de marzo de 1845 en Seva y eso porqué no tan solo disponemos del testimonio preciso de Joan Camps, sino porqué también sabemos que Tomás Roger, hermano de Josep, consiguió que un juez ordenara la exhumación del cadáver del supuesto faccioso caído en la masía Pere Solà, lo examinó y declaró que las características físicas de los despojos se aproximaban mucho a las de Josep.

En definitiva, la fecha del fallecimiento de Roger en dicho lugar ha de ser considerada cierta y teniendo en cuenta que Bellver dictó su testamento a Roger, en Can Gat, antes de que sucediera el choque en Seva, al fin hemos de concluir que el informe de Llauder no acertaba al incluir a Bellver entre los rehenes recluidos en Seva, ya que éste había muerto pocos días después del incidente ocurrido en Sant Miquel de Cladells y antes de que sucediera el choque de Seva. Durante el proceso, el tribunal no demostró ansia para descubrir las circunstancias de la muerte de Josep Roger. El presidente del tribunal preguntó a Jaume Pujades la fecha del fallecimiento del joven rehén y el delator respondió que había sucedido el mismo día que él había entrado en Francia pero no puntualizó la fecha en la cual traspasó la frontera. La falta de interés de las autoridades judiciales por la averiguación de este hecho resulta comprensible ya que comprometía a la policía de un país “amigo” y porqué distraía la atención del jurado en lo que se refiere al crimen principal en el cual centraban el escarmiento que se proponían: el asesinato de Joan Massot.

Según el guión judicial, a mediados del mes de abril, los secuestradores, llevando consigo el último rehén que les quedaba, el joven Joan Massot, llegaron a la frontera y se dividieron en dos partidas. Una se dirigió a la masía Els Meners, en el Vallespir, en territorio francés, donde tenían que reunirse con Tià dels Meners y Nas Ratat. La otra permaneció al sur de la frontera del rio La Muga, en una cueva situada a unos mil metros de altura que se conocía como la cueva del Bessagoda y que actualmente se llama la cueva de Massot. La distancia entre dicha cueva y Els Meners puede ser recorrida a pie en unas pocas horas y la masía resulta visible desde la gruta, de manera que Tià y Nas Ratat se comunicaban con los hombres emboscados mediante señales de luz.

En el momento que Massot fue recluido en la cueva del Bessagoda, los secuestradores habían enviado a su familia un mínimo de cinco cartas para exigirle el pago del rescate, sin que hubieran recibido ninguna respuesta. No obstante, el 15 de abril, se realizó un encuentro entre unos cuantos emisarios de las familias de los tres rehenes, cerca de Les Salines (entre Maçanet de Cabrenys y La Bajol). Los mandatarios de la familia Massot solo ofrecieron cien onzas por el rescate del joven (los secuestradores pedían 800) y los trabucaires, enojados, las rechazaron. Aquel mismo día, Joan Massot escribió a su madre en unos términos desesperados. Tocabens también escribió a la señora Soler y al yerno de ésta, Jaume Furniol, alcalde de Darnius. Al alcalde le dio instrucciones precisas para que se presentara en la capilla de Les Salines con el dinero del rescate de su cuñado. La cita fue fijada para el 19 de abril. Las fuerzas del orden españolas y francesas fueron avisadas de la entrevista y prepararon conjuntamente una trampa a los trabucaires pero se produjo un malentendido entre ellas en lo referente a la hora en que debía celebrarse. Los franceses llegaron primero y cuando vieron acercarse a los emisarios de Darnius, los tomaron por trabucaires y dispararon contra ellos. Entonces, los secuestradores, que permanecían escondidos cerca del lugar de la cita, se consideraron traicionados y huyeron hacia el lado español de la frontera, donde los mozos de escuadra, si hubieran estado en el puesto que les correspondía, les habrían cortado el paso. Pero no estaban allá. Mientras, Jaume Pujades, Xocolata y Sapé que iban a Les Illes a comprar vino, también oyeron los disparos, se asustaron y huyeron en dirección opuesta. La encerrona de Les Salines indignó a los secuestradores y Tocabens escribió otra misiva a la madre de Massot, violenta y amenazadora, de la cual tampoco recibió respuesta.

A partir de aquel momento, los secuestradores se hallaron en un callejón sin salida porqué ni la familia Massot quería soltar el dinero del rescate, ni ellos gozaban de una posición segura. Nas Ratat les hizo saber que Jaume Pujades en su huida, había llegado a Monestir del Camp, donde residía antes de iniciar aquella aventura y la había contado a extraños. También les informó de que, a partir de la delación de Pujades, se estaba preparando una expedición formada por las fuerzas francesas y españolas que se dirigiría a la montaña del Bessagoda para rescatar al joven de Darnius. Vistas estas circunstancias, los trabucaires decidieron matar a Massot y lo hicieron entre los últimos días de abril y el primero de mayo- eso, según el guión del procurador general.

La determinación de la fecha en que murió Joan Massot constituía una circunstancia transcendente del juicio que se llevó a cabo en Perpiñán ya que el grueso de los trabucaires marcharon de la cueva del Bessagoda unos días después, o en el mismo día que fue asesinado el joven de Darnius. Claro que la fijación exacta del deceso de Joan hubiera garantizado la culpabilidad o inocencia de los acusados y probablemente, hubiera permitido la identificación, si fuera el caso, del hombre o de los hombres que lo degollaron. Trataremos esta cuestión más adelante. De momento, solo constatamos que alrededor del primero de mayo la mayor parte de los secuestradores abandonaron la gruta en la que retenían al rehén, precisamente, coincidiendo con la muerte de éste.

El grupo que abandonó la cueva del Bessagoda se dirigió a la masía de Cors, en Sant Llorenç de Cerdans y presionaron al rentero, Joan Peytavy, para que los alojara. Pero, aunque el rentero accedió a su petición, el rechazo que les mostraba originó desazón en los huéspedes y pidieron a Tià dels Meners que les buscara otro escondite. Tià encargó a su hijo que fuera hasta Cortsaví y que citara a Llorenç Claret, rentero de la masía llamada mas o cortal del Eloi, a fin de que aquella misma noche se presentara en la masía de Cors. Claret se presentó a las nueve de la noche y habló con Tià, el cual le convenció para que acogiera en su casa a los jóvenes que se hospedaban en aquel lugar, diciéndole que se trataba de prófugos de los “depósitos”- campos de retención donde las autoridades encerraban a los emigrados carlistas. Eso sucedió el 2 de mayo. A las tres de la madrugada del día 3 de mayo, Claret guió el grupo de trabucaires que se habían escondido en la masía de Cors hasta Cortsaví. Però Peytavy, a través de su hermano, había avisado a la gendarmería de la presencia de los rebeldes y cuando éstos cruzaron el rio Tec por el vado llamado Pas del Llop, fueron divisados por los vigías que la comisaría especial de la frontera, con sede en Arles de Tec, había situado en el lugar.

Vado del rio Tec, llamado El pas del Llop, por donde cruzaron los trabucaires, camino de Cortsaví
Vado del rio Tec, llamado El pas del Llop, por donde cruzaron los trabucaires, camino de Cortsaví

Durante el día 4 de mayo, tres gendarmes y cuatro aduaneros, reforzados por veinte soldados de infantería, tomaron posiciones discretamente alrededor del mas del Eloi. A la mañana siguiente, otro refuerzo de tropa, proveniente de Arles de Tec se añadió a la anterior y rodeó la casa pidiendo la rendición de los hombres que se refugiaban en ella. Los trabucaires no estaban armados y la mayoría se entregó, salvo cuatro o cinco que intentaron escapar. Los asediadores dispararon contra éstos, hiriendo de gravedad a Miquel Bosch, alias Quico y Cistell, joven de 20 o 22 años, natural de Santa Coloma de Farners. Los tiros de los soldados también alcanzaron a otro par de fugitivos, sin que les produjeran heridas de gravedad. El cura de Cortsaví, Andreu Lacasa, habiendo confesado a Quico, se dirigió a los oficiales de las fuerzas del orden para prevenirles respecto la peligrosidad de los detenidos. Los prisioneros fueron trasladados a la cárcel de Ceret. Miquel Bosch murió en el hospital de Arles de Tec.

El 6 de mayo, el subdelegado de seguridad pública de La Jonquera informó al gobernador político de Girona sobre la detención de 11 trabucaires en territorio francés, de los cuales tres habían sido heridos. El alcalde de Les Illes le había confirmado la noticia. El subdelegado especulaba en relación a la posibilidad que los detenidos pertenecieran a la partida de Martirià Serrat.

El Cortal de l'Eloi en Cortsaví
El Cortal de l’Eloi en Cortsaví

La emboscada en el cortal de Eloi sucedió el 5 de mayo de 1845 pero Josep Mateu, alias Xocolata escribió una carta a sus padres para hacerles saber que había sido detenido el día 9 de mayo en un lugar que no especificaba. Recordemos que Mateu, Pujades y Sapé se separaron del grupo de secuestradores el 19 de abril, el mismo día de la entrevista fallida que debía haberse llevado a cabo con los emisarios de la familia Massot. Josep Camps (Sapé) fue descubierto por los gendarmes debajo de montones de paja en una masía de la comuna de Oms. Algún cronista dice que eso sucedió a la mañana siguiente o al cabo de pocos días de la fecha de la emboscada de Cortsaví pero un testigo de Les Illes, llamado Joan de la Pubilla, afirmó en la vista del proceso, que en septiembre de 1845 había topado con Sapé en el camino de Ceret a Les Illes y que el acusado se cubría con una capa y le dijo que venía de un largo viaje. Es decir, en septiembre de 1845, justo cuando se celebraba la primera sesión del proceso de Perpiñán, Sapé todavía no había sido detenido. Por dicha razón este trabucaire no consta ni en la carta que el subdelegado de seguridad de La Jonquera envió al gobernador civil de Girona, ni en el comunicado que el cónsul español de Perpiñán dirigió a la Capitanía General de Cataluña, con fecha del 12 de mayo, mediante la cual informaba respecto la detención en Cortsaví de los siguientes trabucaires: Salvador Fàbregas (Noi Piu) Antoni Forcadell, Martí Reig, Joan Simon (Tocabens), Miquel Verdaguer (Sagal), Josep Mateu (Xocolata), Llorenç Espelt, Pere Barlabé (Negret) y Miquel Bosch (Quico)- del cual, el cónsul precisaba que había muerto en el hospital de Arles de Tec.

gendarme, a mediados del XIX
gendarme, a mediados del XIX

Es muy dudoso que los hombres detenidos en el mas de Eloi fueran el total de los que habían participado en el ataque a la diligencia. Después del asalto, en el Diario de Barcelona del 13 de abril de 1845, apareció una noticia que atribuía la dirección de la partida de asaltantes a Martirià Serrat i Miró, de Les Escaules (Alt Empordà), brigadier carlista que se mantuvo alzado en armas después de la primera guerra, ayudando a Felip y a Planademunt en múltiples acciones y que luego también participó activamente en la guerra de los matiners. La prensa informaba que la partida de Serrat contaba con miembros del Rosellón (franceses, decía) los cuales se dedicaban al cobro de rescates. Los cronistas gerundenses no han dudado en señalar a Martirià Serrat como autor- por lo menos, intelectual- del asalto a la diligencia de Perpiñán a Barcelona. Joan Guillamet lo asegura y también dice que Serrat acompañó a los secuestradores de Massot a territorio francés, aunque pudo escapar de la emboscada de Cortsaví [19] . Antoni Papell y Josep Gibert coinciden en la misma versión y además apuntan que Serrat, después que escapó del asedio de Cortsaví, cruzó la frontera y se escondió en la sierra de Recasens. Pero Papell- que fue el primero en publicar esta información- dice que la huida de Serrat se produjo a finales de junio de 1845, cuando se dirigía de Maçanet de Cabrenys a Les Illes por lo que no demuestra que Serrat acompañara a los trabucaires que habían sido detenidos el 5 de mayo en Cortsaví.

Mozo de escuadra, a mediados del XIX.
Mozo de escuadra, a mediados del XIX.

El misterio en relación a los trabucaires que participaron en el asalto a la diligencia de Perpiñán a Barcelona, y las negociaciones para el cobro de los rescates de los rehenes, así como respecto al asesinato de Joan Massot, se agrava si tenemos en cuenta los hechos relativos a la muerte de los tres trabucaires en Osor, después del asalto, los quince que- según Joan Camps de Seva- se escondían en la masía Pere Solà de Terrassola y el informe del jefe político de la provincia de Girona que garantizaba que los asaltantes de la diligencia eran más de quince. Además, algún investigador ha dicho que Pere Pujol, alias Perot de Santa Bárbara, también formaba parte del pelotón que detuvo el carruaje en el Suro de la Palla y el Diario de Barcelona implicaba a trabucaires del Rosellón en el asunto, de los que no sabemos el nombre- salvo, quizá, que uno de ellos fuera Jep de l’Helena. En realidad, existen multitud de noticias que señalan que los trabucaires sumaban muchos hombres y que algunos participaban en acciones determinadas, aunque solo fuera puntualmente, a veces mientras estaban de paso en el lugar y al margen de ninguna organización estable y permanente. Una muchacha de Cortsaví declaró que después de la encerrona del mas de l’Eloi, encontró a un hombre en el camino de Arles de Tec que le preguntó sobre las circunstancias de las detenciones. La chica respondió que las fuerzas del orden público habían detenido a once hombres y él la contradijo: “No, ellos eran doce”. Otro testigo, aduanero en Sant Llorenç de Cerdans, que había formado parte de la expedición que descubrió el cadáver de Joan Massot, declaró que pocos días antes de la emboscada de Cortsaví, divisó a un grupo de veinticinco malhechores y que entre ellos había tres hombres que caminaban dándose la mano, en los cuales creyó reconocer a Bellver, Roger y Massot. El albañil de Arles de Tec, Francesc Paré, declaró que pocos días después de las detenciones de Cortsaví, se cruzó en Reiners con unos hombres que le pidieron tabaco y monedas y que le preguntaron sobre la causa de la agitación que había en Arles de Tec. Cuando Paré les explicó que habían sido detenidos unos trabucaires, los interlocutores le aseguraron que “no arrestaran a ninguno más”. Otro testigo, vecino de Monturiol, explicó que el día 8 de marzo de 1845, mientras pastoreaba unas cabras, encontró a doce o quince hombres armados que le pidieron información sobre un lugar donde pudieran pasar la noche y luego le preguntaron por un hacendado llamado Costa. Finalmente, un policía destinado en Cortsaví, declaró que un propietario de este pueblo había sufrido porqué fue amenazado de secuestro por unos trabucaires, que no podían ser los detenidos ya que éstos, a la mañana siguiente de su llegada, fueron detenidos. En definitiva, los datos expuestos demuestran que las autoridades pescaron en Cortsaví a los trabucaires que pudieron pero no vaciaron el mar de “peces”, como pretendían.

Las negociaciones para el pago de los rescates y la actitud de la familia Massot.

Las gestiones realizadas para encontrar a Massot, Bellver y Roger fueron muchas y complejas. El joven Massot escribió más de diez cartas a sus parientes y Bellver y Roger, enviaron, cada uno, quizá cuatro. Tocabens, personalmente, escribió unas cuantas misivas a los familiares de los secuestrados.

Diversas personas realizaron actividades, a veces frenéticas, a cuenta de las familias afectadas a fin de encontrar a las víctimas o a sus carceleros. No sabemos el nombre de todos los implicados en la búsqueda porqué las crónicas del suceso y los documentos que se conservan del proceso judicial, las identifican simplemente como “españoles”. Los agentes conocidos de las familias de los secuestrados fueron los señores Comes, Vinyes y Clavaguera pero es seguro que hubo más.

Las primeras misivas de los rehenes y de sus secuestradores pidiendo los rescates fueron enviadas a la mañana siguiente del asalto a la diligencia. Las víctimas tuvieron que reclamar por escrito de su puño y letra, el pago de los precios exigidos: 400 onzas de oro por Roger, 500 por Bellver y 800 por Massot. El 3 de marzo, un día después del choque de Sant Miquel de Cladells, Massot, siguiendo las indicaciones de sus secuestradores, escribió a su madre: “Amada madre, ésta es la segunda vez que os escribo y empiezo a creer que queréis dejarme morir […] el frío me atormenta y estos hombres también me atormentan. Ellos me matan a puñaladas; otras veces me quieren fusilar […] si me amáis, vended lo que poseo y si con ello no es suficiente, ayudadme un poco, haced este sacrificio para salvarme la vida porqué ya la doy por perdida…”

El joven Joan volvió a escribir a su madre con fecha 10 de marzo, desesperado, despidiéndose de sus familiares y pidiéndoles que rogaran por su alma ya que si no pagaban el rescate, lo matarían. En esta carta, Joan confirmaba que el preció de su rescate ascendía a 800 onzas de oro. Tocabens añadió una nota al escrito mediante la cual daba instrucciones precisas respecto al modo que debía efectuarse el pago: “Los que traigan el dinero saldrán a las 7 de la tarde de Anglès y se dirigirán a Santa Coloma de Farners y se cubrirán la cabeza con un pañuelo blanco, como señal. Sin descansar, seguirán por el camino de Sant Hilari de Sacalm […]; todo lo indicado debe llevarse a cabo bajo secreto de confesión”. Tocabens avisaba a la señora Francesca Soler que no podía confiar que el somatén o “las tropas del gobierno revolucionario” liberaran a su hijo y finalmente la amenazaba de torturarlo y ocasionarle daños que “horrorizaran a aquellos que los conozcan”. Las misivas fueron entregadas a los destinatarios por un payés que cobró por ello 8 piezas de 100 “sous[20] .El día señalado para el pago del recate caía en domingo. Los trabucaires esperaron toda la jornada, también durante el siguiente e incluso, durante el martes, cerca del hostal Mataró, en el Montseny. Nadie se presentó a la cita.

En fecha del día 18, Tocabens obligó a los rehenes a tomar la pluma y escribir nuevamente a sus respectivos parientes. Masot se refería a que había sufrido simulacros de fusilamiento, a que le querían cortar las orejas y arrancarle los ojos. En nombre del comandante avisaba a su madre que por cada cita que desatendieran, el precio del rescate se incrementaría doscientas onzas. En esta carta se reiteraban las indicaciones para realizar el pago. Josep Roger escribía a sus hermanos mostrándose sorprendido porqué, habiéndoles enviado tres cartas, todavía no hubiesen cumplido “lo que os pedí”. La carta de Roger no era tan dramática como la de Massot aunque se refería genéricamente a los maltratos que recibía.

El 20 de marzo, Massot escribió a su madre la quinta misiva y la prevenía sobre el hecho que aquella era la última vez que se comunicaba con ella ya que así lo había ordenado el comandante. Insistía en recordarle el lugar donde debía efectuarse el pago, cerca de Sant Hilari de Sacalm y se despedía para siempre. Por lo tanto, sabemos que en esta fecha los secuestradores todavía permanecían en el Montseny.

El 31 de marzo, Massot escribió a su cuñado y alcalde de Darnius, Jaume Furniol y le recordó que también había escrito a Bernat Cases, médico de la familia, con el objetivo que se pagara su rescate pero que nadie se había presentado a la cita. Mediante esta carta, nos enteramos de que el precio por la salvación de Joan se había incrementado hasta 1000 onzas.

El 15 de abril, Massot volvió a insistir en el pago, mediante escritos dirigidos a su cuñado y a su madre. Con el fin de demostrar que el rehén seguía vivo, Tocabens ordenó al chico que señalara en las cartas algún objeto de la casa paterna que pudiera ser reconocido y Joan apuntó- en la carta dirigida a Furniol- que encima de la mesita de la habitación de su madre había dos jarrones con flores, mientras que a ésta le indicó que debajo del cajoncillo de su escritorio había un escondrijo. Tocabens añadió una nota personal a esta misiva que decía lo siguiente: “El camino que deben tomar los hombres que traerán el dinero es el mismo que tomaron el día de la entrevista; es decir, el camino desde Darnius al Coll de Lli y desde allí hasta la capilla de Les Salines”. Por lo tanto, está claro que en esta fecha los secuestradores ya se habían trasladado desde el Montseny hasta la frontera y que se habían entrevistado con los emisarios de la familia Massot en el mismo lugar que ahora volvían a fijar para el pago de los rescates. En realidad, el encuentro previo se había llevado a cabo en la misma fecha de los escritos mencionados.

Efectivamente, en fecha del 15 de abril se llevó a cabo en la capilla de Les Salines el único encuentro personal del que existe constancia entre los emisarios de la familia Massot y los secuestradores. Los hombres enviados por los Massot – Salvi Manlleu, Pere Joan, Josep Llucau, Garriga, Comes, Pere Oms y Mateu- por lo menos- encontraron en el lugar señalado a Tocabens, Frai y Llorenç. Los emisarios de los Massot ofrecieron a los secuestradores cien onzas por el rescate de Joan, las cuales fueron rechazadas, de forma airada por Tocabens. Los trabucaires repitieron su retahíla habitual de amenazas y los apoderados volvieron a Darnius. Al pasar cerca de Maçanet de Cabrenys, el oficial de la guardia los confundió con trabucaires y les disparó de lejos.

Una nueva cita fue fijada para el 19 de abril. Los Massot informaron de ella a las autoridades españolas y éstas se pusieron de acuerdo con las francesas a fin de preparar una emboscada. Los franceses cumplieron el trato y esperaron escondidos, cerca de Les Salines, que aparecieran los secuestradores. Los primeros en llegar al lugar fueron los emisarios de los Massot pero los gendarmes los confundieron con los trabucaires y dispararon contra ellos. Las detonaciones avisaron a los verdaderos secuestradores que huyeron azorados hacia el lado español de la frontera. De acuerdo con lo previsto, los mozos de escuadra deberían haber cerrado el paso a los fugitivos pero los policías no se hallaban en el lugar que habían planeado con las fuerzas francesas.

Podríamos creer que el 19 de abril, a Les Salines, se firmó la condena a muerte del joven Joan pero todavía hay constancia de otra carta escrita por el rehén y enviada a su madre. Efectivamente, el 21 de abril Massot escribió por última vez a su madre. Aunque esta carta, como las anteriores, fue dictada por Tocabens, se adivina que algunas frases sentidas de la misma correspondían al pensamiento del chico. Por ejemplo, Joan decía que si aún no lo habían matado se debía a que uno o dos secuestradores le compadecían por causa de su juventud. Por primera vez y la última, reprochaba a la madre que lo hubiera abandonado por intereses económicos y la avisaba que ella tampoco estaba segura ya que, después de matarlo, los trabucaires “quemaran la parte de los bienes que os pertenecen y a vos misma, si os encuentran”. Enseguida, Massot exclamaba: “Por lo menos no dejéis que me maten por motivos de interés y si me quedan algunos bienes, no faltará una buena persona que me preste la suma suficiente para rescatar mi vida y yo responderé con mis bienes…”.

A la mañana siguiente, Tocabens envió a la señora de Massot una larga carta llena de reproches, mediante la cual la acusaba de mentirosa y de haber divulgado en territorio español y francés las citaciones que le había enviado. No obstante, le otorgaba la última oportunidad para efectuar el pago, amenazándola de que si volvía a suceder alguna cosa rara, todo el oro del mundo no sería suficiente para salvar la vida de su hijo, puesto que “su muerte me reportará más beneficio, debido al escarmiento que supondrá para otros”. Tocabens ordenaba que los emisarios de la familia Massot partieran de Figueres a las nueve del atardecer del sábado 26 de abril y que caminaran por la carretera real hacia Girona. Si nadie les abordaba durante el trayecto, se detendrían en Báscara durante el domingo y a les nueve de la noche, partirían de nuevo hacia Tordera. La familia Massot tampoco cumplió las últimas instrucciones de los secuestradores y según el guión judicial, después de este nuevo fracaso, Joan Massot fue degollado en la cueva de Bessagoda.

Tomas Roger, una vez hubo recibido la primera carta pidiendo el rescate de su hermano, se entrevistó con el comandante militar de Girona y además pidió a un amigo que llevara a cabo indagaciones en territorio francés próximo a la frontera. El amigo de Tomas, apellidado Clavaguera, conocía la zona fronteriza del rio La Muga porqué se dedicaba al contrabando. Clavaguera se dirigió a la Cataluña francesa y sin pensarlo dos veces, la recorrió hasta que un día, cerca de Els Meners, se encontró en el camino a dos hombres armados. Clavaguera les preguntó si sabían dónde podían estar los secuestrados y uno de los hombres, llamado Perot de Santa Bárbara le recomendó que pasados dos días, se acercara al bosque de Guifreu. En este lugar- le dijo Perot- encontraría a una mujer y a un hombre a caballo; la mujer debería saber el escondrijo en el que se encontraban los rehenes por los que preguntaba ya que era la amante de Jaumetó de les Preses. El día y en el lugar señalados, Clavaguera encontró a la mujer y al caballero. Ella era Caterina Gatell. La mujer fue interrogada por Clavaguera y solo obtuvo de ella el compromiso de que le daría una respuesta al cabo de pocos días.

Entre las circunstancias dudosas de este caso, debe señalarse la relación que existió entre Caterina Gatell y Perot de Santa Bárbara con los hombres que se sentaron en el banquillo de los acusados en el juicio de Perpiñán.

Pere Pujol, alias Perot de Santa Bárbara, nació en 1822 en la masía Pujol, de Santa Bárbara, en el término municipal de Oix. A los veinte años huyó para escapar del servicio militar y aunque a partir de entonces fue considerado un trabucaire, solo se le atribuía la muerte de un hombre, al cual disparó por la espalda. Consta que el fiscal militar de Girona pidió al alcalde de Oix que le informara sobre la conducta y antecedentes de Perot y que esta autoridad le contestó que ni los regidores, ni los hombres honrados del pueblo tenían ninguna queja del investigado. Al terminar la guerra de los matiners, Pujol fue encarcelado por la participación que tuvo en el levantamiento pero rápidamente se le concedió el indulto. En el año 1852, Perot volvió a ser perseguido por la justicia militar, que le incoó una causa criminal, acusado de ser “un ladrón de cuadrilla”. Seguramente fue condenado ya que, durante este mismo año, pidió ayuda a sus amigos de Oix, desde la prisión de Barcelona.

Jaumetó de les Preses y Caterina Gatell eran amantes. Jaume Bosch, alias Jaumetó de les Preses, había residido ocasionalmente en Londres, en el número 4 de St. Patrick Terrace, Dover Road, donde gozó de la compañía de la muchacha. Caterina, mientras estuvo en Perpignan, se movía por el territorio fronterizo y sabemos que se ocupaba en facilitar víveres a los trabucaires que se escondían en un bosque, cerca de la población de El Soler (Perpiñán), dónde Jaumetó de les Preses había adquirido un hostal. Además, Caterina practicaba la prostitución en la casa de la Teresita. Precisamente, el carpintero perpiñanés Joan Damond la buscó por encargo de Comes- otro agente contratado por la familia Roger- y la encontró en dicho lupanar. Después de conversar con ella, Damond y Comes concluyeron que la chica no sabía nada de los secuestrados en el Suro de la Palla. Clavaguera también visitó a Caterina y ésta le recomendó que abandonase la búsqueda y que esperara hasta recibir una nota escrita ya que las posibilidades que tenía de averiguar algo sobre los secuestrados disminuían a medida que aumentaban las personas que intervenían en el asunto. En otra ocasión, Clavaguera ofreció a Caterina 30, 70 y hasta 100 luises de oro para que le facilitara alguna pista pero la muchacha rechazó el dinero, argumentando que nunca traicionaría la confianza que le habían depositado ciertas personas.

En cualquier caso, Caterina nunca dio información alguna sobre el paradero de los secuestrados y acabó poniendo en contacto a Clavaguera con Manuel Colomer, alias Serineta, carnicero de la plaza Royal de Perpiñán. Este pillo, después que hubo presumido de su capacidad de negociación y de sus contactos, pidió dinero a Clavaguera para que financiara las gestiones que debería realizar. A la mañana siguiente, Clavaguera paseó por la plaza Royal y tropezó con Caterina. Ésta informó a Clavaguera que al cabo de dos días, en aquel mismo lugar, se le presentaría un hombre. La previsión se cumplió y en la fecha indicada Clavaguera fue interceptado en la plaza por Perot de Santa Bàrbara. El enviado de los Roger discutió el precio del rescate de Josep y ofreció 400 onzas por la liberación de los rehenes. Perot rechazó el trato con indignación: “¡Pues bien, [los rehenes] serán fusilados!”- dijo. Pero Clavaguera y Pujol volvieron a encontrarse y entonces el trabucaire se mostró dispuesto a rebajar el rescate a 80 onzas por cada rehén, aunque esta cifra no debió ser la definitiva ya que, posteriormente, entregó una carta a Clavaguera, dirigida a la familia Bellver, según la cual el rescate del rehén subía 120 onzas, que habían de ser pagadas a un individuo en el pueblo de Oms. Clavaguera, acompañado por Serineta, se dirigió a Oms y allá encontró a un barbudo malcarado que inmediatamente identificó como Perot. El trabucaire, enojado porque el truco de la barba postiza no había surtido efecto, culpó a otro negociador, el señor Comes, de las trabas que dificultaban la conclusión del asunto y afirmó que lo despedazaría hasta que el trozo más grande que quedara del mismo fuera una oreja. Serineta apoyó a Perot y esta circunstancia, así como otros detalles, persuadieron Clavaguera que Serineta también formaba parte de la conspiración de los trabucaires.

Otro de los negociadores a cargo de las familias de los rehenes, el señor Vinyes, contactó con Fabrach (Domingo) y le entregó 25 onzas de oro y 150 francos para remunerar las gestiones que realizara. Fabrach se entrevistó con miembros de la familia Massot, sobre todo con la madre del joven rehén, a la cual incluso pidió unos pantalones nuevos para éste. Los pantalones, de color azul pálido, fueron hallados por la gendarmería en el registro que llevó a cabo en el pajar de la masía Cors después de las detenciones de Cortsaví. Comes, apoderado de los Massot, también se entrevistó con Domingo y el intermediario de los trabucaires le dijo que se engañaba si creía que los secuestrados se encontraban en territorio francés. La madre de Massot, pensaba que Fabrach era cómplice de los secuestradores. En realidad, en un registro que se llevó a cabo en la casa de Domingo, la policía encontró un borrador de carta para pedir rescate a las familias Roger y Massot.

En definitiva, el fracaso de los secuestradores se debió, en parte, al hecho que el asalto a la diligencia se produjo lejos del domicilio de los rehenes y a que aquellos pretendieron que los apoderados de las víctimas bajaran hasta el Montseny para satisfacer los rescates. Pero las autoridades vigilaban atentamente a las familias de los secuestrados con el objetivo de impedir que se pagaran rescates a los facciosos y por esta razón, los afectados preferían que se trataran estos asuntos al otro lado de la frontera. Además, los secuestradores, en pocos días, perdieron dos rehenes, de manera que el éxito de su negocio, al fin, solo dependía del dinero que pudieran conseguir por el rescate de Joan Massot. Estas circunstancias añadieron tensión y aumentaron la desconfianza entre los secuestradores y entre éstos y las familias de los secuestrados, las cuales andaban a tientas y al fin cayeron en manos de aprovechados que actuaban por su cuenta. No obstante, también es cierto que la familia Massot tuvo la oportunidad reiterada de conseguir la liberación de Joan y siempre la despreció.

Todo indica que la familia Massot se adscribía políticamente al liberalismo conservador. Al respecto, incluso la tradición oral de los gerundenses que ha llegado hasta nuestros días, atribuye a sus miembros esta tendencia. Todavía se recuerda que, después de la muerte de Joan, la reina Isabel II, durante un viaje que realizó a Cataluña, se alojó momentáneamente en el caserío de los Massot. La adscripción política de los Massot los anclaba en una situación incómoda puesto que en Darnius predominaba el carlismo. Eso explica, parcialmente, la complicidad que muchas personas cercanas a la familia de la víctima mantuvieron con los secuestradores- lo que, curiosamente, no constituyó un objetivo de la investigación judicial, aunque fuera algo más que una sospecha-.

Ahora bien, aun siendo liberales, los Massot tenían un pariente bien conocido en el bando carlista porqué Joan era primo hermano de Francesc Savalls Massot (La Pera, 1817, Niza, 1886) que fue un matiner de importancia y que se convirtió en el general carlista más famoso en Cataluña durante la tercera guerra civil (1872-76). Debemos rechazar, por fantasiosa, la hipótesis mantenida por algunos autores, según la cual el joven teniente Francesc Savalls acompañó en la huida hacia la frontera a los trabucaires que asaltaron la diligencia en el Suro de la Palla. Esta hipótesis implica que el oficial carlista participó en el secuestro y asesinato de su primo. En realidad, nadie ha sostenido de forma contundente dicha complicidad pero sí que ha habido quien, considerando que la pertenencia de Savalls a las huestes de Felip es un hecho probado, ha sugerido que bien podría haber sucedido lo demás. Por ejemplo, son de este parecer R.Grabolosa , y más claramente, J. Guillamet en su obra citada, “Coses i gent de l’Empordà[21]. El memorialista carlista Joaquín de Bolós [22], dedica a Savalls el siguiente comentario: “Era [Savalls] tipo ampurdanés, como hijo de la tierra y estaba emparentado con distinguidas familias, entre ellas la casa Massot de Darnius (Savalls y Massot) la cual le dio arraigo en el país”. Está claro que el arraigo de Savalls en el país resultaba del hecho que había nacido en tierra gerundense y en una casa cuyos orígenes se retrotraen a 1580, de manera que no necesitaba alegar ningún parentesco importante para que se le reconociera como ampurdanés y catalán, o – sea dicho con un término actual, para “integrarse”. Por lo tanto, Bolós solamente introdujo este comentario en su libro para indicar el parentesco de Savalls con los Massot, dando la impresión que con ello despertaba alguna sospecha en el lector que él no se atrevió a concretar. Pero ciertamente, la sospecha de la implicación de Savalls en el asunto del secuestro y asesinato de su primo, debió surgir en el mismo momento que se supo la muerte de Joan ya que, habiendo transcurrido tres años de este suceso y en plena guerra de los matiners– el 29 de septiembre de 1848- Savalls entró en Darnius al frente de doscientos hombres, arrastrando a su correligionario Martirià Serrat, esposado, como si fuera un prisionero. Seguro que la comitiva desfiló por delante del caserío de los Massot- situado en la carretera, enfrente del pueblo- ya que la exhibición tenía por objeto demostrar la enemistad de Savalls con el hombre que la opinión pública, la prensa y las autoridades españolas, habían señalado como jefe de los asesinos de su primo. A la vez, esta representación también servía a Savalls para proclamar su inocencia en relación a dicho crimen.

La familia Massot era rica y por lo tanto, no resulta creíble que no tuvieran dinero para pagar el rescate por la vida de Joan, aunque sí podemos creer que la madre solo poseyera, en efectivo, las cien onzas que ofreció a Tocabens en el encuentro de Les Salines. Debido a la evidente negativa a proceder al pago de dicho rescate, la madre de Joan y los hermanos de la víctima adquirieron mala fama entre las gentes del territorio, de la cual nos informan algunos historiadores, como Raymond Sala, Guillamet y F. Sánchez Agustí, así como el novelista Ludovic Massé [23] . En realidad, tenemos pruebas de que ni los mismos secuestradores entendían la actitud de la madre de Joan Massot hacia su hijo y entre la correspondencia que se guarda en los archivos del proceso, se encuentra una carta atribuida a Salvador Fàbrega (Noi Piu) y dirigida a la viuda, que dice lo siguiente: “Señora Francisca, es muy extraño que, por interés y por los falsos consejos de aquellos que hoy se muestran como favoritos, abandonéis vuestra sangre. Eso, sin tener en cuenta lo que dirán los niños que lleváis en el vientre y lo que pensaran todos los que ahora consideráis los más fieles; de entrada, vuestros hijos dirán: que especie de madre tenemos que prefiere el interés y la sangre extraña más que a nosotros y después, si pretendéis casaros en segundas nupcias, cualquiera que se os acerque con esta intención, vuestro marido, pensará: Que mujer tan poco constante!. De la misma manera que ha abandonado a su hijo en un gran peligro, de la misma manera se volverá en mi contra si se le presenta la oportunidad y le conviene. Y por estos únicos motivos, vos seréis la mujer más desgraciada del mundo, aunque tengáis dinero, no os desprenderéis del mismo con alegría y Dios hará que os quede un remordimiento interior, el cual os destruirá el alma con dolor intenso y no os podréis consolar. De la misma manera que habéis tratado a vuestro hijo, los hijos que os quedan os trataran a vos. Mujer malvada, sois peor que la torre de Nesle ” [24].

La autora A.F.Mare [25] , basándose en las declaraciones tardías de Forques y de Reig, afirma que Noi Piu fue el autor de esta carta y que la escribió el mismo día en que Massot fue asesinado, motivado por la rabia que le produjo el hecho.

La sorpresa de los secuestrados por la forma de actuar de la familia Massot se basaba en que no comprendían la escala de valores de los propietarios rurales, de acuerdo con la cual anteponían el interés económico a cualquier otra consideración. Los trabucaires, cuando disponían de dinero, se lo gastaban “con alegría”. Además, la experiencia les demostraba que la mayoría de las personas procuraban la salvación de los familiares secuestrados, que todos buscaban el dinero que a veces no tenían y pagaban los rescates, arrostrando las terribles amenazas de las autoridades. Pero los Massot tenían precedentes que pronosticaban su dureza negociadora y por lo tanto, la posición que en el caso de Joan, adoptaron. En la vista del proceso, un amigo rosellonés del padre de Joan Massot recordó que el viejo Massot había sido secuestrado por los trabucaires de Planademunt y que consiguió salir del trance pagando solamente 1500 pesetas, en vez de las 15000 que le exigían por el rescate. Es decir, los Massot era una familia que ya había resistido la extorsión en anteriores circunstancias y por lo tanto sus miembros se sentían con fuerzas para repetir la estrategia que tan buenos resultados les había dado. Lo cierto es que la negativa de los Massot a pagar el rescate por la vida de Joan e incluso a buscar su paradero, no admite dudas. El cuñado del joven y alcalde de Darnius, tramitó esta nota al comisario Maurice de El Pertús: “La señora Massot no aprueba los planes. Es necesario que cesen los gastos.”

La mala fama social que adquirió la viuda Massot desde el momento que la gente del país se enteró que no había querido pagar el rescate de su hijo, fue considerable y eso perjudicó el éxito de la ejemplaridad de la sentencia que se proponía el tribunal francés. Ciertamente, las autoridades francesas escogieron este caso criminal y escenificaron pomposamente el juicio de los trabucaires porqué el asesinato de un adolescente, arrancado de los brazos de su madre, constituía el tipo de salvajada que conmovía las conciencias y desacreditaba a los facciosos que lo habían perpetrado, los cuales gozaban del soporte que el pueblo llano siempre ha concedido a los bandidos “sociales”. En este caso, los trabucaires no habían matado policías, milicianos o soldados, ni tan siguiera a un hacendado explotador- hechos que pueden resultar excusables a los ojos de los humildes- sino a un chico inocente. Pero el abandono que fue objeto el muchacho por parte de su madre y ello debido a motivos que todo el mundo creía que eran de interés económico, incluso sin justificar el crimen, repartía la culpa- sea dicho en sentido moral- entre los parientes de la víctima y los agresores. Durante el juicio oral, el tribunal quiso terminar con la maledicencia que perjudicaba la carga de toda la culpa sobre las espaldas de los acusados y llamó al estrado a la viuda una segunda vez, después que ya hubiera declarado, a fin de que se defendiera de las calumnias “odiosas” de que era objeto- según dijo el fiscal- por parte de los inculpados. La señora Massot, aunque escenificó sus apariciones en el estrado con los gestos dramáticos de una madre desconsolada- sin olvidar el desmayo- no tuvo reparo en asegurar que el resto de sus hijos le habían impedido que pagara el rescate- principalmente apuntó contra su yerno Furniol- y además alegó que el general Zurbano amenazaba con la cárcel a los familiares de los secuestrados que cedieran al chantaje de los bandidos [26]. En definitiva, la viuda confirmó su inhibición en lo referente al pago del rescate por la vida de Joan y derivó la responsabilidad a los hermanos y a su yerno, los cuales se habían negado a desprenderse de las propiedades- ni tan solo quisieron hipotecarlas – para satisfacerlo.

Otra cosa- aunque no podemos confirmarla- es que la familia Massot hubiera confiado que Francesc Savalls, sobrino carlista de Francesca y por lo tanto, primo de sus hijos, impediría que los secuestradores mataran a Joan.

La muerte de Joan Massot.

Debemos suponer que Joan Massot conservó la vida, por lo menos, hasta el 26 de abril, fecha en la cual se cumplió el último plazo concedido por Tocabens a su familia para que pagara el rescate. El 10 de mayo fue hallado el cadáver del chico en la cueva del Bessagoda. Por lo tanto, Joan murió entre el 26 de abril y el 10 de mayo. Claro está que la determinación de la fecha del asesinato constituía un dato esencial para que se pudiera probar la culpabilidad de los hombres detenidos en el cortal de l’Eloi puesto que sabemos que abandonaron la cueva del Bessagoda en el día 30 de abril, o en el 1 de mayo.

Hallazgo del cadáver de Joan Massot. ”Estampa del libro “Las Escuadras de Cataluña; su origen, sus proezas, sus vicisitudes, intercalada con la vida y los hechos de los más famosos bandoleros”, de José Ortega y Espinós. 1858
Hallazgo del cadáver de Joan Massot. Estampa del libro “Las Escuadras de Cataluña; su origen, sus proezas, sus vicisitudes, intercalada con la vida y los hechos de los más famosos bandoleros”, de José Ortega y Espinós. 1858

Jaume Cabretosa, médico de Montagut examinó el cadáver en Ribelles, durante el día 11 de mayo y fechó la muerte del chico entre los días 5 y 8 del mismo mes, aunque apuntó, al final de su certificado, que la temperatura de la cueva en la que había permanecido el rehén era muy baja y que esta circunstancia podría haber influido en la buena conservación del cuerpo. Para terminar, opinó que Massot podría haber muerto en el 1 de mayo. Eso dijo, aunque ni él, ni los médicos que le acompañaron en el examen forense, habían pisado la cueva. Constan otros certificados, firmados por el médico Casellas y el farmacéutico Bolàs, ambos rosellonenses, mediante los cuales estos peritos supusieron que Massot había muerto 10 o 12 días antes de que fuera hallado su cadáver (lo que sucedió el 10 de mayo). Pero el objetivo que perseguían los últimos facultativos consistía en demostrar que las orejas humanas que se encontraron en el pajar de la masía Cors correspondían a Joan Massot y por lo tanto no justificaron su suposición referente al tiempo que creían que había transcurrido desde que el rehén había fallecido. Pero fijémonos en el curioso certificado de Cabretosa y entonces será inevitable que nos preguntemos: ¿Massot murió entre el 5 y el 8 de mayo, o, concretamente, el primero de mayo?. El firmante del certificado podría haberse ahorrando la primera impresión y dejar constancia únicamente, de la conclusión. Pero no fue así, sino que el médico quiso que constase su dictamen inicial, a fin de que quedara constancia de la contradicción entre la primera impresión, prudente y motivada- la muerte de Massot se produjo entre el 5 y el 8 de mayo- y la certificación definitiva y extrañamente exacta- murió en fecha 1 de mayo- que basó únicamente en un dato térmico no comprobado. Naturalmente, el certificado contradictorio de Cabretosa fue provocado por la presión de las autoridades, a las cuales les interesaba que la fecha del asesinato del joven coincidiera con la fecha del abandono de la cueva del Bessagoda por parte de los secuestradores; es decir, el primero de mayo. Por lo dicho, la lectura, incluso superficial, del certificado de Cabretosa provoca dudas sobre su opinión verdadera, ya que el médico quiso redactarlo de manera que cualquier persona que lo leyera pudiera percibir la objeción que contenía. Evidentemente, el tribunal se refugió en la hipótesis del efecto de la temperatura fría de la cueva en la conservación del cadáver, a fin de comprometer en el asesinato de Massot a los trabucaires detenidos en Cortsaví.

A.F. Mare [27] reconstruyó el asesinato de Massot a partir de las declaraciones de Isidre Forga y de Martí Reig, realizadas entre los días 30 de mayo y 1 de junio de 1846, cuando ya había terminado el juicio. La autora confesó que no confiaba en las manifestaciones extemporáneas de dichos trabucaires ya que parecían estratagemas de la defensa. Efectivamente, Forga y Reig fueron condenados a trabajos forzados de por vida y en el momento que formalizaron estas últimas declaraciones estaban esperando la clemencia del rey. Según los declarantes, la decisión de acabar con la vida del chico fue un poco improvisada. Los trabucaires Quico y Forga vigilaban el rehén cuando llegaron hasta la cueva sus compañeros Vicens, Reig y Espelt, con el fin de trasladarlo a otro escondite pero, al darse cuenta del estado físico muy deplorable en el que se encontraba y por indicación de Jeroni (Vicens), Xocolata (Mateu) y Quico lo degollaron. Las declaraciones tardías de Reig y Forga dejaban en buena posición a sus autores, ya que se habían compadecido de la víctima, mientras que cargaban el asesinato a dos compañeros condenados a la pena capital- Xocolata y Jeroni- y a otro que había fallecido- Quico.

Ludovic Massé [28] recoge el rumor popular- precisamente en el epílogo de su novela, que no tiene continuidad con la trama de la misma- según el cual Xocolata, con la complicidad de Nas-Ratat, degolló a Massot, después que el grueso de la partida de secuestradores hubo abandonado la cueva del Bessagoda. Ésta es la hipótesis más creíble en relación a lo sucedido.

Recordemos que Pujades, Sapé y Xocolata, en el día 19 de abril, se dirigían a Les Illes para aprovisionarse de vino y a medio camino escucharon los disparos de los gendarmes. Entonces se dieron cuenta del fracaso del encuentro previsto en Les Salines con los apoderados de la familia Massot y se alejaron de sus compañeros.

Alrededor del 1 de mayo, los trabucaires que todavía permanecían con el rehén en el Bessagoda y después de lo ocurrido en Les Salines, supieron que los policías se les acercaban, por lo que decidieron abandonar al chico bajo la custodia de Nas-Ratat y se refugiaron en la masía de Cors y después, en el cortal de Eloi. Antes de largarse, cortaron una oreja al rehén con la intención de que les sirviera para insistir en el pago del rescate, por lo que no creemos que lo matasen. Supongamos que lo dejaron con vida.

El 5 de mayo, los trabucaires que venían de la cueva del Bessagoda cayeron presos en la celada de Cortsaví. Pero antes de que eso sucediera, Pujades llegó a Monestir del Camp y narró a quien quiso escucharle toda la aventura que había vivido desde que se juntó con los trabucaires. Concretamente, descubrió el lugar donde Massot permanecía retenido y aseguró que éste todavía conservaba la vida. Cuando se expandió la noticia de la detención de los trabucaires en Cortsaví, Pere Oms- empleado de la familia Massot y que fue uno de sus emisarios en el primer encuentro en Les Salines- se puso en contacto con Pujades, con Fabrach (Domingo) y con un tal Joan Casavella, alias Joanet. El intermediario M. Vinyes entregó 50 onzas y 150 francos a Pere Oms para financiar los gastos de una expedición al Bessagoda e inmediatamente se formó un grupo de expedicionarios, los cuales se pusieron en contacto con las autoridades francesas y españolas a fin de que colaborasen en la búsqueda del rehén.

Nas- Ratat, estando en Els Meners, se enteró de la delación de Pujades y de la expedición que se preparaba con la ayuda de las policías. Probablemente, Fabrach fue quien le informó de todo ello. Ambos debían temer que si los expedicionarios encontraban a Massot con vida, éste les denunciase como cómplices de los secuestradores. Recordemos que Domingo había pedido a la señora Francesca unos pantalones nuevos para su hijo, lo que significa que conocía el paradero del chico. Quizá Domingo recomendó a Nas-Ratat que matase al rehén. En cualquier caso, camino del Bessagoda, Domingo pronosticó repetidamente a sus compañeros expedicionarios que cuando llegasen a la cueva, solo encontrarían el cadáver de Joan.

Mientras los expedicionarios se acercaban a Els Meners, Xocolata – uno de los trabucaires que había abandonado a sus compañeros a raíz del incidente de Les Salines- se presentó en el lugar. Nas-Ratat contó a Xocolata las últimas noticias y ambos decidieron que los expedicionarios no podían hallar a Massot con vida. Subieron a la cueva y degollaron al chico. Luego le clavaron once puñaladas en el pecho a fin de que la investigación judicial se conformara con acusar del crimen a los once hombres detenidos en Cortsaví [29] . El día 10 de mayo, la expedición llegó a la cueva del Bessagoda y encontró el cadáver de Joan Massot. Los gendarmes franceses de la expedición no traspasaron la frontera y el resto de expedicionarios fueron acompañados hasta la gruta por los mozos de escuadra.

Los hechos fundamentales de la hipótesis que acabamos de narrar concuerdan con el calendario de lo ocurrido, con las fechas que Cabretosa- en la primera parte de su certificado- fijó la muerte de Massot y con el rumor que se extendió entre las gentes del Vallespir desde que fue encontrado el cadáver del chico- la gente creía que Nas-Ratat y Xocolata habían sido los verdugos del rehén-; así como también concuerdan con las actuaciones más que sospechosas de Domingo y de Pere Oms en todo el asunto. Domingo no se mostró demasiado explícito en relación a las circunstancias que llevaron al descubrimiento del cadáver de Massot y Pere Oms- un testigo esencial por lo que se refiere a la constitución de la expedición al Bessagoda- no pudo declarar oralmente en la vista del proceso porqué estaba encarcelado en España y está claro que no es lo mismo declarar por escrito que enfrentarse al tribunal. En definitiva, no sabemos de forma concisa y detallada lo ocurrido cuando los expedicionarios llegaron a la cueva del Bessagoda. Este desconocimiento ha alimentado versiones extrañas, entre las cuales no faltan las que atribuyen el asesinato de Massot a los expedicionarios e incluso, a los mozos de escuadra que los acompañaban.

Ciertamente, la coautoría de Xocolata en el asesinato del joven de Darnius puede discutirse ya que este trabucaire consta en los listados oficiales de los hombres que habían sido detenidos en Cortsaví el 5 de mayo, por lo que parece que no podía haber acompañado a Nas-Ratat en las fechas que creemos que Massot fue muerto. Pero no sabemos cuándo se redactaron las relaciones de los trabucaires detenidos en Cortsaví aunque es seguro que no lo fueron el día 5 de mayo, fecha de la encerrona. Además un testimonio declaró que había conversado con Xocolata en Paçà, más o menos alrededor del día 5 de mayo y entre la documentación del proceso hay una carta de este trabucaire, dirigida a sus padres, mediante la cual les informa que había sido detenido el día 9 de mayo, cuatro días después de la emboscada de Cortsaví. Por lo tanto, es casi seguro que Mateu gozaba de libertad en el momento que sus compañeros refugiados en el cortal de Eloi, cayeron en manos de las fuerzas del orden, y quizá fuera uno de los tres o cuatro trabucaires que huyeron del asedio. En definitiva, Xocolata pudo haber asesinado a Massot en una fecha posterior al 5 de mayo.

Encuadre político del caso.

A partir de la guerra contra Napoleón se fueron demoliendo parcialmente los pilares del antiguo régimen en España y se intentó la construcción del Estado liberal. Este proceso se intensificó durante los primeros años del reinado de Isabel II, y se prolongó durante todo el siglo XIX e incluso más allá. La demolición del antiguo régimen en España no fue el fruto de la revolución sino que se produjo a través de guerras civiles, revueltas, levantamientos y pronunciamientos militares. Y este continuo de enfrentamientos civiles, políticos y militares, no se redujo a la lucha entre los frentes claramente delimitados por los partidarios del antiguo régimen- carlistas- y los partidarios del nuevo Estado, ya que hubo liberales de todo tipo, desde republicanos- divididos en unitarios y federales- socialistas y liberales de izquierda, hasta monárquicos moderados y de derecha, muy cercanos al carlismo.

Durante este largo periodo, el nexo entre las autoridades y el pueblo no iba más allá del asunto del orden público. Proliferaban las declaraciones de estado de sitio y de guerra, la Constitución vigente no se aplicaba y el ordenamiento jurídico oscilaba entre las regulaciones consuetudinarias del antiguo régimen y las normativas dispersas e inseguras que ensayaba el nuevo sistema. En la práctica, la jurisdicción militar acaparaba el conocimiento de los delitos, sobre todo cuando los crímenes constituían robos y homicidios cometidos por campesinos. Solamente durante el año 1840 fueron fusiladas doscientas personas condenadas por delitos políticos. Desde diciembre de 1843 hasta diciembre de 1844, se fusiló a otras doscientas. Claro que en este cómputo no se incluyen los centenares de personas muertas a tiros en las cunetas, en los puentes o en la misma puerta de su casa por las milicias, los somatenes y las policías. En un momento concreto, Francia e Inglaterra se pusieron de acuerdo para pedir al gobierno de Madrid que abandonara la práctica represiva de los fusilamientos.

La situación en Cataluña era, sin exagerar, la peor. La acción guerrillera estuvo presente en el Principado desde la guerra contra Napoleón, se aceleró momentáneamente con el levantamiento de los agraviados (malcontents), desembocó en la primera guerra carlista (1833-1840) se mantuvo después con las acciones de los trabucaires, explotó de nuevo con la guerra exclusivamente catalana de los matiners (1846-49), se recobró con el alzamiento carlista de 1855 – que acompañó las huelgas generales de 1854 y 1855- y la revuelta popular de 1856 y después de un descanso más aparente que real, culminó con la guerra carlista de 1869 a 1876. Durante los años centrales de este siglo, Joan Prim se quejaba continuamente de la opresión que sufría Cataluña y avisaba que se debía mandar al pueblo catalán con la ley en la mano, la convicción y el razonamiento y que jamás se le podía dominar “como mandan los bajás a sus esclavos”. El general Prim defendía a los industriales catalanes, favorables al proteccionismo y enfrentados al gobierno de Espartero y su política anglófila, la cual se tradujo en la firma de un convenio comercial que establecía la más absoluta reciprocidad comercial entre España e Inglaterra. El alzamiento de los barceloneses de noviembre de 1843, fue reprimido con el bombardeo de la ciudad. Prim, que había iniciado la revuelta en Reus, acabó por pasarse al bando de la reina y en contra de los que le había dado apoyo. Después de largos y costosos enfrentamientos, principalmente en Barcelona y los pueblos del llano, y al fin en Girona y Figueres, los revoltosos partidarios del gobierno de las juntas, fueron vencidos.

La rivalidad entre Inglaterra y Francia por el dominio de España, creció después de la primera guerra carlista. El 4 de enero se debatía en la cámara alta francesa el proyecto de ley para destinar 700.000 francos de ayuda a los refugiados extranjeros. Nouailles aprovechó la ocasión para reprochar al gobierno su indiferencia hacia las naciones aliadas de Francia y más concretamente, respecto a España. Nouailles previno del peligro que suponía que el movimiento revolucionario español les contaminase y pronosticó que el matrimonio de Isabel II se convertiría en la clave que decidiría la influencia bajo la cual caería España. El ministró advirtió que lord Palmerston se esforzaría para que el matrimonio de la reina se llevara a cabo contra los intereses franceses. El 8 de mayo, el crédito que proponía el gobierno francés para ayudar a los exiliados extranjeros se había multiplicado por dos pero las autoridades galas contaban, con alegría mal reprimida, que de los 24000 carlistas españoles que se habían refugiado en Francia, 14000 se habían acogido a la amnistía decretada por Isabel II y retornaban a España.

A finales de 1843, habiendo caído Espartero, empieza en España un largo periodo de gobiernos conservadores que, descontando el bienio progresista, se prolongó durante veinte años. El nuevo gobierno quería ser un calco del régimen de Louis Philippe d’Orleans y el 23 de mayo de 1845 se proveyó de una Constitución conservadora que archivó la progresista de 1837. Ambos sistemas políticos, el francés y el español, debían calificarse de liberales moderados y ambos encubrían precariamente una dictadura de financieros. El régimen del “rey burgués” era muy admirado por las clases adineradas de Europa, las cuales consideraban que Francia constituía un Estado modélico, donde el progreso económico devenía posible dentro de un marco de orden aparentemente eficaz. El diplomático español Augusto Conte visitó Paris durante el año 1845 y escribió que si bien los opositores radicales se enfrentaban sin piedad a Louis Philippe, hasta el punto que aquel “pobre” rey se veía obligado a renunciar a los paseos solitarios y vivía recluido en su palacio, por otra parte, el orden y la prosperidad de Francia eran enormes aunque no se daba la merecida transcendencia a los síntomas alarmantes de decadencia política y social que allá aparecían. Pero Conte, después de alabar la altura que habían conseguido las artes, el comercio, la agricultura y las industrias francesas, nos da a entender que una parte importante de esta magnificencia era agua de borrajas y termina su discurso con la siguiente sentencia: “El coloso tenía los pies de barro pero su aspecto era bellísimo”[30].

La guerrilla de los trabucaires actuó desde que finalizó la primera guerra carlista (1840) hasta que se incorporó a la guerra de los matiners. La aventura, el juicio y la condena de los trabucaires juzgados en Perpiñán ocurrieron durante el segundo y el tercer año del reinado de Isabel II (1845-46) poco antes que se iniciara la guerra. En concreto, la detención de los trabucaires de Les Illes y su juicio ocurrió mientras en España se consolidaba el gobierno liberal moderado del afrancesado Narváez y coincidió con el momento álgido de la crisis internacional por el matrimonio de la reina española que enfrentó, sobre todo, a Francia e Inglaterra. Desde la guerra napoleónica, ambas potencias habían rivalizado en el control de la política comercial y diplomática españolas. Los ingleses apoyaban a los independentistas de las colonias españolas, deseaban apoderarse de los intereses mineros peninsulares y se enfrentaban al proteccionismo industrial español. Mientras Espartero se mantuvo en el poder, el embajador inglés se reunía casi semanalmente con los ministros españoles. Cuando el duque de la Victoria fue expulsado del gobierno, huyó hacia Inglaterra en una goleta enviada por el gobierno británico al puerto de Santa María. El interés francés en el dominio de España tenía su razón de ser en la expansión colonial que había emprendido la monarquía orleanista en el norte de Africa. Pero Louis Philippe orilló sus discrepancias con Lord Palmerston y mantuvo la “entente cordiale” entre ambas potencias hasta que el asunto del matrimonio de Isabel II de España, explotó.

Las buenas intenciones demostradas por el pretendiente carlista, conde de Montemolín, convencieron a algunos de que la reconciliación entre los adversarios de la misma dinastía monárquica podía conseguirse mediante el matrimonio de Isabel con éste. En realidad, la abdicación de Carlos V, padre de Montemolín- Carlos VI- fue recomendado por el Vaticano, por el zar y por Metternich, con el objetivo de facilitar la unión del heredero carlista con la joven reina. El casorio de Isabel constituía la clave de la influencia sobre España que se disputaban Inglaterra y Francia y por dicha razón devino una cuestión internacional, en la cual tomaron baza todas las potencias europeas y Rusia.

La reina española tuvo seis pretendientes importantes, uno de los cuales, promovido inicialmente por Francia y apoyado por Narváez, fue el duque de Aumale, hijo de Louis Philippe. Los ingleses se opusieron firmemente a esta candidato y el rey francés, finalmente, tuvo que renunciar a su pretensión, lo que hizo a cambio de que Isabel se casara con su primo Francisco de Asís y de que el duque de Montpensier- otro de sus hijos- se uniera a Luisa Fernanda, hermana de Isabel. Los historiadores carlistas han mantenido que Louis Philippe, en un determinado momento del debate matrimonial de la reina española, propuso a la casa real del pretendiente carlista el mismo trato que había ofrecido a la rama borbónica en el trono; es decir, que se unieran Montemolín e Isabel a cambio de que Luisa Fernanda maridara con el duque de Montpensier. El fracaso del proyecto de unión de Montemolín con Isabel fue el motivo aducido por los montemolinistas, mediante el manifiesto de 12 de septiembre de 1846, para alzarse en armas. Desde que se supo que el consorte de Isabel sería Francisco de Asís y que el marido de Luisa Fernanda sería el duque de Aumale, muchos pensaron que, considerada la condición homosexual del futuro rey, la pareja de monarcas no tendría descendencia, por lo que, al fin, la corona española caería en manos del duque d’Aumale y, en definitiva, de Francia.

En plena crisis por el asunto del matrimonio real español, en fecha del 19 de marzo de 1846, después que los acusados cumplieran diez meses de prisión y mientras que en el Principado se mantenía la escalada revolucionaria- la R.O. de 16/04/1846 daba el máximo de facilidades para que se adoptaran “las medidas extraordinarias que se juzguen convenientes, incluso la de declarar en estado excepcional los pueblos…”- se inició en Perpiñán el proceso de los trabucaires de Les Illes. Alguna noticia periodística nos informa de que la fecha prevista para el inicio de la vista del proceso penal había sido señalada para noviembre del año anterior y debemos creer que el retraso de la misma debe relacionarse con las circunstancias políticas de las relaciones entre los dos Estados fronterizos. El 28 de mayo, los acusados conocieron la sentencia y el 27 de junio los que habían resultado condenados a muerte, fueron guillotinados en las plazas de Ceret y de Perpiñán.

Pero la explicación de las circunstancias esenciales de las relaciones que mantenían Francia y España durante los años centrales del siglo XIX no resultaría entendible si no nos referimos a la cuestión fronteriza.

A.F. Mare inicia un capítulo de la obra que dedicó a los trabucaires de Les Illes [31] , con las expresiones siguientes: “Une langue identique… une entourage musard, grapilleur et complice”. La identidad catalana, como causa de la similitud de opiniones políticas entre los habitantes del norte y del sur de la frontera, fue señalada con alarma a principios del XIX por el comisario de policía de Girona, el cual escribió a su homólogo de Perpiñán para prevenirle de que, según afirmaban los viajeros que visitaban la capital del Rosellón, “el espíritu público parece que es verdaderamente malo […]; existe una comunidad de intereses; una identidad en las costumbres, de la cual nace, necesariamente, la similitud de opiniones políticas. Éste es el principio del mal. Pero la policía puede probar de debilitarlas y ciertamente vuestro celo clarividente y vuestro sacrificio se ocuparan de encontrar los medios para ello” [32] . La observación del comisario gerundense mantenía su vigencia treinta años más tarde de que fuera escrita. Además de la comunión catalana de intereses, los gobiernos de ambos Estados temían las contaminaciones revolucionarias que pudieran llegarles del otro lado de la frontera. Francia, más pragmática, temía la contaminación de la revuelta armada. Por el contrario, España, que ya sufría el alzamiento armado, temía que éste se viera reforzado por la contaminación ideológica que suponía lo que genéricamente se llamaba “la revolución francesa”, la cual, durante los años centrales del siglo, derivó en el socialismo utópico- principalmente- de los idearios de Proudhon y de Cabet. Dichos socialistas gozaba de muchos adeptos en Girona y Barcelona. Manuel Pavía, capitán general de Cataluña durante dos periodos en la guerra de los matiners, recordando la revolución de 1848 que destronó a Louis Philippe, escribió lo siguiente: “Porqué, a la verdad, es aquella de las antiguas provincias de España [Cataluña] la más en afinidad, si ya no es que digamos semejanza, con Francia. Aparte del frecuente trato que proporciona a los naturales de uno y otro país el ser confines y fronterizos, de lo usual que es entre los nuestros el idioma de los franceses, de los muchos de estos que residen en aquellas poblaciones, llegando a cinco mil en solo Barcelona, de los vínculos antiguos que unen a Cataluña con el Rossellón y la Cerdaña, y que no ha podido desatar del todo la pérdida de estas que fueron también provincias de España, hay causas ingénitas y poderosas para que haya de subsistir tal afinidad o semejanza.. Las principales poblaciones de Cataluña son como las de Francia, grandes centros industriales, y como en ellas están sujetas a crisis fabriles, que dan lugar a súbitas y espantosas miserias; sus ciudadanos son también entusiastas e irritables en demasía, al propio tiempo que como españoles son tercos y duros con sus empeños. Todo esto dice claro que en Cataluña era, si no fácil, harto posible, que entraran y cundieran no ya solo la revolución sino las ideas desorganizadoras y antisociales del país vecino, riesgo que apenas podía temerse en ninguna otra parte de España […] las correrías y las esperanzas de los carlistas de adentro y las conspiraciones de los de afuera; los hábitos de desobediencia de los naturales probados ya en famosos hechos y célebres revoluciones, apenas habrá quien no de por crítica y amenazadora la situación de Cataluña en los días después de la revolución de Febrero” [33] .

A partir de 1830, la opción política progresista- ideologías demócrata socialista y republicana radical- representada por François Aragó [34] se extendieron y enraizaron en los territorios de los Pirineos Orientales, hasta el punto que en la década de los cuarenta, Paris consideraba que éste es un departamento “rouge”, enemigo de la monarquía de Louis Philippe y de la alta burguesía que le sostenía. Peter McPhee sugiere que el estado de revuelta en la dicha circunscripción tenía distintos orígenes, entre los cuales menciona las antiguas tradiciones catalanas de enfrentamiento con el poder central [35] . El problema era de carácter político, interno y externo, incluido el aspecto militar. París necesitaba la pacificación de la opinión pública de un país, desde los puertos marítimos del cual, se embarcaban las tropas para la conquista de Argelia.

La primera guerra carlista española trascendió a la Cataluña francesa, también en lo referente a la ideología tradicionalista que abrazaba. La sociedad catalana del norte, ancorada en la escala de valores rurales, culturales y religiosos, contaba con su “carlismo”, hermanado con el homólogo original del sur. La situación política y social de la Cataluña francesa, tan similar a la que caracterizaba la revuelta en el lado español, fue percibida por el gobierno de Paris y por dicha razón, desde que empezó la primera guerra carlista, en el año 1833, el poder central nombró comandante de la guarnición de Perpiñán al general De Castellane y, en el año 1841, a Vaïsse como prefecto. Castellane organizó despliegues militares y maniobras en los espacios públicos que aterrorizaban a la población. Paralelamente, procuró la defensa de la frontera con España, con el objetivo de que no entrasen en Francia “ni munitions, ni détachements armés; les chefs de poste éviteron de se commetre avec les Espagnols; les troupes françaises se borneront à imposer par leur contenance” [36] . Castellane planeaba la invasión de la Cataluña española y en concreo, quería ocupar Barcelona y las principales ciudades del Principado pero Louis Philippe le denegó la autorización.

En definitiva, durante la época alrededor del proceso de los trabucaires puede percibirse la situación de enfrentamiento ideológico, cultural, social, económico y político de los catalanes con los respectivos Estados, muy semejante en las circunstancias, aunque no idéntico por lo que se refiere a la intensidad y las consecuencias que provocó en los territorios al norte y al sur de la frontera. Los historiadores franceses que han buscado una explicación a la caída de Louis Philippe, en febrero de 1848, acostumbran a identificarla en la incidencia de los factores siguientes: la aversión que provocaba el régimen de sufragio censitario y de “laissez-faire”, la crisis económica a partir de 1845 y el espíritu levantisco de las masas, influido por las revueltas populares de Polonia, Suiza, Italia y España- en el último caso, se refieren a la guerra de los matiners. Resulta significtivo que los historiadores del norte señalen la influencia del levantamiento de los matiners en la revolución francesa de 1848, a la vez que los historiadores del Principado y los gobernantes españoles de la época, nos indiquen la transcendencia que ésta tuvo en el alzamiento catalán de 1846-49.

El momento histórico en el que se produjo la inflexión aguda hacia el afrancesamiento de la sociedad catalana del norte coincide con la celebración del proceso de los trabucaires en Perpiñán y tiene relación con la construcción de la vía férrea desde Narbona hasta dicha capital. En el mismo día y en la misma página del periódico, el Diario de Barcelona relató el transcurso de la vista del 19 de marzo de 1846 del juicio de los trabucaires y las previsiones sobre la extensión del “camino de hierro de Narbona por Perpignan a la frontera de España y Port-Vendre”, asegurando que la ejecución del mismo sería muy fácil. El cronista explicaba que debería construirse un túnel por debajo del castillo de Bellaguardia con el fin de que la vía, desde El Pertús, avanzase por el valle de L’Empordà y habiendo llegado a Figueres, continuara hasta Barcelona. No puede soslayarse el paralelismo existente entre el juicio de los trabucaires y el proyecto de construcción del ferrocarril hasta Perpiñán y luego, hasta Barcelona- por una parte- y el escenario de la conquista romana de un territorio fronterizo “virgen”, por otra.

Por tanto, una de las coincidencias trascendentes que debe remarcarse es que el juicio, la condena y la ejecución de las penas a que fueron sometidos los trabucaires de Les Illes, sucedió en el momento que el Estado francés atacaba a fondo la diferencia catalana con el objetivo de incorporar definitivamente la gente del país a la organización nacional. Ciertamente, como confesó el presidente del tribunal que juzgó a los trabucaires, el escarmiento que se proponían las autoridades galas tenía por objetivo principal, la seguridad de la frontera. Sin duda, las guerras y revoluciones españolas habían agravado la rebeldía de los catalanes del norte, abocando en el Vallespir, el Rosellón y la Cerdaña, un número impresionante de rebeldes y soldados, gente toda ella armada y experta en la guerrilla, formada mayoritariamente por hombres tan catalanes como sus anfitriones y que, en la parte más belicosa, provenían de las comarcas vecinas, a poca distancia de donde éstos habitaban, con los que quizá estaban emparentados o que, por lo menos, conocían ya que participaban en las mismas romerías y ferias. Por lo dicho, la represión ejemplar de los trabucaires de Les Illes también constituyó un tipo de medida política equiparable a los cordones sanitarios que, en épocas anteriores, se establecían a lo largo de la frontera cada vez que llegaba la noticia de que se había declarado la peste en Girona o Barcelona. Las autoridades francesas necesitaban el cierre de la frontera como condición inevitable para conseguir el afrancesamiento de la parte catalana que les correspondía; mientras la frontera fuera permeable y para los habitantes de su entorno resultara una simple realidad administrativa que no impidiera las relaciones entre unos y otros catalanes, al margen de los respectivos Estados, la integración de los rosellonenses a la cultura oficial francesa, no sería fácil.

No obstante, debemos comprender que la frontera no constituía una línea sino que abarcaba una zona. No se conoció el control rígido de la línea separadora, a cada bando de la cual se enfrentaban las respectivas aduanas, hasta la guerra mundial de 1914. En realidad, el límite exacto por el cual discurría la línea fronteriza- siempre sutilmente corregida, hasta en la actualidad- quedaba disimulado por unas franjas de seguridad militares, casi de “tierra de nadie”, que eran tácitamente admitidas por las autoridades francesas y españolas. Algunas noticias de la prensa francesa, durante la revolución de 1848, se refieren a que la zona de tolerancia en territorio catalán del norte, comprendía dieciséis miriámetros. El Vallespir cumplía esta función de zona de seguridad, de cojín, en el que se permitía que los rebeldes del sur se refugiaran, se movieran o incluso que se establecieran, siempre que no ocasionasen demasiadas molestias. La verdadera línea fronteriza pasaba a la altura de Arles de Tec, por el lado francés y de Camprodón, por el lado español. Cuando los trabucaires de nuestra historia penetraron hasta Cortsaví, se acercaron demasiado a los límites de la bolsa que les estaba destinada.

¿Existe alguna relación entre las circunstancias geopolíticas y sociales mencionadas, y la ejemplaridad que buscaba el enjuiciamiento de los trabucaires de Les Illes?. Y en el caso que la hubiese, ¿se trataría de una coincidencia?. La arenga pronunciada antes de dictar sentencia por el presidente del tribunal que juzgó a estos hombres, incidió en los propósitos que debía cumplir el proceso. En primer lugar, la necesidad de vengar las ofensas a la nación española inferidas por los acusados; en segundo lugar era menester que se mostrara el apoyo de Francia a España para que en este país triunfara el régimen representativo bajo el reinado de Isabel II; y por último, las sentencias debían resonar en toda la península a fin de que ejercieran una influencia benéfica en la seguridad de la frontera. El programa del presidente del tribunal resultaba claro, sobre todo porque no incluía el motivo y el objetivo lógico de cualquier proceso penal, cual es juzgar y castigar la comisión de unos crímenes, así como indemnizar a las víctimas. Es indudable que los crímenes que fueron juzgados en Perpiñán durante los años 1845-46 no habían sido perpetrados en territorio francés, ni sus autores y víctimas eran franceses. Por lo tanto, este proceso demostró la voluntad intervencionista de Francia, en proclamarse protectora de España y apoderarse de la jurisdicción de otro país, en una actuación típica de potencia colonialista, mediante el cual materializaba el propósito del general De Castellane de invadir la Cataluña española y poner fin, de esta manera, a la contaminación revolucionaria que sufría el Rosellón. Desde una perspectiva más aparente, el juicio y castigo de los trabucaires juzgados en Perpiñán simulaba un regalo envenenado a Isabel II, para decantarla a favor de Louis Philippe y demostraba que Francia dominaba la política española.

La construcción del relato acusatorio.

El proceso penal de los trabucaires que se llevó a cabo entre 1845 y 1846 en Perpiñán, tuvo su origen y sentido en las circunstancias sociales y políticas mencionadas. Por lo dicho, este proceso se inscribe claramente en los prolegómenos de la revolución de 1848 que en España se materializó únicamente en la guerra catalana de los matiners y que en Francia fue empujada con fuerza por los habitantes del departamento “rouge” de los Pirineos Orientales.

Christophe Amiel nos transmite con fineza la reticencia que le provoca la supuesta “normalidad” del proceso de los trabucaires de Les Illes, a partir de recordarnos la ordenación de las pruebas materiales que fueron expuestas encima de una mesa durante el juicio oral: “plus qu’un cadre d’appréhension des divers agissements des Trabucaires, ces quatre chefs d’accusation définissent littéralement la progression de leur aventure et impose une logique à toute l’affaire même si celle-ci est produite à des fins judiciaires” [37]. Efectivamente, los objetos intervenidos a los acusados y expuestos en el estrado por el tribunal, ilustraban y delimitaban el relato del fiscal.

Recordemos que todos los procesos judiciales se basan necesariamente en una narración, la cual resulta construida inicialmente por la acusación y que luego se confronta con la defensa de la parte demandada. La defensa puede negar los hechos y por tanto, la narración inicial, o puede corregirla, aportando otras circunstancias pero, finalmente, lo cierto es que la delimitación que impone el relato acusatorio – sobre todo porque se deviene de la investigación reservada que lleva a cabo el Estado mediante la instrucción- supone una ventaja para el acusador, ya que cierra aquello sobre lo que tratará el juicio. La literatura jurídica ha justificado esta ventaja negando que lo sea y afirmando que, en realidad, la parte procesal de la instrucción reservada y unilateral, constituye la compensación necesaria para contrarrestar la ventaja verdadera que beneficia al criminal, debido al favor que le supone la “carga de la prueba”. Es decir, ya que el presunto criminal goza del derecho de callar e incluso de mentir, mientras que el acusador ha de probar sin ningún margen de duda sus imputaciones, es necesario que el Estado goce de los medios que le permitan la construcción fundada de su relato, sin intromisiones del imputado. Claro está que ahora no discutiremos la tesis jurídica que acabamos de mencionar y si nos hemos referido a la misma solamente ha sido para remarcar la trascendencia que tiene la construcción del relato inicial del acusador, en tanto que delimitador de una verdad “depurada” e incluso, simplificada, de acuerdo con su interés.

De entrada debemos señalar que, habiéndose conocido el asalto a la diligencia de Perpiñán a Barcelona, las fuerzas policiales y judiciales francesas no dedicaron esfuerzo alguno en la búsqueda de los culpables, lo cual resultaba lógico ya que estos hechos delictivos habían ocurrido fuera de su territorio y habían sido cometidos por extranjeros y contra extranjeros. Hasta entonces, las autoridades españolas habían presionado continuamente a las francesas para que juzgaran y castigaran a los rebeldes del sur refugiados en territorio francés pero siempre cosechaban negativas. El gobierno de Louis-Philippe repetía incansable y públicamente que solo juzgaría a los refugiados que cometieran delitos en Francia- lo que no desdecía que a menudo los extraditasen a España- y esta política se mantuvo inalterable hasta que excepcionalmente y por sorpresa en la primavera de 1846 se llevó a cabo el proceso de los trabucaires. Precisamente, el cambio radical de criterio por parte de las autoridades francesas que supuso el proceso y condena de estos trabucaires, constituye otra prueba de carácter político del juicio realizado durante la primavera de 1846 en Perpiñán.

Una vez capturados los trabucaires que se escondían en el cortal de Eloi, la judicatura francesa pidió a las autoridades españolas que les facilitaran todo tipo de información que poseyeran relativa a los detenidos. Esa petición, resultaba habitual, casi rutinaria, cuando los franceses sospechaban que los detenidos eran peligrosos, y tenía por objeto la motivación de la resolución de internamiento de los individuos capturados en un depósito francés, o de su expulsión a España. Las autoridades españolas respondieron la petición de las francesas con el envío de informes judiciales, políticos y militares, además de otros documentos, como la carta original que Lluís Plantés – propietario ampurdanés secuestrado por los trabucaires de Felip- había escrito al juez que investigaba su caso, a fin de contarle la experiencia que había vivido. Estos papeles, desordenados, se encuentran mezclados con las actas de los interrogatorios y otros documentos del juzgado de instrucción de Ceret, en los Archivos del Departamento de los Pirineos Orientales.

Los primeros interrogatorios a los detenidos se llevaron a cabo el 8 de mayo de 1845 y siguieron un camino rutinario: “¿quien eres, de donde vienes, reconoces las armas requisadas…?”, etc. Habiendo transcurrido más de diez días de la detención de los imputados, el juez de Ceret supo que el cuerpo sin vida de Massot había sido hallado y también conoció la delación de Pujades. Pero, incluso teniendo esta información, persistía la falta de objetivos de la investigación que llevaba a cabo, lo cual quizá fue debido a que entonces Pujades no había hecho una declaración completa y a que el juez no poseía el certificado médico firmado por Cabretosa. En cualquier caso, nadie informó a los inculpados de la acusación que se les formulaba, lo que confirma que ésta no se había concretado.

La segunda ronda de interrogatorios se llevó a cabo entre el 30 y el 31 de mayo. Entonces el instructor disponía de más datos, como el descubrimiento, en un granero donde habían pernoctado los acusados, de la supuesta oreja cortada de Massot, así como el certificado médico de Cabretosa que dejaba abierta la cuestión sobre la fecha de la muerte del chico, aunque apuntaba que ésta había sucedido el 1 de mayo. El instructor ató cabos y preguntó a los detenidos sobre el ataque a la diligencia y el secuestro de Bellver, Roger y Massot. Pero claro está que el juez, en aquel momento, todavía no podía encadenar todos los hechos para construir el relato acusatorio o, por lo menos, dudaba de que el caso pudiese ser juzgado por un tribunal francés. Ahora bien, llegó un momento en el que los funcionarios judiciales consiguieron la redacción de un relato acusatorio básicamente coherente ya que les fue revelada la trascendencia política del caso, en interés de Francia. Llegada la ocasión, que no podemos determinar cronológica ni documentalmente, se decidió la separación del asunto en dos causas. Es decir, los trabucaires detenidos en el cortal de Eloi fueron apartados de los otros trabucaires que también residían en Les Illes pero que habían sido capturados en otras circunstancias. La idea de la segregación fue justificada en base a la declaración del comisario Maurice, según la cual en Les Illes residían dos partidas de trabucaires que se distinguían porqué cada una de ellas residía en una masía distinta, desde que se habían enfrentado por una cuestión de dinero. El fundamento para justificar la separación del caso en dos procedimientos era débil pero la mezcla desorganizada de los trabucaires, la falta de estructuras internas que los caracterizaba y el magma espeso de complicidades entrecruzadas en que vivían, no recomendaba la acumulación de hechos, autores y cómplices a los efectos de conseguir un relato acusatorio simple, centrado en el asesinato del chico de Darnius, así como unas sentencias creíbles y ejemplares.

Por lo tanto, a partir de un determinado momento, las autoridades francesas se percataron de la oportunidad política que les había caído en las manos, debida al rechazo social que habría provocado el asesinato de Joan Massot y la aprovecharon tomando la decisión de centrar el foco del espectáculo en un relato simple y entendible, libre de relaciones, implicaciones y complejidades que podrían confundir al jurado y a la población destinataria del escarmiento. El guión acusatorio ha de ser simple para que sea creído. A las autoridades francesas no les convenía de tratar los sucesos de la masía de Solanell, ni los de Ribelles, conjuntamente con el asesinato de Massot. En realidad, incluso el asalto a la diligencia y las muertes de Bellver y Roger fueron expuestas y explicadas como meras circunstancias colaterales al crimen “principal”, o como antecedentes de los acusados que permitían identificarlos en tanto que secuestradores y por lo tanto, asesinos del joven Joan. En consecuencia y con el objetivo de ofrecer al jurado un relato coherente, centrado en un crimen horrible y limpio de excusas políticas, la autoridad judicial separó los detenidos en el mas de Eloi del resto de trabucaires presos y estructuró orgánicamente a los primeros, atribuyéndoles un caudillo, normas internas e incluso un estatuto asociativo.

Es, precisamente, debido a la selección simplificada de hechos y de “culpables” que llevó a cabo el juez instructor, que el caso de los trabucaires de Les Illes siempre nos ha parecido una historia construida más que una historia reconstruida. El desprecio de los jueces por muchos datos de los cuales tenían constancia, es evidente. Las autoridades orillaron de su narración las verdaderas identidades de los acusados y la presencia en el Vallespir de muchos otros rebeldes, – lo que resultaba de las declaraciones de diferentes testigos- o que Domingo había protegido a los secuestradores y que siempre había conocido el lugar donde Massot permanecía retenido. Los jueces también sabían que Domingo y Pere Oms eran agentes dobles y que no todos los acusados podían haber estado en el lugar del crimen cuando éste fue perpetrado. En lo referente a la fecha de la muerte del chico de Darnius está claro que la policía presionó a los médicos que examinaron el cadáver – hubo otros, además de Cabretosa- para que coincidiera con el último día de la estancia de los acusados en la cueva de Bessagoda.

Ahora bien, una vez el procurador general hubo conseguido un guión estructurado y aparentemente coherente, se enfrentó, junto con los jueces, a un problema jurídico básico, sin la resolución del cual no podían motivar la legalidad del proceso y del castigo que se proponían. Está claro que Francia no poseía jurisdicción para juzgar a unos españoles que habían delinquido en territorio español y contra otros españoles. Por lo tanto, las autoridades francesas se vieron obligadas a buscar el mecanismo jurídico que les permitiera apoderarse de la jurisdicción forastera y lo encontraron imaginando que la asociación criminal de los trabucaires se había constituido formalmente en territorio de la soberanía francesa. La constitución de la banda criminal debería ser el delito principal, del cual derivaban el resto de ilícitos y en consecuencia los franceses pretendieron que si eran competentes, por razón del territorio, en el conocimiento del hecho principal, también debían serlo de los derivados, aunque los delitos consecuentes se hubieran cometido en territorio extranjero. Pero la existencia de la asociación criminal formalmente constituida solamente podía ser creída si se sostenía en la constancia de una estructura jerárquica de los miembros de la banda y del acuerdo de constitución de la misma. Considerando que Tocabens había sido el firmante de las cartas que los trabucaires enviaron a las familias de los rehenes, se titulaba “comandante” y había sido reconocido por la viuda Massot, se le atribuyó la jefatura operativa de la banda. Por lo que se refiere a los dirigentes, digamos “administrativos” y autores intelectuales de las acciones que llevó a cabo esta fabulosa organización bandolera, los jueces recurrieron a los sujetos que la fama popular señalaba como trabucaires insignes y a los que atribuía todos los secuestros realizados en las comarcas de los Pirineos: Planademunt y Jaumetó de les Preses. Por el contrario, desconocemos cual fue la razón que motivó el rechazo de la implicación de Martirià Serrat en la estructura criminal (¿quizá, el oficial carlista de Les Escaules no era demasiado conocido en la vertiente francesa?). Los autores del relato acusatorio incluso supieron aprovechar el encuentro de unos cuantos acusados en la casa de Joglar, en la cual se distribuyeron las armas utilizadas en el asalto a la diligencia, a fin de fijar el lugar y la fecha de la constitución de la asociación criminal. Finalmente, dotaron a dicha asociación de unos estatutos, sugiriendo que el “código de los trabucaires”- una especie de normativa para guerrilleros encontrada por los aduaneros en el bolsillo de un español ajeno al caso- constituía la regulación fundacional.

Pero el aparato jurídico adoptado por las autoridades judiciales era chapucero y los abogados defensores lo discutieron enérgicamente. Es evidente que la comisión de un delito en un territorio soberano no implica que su judicatura también conozca otros delitos cometidos por los mismos criminales en otros territorios soberanos. Además, si existía una asociación de trabucaires, formalmente constituida, ésta había sido formada tiempo atrás y está claro que no se había “constituido” en territorio francés.

Es raro que la judicatura francesa pudiera llevar a cabo un proceso como el de los trabucaires sin un acuerdo previo con las autoridades españolas, las cuales, por lo menos, cooperaron activamente aportando datos al instructor foraneo. El juez Aragon y Ludovic Massé nos recuerdan la contrariedad de los españoles por la usurpación de este juicio por parte de los franceses pero, ¿cuales eran las autoridades ofendidas?. En aquella época los funcionarios de la justicia civil española discutían a menudo la jurisdicción interna con los militares y por lo tanto, es muy posible que los únicos ofendidos fueran los jueces civiles.

Existen indicios sobre el abandono por parte del ejército español de la jurisdicción española a favor de la francesa. Consta un encuentro entre los comandantes militares españoles y franceses destinados en los respectivos territorios catalanes, cuando ya se había realizado la detención de los trabucaires en Cortsaví, en la cual podría haberse acordado la estrategia del escarmiento. El 18 de noviembre de 1845 – precisamente en el mes que se debería haber llevado a término la segunda sesión del proceso de los trabucaires de Les Illes- Manuel Bretón, capitán general de Cataluña, llegó a Figueres y organizó un banquete de cien comensales para celebrar el cumpleaños de la reina, al cual invitó al segundo comandante de la guarnición de Perpiñán y al prefecto y subprefecto del departamento de los Pirineos Orientales. El Diario de Barcelona comentaba que “S.M. Luis Felipe al conceder permiso a dichas autoridades para ausentarse del distrito cuyo mando les está confiado, lo ha hecho en términos sumamente satisfactorios, manifestando cúan agradables le eran las demostraciones de aprecio que pudiese ofrecer a la Reina de España”. Evidentemente se trató de un gran banquete político y resultaría extraño que durante el transcurso del mismo Breton no comentase con sus colegas franceses los motivos que le habían llevado a recorrer les comarcas gerundenses al frente de una considerable fuerza militar. Por otro lado los franceses debieron referirse forzosamente a la situación de resistencia popular contra la monarquía de los Orleans que sufrían en la Cataluña del norte. Y no resulta nada extraordinario que en este diálogo las autoridades militares francesas presumieran de la detención de los trabucaires en Cortsaví y que ambas partes considerasen las ventajas propagandísticas de un proceso penal realizado con gran publicidad que terminara con unas condenas ejemplares, ejecutadas- en el caso de las penas de muerte- en las plazas de las capitales catalanas. Claro está que, atendiendo al éxito publicitario que se buscaba, el juicio de los trabucaires no podía confiarse a los españoles ya que la jurisdicción militar a la cual estaban sometidos no permitía la escenificación de un juicio oral de carácter contradictorio. De Castellane no dijo media palabra del banquete de Figueres en su Diario, ni dedicó más que un par de frases al proceso penal de Perpiñán, lo que, aun pareciendo una paradoja, todavía acrecienta la sospecha de su intervención, más o menos acordada, a fin de apoderarse de la potestad jurisdiccional española. Cuatro meses después de este banquete, el Diario de Barcelona del 17 de marzo de 1846, publicaba una noticia fechada en Madrid el día 12, que decía lo siguiente: “Se anuncia la llegada a esta corte del general francés que manda en segundo las tropas destacadas en el departamento de los Pirineos Orientales y que tan obsequiado ha sido en Barcelona”. Dos días más tarde que se publicara esta noticia – 19 de marzo- se iniciaba en Perpiñán la vista oral de la segunda sesión del proceso de los trabucaires.

La vista oral.

Con un retraso de cuatro meses respecto la fecha prevista, en el día 19 de marzo de 1846 y en la capilla del antiguo convento de Sant Domènec de Perpiñán, se inició la vista de la segunda sesión del proceso de los trabucaires de Les Illes. Esta vez, la expectación popular superaba con creces la que había merecido la primera sesión del mismo juicio. Alrededor del convento una multitud esperaba que llegaran los acusados. La capilla estaba ocupada al completo y resultaba bien visible la presencia de autoridades civiles y militares. A las 9 horas y 45 minutos de la mañana, llegaron al lugar los diecisiete acusados en poder de la autoridad judicial, escoltados por la gendarmería y un piquete de infantería del ejército. Los gendarmes, vestidos con uniforme de gala y portando armas, cerraban la comitiva. Los acusados presentes, eran los siguientes: Joan Simon, Jeroni Cases, Llorenç Espelt, Josep Balmas, Pere Barlabé, Salvador Fábregas, Josep Mateu, Isidre Forgas, Antoni Forcadell, Martí Reig, Josep Camps, Josep Pujades, Vicenç Justafré, Sebastià Barnedes, Joan Vicens, Manuel Colomer y Josep Fabrach. Els resto de inculpados – es decir, Caterina Gatell, Jep de l’Helena, Jaumetó de les Preses y Planademunt y quizá otros que desconocemos- fueron juzgados en rebeldía.

Los testimonios de la época constataron que el escenario de la sala resultaba impresionante. En el lugar del altar de la capilla y encima de un estrado, se situaron los miembros de la corte; es decir, los jueces y miembros de la fiscalía. En el costado derecho de la corte y en ángulo, se sentaban los miembros del jurado. A su izquierda, en el otro lado del rectángulo, se sentaban en dos hileras, los acusados, vigilados por los gendarmes desde un banco más alto a sus espaldas y por otros policías que los rodeaban a nivel del piso. El despliegue de soldados y policías en el interior de la sala no buscaba únicamente la vigilancia de los acusados sino que quería dar confianza a los testigos ya que existía la duda de que se atrevieran a declarar en presencia de los trabucaires. Eso nos dice, sin circunloquios, el juez Víctor Aragon. Al lado de los acusados se situaban sus defensores. El espacio restante de la sala fue dividido en tres zonas. El “parquet” constituía la primera y estaba formado por el rectángulo entre la corte, el jurado, los acusados y la primera hilera de público. En este espació declaraban los testigos. Las hileras de asientos destinados a los invitados ocupaban la segunda zona, mientras que la tercera, que llegaba hasta la puerta de la capilla, fue destinada al público espontáneo. En los laterales de la capilla se construyeron tribunas para las señoras distinguidas. Delante de la tribuna, en medio del parquet, fue colocada una mesa en la que se exponían las pruebas materiales (“pièces à conviction”) consistentes en objetos personales y ropas, un puñal en su funda, sobres cerrados, carabinas y un trabuco. Se colgó una cúpula de lona del alto techo de la capilla con el fin de retener el sonido y facilitar la audición. Esta medida también servía para crear una atmósfera cerrada que devenía favorable para fomentar la atención de los actores y del público.

Los periodistas informaron de que la mayoría de los acusados vestían elegantemente, “à l’espagnole”- es decir, a la manera catalana- y que se cubrían con barretinas, denotando cierto toque de presunción. Pero esta vez, claro está, no lucían joyas, como era su costumbre. Tenían la mirada y la expresión vivaz, así como una pose de confianza. La excepción era Joan Simon ya que parecía estar enfermo, o preocupado, y en vez de cubrirse con una barretina lo hacía con un pañuelo anudado. Durante el desarrollo del proceso oral, los acusados prestaron atención a las intervenciones improvisadas de Tocabens y celebraron ruidosamente sus invectivas y ocurrencias, mediante las cuales se mostraba pesimista en relación a la “justicia” que estaba dispuesto a impartir el tribunal. Los acusados también espiaban, sin demasiado disimulo, a las señoras que se sentaban en las tribunas.

Los miembros del jurado sumaban treinta y seis hombres. Había cuatro suplentes por si sucedía que algunos de los titulares tuvieran que retirarse. Los suplentes también asistían a la vista con el objeto de que, llegado el caso, conocieran el desarrollo del proceso. La composición social y profesional de los miembros del jurado era la siguiente: cuatro militares- tres en la reserva- veinte propietarios rurales, cuatro notarios, cuatro hombres de negocios- uno de ellos, alcalde de un pueblo del Rosellón- otro alcalde, dos médicos, dos abogados, un hotelero, un buhonero y un procurador de los tribunales; es decir, el jurado estaba compuesto por un cincuenta por ciento de propietarios rurales- las víctimas preferentes de los trabucaires- y porciones significativas de juristas, militares, comerciantes y hombres de negocios. En lo que se refiere a la procedencia geográfica, resaltemos que diez componentes residían en Perpiñán- entre ellos, cuatro suplentes- y que los otros procedían de la zona de actuación preferente de los trabucaires: Sant Llorenç de Cerdans, Prats de Molló, El Voló, Arles de Tec, Reiners, Serrallonga y Ceret. En definitiva, incluso si consideramos que las características de los miembros del jurado se justifican en el ordenamiento procesal de la época, está claro que se trató de un proceso clasista: la administración pública y las clases dominantes contra la chusma.

En primer lugar, el procurador general del rey formuló la acusación, mediante la cual expuso los hechos transcendentes que se derivaban de la instrucción e identificó a los acusados. Inmediatamente, definió la lógica del agravio sufrido por Francia en los términos que el jurado podía entender y asumir, señalando a los acusados como unos extranjeros desagradecidos que en vez de valorar la hospitalidad del país que les había acogido, poniéndose a trabajar en los viñedos o en otra labor decente, se dedicaron a recorrer libremente el territorio cometiendo crímenes y provocando inseguridad. No obstante, el fiscal reconocía que era necesario que se buscase la raíz de la maldad de aquellos individuos en la guerra civil española pero, a continuación, puntualizó que la política solamente constituía una excusa para los acusados. El acusador garantizó que la instrucción del caso demostraba que los trabucaires formaban grupos organizados, proveídos de estatutos, disciplina interna y jefes, con el fin de atacar abiertamente las leyes. También dijo que los medios que utilizaban eran la violencia y las torturas corporales, mediante las cuales atentaban gravemente contra las personas y las propiedades. Luego recordó los esfuerzos que había realizado la justicia francesa en la persecución del bandolerismo y sin entretenerse en otras consideraciones, relató el asalto a la diligencia que realizaba el trayecto entre Perpiñán y Barcelona, así como las circunstancias posteriores protagonizadas por los acusados. Enseguida, el procurador general descubrió que el autor de aquellas noticias era Jaume Pujades y presentó algunas pruebas que, a su parecer, demostraban la certeza de sus aseveraciones: objetos robados a los pasajeros de la diligencia y que fueron hallados en poder de los acusados, heridas corporales que presentaban éstos y que coincidían con los encontronazos de Sant Miquel de Cladells y de Seva, los informes de los reconocimientos y peritajes caligráficos llevados a cabo por el instructor… El procurador continuó su discurso con el relato de las gestiones y esfuerzos realizados por las familias de los secuestrados para recuperarlos y aprovechó la ocasión para presentar a los cómplices de los secuestradores: Jaumetó de les Preses, Catrina Gatell, Serineta, Perot de Santa Bàrbara y Fabrach (Domingo). Encadenó dichas circunstancias con la deserción de Pujades, su retorno a Monestir del Camp, la confesión que llevó a cabo ante quien quiso escucharle y la participación que tuvo en la expedición al Bessagoda, donde se descubrió el cadáver de Massot. El acusador continuó su narración con la detención de los trabucaires en el mas de Eloi de Cortsaví y al respecto comentó que en aquel mismo momento las autoridades sospecharon que los capturados no eran simples refugiados que se habían fugado de los depósitos de retención sino que se trataba de los autores de terribles fechorías ya que el cura que atendió espiritualmente a Quico, viéndoles reunidos y hablando entre ellos, les recriminó con la expresión de “¡miserables!” y dirigiéndose al oficial de los aduaneros le aconsejó que no los perdiera de vista. La sospecha sobre la perversidad de los detenidos se acrecentó cuando el ayudante del rentero del mas de Eloi, un joven llamado Josep Cordomí, pasados unos días de la fecha de la detención, encontró en el pajar dos orejas humanas, envueltas en un trozo de papel, que conservaban algunos cabellos pegados.

Claro está- comentó el procurador- que los hombres que se sentaban en el banquillo se mantenían en la negación de los hechos probados; ellos aseguraban que no habían residido en Les Illes sino que el día antes de su detención habían salido de Perpiñán para dirigirse directamente a Cortsaví y además afirmaban que los testigos que los habían reconocido eran falsos. Incluso aseguraban que habían adquirido legítimamente los objetos que les habían sido requisados y que las orejas humanas encontradas en el pajar del cortal de Eloi, no eran apéndices humanos, sino que se trataba de setas.

El procurador también se esforzó en recriminar a los acusados que no habían participado directamente en el asesinato de Massot: Jaume Pujades- ya que había acompañado voluntariamente a los trabucaires y había participado en el asalto a la diligencia- Vicenç Justafré, Sebastià Barnedes (Tià dels Meners) y Joan Vicens – cómplices, proveedores y protectores de los bandidos- e insistía en la condición de jefes de la banda que ostentaban Jaume Bosch, Planademunt y Jep de l’Helena. Concretamente, el procurador quiso relacionar a Jaumetó de les Preses con el caso que se juzgaba alegando que tenía muy mala fama por el tipo de vida que llevaba y que se suponía que debido a ello era muy rico. Claro está que constaban sus antecedentes como trabucaire- había sido detenido en Francia unas cuantas veces- y también que, dos años antes del juicio, había comprado un hostal en El Soler, que después se exilió en Inglaterra, donde fue visto en la finca de mister Jammes, participando en comidas campestres y presumiendo de su riqueza, antes de volver a España, acompañado de “cette prostitute”, Caterina Gatell, de la cual se sabía que se encargaba de llevar la comida a un grupo de trabucaires que estaban acampados en un bosque cerca de El Soler.

El procurador, habiéndose referido a la mala fama de Colomer, de Fabrach y de Caterina Gatell, cualificó a todos los acusados de rapaces y acabó su intervención concretando los siguientes “chefs d’accusation”: asociación de criminales, robo a mano armada, detenciones ilegales y secuestros, acompañados de amenazas de muerte y torturas, homicidio con premeditación, precedido de torturas y finalmente, asesinato.

Preguntados por el presidente del tribunal, los acusados negaron haber entendido una palabra del acta de acusación. Entonces fue nombrado un intérprete de lenguas, el señor Fourquet, comerciante de libros, pero el designado se excusó alegando razones de salud. A continuación, en lugar del librero, fue nombrado para lo mismo el señor Nogués, abogado del colegio de Perpiñán. Debemos suponer que las traducciones se llevaron a cabo del francés al catalán y al castellano, así como en sentido inverso ya que los documentos del proceso certifican que los traductores eran expertos en todas las lenguas mencionadas. Claro está que la lengua materna de todos los acusados era la catalana- y lo mismo cabe decir en relación a los testigos- aunque algunos, como Tocabens, conocía la lengua castellana ya que la escribía correctamente. Por lo que se refiere a la lengua francesa, pudiera ser que Tocabens y algún otro trabucaire la entendiese superficialmente porqué habían pasado mucho tiempo en territorio francés pero no podemos creer que su capacidad de comprensión superase el nivel primario puesto que normalmente residían en las comarcas catalanas y de forma esporádica en Provenza, territorios en los cuales las lenguas habladas por casi todos eran, respectivamente, el catalán y la lengua de oc. En cualquier caso, el juez Victor Aragon mostró su admiración por la elegante expresión catalana de Tocabens, lo que nos demuestra que los acusados utilizaron su lengua materna durante el juicio.

Luego que el procurador general hubo terminado la exposición del acta de acusación, el tribunal llamó a los testigos que debían reconocer a los acusados y certificar la formación de la banda criminal en Les Illes: Pau David, empresario de Jaume Pujades, Teresa Noé, estanquera de Paçà, el mismo Jaume Pujades, así como residentes en dicho pueblo, visitantes de paso y jornaleros que los habían visto, e incluso el cura de la parroquia, el cual fue tratado por el procurador y el presidente del tribunal como un encubridor de los trabucaires. Entre estos testigos se incluyó a Joan Prats, alias Piscatraus, detenido por el suceso de los gendarmes muertos en El Solanell, ocurrido el 21 de febrero de 1845. Algunos acusados, al escuchar la declaración de Prats, se pusieron en pie para protestar ya que según dijeron, no conocieron al testigo hasta que se lo encontraron en la prisión. Otro testigo, llamado Canelles, aseguró que en Les Illes se refugiaban más de cuarenta trabucaires.

Durante el segundo día de la vista, el procurador presentó más testigos que decían haber conocido a los acusados. Los más interesantes fueron el oficial de la gendarmería que había detenido a Noi Piu en el año 1843 y el capitán del ejército español, Josep Ma. Oliveres. Este último contó detalladamente el ataque a la diligencia en el Suro de la Palla y reconoció como asaltantes de la misma a Tocabens y a Sagal. Los aludidos se levantaron y gritaron que el capitán mentía. Isidre Masclé, procurador de Jafre, no estaba presente en la sala y fue leída su declaración escrita, mediante la cual explicaba cómo, durante el ataque, pudo despistar a los asaltantes, escurriéndose entre las patas de una mula, después de comprar al trabucaire que lo vigilaba con un puñado de monedas que escondía en las botas. El teniente Francisco Suarez reconoció a cinco participantes en el asalto; concretamente, identificó a Simon, a Jeroni, a Balmas, a Fábregas y a Barlabé. Su esposa, Francesca Tallada, explicó que uno de los asaltantes era un hombre pequeño, al cual llamaban Sagal y lo señaló entre los acusados. El aludido se encaró a la testigo para reprocharle lo siguiente: “pero ¿cómo es que en la prisión de Ceret no me identificastes?”. La señora Tallada le respondió que, en el momento que se llevó a cabo la rueda de reconocimiento, ella estaba muy asustada. La esposa del teniente también contó que durante el asalto los trabucaires la registraron de forma impúdica, que habían intentado que las mujeres se desnudaran y que la habían insultado y manoseado el busto. En este momento, Tocabens motejó a la mujer de “liberal” y el presidente le respondió que era absurdo que alguien pudiera creer que las mujeres tenían opinión política.

El siguiente testigo previsto, Monsieur Duchamp, tampoco se presentó ante el tribunal pero se leyó su testimonio escrito. El testigo afirmó que los asaltantes sumaban una docena de hombres y admitía que en la prisión de Ceret no fue capaz de reconocer a ninguno. Duchamp sabía que durante el asalto no había sido molestado porque era francés y explicó que lo mantuvieron separado de los demás viajeros y bajo vigilancia.

La madre de Joan Massot tampoco estaba presente en la sala cuando fue llamada y como en los casos anteriores, fue leída su declaración escrita, mediante la cual relataba el ataque a la diligencia y los esfuerzos que después había realizado para negociar el rescate de su hijo.

A la mañana siguiente, los periodistas constataron el incremento de público, sobre todo femenino. Los encausados todavía se mostraban confiados y miraban con curiosidad a las mujeres. El presidente empezó por ordenar el interrogatorio de Jaume Pujades a fin de que concretara los hechos que había declarado. Después se presentaron algunas pruebas documentales relacionadas con las negociaciones para el pago de los rescates. Pau Ricard, rentero de la señora Massot, declaró que las cartas y las notas que los secuestradores enviaban a su dueña le fueron entregadas por un individuo que se parecía a Martí Reig pero que no podía asegurar que lo fuera ya que las entregas siempre se realizaban a medianoche. Por lo menos, en una ocasión, la mensajera fue una niña de diez o doce años. Después de este testigo, fueron llamados ante el tribunal algunos viajeros de la diligencia asaltada para que reconocieran los objetos que les robaron y que se allaron en poder de los acusados. En la misma fase de la prueba fue leída la declaración del capitán Miquel Castelló, empleado de la policía en Girona, mediante la cual explicaba que había confiado una aguja de pecho con diamante al capitán Oliveres a fin de que la reformara un joyero de Barcelona. Esta aguja fue robada al portador durante el asalto y éste lo hizo saber al dueño de la misma por correo. La joya se encontró en poder de Negret pero el trabucaire insistió que la había obtenido en el saqueo de Ripoll [38] . Castelló, posteriormente, puso en claro que la joya pertenecía a su familia de antaño y que se había transmitido de generación en generación, por lo que para él constituía una pieza inconfundible.

Durante la misma sesión se discutió la autoría de las cartas enviadas por los secuestradores a las familias de los rehenes y los expertos- maestros de escuela de Perpiñán- aseguraron que habían reconocido en ellas la caligrafía de Joan Simon, alias Tocabens. Los expertos justificaron su diagnóstico en los escritos dictados que realizó Tocabens en la prisión de Ceret y en el examen de un recibo que escribió este trabucaire y que decía: “Afirmo y declaro haber recibido del señor juez de instrucción del tribunal de Ceret 5 francos para subvenir mis necesidades”. Aun ante la evidencia, Simon negó insistentemente que fuera autor de las cartas enviadas a los familiares de los rehenes.

Jaume Furniol, alcalde de Darnius y cuñado de Joan Massot, se esforzó ppor demostrar la buena voluntad que había puesto la familia Massot en pagar el rescate del chico y acusó con mucha insistencia a Domingo de estar conjurado con los trabucaires.

Los expertos médicos declararon que las heridas que presentaban algunos acusados correspondían a los combates que habían mantenido en Sant Miquel de Cladells y en Seva.

Tomás Roger y la viuda de Bellver contaron los esfuerzos que habían dedicado al pago de los rescates para recuperar con vida a sus respectivos parientes. Tomás reconoció que algunas piezas de ropa que le fueron mostradas pertenecían a su hermano. La viuda de Bellver, llorando, se dirigió a Tocabens para preguntarle: “tú eres el asesino de mi marido … pero ¿qué daño te hizo?”. El trabucaire le respondió, “yo no soy el asesino de tu marido porqué los asesinos están en tu hogar”, de manera que sugería las complicidades de criados, amigos y conocidos de los secuestrados en el asunto.

Salvi Mateu, Pere Joan, Josep Llucau, Garriga y Comes, todos los cuales habían actuado como apoderados de las familias de los secuestrados en el encuentro de Les Salines, señalaron que entonces Tocabens y Jeroni Cases fueron sus interlocutores y confirmaron que los trabucaires los amenazaron con matar a Massot si no pagaban el rescate. Los testigos también declararon que Tocabens les informó de la muerte de Roger en manos de los mozos de escuadra.

El procurador general aportó como prueba contra Domingo los escritos del jefe del gobierno político de Girona y del capitán general de Cataluña que le acusaban de ser un amigo de los facciosos. El defensor de Fabrach discutió el valor que pudieran tener dichos escritos como prueba ya que, según su parecer, introducían hechos nuevos en el caso que no habían sido contrastados en la fase de instrucción.

Josep Clavaguera declaró durante el 23 de marzo y lo hizo en relación a la correspondencia que mantuvo con un amigo de los trabucaires llamado Bessó (“gemelo”) -cuyo nombre y apellido verdaderos eran Agustí Casapons- y las negociaciones que había llevado a cabo, así como los intentos para encontrar a Renard- uno de los acusados en la primera sesión del proceso-. También refirió los encuentros con Perot de Santa Bárbara y con Serineta, en uno de los cuales estaba presente Jaumetó de les Preses.

En la misma audiencia prestó declaración el comisario Joseph Maurice que relató la ayuda profesional que había facilitado a Furniol, alcalde Darnius, para averiguar el paradero de Joan Massot. El comisario diferenció las dos bandas de trabucaires que se refugiaban en Les Illes y defendió la inocencia de Domingo – su confidente- aunque lo consideraba un exaltado. Pero Maurice no trató con tantos miramientos a Justafré sino que, todo lo contrario, lo señaló como un compinche de los trabucaires, a los cuales protegía dándoles albergue en su casa.

Luego, el presidente ordenó que fueran leída la correspondencia descubierta en casa de Justafré, entre la cual destacaban algunas cartas fechadas en Londres y firmadas por Narcís Bosch. En una de ellas Jaumetó de les Preses preguntaba a Justafré “qué ovejas tienes por allá” y en otro escrito insistía que le comunicase el nombre de una “oveja” aunque le informaba que, de momento, no le podía facilitar un “pastor”. Dichas expresiones fueron interpretadas en el sentido que los trabucaires buscaban personas para secuestrar (ovejas) y guardianes para retenerlas (pastores). Pero Justafré dijo que las ovejas eran los voluntarios carlistas y que lo del pastor se refería al general que los había de guiar.

Otros testigos interesantes fueron Joan Costa, cura párroco de El Soler, que testificó que Jaumetó de les Preses había adquirido un hostal en este pueblo, así como Joan Modern, que fue el propietario que se lo vendió por un total de 7000 francos.

Los médicos Joan Cabretosa, de Montagut, Jeroni Gelabert, Pere Caselles y Francesc Diví, de Olot, así como Joan Claret, de Ceret, declararon en relación a las heridas que descubrieron en el cadáver de Joan Massot y ante el tribunal se mostraron reticentes en lo referente a la fijación de la fecha de la muerte del chico, aunque admitieron que la buena conservación de su cuerpo pudiera ser debida a la baja temperatura de la cueva donde fue hallado.

En la audiencia del día 24 de marzo declaró la señora Francesca Soler, viuda de Massot. Esta vez, la madre de Joan estaba presente en la sala. La testigo tenía 42 años, apareció vestida de luto y mostraba una palidez facial que anunciaba el desmayo. Anduvo hasta el estrado con la ayuda de un pariente. Luego empezó a relatar lo que recordaba del asalto a la diligencia pero cuando fue obligada a mirar directamente a los acusados, cayó desvanecida. Una vez reanimada, explicó lo ocurrido en el Suro de la Palla durante la noche del 28 de febrero del último año. La señora Massot señaló a Simon como cabecilla de los asaltantes y dijo que éste había sido el trabucaire que escogió a los viajeros que quería como rehenes y que también fue Simon quien la había obligado a subir a la diligencia cuando ella suplicaba que no se llevase a su hijo, amenazándola con apuñalar al chico allí mismo. También relató los esfuerzos que ella y su familia habían realizado para pagar el rescate, las negociaciones que había llevado a cabo su yerno Jaume Furniol e intentó justificarse dando a entender que la culpa de que éstas no hubieran llegado a buen puerto, no le correspondía. Tocabens intervino llamando mentirosa a la viuda y el presidente le ordenó que callara a la vez que le recordó que ahora no estaba en Tordera, ni en la cueva del Bessagoda. Pero los gritos de Tocabens sirvieron para que la viuda le reconociera por la voz.

Después que el señor Vilallonga, amigo perpiñanés de los Massot, declarara y que también lo hiciera Josep Miralpeix, oficial de la gendarmería que participó en la emboscada del cortal de Eloi, el presidente volvió a requerir la presencia en el estrado de la viuda de Massot. En principio, la madre de Joan testimonió otra vez sobre las circunstancias del asalto a la diligencia pero el presidente se excusó por haberla llamado nuevamente ante el tribunal y dijo que lo hacía porque los enemigos de la testigo, no estando contentos con la muerte de su hijo, ahora la calumniaban expandiendo rumores odiosos que no quiso detallar. La viuda repitió los mismos argumentos que ya había explicado sobre las razones que impidieron que pagara el rescate de Joan pero añadió que solamente hubiera podido conseguir el dinero que le exigían los secuestradores vendiendo las tierras que pertenecían a sus otros hijos y que ella, no siendo propietaria de estos bienes, no pudo hacerlo. Luego, el presidente la obligó a fijarse en los acusados para reconocerlos como atacantes de la diligencia. En este momento, Simon pidió al presidente que lo sacaran de la sala. El presidente le denegó la petición. Tocabens insistió con las frases siguientes: “Haced conmigo lo que queráis, me fatigan tantas putadas, ¡no quiero volver a comparecer en esta sala!”.

Durante los siguientes días pasaron por el tribunal un puñado de testigos, a fin de que declararan sobre la detención de los acusados en el mas de Eloi o para que procedieran al reconocimiento de los efectos personales que les pudieran pertenecer y que se encontraron en el mas Cors, o también para que confirmasen la mala reputación de algunos acusados. Entre los testigos estaba un mozo de escuadra y Lluís Plantés, el cual explicó las circunstancias de su secuestro. También declaró Jaume Barnades, en lo que se refiere al secuestro que sufrió junto con su hermano y que había llevado a cabo Planademunt en el día 16 de julio de 1842.

Los primeros testigos de descargo presentados lo fueron a favor de Vicenç Justafré. Se trató de propietarios de la circunscripción de Ceret que certificaron la honestidad de Vicenç. El cura de Sant Joan- Pla de Corts explicó que había sido maestro del acusado y fue interrumpido por el presidente del tribunal para burlarse, diciendo que no parecía que las lecciones que había impartido a Vicenç hubiesen sido provechosas. Los testigos presentados para la defensa de Tià dels Meners recitaron el mismo tipo de excusas y un par de ellos recordaron que, precisamente, este acusado había sido víctima de los trabucaires, los cuales, en una ocasión, lo habían secuestrado y herido. Otros testigos declararon que habían visto a Sapé en Paçà durante los primeros días del mes de mayo de 1845 y que, por lo tanto, no pudo haber acompañado al resto de trabucaires encausados en la fecha del asesinato de Joan Massot; que Colomer gozaba de buena reputación en Perpiñán y que Fabrach pertenecía a una familia socialmente bien considerada.

En la audiencia del día 26 de marzo, el procurador general resumió el caso alegando la veracidad de los hechos confesados por Pujades y sosteniendo la competencia de la jurisdicción francesa, a partir de la tesis de la constitución de la banda criminal en territorio de esta soberanía. Después llegó el momento de que los defensores formularan sus alegaciones finales. Maïtre Lafabrègue defendió a Balmas, Jeroni Cases, Noi Piu y Camps. Maïtre Parès se ocupó de la defensa de Simon, Espelt, Barlabé, Mateu, Forgues y Reig. Maïtre Delcros defendió a Pujades y Maïtre Hipòlit Picas- famoso abogado y político republicano- se encargó de la defensa de Fabrach, Colomer, Vicens, Barnedes y Justafré.

Debemos reconocer que la defensa de los acusados fue magnífica. Los abogados formularon las mejores alegaciones a favor de sus clientes. El primero que intervino fue Lafabrègue y requirió al jurado para que actuara con serenidad, sentido común y compasión. El abogado se mostró convencido de que los jurados querrían saber las causas de unos delitos tan horrorosos y aprovechó la ocasión para criticar al procurador general que pretendía que todos los acusados, en conjunto, eran culpables de todos los crímenes del sumario. El defensor arguyó que debían distinguirse los hechos criminales ocurridos antes de que Pujades abandonase a sus compañeros trabucaires- es decir, antes del 19 de abril de 1845- y los sucedidos después de la fecha señalada. Antes del 19 de abril, reconocía que existían pruebas que inculpaban a algunos de sus representados pero después y en relación a la muerte de Joan Massot, nadie sabía con certeza lo que había pasado. En cualquier caso, negó que los hombres que representaba hubiesen sido identificados por los viajeros de la diligencia, más allá de cualquier duda. Luego y contestando su pregunta inicial- la causa de los delitos- presentó a sus defendidos como soldados carlistas que habían vivido circunstancias terribles durante la guerra, incluso el asesinato de sus parientes por parte del ejército español. Por ejemplo, Jeroni Icases- uno de los “Felips”– era el último de cuatro hermanos, que habían sido asesinados por los liberales; Noi Piu se hizo voluntario carlista a los 16 años, después de contemplar como los soldados liberales mataron a su padre. El mismo abogado alegó que la declaración de Pujades demostraba que Massot recibió buen trato de los secuestradores hasta el 19 de abril y que por mucho que las cartas enviadas por éstos a las familias de los rehenes relataran torturas, eso no demostraba que se hubieran infringido. En cualquier caso, las declaraciones de diferentes testigos habían probado que, durante el periodo de los hechos, varios grupos de trabucaires vagaban por los territorios fronterizos por lo que nadie podía garantizar que los hombres que se sentaban en el banquillo fueran los autores de la muerte de Massot. También debía tenerse en cuenta que, transcurridos cinco días de la encerrona de Cortsaví, todavía habían sido detectados otros trabucaires alrededor del cortal de Eloi, que las orejas humanas que el procurador general atribuía a Joan Massot se descubrieron días más tarde del registro policial del pajar en el cual se escondían los detenidos y que los informes médicos sobre la fecha de la muerte del rehén resultaban muy inexactos. Finalmente, Lafabrègue se refirió a la situación de guerra civil que regía en la península y la ausencia de pacto social y por tanto, de equilibrio social, que allá se daba. El abogado se preguntaba lo siguiente: después de treinta años de guerras internas y externas, ¿los gobernantes españoles son capaces de instruir y moralizar a sus ciudadanos, exigiéndoles una conducta civilizada?.

Maïtre Jules Parès, empezó atacando la cuestión de la jurisdicción: “Monsieurs les Jurés, avant de discuter les charges que présent sur mes clients […] je me demande d’abord si nous pouvons juger ici des espagnols.” Resulta un hecho loable que las autoridades francesas se preocupen en mantener la seguridad de la frontera- dijo Parès- pero en el caso que nos ocupa, ¿no estamos prolongando la jurisdicción francesa sobre el territorio de nuestros vecinos?. La jurisdicción de un Estado no puede ser contradictoria con ella misma- añadió- de manera que no correspondía a Francia procurar la venganza de las ofensas infringidas a las fuerzas del orden de otro Estado. Demasiadas desgracias habían caído encima de los vecinos españoles y era menester que se reconociera que, en relación a las causas dichos infortunios, los franceses no resultaban del todo inocentes. “No agravéis la situación de estos hombres con sentencias demasiado duras”, pidió Parès y enseguida dirigiéndose al jurado, exclamó lo siguiente: “¡Amigos de España, vosotros no querréis convertiros en sus verdugos!”. En el mismo momento, el presidente del tribunal reconvino al defensor : “Maître Parès, le zèle vous entraine trop loin: vous ne pouvez appeler des jurés français, les bourreaux de l’Espagne!”. Pero el abogado siguió insistiendo e intentó demostrar que no se podía pretender que los acusados formasen una asociación criminal ya que debía distinguirse este tipo penal de la simple reunión de delincuentes. Después desmontó la narración procesal de la acusación afirmando que no había pruebas concluyentes que relacionaran personalmente sus representados con el asesinato de Massot y finalmente recordó que, durante el asalto, Tocabens intentó consolar a la madre de Joan, asegurando que no maltratarían al chico y que ella siempre tendría noticias del mismo, por lejos que se lo llevaran.

La defensa de Pujades por parte de Maïtre Delcros, así como la de Fabrach, Colomer, Vicens, Bernades y Justafré, por parte de maïtre Picas, fue más previsible. Delcros quiso rehabilitar la reputación de Pujades recordando al jurado que su representado había denunciado los crímenes que recogía el sumario sin disimular su participación en los mismos. El abogado negó que el delator hubiese formado parte de la asociación de trabucaires ya que si ciertamente acompañó a los otros acusados en la expedición que tenía por objetivo el asalto de la diligencia, su intención no era otra que visitar a su padre en Pineda de Mar. En cualquier caso, Pujades solamente había permanecido en compañía de los otros acusados hasta el 19 de mayo de 1845 y mientras estuvo con ellos, lo hizo dominado por el terror que le producían.

En relación a Justafré, el abogado Picas adujo que estaba siendo juzgado por unos hechos por los que ya había sido sentenciado, de manera que se pretendía condenarlo dos veces por la comisión de los mismos ilícitos[39] . Picas puso en duda que el delito de asociación de malhechores pudiese incluir a sus clientes ya que dicha tipificación penal, siendo propia del código francés, solamente podía ser considerada en el caso que la comisión del hecho prohibido hubiere dañado a personas y propiedades francesas. Por lo que se refiere a Fabrach, el abogado puso de manifiesto que su defendido se había jugado la vida para salvar la de Massot, guiando a los policías hasta la cueva del Bessagoda. De Serineta dijo que solo podía ser condenado por haberse aprovechado de las familias de los secuestrados y de Vicens y Bernades que únicamente podía probarse que habían portado víveres a los miembros de la banda de trabucaires.

Después de la réplica del procurador general que insistió, con tono dramático en la maldad de los acusados y de la consiguiente contrarréplica de los defensores, el presidente procedió a resumir los resultados de la vista. Antes, pero, unos miembros del jurado quisieron que se aclararan ciertas cuestiones y entre las respuestas que obtuvieron de los acusados, vale la pena que reproduzcamos la de Simon: “Nunca he cometido un crimen en Francia y soy inocente de lo que se me acusa pero si he de ser condenado, pido que se me imponga la pena de muerte y no otro castigo. Si Francia ha de cometer una injusticia, ¡que sea completa!”.

El resumen del caso que realizó el presidente ha sido, seguramente, una de las partes del proceso más fielmente reproducidas por la prensa de la época y por los historiadores. Aunque el presidente expuso claramente los objetivos políticos y de escarmiento de la disidencia contra el orden establecido por los Estados que justificaba el proceso, lo cierto es que nadie se ha atrevido a sacar las consecuencias de esta evidencia. El presidente empezó por reconocer que el asunto que había motivado el proceso era extraordinario y que, por fortuna, la historia judicial francesa no presentaba demasiados casos parecidos. La rareza del asunto derivaba de los numerosos imputados, de los crímenes por ellos cometidos, así como de su nacionalidad, que era la misma que poseían la mayoría de testigos. Esa circunstancia- dijo el presidente- pudiera hacer creer al público y a los implicados que habían retrocedido a los tiempos del Consejo Soberano del Rosellón y que se encontraban ante los jueces españoles de un tribunal de Barcelona, o de Madrid. ¿Por qué – preguntó dirigiéndose a los miembros del jurado- habéis sido requeridos para hacer justicia a favor de un país vecino?. El presidente respondió su pregunta retórica acudiendo a la tesis que el tribunal había mantenido desde el primer momento: los jurados habían sido requeridos para llevar a cabo aquella misión extraordinaria debido a que la asociación creada para llevar a cabo los crímenes juzgados se había constituido en Francia. Después el presidente se permitió una referencia autobiográfica a su pasado como soldado de Napoleón Bonaparte y aseguró el respeto que le merecía la lucha del pueblo español en “la guerra de independencia” para concluir este paréntesis con su deseo de que las guerras entre franceses y españoles fueran cosa relegada al pasado, ya que “La France d’aujourd’hui fait des voeux sincères pour le triomphe en ce pays [Espaya] du régime représentatif sous le gouvernement de sa jeune Reine” Enseguida, animó a los jurados para que fueran muy severos con los acusados, a fin de que su veredicto limpiara las ofensas que se habían proferido en aquella sala contra España, resonara en toda la península y ejerciera una influencia beneficiosa en el territorio de la frontera. Luego les recomendó que no se preocuparan por la nacionalidad de los acusados y terminó el discurso con una frase que demostraba definitivamente la voluntad francesa de apropiarse de la potestad jurisdiccional española:“deux nations réclament justice, l’Espagne et la France vous écoutent”.

Habiendo hablado el presidente, maïtre Lafabrégue, en un último intento de salvar a sus clientes, insistió en la cuestión de la potestad jurisdiccional y pidió que se le permitiera formular al jurado las siguientes cuestiones: “1º- Le vol a-t-il commis en Espagne?. 2º- Les arrestations et séquestrations ont-elles eu lieu en Espagne?. 3º- L’assassinat a-t-il été commis en Espagne”. El presidente denegó la petición del defensor.

Las sentencias y las ejecuciones de las penas.

Se dictaron las siguientes sentencias: pena de muerte, previa exposición pública en Perpiñán para los acusados llamados Joan Simon, alias Tocabens y Collsuspina, Josep Balmas, alias Sagal y Verdaguer, Joroni Icases, alias Llorenç y Josep Mateu, alias Xocolata; trabajos forzados a perpetuidad, previa exposición pública en Perpiñán, para los acusados llamados Llorenç Espelt, alias Frai, Pere Barlabé, alias Negret, Salvador Fábregues, alias Noi Piu, Isidre Forgues, alias Menut, Antoni Forcadell, alias Garcias y Martí Reig; veinte años de trabajos forzados, previa exposición pública en Perpiñán para Josep Camps, alias Sapé; diez años de trabajos forzados, previa exposición pública en Perpiñán para el acusado Joan Vicens, llamado Nas-Ratat; diez años de reclusión, previa exposición pública en Perpiñán, para Manuel Colomer, alias Serineta; cinco años de prisión para el acusado Sebastià Barnedes, alias Tià dels Meners; y tres años de prisión para Jaume Pujades. Fueron absueltos Caterina Gatell y Josep Fabrach, alias Domingo. Parece que los acusados Jaume Bosch, alias Jaumetó de les Preses y el rosellonés Jep de l’Helena fueron condenados en rebeldía a la pena de muerte. Las sentencias reproducidas por la prensa de la época no mencionan la pena que recayó sobre Planademunt.

Con el objetivo de escarmentar a la población catalana- que el presidente, naturalmente, no explicitó- las ejecuciones de las penas capitales deberían cumplirse en las capitales del Rosellón y del Vallespir.

El juez Aragon testimonió que, después del juicio, los trabucaires intentaron fugarse de la cárcel pero fueron descubiertos a tiempo para impedirlo. Como sabemos, muchos de los acusados tenían la experiencia de las fugas que habían llevado a cabo estando en manos de la policía o en prisión y hubiera sido raro que en esta ocasión no hubieran procurado repetirlas. Claro está que, hasta entonces siempre pudieron conseguir connivencias interesadas, pagando la distracción de los centinelas o la negligencia de los alcaldes, pero en el Castellet de Perpiñán debieron darse cuenta de que la determinación de las autoridades resultaba inamovible y de que, por lo tanto, estaban perdidos.

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El 27 de junio de 1846, a las cuatro y media de la madrugada, Jeroni Icases y Josep Mateu fueron guillotinados en la Explanada de Perpiñán, delante del castillo de los reyes de Mallorca. Antes de abandonar la prisión asistieron a misa junto con Joan Simon y Josep Balmas. Luego se despidieron del resto de compañeros y a cada uno de ellos, incluso al delator Pujades, pidieron y concedieron el perdón por las ofensas que les hubieran infringido o que de ellos hubieran recibido. Jeroni y Mateu no quisieron subirse al carro que los había de llevar hasta el cadalso y, acompañados de la Cofradía de la Sang, recorrireron todo el trayecto a pie, imitando el “vía crucis” de Cristo. Veinte mil personas, según afirmo el mariscal De Castellane en su Journal, presenciaron la guillotinada.

En la misma fecha, Josep Balmas y Joan Simon fueron trasladados en carro a Ceret. La expectación de los campesinos durante el trayecto fue notable y algunas noticias de la prensa sugieren que la gente mostraba un distanciamiento poco entusiasta con la tropa de la escolta. Ambos trabucaires murieron a las cuatro de la tarde, en la plaza del Castell de la capital del Vallespir, doce horas más tarde que sus compañeros ajusticiados en Perpiñán. También en Ceret, una multitud presenció la guillotinada. Los condenados, mientras se acercaban al cadalso, dieron vivas a su rey, Carlos.

En relación al cumplimiento de las penas por parte del resto de condenados, no sabemos casi nada. En tiempo de Napoleón III- a partir de 1852- fueron conmutadas las penas a Isidre Forgues y Martí Reig. Al cabo de los años, Sebastià Barnedes (Tià) volvió a Els Meners y murió en Oix en el año 1878. Los condenados el rebeldía nunca fueron detenidos y parece que, en realidad, no se dedicaron demasiados esfuerzos para encontrarlos. Por ejemplo, Planademunt se paseaba por el Vallespir, al frente de su partida armada, antes de que hubieran transcurrido dos años de las guillotinadas de Ceret y Perpiñán.

4. La persistencia de la memoria colectiva.

Han transcurrido ciento setenta años desde que se llevó a cabo el juicio de los trabucaires en Perpiñán y los catalanes del norte todavía recuerdan aquellos personajes aunque sea a través circunstancias más o menos reales y anécdotas guardadas en el ámbito familiar, sin demasiada consistencia histórica. Cuando el forastero sea acogido por un nativo de la comarca del Vallespir seguramente llegará el momento que deberá escuchar alguna referencia a los trabucaires y le será contada la experiencia de algún antepasado que tuvo un susto o sufrió algún daño infringido por ciertos miembros de la fabulosa banda- eufemismo que a menudo parece que alude a complicidades inconfesables- o que presenció la guillotinada en Ceret, o que conoció a la amante de alguno de aquellos maleantes, o que formaba parte de la Cofradía de la Sang que acompañó a los condenados a la guillotina; y todo el mundo parece haber contemplado las orejas cortadas de Joan Massot.

Ciertamente, la circunstancia de la mutilación de los apéndices del rehén retenido en la cueva de Bessagoda, se ha convertido en un elemento característico de los trabucaires, de manera que incluso algún autor los ha definido como “coupeurs d’oreilles”. Christophe Amiel conoció la anécdota de una mujer, amiga de un trabucaire, que se suponía que se adornaba con un collar formado por orejas humanas, a modo de cuentas. En los archivos departamentales de los Pirineos Orientales se conservan, dentro de un frasco relleno de alcohol, las orejas que se atribuyen a Massot y periódicamente este recuerdo macabro forma parte de las exposiciones organizadas en la sede de la institución, o itinerantes, que hasta la actualidad, todavía recorren las poblaciones catalanas al norte de la frontera. Pero la opinión pública ha sido suficientemente imaginativa como para añadir a la amputación de los apéndices auriculares, las mutilaciones de la nariz, de los ojos e incluso de la lengua del infortunado Massot. En su novela “La Punyalada”, Marià Vayreda se refiere, de paso, al infeliz Massot, del cual- dice- la nariz y las orejas constan como pruebas materiales en el expediente del proceso de los trabucaires. Otra barbaridad que se atribuye a los miembros de la fabulosa banda, consiste en haber despanzurrado una mujer encinta para extraerle el feto, del cual arrancaron y se reservaron los brazos. Esta bestialidad incluso fue creída por el Abbé Gibrat, que nos cuenta la experiencia de su abuela que regía el hostal de El Tec y que, en una ocasión, vio el brazo y la mano de un recién nacido en el fondo del saco que cargaban ciertos visitantes con aspecto de salteadores [40].

Existen unas cuantas letras para la “cançó dels trabucaires”, en catalán y en castellano, ya que fue muy popular no únicamente en la Cataluña francesa sino también en la Garrotxa, el Ripollès y en L’Empordà. Quizá la más conocida es la que recogió Joan Amades en el “Costumari”. En cualquier caso, las letras de esta canción siempre coinciden en atribuir a los trabucaires la comisión de crímenes horrorosos- entre los que no falta, claro está, el feto arrancado del seno de la madre- y de calificarlos con los peores adjetivos. De alguna manera, se supone que los mismos condenados a muerte en Perpiñán admitían su culpabilidad, incluso en relación a delitos no especificados durante el proceso por los que, ante la guillotina, pidieron perdón a las autoridades representativas de la ciudadanía. La señora Paulette Vilanova, descendiente de Cecile Vilanova- de soltera, Roig de Bourdeville- y miembro de una familia de importantes propietarios del Vallespir, me contó que su abuela Cecile fue una ferviente carlista y protectora de Carlos VII- al cual acogió en su mansión de can Calaris, en Cortsaví, cuando habían transcurrido más de veinte años de las detenciones del mas de Eloi- y que otro de sus antepasados era alcalde de Ceret cuando guillotinaron en esta villa a Tocabens y Sagal. El alcalde habló con Tocabens al pie de la guillotina y explicaba que el condenado le pidió perdón por los daños que hubiera ocasionado a los ceretanos.

Raymon Sala, historiador e hijo de Sant Llorenç de Cerdans, asegura que durante mucho tiempo la opinión pública de este pueblo y de su entorno, acusaba a la sirvienta del mas Cors- en el que se detuvieron los trabucaires antes de dirigirse a Cortsaví, entre los días 3 y 4 de mayo de 1845- de haber impedido la huida de Joan Massot. Claro que el reproche se fundaba en circunstancias falsas ya que aparejaba la supuesta estancia de Massot en el lugar, como prisionero de los trabucaires, con las fiestas de Sant Llorençs, que se celebran el 10 de agosto. La gente creía que el joven rehén, después del encierro que había sufrido en la cueva de Bessagoda, deseaba disfrutar de la música que tocaba la copla durante las fiestas y la sirvienta, que era amante de un trabucaire, le retuvo en casa. Pero la realidad es que en el 10 de agosto de 1845, Massot llevaba, por los menos, tres meses en el otro mundo. Recordemos que su cadáver fue hallado el 10 de mayo anterior. Eso no ha impedido que, durante generaciones, la gente creyera en la culpabilidad de aquella mujer y los críos del pueblo se han divertido persiguiendo por la calle a sus descendientes, gritándoles “¡Massot, Massot, Massot!”.

La visión del fenómeno de los trabucaires que describen las anécdotas y pequeñas leyendas mencionadas, resumen una antigua opinión, todavía vigente entre la población catalana del norte, sobre “la sauvagerie espagnole, incarnée par les trabucaires, toujours présents dans l’imaginaire collectif” – dicho sea con la expresión de Raymond Sala [41] . Al norte de la frontera, la gente ha creído que, como principio, todo mal viene del sur. Las revueltas y guerras civiles españolas del siglo XIX, las cuales se prolongaron durante el primer tercio del siglo XX, la guerra de 1936 a 1939, así como la represión que trajo el franquismo y la consiguiente resistencia contra esta dictadura, han ofrecido múltiples ejemplos que confirman, a los ojos del pueblo, dicha opinión. A menudo los desastres y carnicerías españolas han sucedido a poca distancia de la frontera y los catalanes franceses también han sido víctimas de los males ocurridos en el sur, o éstos afectaron a sus parientes, amigos y conocidos del otro lado de la línea – por ejemplo, el asesinato en masa de los milicianos refugiados en la iglesia de Tortellà, los cuales murieron entre las llamas provocadas por los carlistas, en agosto de 1873. Por lo tanto, no debe extrañarnos que en el imaginario popular de los catalanes de las comarcas del norte, los trabucaires condenados en Perpiñán se hayan convertido en la síntesis simbólica que encarna la mala raza de la gente que habita al otro lado de la frontera.

El roble de los "trabucaires",en Morellàs. Se dice que en el tronco vacío se escondían los saltadores que robaban a los viajeros  que iban y venían de Perpiñán
El roble de los “trabucaires”,en Morellàs. Se dice que en el tronco vacío se escondían los salteadores que robaban a los viajeros que iban y venían de Perpiñán, Fue talado en 1946.

Pero la opinión despreciativa antes descrita también fue alimentada por las políticas de afrancesamiento que se llevaron a cabo después de la revolución y sobre todo, a partir de la monarquía orleanista, las cuales se acrecentaron y consolidaron en los periodos posteriores. El escarmiento de los trabucaires, escenificado en el proceso de Perpiñán, forma parte del esfuerzo de integración de los catalanes en la soberanía y la cultura francesas. Precisamente, se perciben otro tipo de indicios, hechos y anécdotas que nos inclinan por creer que el trabucaire lleva consigo otro “simbolismo”. Por toda la geografía de las comarcas catalanas del norte hay caminos y rincones geográficos llamados “del trabucaire” e incluso existen empresas y simples tiendas con este nombre. Debemos admitir que no debería ser habitual que los emprendedores bauticen sus negocios con el nombre de unos criminales ya que se supone que eso aleja la clientela. Durante el mes de septiembre de 1931, el perfecto de los Pirineos Orientales, el presidente y el secretario de la Unión de Sindicatos de Iniciativa del departamento, recibieron al ministro de Turismo francés, Gaston Gérard, en la estación de ferrocarril de Narbona y lo acompañaron hasta Perpiñán y luego, hasta la frontera. Cuando la comitiva ministerial pasó cerca de Morellàs, el coche del ministro fue detenido por un grupo de hombres disfrazados de trabucaires que cargaban horcones y trabucos y que le increparon en catalán. Estos salteadores improvisados se habían escondido en el famoso “roble de los trabucaires”, el cual era de gran dimensión, de manera que en el interior del tronco vacío se podían ocultar algunas personas. La leyenda cuenta que en dicho escondrijo se ocultaban los verdaderos trabucaires, a la espera de poder sorprender y robar a los viajeros que iban o venían de Perpiñán. La escena fue concebida y representada por una compañía de teatro de Perpiñán y se llevó a cabo previo acuerdo con las autoridades locales. Dejando de lado algunas reivindicaciones que los manifestantes querían presentar al ministro, está claro que la broma de los trabucaires ficticios también implicaba la vindicación de la identidad catalana.

En realidad, desde antiguo y durante muchos años, constan las observaciones y las quejas de la policía y de los prefectos del departamento de los Pirineos Orientales que denunciaban la connivencia de los habitantes del país con los rebeldes “españoles”. L’abbé Gibrat reconoció sin tapujos la existencia de este colaboracionismo, el cual no nacía únicamente del miedo ya que los trabucaires siempre pagaron con exceso y puntualmente el refugio y los víveres que conseguían en las masías: “des bandes de malfaiteurs se forment bientôt […] elles terrorisent le Roussillon […] Des habitants intéressés leur prêtent leur appui moral et leur concours matériel” [42] . Es decir, los trabucaires también han sido considerados bajo la aureola del bandido social o, por lo menos, de los repartidores de riqueza. Se dice que la sirvienta del hostal de Les Illes, en el cual los trabucaires pasaron horas, llegó a ser rica gracias a las excelentes propinas que éstos le daban cada vez que les acercaba el orinal para que pudieran mear sin que se vieran obligados a interrumpir la partida de cartas. Periódicamente, alguien cuenta que ha encontrado una jarra repleta de monedas en los fundamentos de una masía en ruinas y entonces corre el rumor de que ha sido descubierto el tesoro de los trabucaires.

Este tipo de anécdotas llevan en si la añoranza de un tiempo pretérito y posiblemente, mítico. Al fin, el escarmiento de los trabucaires que se llevó a cabo mediante el juicio y las guillotinadas de 1846, han servido a la memoria colectiva para fijar una época pasada, durante la cual se supone que los montañeses todavía se regían por una escala de valores propia. Precisamente, el recuerdo de los trabucaires señala el punto de inflexión del antiguo régimen hacia el nuevo. Victor Aragon, juez suplente en el tribunal de Perpignan, entendió la oposición existente entre la catalanidad y los nuevos tiempos. Aragon, refiriéndose al país catalán del norte, advirtió que “Les habitants de la plaine ont à peu près abdiqué le costume du pays; ceux de la montagne résistent davantage (…) mais ils n’en sont pas moins entrés dans la voie des concessions (…) Vous allez donc assister au déclin des moeurs et coutumes d’un pays dont le présent ne vous montrera qu’une image affaiblie du passé; après quoi, vous pourrez écrire sur nous, en manière d’épitaphe, le fameux “finis Poloniae” d’un royaume disparu” [43] .

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[1] Els Trabucaires (1840-1846)”. Diputación de Girona. 1992.

[2]Le mas de l’Alleu ou les trabucayres en Roussillon”. Isidro de la Vallobera (seudónimo de Víctor Aragón). Ed. Charles Latrobe. Perpiñán, 1884.

[3] Esta noticia, así como la historia del pañuelo, constan en la obra de l’abbé J.Gibrat, “Tocabens et Cie”, Ed.La Roque. Ceret, 1908. Existen fotografías del pañuelo.

[4] El general, nacido en Reus, que llegó a presidente del gobierno español.

[5] M-Folguera y Barboso: “Las escuadras de Cataluña”. No consta el editor, ni el año de la publicación pero las características materiales de la edición y la edad que había de tener el ilustrador (Jaume Passarell) nos hacen pensar que fue publicada durante los años veinte del siglo XX.

[6] Probablemente, el sobrenombre real de Fàbregas era “Noi Pius”; es decir, “chico pío”, o piadoso.

[7] Isidre Qués fue miembro de la Comisión Departamental republicana de los Pirineos Orientales que tomó posesión provisional del gobierno, después del derrocamiento de Louis-Philippe d’Orleans. A menudo encontramos ejemplos de relaciones personales entre legitimistas y republicanos que ilustran la alianza política carlo-progresista que se produjo en aquella época, tanto en el Principado como en la Cataluña francesa.

[8] Josep Vilar Vergés. Revista El Brull, diciembre de 2012.

[9] Nas Ratat, puede traducirse por “nariz roída”, o “grabada” (quizá por efecto de la viruela) y también, “nariz arratonada”. De la Vídua, significa “de la viuda”. Finalmente, Gos Negre, significa “perro negro”.

[10] Histoires et mémoires pyrénéennes. Saint Laurent de Cerdans. Raymond Sala. Ed. El Trabucaire. Perpignan, 2015.

[11] A. Pirala: “Historia Contemporanea. Anales de la guerra civil”. Felipe González Rojas, 1873. Volumen III. R.Oyarzun: “Historia del carlismo”. Ediciones Fe. Madrid, 1939.

[12]] J.Pla “Un senyor de Barcelona”. Destino, 1951. Josep Llord también da notícias de Planademnt: “Campanya montemolinista de Catalunya o guerra dels matiners. Setembre de 1846 q maig de 1849”. Impremta Altés, Barcelona, 1926. Y asimismo, A.Papell i Garbí: “L’Empordà a la guerra carlina”. Tip. Ideal. Figueres, 1931.

[13]Suro”, literalmente, significa “corcho” pero también constituye una manera de nombrar el alcornoque del que se extrae el corcho.”Palla” significa “paja”. Otros lugares de los caminos, o en las entradas de los pueblos, llamados popularmente “el pes de la palla” (“el peso de la paja”) indicaban la existencia en ellos de aduanas para el cobro de derechos de paso y de transporte. Muy probablemente, en estas aduanas se pesaba la paja que cargaban los arrieros a fin de calcular la carga impositiva establecida.

[14] Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona. Manuscrito A-171. Joan Camps de Seva. La cita literal que sigue ha sido traducida del catalán, procurando mantener el estilo del original.

[15] Textualmente “gats vells” (gatos viejos).

[16] Entremedio de los matorrales aún existe el monumento (un monolito de poca altura) que entonces erigió la Diputación de Barcelona en homenaje a los mozos de escuadra muertos. Desde este punto puede divisarse a lo lejos, la gruta en la que permanecieron recluidos Roger y Massot.

[17] Traducido del catalán por el autor de este artículo.

[18] A. Papell i Garbí: “L’Empordà a la guerra carlina”. Op.cit; J.Gibert: “Cançons de bandolers i lladres de camí ral”. Raima. Moià, 1989.

[19] J. Guillamet: “Coses i gent de l’Empordà”. Ed. Selecta. Barcelona, 1972.

[20]Sou”, la veinteava parte de la libra (lliura) catalana. La libra equivalía, en su origen, al valor de 374 gramos de plata pura. Estas monedas fueron instauradas por Carlomagno. El “sou” se dividía a la vez en 12 dineros (diners) y cada dinero en 2 “òbols”. Es decir, el mensajero cobró 40 libras por entregar las cartas a las familias de los secuestrados, lo que significaba el valor de unos 15 kilos de plata- en el caso que por entonces se mantuviera el valor carolingio. Una onza catalana era una medida de peso equivalente a 33,33 gramos. Algunas de las medidas de pesos anteriores a la introducción del sistema decimal, se han usado en Cataluña, a nivel popular, hasta nuestros días.

[21]Carlins i liberals, la darrera guerra carlina a Catalunya”. Ed. Aedos. Barcelona, 1972.

[22] La guerra civil en Cataluña, 1872-1876, su organización, ligeros apuntes; episodios y recuerdos personales”. Rafael Casulleras. Barcelona, 1926.

[23] R.Sala: “Le visage de la mort dans les Pyrénées catalanes”. Publicacions de l’Abadia de Montserrat. Barcelona, 1991; J. Guillamet, op.cit; F. Sánchez Agustí: “Carlins amb armes en temps de pau. Altres efemèrides d’interés (1840-1842)”. Ed. Pagès. Lleida, 1996; Ludovic Massé: “Les trabucayres” (“Els trabucaires”). Ed. El Trabucaire. Perpiñán, 1987.

[24] El autor escribió estas líneas  en un par de hojas de tonalidad azulada, de unos 14 cm. cuadrados, dobladas por la mitad y cosidas con una puntada de hilo, de manera que formaban una pequeña agenda. La referencia a la novela de Alexandre Davy de la Pailleterie Dumas, “La tour de Nesle” se comprende si recordamos que el argumento de la misma se refiere a unas hermanas que asesinan a sus amantes.

[25]Crimes et mort des trabucayres ou les bandits espagnols en Roussillon”. Les Editions de Cadran. Paris, 1968.

[26] La viuda se refería a la circular del comandante general de la provincia de Girona, el general Martín Zurbano, que se publicó en el “Suplemento extraordinario del Boletín Oficial del sábado 16 de julio de 1842” y que ordenaba lo siguiente: “Toda persona que siendo detenida por los ladrones pague la cantidad que éstos le exijan por su rescate, sufrirá pena de muerte”. La misma orden también establecía la pena de muerte para los intermediarios de las familias de los secuestrados.

[27]Crimes et mort des trabucayres…”. op.cit.

[28]  “Els Trabucaires”. Op. Cit.

[29] Durante el juicio, la acusación quiso probar que los trabucaires inculpados habían cometido el crimen conjuntamente y para demostrarlo adujo las once cuchilladas- una por cada trabucaire detenido- que presentaba el cuerpo de Joan Massot. El médico Cabretosa las describió en su examen forense. Dijo que le habían sido infligidas después de la muerte con una herramienta cortante y punzante y que eran de poca profundidad. Por eso, habían supurado poca sangre. Pero Cabretosa también describió otras heridas, no infringidas en el pecho. En la espalda del cadáver constató una herida a la altura de la segunda vértebra del espinazo y dos más, ligeras, en el bajo vientre. Una oreja le fue cortada hacía tiempo y otra recientemente. Por lo tanto, el cuerpo de Massot presentaba catorce heridas, aunque solo las once en el pecho la habían sido ocasionadas después de su muerte.

[30] A. Conte: “Recuerdos de un diplomático”. Góngora. Madrid, 1901

[31]Crimes et mort des trabucayres…”. Op. Cit.

[32] P. Vidal: “Documents relatifs à l’histoire du départament des Pyrénées- Orientales”. Volumen 42 de la Societé Agricole. Citado per Henry Aragon: “Les trabucayres ou les bandits du Roussillon”. Imprimérie Barriere & Cie. Perpiñán, 1925.

[33] M.Pavia Lacy: “Memorias sobre la guerra de Cataluña, desde marzo de 1847 hasta septiembre del mismo año y desde noviembre de 1848”. Impr.B.González. Madrid, 1851.

[34] François Arago (Francesc Joan Domènec Aragó; L’Estagell- Rosellón- 1786, Paris,1853). Fue matemático, físico, astrónomo y político. Midió el meridiano a través de triangulaciones, desde Mallorca a Barcelona, a fin de calcular el metro. Realizó importantes descubrimientos científicos en el ámbito de la física (incluidos el electromagnetismo y la meteorología). Como político fue un republicano radical. Luchó por la instauración de la II república francesa y habiendo caído la monarquía orleanista, fue nombrado ministro. Defendió el sufragio universal y decretó la abolición de la esclavitud. Sus innombrables seguidores catalanes, a los cuales siempre se dirigía en la lengua propia del país, le adoraban. Durante su estancia en Mallorca, coincidiendo con el inicio de la dominación napoleónica de la península, fue perseguido por las autoridades que lo consideraron un espía francés. La gente del pueblo llano le ayudó a huir ya que no podían creer que un hombre que se expresaba tan correctamente en catalán- mallorquín, pudiera ser espía francés.

[35] P.McPhee: “Les semailles de la Republique dans les Pyrénées Orientales”. L’Olivier. Perpiñán, 1988.

[36] Henry Aragon: “La vie civile et militaire de Perpignan sous le général de Castellane”. Imp. Barriere. Perpignan, 1926. Cita textual del Diario del general De Castellane.

[37] Christophe Amiel: “Les trabucaires, une odyssée en terre catalane”. Ed. El Trabucaire. Perpiñán, 1995.

[38] El 3 de junio de 1842, sesenta trabucaires mandados por Felip y entre los cuales se encontraba el teniente Francesc Savalls, asaltaron Ripoll y cogieron tres rehenes. Esta entrada de los trabucaires en Ripoll fue muy comentada por la prensa ya que ocurrió en la fecha que se cumplía el tercer aniversario de la ocupación extremadamente sangrienta de esta villa por parte de los carlistas durante la primera guerra civil. No sabemos si Negret había conseguido la aguja de Castelló en la ocupación de Ripoll del año 1839, o en el asalto de 1842, ya que muy probablemente participó en ambas acciones.

[39] Principio “non bis in idem”.

[40]  Tocabens et Cie. L.Roque. Ceret, 1908. Esta leyenda se basa en una creencia muy antigua según la cual los ladrones que lanzaban el brazo de un niño en el fuego del hogar que se disponían a robar, conseguían que con el humo se  adormecieran los habitantes del mismo. Éste es el motivo de la letra de la canción popular catalana “L’hostal de la Peira”. A.F. Mare, autora de Crimes et mort des trabucayres– también atribuye a los trabucaires la comisión de la salvajada mencionada pero lo hace en un capítulo de su obra titulado “Hors procès et sans date précise”.

[41] Las últimas citas a Raymond Sala corresponden a su obra “Histoire et mémoires pyrénéennes. Saint Laurent de Cerdans”. Ed. El Trabucaire. Perpiñán, 2015.

[42] “Tocabens et Cie”. Op. cit.

[43] “Le mas de l’Alleu ou les trabucayres en Roussillon”. Autor, Isidro de la Vallobera, pseudónimo de Victor Aragon. Ed. Charles Latrobe. Perpiñán, 1880.